Chapter

I. Políticas y perspectivas económicas mundiales

Author(s):
International Monetary Fund
Published Date:
October 1997
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La economía mundial está registrando, por cuarta vez desde principios de los años setenta, una fase de expansión relativamente rápida, teniendo en cuenta que las previsiones indican para 1997 y 1998 un ritmo de crecimiento del producto mundial de alrededor de 4% al 4¼%, el más vigoroso en diez años (gráfico 1). Esta expansión se sustenta en el continuo y sólido crecimiento económico con baja inflación en Estados Unidos y el Reino Unido, en el fortalecimiento de la recuperación en Canadá, en la ampliación de la recuperación en Europa continental occidental, pese a la persistente atonía de la demanda interna en algunas de las economías más grandes, en las robustas tendencias de crecimiento económico en la mayoría del mundo en desarrollo, sobre todo en China y en gran parte del resto de Asia—aun cuando es probable que en algunos países se registre un retroceso como resultado de las perturbaciones que afectaron recientemente a los mercados financieros de Asia sudoriental—, y en los indicios de que se ha frenado el proceso de contracción del producto y probablemente se esté iniciando el crecimiento en Rusia y los países en transición en su conjunto. Cabe recordar, sin embargo, que cada uno de los tres episodios previos de crecimiento relativamente rápido fue seguido de una desaceleración generalizada e incluso de la recesión en muchos países. Teniendo en cuenta esta experiencia previa, ¿existe el peligro de que la expansión actual pueda perder pronto su dinamismo y dar lugar a una nueva desaceleración a escala mundial?

Gráfico 1.Producto mundial e inflación1

(Variación porcentual anual)

Se prevé que la expansión del producto mundial se mantenga por encima de la tendencia y que la inflación siga bajo control.

1 Las franjas sombreadas indican proyecciones de los funcionarios del FMI. Los totales se calculan en base a ponderaciones de la paridad de poder adquisitivo, salvo indicación contraria.

Si bien es muy probable que en un momento dado se modere el crecimiento mundial, existen razones para creer que la expansión actual puede sostenerse, posiblemente hasta iniciado el nuevo decenio. En primer lugar, se observan relativamente pocas señales de las tensiones y desequilibrios que suelen presagiar una fase descendente del ciclo económico: la inflación mundial sigue siendo baja y la resolución de salvaguardar el progreso en materia de estabilidad de precios quizá nunca haya sido más firme en todo el período de posguerra; en muchos países se están reduciendo los desequilibrios fiscales gracias a la determinación cada vez mayor de las autoridades, lo que está coadyuvando a contener las expectativas de inflación y las tasas de interés reales; además, los tipos de cambio entre las principales monedas, teniendo en cuenta la posición relativa de los países en el ciclo económico, se ubican por lo general dentro de márgenes que parecen congruentes con las variables económicas fundamentales a mediano plazo. En segundo lugar, sigue habiendo divergencias cíclicas apreciables entre las economías avanzadas y todavía existen considerables márgenes de capacidad no utilizada en Japón y en Europa continental. Un crecimiento más vigoroso en estos países ha de ayudar a respaldar la demanda y la actividad económica a escala mundial a medida que el crecimiento se desacelere a un ritmo más sostenible en los países que ya han alcanzado una etapa madura de la expansión, especialmente Estados Unidos, el Reino Unido y varias de las economías avanzadas más pequeñas. En tercer lugar, es probable que continúe fortaleciéndose la recuperación de las economías en transición, en tanto que la multiplicación de casos de éxito económico en el mundo en desarrollo crea nuevos mercados y aumenta la capacidad productiva; estos factores están estimulando el comercio y el crecimiento en todo el mundo, coadyuvando a aminorar las presiones sobre los precios. Dado que los países en desarrollo y en transición tienen grandes posibilidades de recuperar el terreno perdido, y teniendo en cuenta los efectos beneficiosos de los avances tecnológicos y de la creciente globalización en la productividad, es posible que la tasa de crecimiento viable del producto mundial sea ahora un poco más alta que en el cuarto de siglo transcurrido desde la primera crisis del petróleo. Esta es la perspectiva incorporada en el escenario a mediano plazo desarrollado por los funcionarios del FMI, que contempla una tasa de crecimiento tendencial del PIB mundial de alrededor del 4½% entre 1996 y 2002, en comparación con la tasa media de expansión del 3¾% registrada desde 1970.

Esta evaluación positiva, en términos generales, de las perspectivas mundiales no debe dar lugar a un optimismo complaciente porque en algunos países existe una amplia gama de riesgos y elementos de fragilidad que pueden afectar a las condiciones económicas y financieras regionales y mundiales. Los aspectos que más inquietud causan en relación con las perspectivas a corto y mediano plazo son, entre otros, los siguientes:

  • Riesgos de recalentamiento. Si bien la inflación mundial se ha reducido a las tasas más bajas registradas desde principios de los años sesenta, podrían resurgir presiones inflacionarias, sobre todo en países que han alcanzado altos niveles de utilización de los recursos. Una política eficaz para prevenir el alza de la inflación exige cautela para evitar el recalentamiento no sólo en los mercados de productos y de mano de obra sino también en los mercados de activos, y requiere medidas preventivas cuando aparezcan señales de alerta. A fines de los años ochenta y principios de los noventa surgieron problemas derivados de las amplias oscilaciones de los precios de los activos en varios países, particularmente en Japón, pero también en Australia, Estados Unidos, el Reino Unido y Suecia, problemas que en algunos casos repercutieron en la solidez de los sistemas financieros. Más recientemente, varios países de mercados emergentes, especialmente en Asia sudoriental, han experimentado dificultades similares en el sector inmobiliario. Pese a haberse producido una cierta corrección en agosto, hay razones también para preocuparse por el alto nivel de las cotizaciones bursátiles a escala mundial, que en cierta medida puede basarse en expectativas poco realistas sobre las perspectivas de un aumento futuro de las utilidades y de mantenimiento de bajas tasas de interés. Si se produjese una corrección de mayor magnitud en las cotizaciones de las acciones, la confianza y la actividad económica podrían verse afectadas negativamente.

  • Incertidumbre en torno a la Unión Económica y Monetaria (UEM) de Europa. La apreciable convergencia de las tasas de interés de los países que aspiran a participar en la unión monetaria parece indicar que los mercados financieros prevén que el proyecto siga adelante según el calendario acordado, el cual establece que la nueva moneda, el euro, comenzará a utilizarse en enero de 1999. No obstante, los inversionistas aún pueden cambiar de actitud si perciben que no es totalmente factible cumplir ese calendario. En tal caso, podrían elevarse las primas de riesgo sobre las tasas de interés para algunos países, en tanto que las monedas de otros podrían quedar sujetas a una inoportuna presión alcista. Asimismo, si el crecimiento no alcanzara la magnitud suficiente como para permitir un avance en la reducción de los niveles de desempleo sin precedentes que se registran en gran parte de Europa se mantendría un bajo nivel de confianza; en algunos casos podría plantearse el riesgo de que se recurriera a medidas de política fiscal contraproducentes e incompatibles con las exigencias de la UEM.

  • Posibilidad de que se mantengan los flujos de capital hacia los países de mercados emergentes. Varios factores han dado lugar en los últimos años a una afluencia de capital sin precedentes en muchos países de mercados emergentes y a una consiguiente compresión de los márgenes de rendimiento, así como a la tendencia hacia un sistema financiero mundial más abierto y a la aplicación de políticas económicas cada vez más exitosas en muchos países que reciben capitales. No obstante, la disponibilidad y el costo de estos capitales también están sujetos a la influencia de las condiciones cíclicas mundiales y son vulnerables al incremento de las tasas de interés en los mercados financieros mundiales, así como a la inquietud de que no en todos los casos sea viable mantener un abultado déficit en cuenta corriente, que es la contrapartida de las entradas de capital. La crisis de México de fines de 1994 y, más recientemente, las presiones financieras que han afectado a Tailandia y a varios países de Asia sudoriental subrayan la importancia de aplicar políticas macroeconómicas disciplinadas y contar con un sector financiero sólido. También ponen de relieve el riesgo y los costos de los cambios de actitud de los mercados, cuyos efectos pueden ser desestabilizadores, y sobre todo el peligro de que se produzcan reacciones muy enérgicas en los mercados financieros, con graves efectos de contagio en otros países si no se corrigen oportunamente las deficiencias fundamentales de la política económica.

En el resto de este capítulo se resumen las proyecciones a corto plazo y las evaluaciones de la política económica realizadas por los funcionarios del FMI y se señalan algunos problemas clave de política económica que deberán abordarse para fortalecer las perspectivas de crecimiento económico a mediano plazo en todos los países en consonancia con las directrices formuladas por el Comité Provisional en septiembre de 1996 en la Declaración sobre la “Alianza para el crecimiento sostenible de la economía mundial”1. También se analizan, entre otros temas, las perspectivas de la UEM y sus posibles repercusiones a largo plazo en Europa y en la economía mundial, la necesidad crucial de reformar los mercados de trabajo en Europa, las enseñanzas que se desprenden de las recientes crisis en los mercados de cambio y la tendencia hacia regímenes cambiarios más flexibles en los países en desarrollo, los desafíos que enfrenta la política monetaria en los países en transición para salvaguardar el avance hacia la estabilidad macroeconómica, y la necesidad de la llamada “segunda generación” de reformas para sostener un crecimiento de alta calidad en todas las regiones.

Economías avanzadas

El alto grado de estabilidad de precios sigue siendo un logro asombroso en casi todas las economías avanzadas. En 1996, la tasa de inflación de precios al consumidor se situó en un promedio del 2½%, y únicamente cuatro países tuvieron una inflación superior al 5%; si se mide en función de los deflactores del PIB—una medición más amplia del nivel de precios—la inflación promedio fue de sólo el 2%. En lo que se refiere al producto y el empleo, el panorama es menos uniforme, como lo señalan las agudas divergencias en la evolución del mercado laboral en los últimos años. Si bien algunas economías, entre ellas Estados Unidos, el Reino Unido y varias de la economías avanzadas más pequeñas, están funcionando con niveles relativa mente altos de utilización de recursos, en las tres principales economías de Europa continental se han conjugado persistentes tendencias económicas desfavorables con un enorme aumento del desempleo, que ha llegado a los niveles máximos del período de posguerra. Las condiciones para la recuperación han mejorado gradualmente, pero en pocos pronósticos se prevé que la expansión permita más que una pequeña reducción del desempleo. En Japón, la recuperación ha resultado bastante vacilante, como se analiza más adelante y en el capítulo II con mayor detalle.

Los resultados económicos insatisfactorios de las tres grandes economías de Europa—Alemania, Francia e Italia—no pueden atribuirse a las circunstancias externas. En realidad, los mercados externos han venido ampliándose con firmeza y las exportaciones han sido la principal fuente de estímulo en los últimos años. Se estima que entre 1992 y 1997 el saldo externo real ha mejorado en un 1¼% del PIB en Alemania (en su mayor parte en 1996 y 1997). 3½ % del PIB en Francia y 5½% del PIB en Italia. Esto indica claramente que las deficiencias se deben a factores internos y, de hecho, en los últimos cinco años la demanda interna ha crecido menos del 1% anual en estos tres países.

Es necesario considerar por lo menos cuatro conjuntos de factores al explicar esta excepcional falta de dinamismo.

1) Saneamiento fiscal. Desde 1992, muchos países han desplegado grandes esfuerzos para reducir los desequilibrios fiscales, que habían llegado a niveles insostenibles; estos esfuerzos, si bien son beneficiosos para el crecimiento en el largo plazo, han tendido a debilitar la demanda agregada en el corto plazo pese a los efectos compensatorios producidos por la reducción de las tasas de interés y los tipos de cambio. En todo el territorio de Europa continental, sin embargo, no se ha adoptado una política fiscal mucho más restrictiva que en Estados Unidos o el Reino Unido (medida en función de las variaciones de los saldos ajustados cíclicamente). Por lo tanto, es evidente que las diferencias en la orientación fiscal no pueden explicar por sí solas las diferencias en las tasas de crecimiento.

2) Rigideces de los mercados de trabajo. No cabe duda de que la falta de flexibilidad de los mercados de trabajo de Europa continental exacerbó la atonía de la actividad económica, al mismo tiempo que las rigideces de los mercados de productos pueden haber obstaculizado el ajuste del sector privado ante el retiro del estímulo fiscal. Es posible que algunas medidas adoptadas con respecto al mercado de mano de obra, como los mecanismos de reparto del trabajo y la jubilación anticipada, que tenían por objeto reducir el desempleo abierto, hayan limitado el crecimiento al reducir la oferta de mano de obra calificada y elevar la carga impositiva y los costos laborales.

3) Factores de confianza. Aunque es difícil evaluar la influencia de estos factores aisladamente, los retrasos en abordar las causas fundamentales del desempleo estructural y de los desequilibrios fiscales bien pueden haber afectado la confianza de los empresarios, en tanto que la reducción de personal como respuesta a los altos costos de la mano de obra ha creado más inseguridad laboral y ha socavado la confianza de los consumidores. El hecho de haberse basado excesivamente en el aumento de los ingresos fiscales para reducir el déficit fiscal en lugar de haber reducido los gastos en el contexto de las reformas también puede haber desalentado la inversión y el consumo. Además, la persistente incertidumbre en torno a la viabilidad del calendario para la creación de la UEM probablemente haya hecho que titubeara aún más la inversión empresarial.

4) Política monetaria. Las condiciones monetarias progresivamente más expansivas que imperaron en Alemania y el resto de Europa durante 1993 y principios de 1994, y la disminución, en general, de las primas de riesgo sobre las tasas de interés a largo plazo tuvieron un papel muy significativo en la primera fase de la recuperación en 1994. Cuando este repunte inicial no logró convertirse en una expansión autosostenida, debido en parte a los efectos de un marco alemán excesivamente fuerte a principios de 1995, se redujeron nuevamente las tasas de interés oficiales durante 1995 y principios de 1996. No obstante, si bien la orientación de la política monetaria a partir de fines de 1993 ha respaldado la demanda, una flexibilización un poco más rápida y en definitiva más pronunciada de las condiciones monetarias hubiese ayudado a fortalecer la recuperación sin perjudicar el comportamiento de los precios. La oportunidad de esta flexibilización se vio limitada por el alza de las tasas de interés a largo plazo en 1994, pero la adopción de una orientación monetaria más expansiva se vio justificada posteriormente por la ausencia de presiones inflacionarias, la prevalencia de un considerable desempleo cíclico, la importante retracción del estímulo fiscal, y los niveles deprimidos de la confianza de consumidores y empresarios. En agosto de 1997, ante un nuevo debilitamiento frente al dólar de EE.UU. de las monedas que participan en el mecanismo de tipos de cambio (MTC) europeo y ante el estímulo adicional proporcionado por la libra esterlina, las condiciones monetarias de Europa continental parecen apoyar suficientemente la incipiente recuperación.

Las fluctuaciones cambiarías de las principales monedas desde el segundo semestre de 1995 han corregido desajustes anteriores, y la configuración actual es, en general, propicia y adecuada dada la posición relativa de los países en el ciclo. Específicamente, los valores actuales, relativamente altos, de las monedas del Reino Unido y de Estados Unidos en comparación con las monedas de Japón y de Europa continental están ayudando a limitar las posibles presiones inflacionarias en los casos en que existe una alta utilización de la capacidad productiva, a la vez que respaldan la recuperación en los casos en que persiste un margen apreciable de capacidad no utilizada. A mediano plazo, si bien algunas de las fluctuaciones cambiarías recientes señalan una posible ampliación de los desequilibrios externos, cabe esperar que estas tendencias se inviertan a medida que se vayan equilibrando las condiciones cíclicas.

La economía de Estados Unidos, que se encuentra ya en su séptimo año de expansión, ha continuado combinando un sólido crecimiento del producto y el empleo con una baja inflación y un desequilibrio fiscal cada vez menor. Estos logros reflejan la aplicación de políticas macroeconómicas prudentes, la presencia de un sector privado excepcionalmente dinámico y un mercado laboral con capacidad de adaptación. Pese a que desde 1994 aproximadamente ha habido una tendencia a mayores incrementos de salarios, las presiones salariales han sido menos pronunciadas que en los ciclos precedentes y varios otros factores han ayudado a abatir la inflación. No obstante, es probable que la mayoría de estos factores sean temporales. La Reserva Federal ha adoptado una política monetaria moderadamente más restrictiva, pero el alza persistente de las cotizaciones en el mercado de acciones y la firmeza de la confianza de los consumidores y empresarios permiten suponer que aún persiste el riesgo de recalentamiento de la economía. Por consiguiente, es probable que sea necesario imprimir una orientación aún más restrictiva a la política monetaria. Éste es el supuesto adoptado en las proyecciones (recuadro 1), que indican una moderación del crecimiento del PIB real al 2½% en 1998, tras situarse en el 3¾% en 1997. Se prevén pocos cambios en la inflación siempre que el crecimiento se desacelere para retomar el ritmo más sostenible que muestran las proyecciones.

Entre 1992 y 1996 se lograron reducciones cuantiosas y constantes de los déficit presupuestarios efectivo y estructural, previéndose una mejora continua del primero en 1997, principalmente debido a que los ingresos tributarios aumentarán como resultado de la pujanza de la economía. El acuerdo para equilibrar el presupuesto, consagrado legislativamente en agosto de 1997, promete lograr un equilibrio global en el año 2002. Dadas las presiones fiscales a más largo plazo que generará el envejecimiento de la población, será necesario adoptar medidas fiscales más enérgicas para elevar el ahorro nacional y coadyuvar a reducir el déficit externo. Se han adoptado medidas preliminares para resolver estos problemas; la aplicación inmediata de las medidas necesarias evitaría tener que recurrir a soluciones más drásticas en el futuro y permitiría distribuir la carga de manera más equitativa entre las distintas generaciones. Otro desafío importante que confrontan los responsables de la política económica de Estados Unidos consiste en respaldar una tasa más alta de crecimiento del ingreso de los sectores cuyos niveles de vida se han estancado o deteriorado en los últimos veinte años. A tal efecto, se requerirá una mayor inversión en educación y capacitación.

En Canadá, la recuperación ha cobrado impulso desde mediados de 1996 gracias a la renovada confianza, a las acusadas reducciones de las tasas de interés a corto y largo plazo y a la mayor competitividad externa lograda tras la depreciación del dólar canadiense a principios de la década de los noventa. A finales del año pasado, con el fortalecimiento de la confianza en la recuperación se frenó la caída de las tasas de interés, y a fines de junio se incrementaron moderadamente las tasas oficiales. La reducción de las tasas de interés en los últimos años, que ha dado un fuerte estímulo a la inversión empresarial y en viviendas, fue posible gracias a la extraordinaria mejora de los resultados fiscales y a un alto grado de estabilidad de precios, que permitió que la inflación se ubicara holgadamente dentro de la gama del 1% al 3% fijada como meta. El desempleo se ha reducido de alrededor del 10% a fines de 1996 al 9% en julio de 1997. Dado que aún hay cierto grado de capacidad no utilizada en el mercado de mano de obra, todavía existe margen para que continúe un crecimiento vigoroso con pocos riesgos de aumento de la inflación. No obstante, a medida que aparezcan signos de tensión en dicho mercado, la política monetaria tendrá que ir adoptando gradualmente una orientación más firme. El reciente acuerdo sobre la reforma jubilatoria contribuirá sin duda a salvaguardar esta perspectiva fiscal más favorable en el mediano y el largo plazo.

En Japón, la recuperación se fortaleció a fines de 1996 y principios de 1997 debido a un repunte de la demanda interna, y las exportaciones netas comenzaron a recuperarse como reflejo de una reacción tardía ante el reajuste del yen, que se había apreciado a un nivel excesivo a principios de 1995. Posteriormente, sin embargo, en el segundo trimestre se desaceleró bruscamente la actividad económica tras el incremento del impuesto al consumo a partir del 1 de abril. Aunque cabe esperar un repunte del producto en el segundo semestre del año, actualmente se estima que el crecimiento durante la totalidad de 1997 será del 1% al 1¼%, lo que representa una tasa considerablemente más baja que la proyectada en la edición de mayo de 1997 de Perspectivas de la economía mundial. Si el crecimiento no repunta en el segundo semestre de 1997, será necesario considerar la adopción de medidas fiscales para respaldar la reactivación. En 1998, si se imprime un ritmo más lento al ajuste fiscal se espera una aceleración del crecimiento al 2% ó 2¼%, aunque las repercusiones de las recientes crisis financieras en Asia sudoriental plantean el riesgo de que persista una evolución más desfavorable. Ante la ausencia de presiones inflacionarias subyacentes y la incertidumbre en torno a los efectos de los recientes aumentos de impuestos, no se prevé que se disponga un aumento de las tasas de interés oficiales hasta que se consolide firmemente la recuperación. El tipo de cambio sigue siendo en general coherente con la situación actual de las variables económicas fundamentales de Japón, incluida su posición relativamente desfavorable en el ciclo económico. A medida que avance la recuperación, cabe esperar un fortalecimiento del yen—como lo indican los diferenciales de las tasas de interés en favor de los activos denominados en otras monedas—, lo cual ayudará a contener el crecimiento del superávit externo que indican las proyecciones basadas en el supuesto de que no se modifiquen los tipos de cambio reales (recuadro 2).

Las autoridades adoptaron recientemente un plan de ajuste fiscal a mediano plazo que incluye el compromiso de reducir el déficit del gobierno general, excluida la seguridad social, a no más del 3% del PIB para el ejercicio 2003 (frente a un déficit superior al 7% del PIB en 1996). Además de la necesidad de restablecer una situación fiscal sostenible pese a las presiones que se derivarán del rápido envejecimiento de la población, Japón confronta serios desafíos en el plano estructural. No obstante las reformas efectuadas, los sectores de bienes no comerciables han seguido sujetos a una regulación excesiva y a un bajo grado de competencia, y son relativamente ineficientes. El gobierno, resuelto firmemente a aprovechar el creciente consenso en favor de la reforma, ha anunciado importantes medidas para reformar el sistema financiero japonés, a las que se ha calificado de “big bang”: se han formulado además nuevas propuestas de reforma en materia de transporte, telecomunicaciones y generación de energía. Sin embargo, en algunas otras esferas las iniciativas se encuentran en una etapa más preliminar. Es evidente la necesidad de redoblar esfuerzos para dar más eficiencia a los sectores de bienes no comerciables y de servicios a medida que continúe madurando la economía y disminuya la importancia del sector industrial, como en otras economías avanzadas.

En Alemania y Francia, el crecimiento parece repuntar después de los resultados desalentadores de 1995 y 1996. Las exportaciones están proporcionando la mayor parte del impulso, en tanto que hasta ahora la demanda interna permanece relativamente débil. La construcción se encuentra particularmente deprimida en ambos países. Si bien el clima empresarial ha mejorado, la confianza de los consumidores se ha mantenido en bajos niveles debido a varios factores, entre los que se incluyen un desempleo sin precedentes, el mantenimiento de la austeridad fiscal y la inseguridad laboral, vinculada en parte a la amplia reestructuración necesaria. Sin embargo, el estímulo generado por las exportaciones y el respaldo aportado por la política monetaria llevan a pensar que la recuperación irá cobrando impulso paulatinamente y contribuirá a reforzar la confianza. Según las proyecciones actuales, es posible que en ambos países se supere en 1997 por un pequeño margen la meta del 3% fijada en el Tratado de Maastricht en lo que respecta al déficit. Se requieren importantes medidas de ajuste en el marco de los planes de reforma para lograr que el déficit fiscal se mantenga firmemente en una trayectoria descendente en 1998 y los años sucesivos. Además, sigue siendo indispensable introducir reformas fundamentales en el mercado de trabajo (según se analiza más adelante) a fin de restablecer resultados económicos satisfactorios. En Francia, sin embargo, es posible que los planes de creación de empleos en el sector público y otras propuestas referidas al mercado de trabajo compliquen los planes de saneamiento fiscal y obstaculicen el crecimiento económico.

Recuadro 1.Supuestos de política en los que se basan las proyecciones

Los supuestos de política fiscal a corto plazo se basan en los presupuestos oficiales ajustados teniendo en cuenta las desviaciones en los resultados según las estimaciones de los funcionarios del FMI y las diferencias entre los supuestos económicos utilizados por el FMI y las autoridades nacionales. Para los supuestos a mediano plazo se tienen en cuenta las futuras medidas de política económica que se estima que probablemente se pongan en práctica. Las proyecciones a corto plazo y a mediano plazo se basan, en general, en la información disponible hasta agosto de 1997, inclusive. En los casos en que las futuras intenciones con respecto al presupuesto no se hayan anunciado con la suficiente precisión para evaluar la factibilidad de su aplicación, se supone que el saldo primario estructural se mantiene invariable, a menos que se indique otra cosa. A continuación se indican los supuestos concretos adoptados para algunas economías avanzadas (en los cuadros 3, II y A14 a A16 del apéndice estadístico se describen las consecuencias de estos supuestos según las proyecciones).

Estados Unidos: Las proyecciones fiscales correspondientes al período que concluye con el ejercicio 2002/03 se basan en estimaciones presupuestarias de la Oficina de Presupuesto del Congreso de Estados Unidos publicadas a principios de septiembre, corregidas en función de las diferencias entre los pronósticos elaborados por los funcionarios del FMI con respecto a las variables económicas fundamentales de Estados Unidos y los pronósticos en que se basan las estimaciones de dicha oficina. En estas proyecciones se supone que se aplican fielmente las disposiciones de las leyes de equilibrio presupuestario y de alivio tributario de 1997, promulgadas en agosto de 1997. Con los nuevos topes fijados, el gasto discrecional (gastos de defensa y otros gastos que el Congreso debe asignar cada año) se reducirá en un total de aproximadamente $90.000 millones en los próximos cinco ejercicios. El gasto de carácter obligatorio (es decir, los gastos que exigen las leyes vigentes y que no forman parte del proceso de asignación presupuestaria anual) se reducirá aproximadamente $110.000 millones en los próximos cinco ejercicios, en gran medida debido al recorte de las prestaciones de los programas Medicare y Medicaid. La ley de alivio tributario también contempla una rebaja neta de los impuestos por valor de $80.000 millones en los próximos cinco ejercicios. Como resultado de las medidas promulgadas, las proyecciones prevén ahora un superávit presupuestario de $40.000 millones (0,4% del PIB) para el ejercicio 2002/03.

Japón: En las proyecciones se tienen en cuenta el presupuesto de 1997 y los planes actuales de gasto presupuestario en el ejercicio 1998/99 y el gasto de inversión del ejercicio 1999/2000. Se parte del supuesto de que no se adoptarán nuevas medidas de ajuste y que la inversión del gobierno general aumentará a un ritmo del 5% anual después del ejercicio 1999/2000. Como resultado, las proyecciones indican que la inversión pública ascenderá a un total de ¥530 billones entre 1995/96 y 2004/05, frente a los ¥630 billones supuestos en el plan de inversión pública a mediano plazo, actualmente en revisión. Si bien el gabinete ha aprobado las metas de ajuste fiscal a mediano plazo para el saldo del gobierno general (excluida la seguridad social), dichas metas no se han incorporado a la legislación ya que el gobierno no ha precisado las medidas que se tomarán para lograrlas.

Alemania: Las proyecciones fiscales para 1997 toman en consideración los efectos del programa de ajuste elaborado por el gobierno federal; el presupuesto federal suplementario, que prevé la congelación de los gastos y nuevas privatizaciones; la ley tributaria de 1997 y las proyecciones formuladas en julio por el Consejo de Planificación Financiera con respecto al déficit de los niveles inferiores de gobierno. Los datos y las proyecciones fiscales incluyen los planes de excluir los hospitales públicos del sector del gobierno general (de conformidad con las normas de EUROSTAT), lo que reduce el déficit del gobierno general en el equivalente a 0,2 puntos porcentuales del PIB a partir de 1996. La diferencia con la proyección oficial de un déficit del 3,0% del PIB en 1997 se debe a una situación macroeconómica ligeramente más desfavorable. Para 1998, las proyecciones incluyen el proyecto de presupuesto federal y las estimaciones oficiales de recaudación de impuestos, ajustadas en función de las proyecciones macroeconómicas a mediano plazo elaboradas por los funcionarios del FMI; las proyecciones se basan en el supuesto de que el saldo estructural primario se mantiene invariable.

Francia: La proyección para 1997 tiene en cuenta las medidas anunciadas hasta agosto y las proyecciones revisadas de los impuestos y el gasto público correspondientes a 1997. Para 1998 la proyección supone una reducción de la razón ingreso/PIB, en esencia equivalente al ajuste por la transferencia de carácter excepcional recibida de France Télécom en 1997. En lo que se refiere al gasto, refleja los efectos de las decisiones sobre el gasto tomadas en agosto de 1997, que tienen como fin mantener constantes, en términos reales, los desembolsos del Estado en el presupuesto de 1998, pero no se tienen en cuenta las nuevas medidas que puedan adoptar las autoridades para reducir el gasto en seguridad social. Después de 1998, se supone que la razón ingresos/PIB se mantiene constante. Las proyecciones contemplan un aumento de los salarios del sector público al mismo ritmo que los del sector privado, manteniéndose constante la plantilla de personal. Se supone que se producirá un aumento del gasto en seguridad social teniendo en cuenta los actuales derechos a prestaciones, y que los demás gastos primarios del sector público crecerán a una tasa aproximadamente igual, en cifras reales, a la del producto potencial.

Italia: Las proyecciones toman en consideración las medidas incluidas en el presupuesto de 1997 y el conjunto de medidas correctivas anunciado en marzo de 1997. Las proyecciones para 1998/2000 son estimaciones de los funcionarios del FMI basadas en el supuesto de que se mantengan las políticas actuales (tendenziale), corregidas en función de las medidas anunciadas en el plan trienal para esos años. Se supone que las medidas anunciadas en el plan se aplican en su totalidad y generan los montos estimados por el gobierno. Las proyecciones para los años posteriores a 2000 se basan en el supuesto de que el saldo estructural se mantiene invariable.

Reino Unido: Se supone que se respetarán los topes presupuestados con respecto al gasto de 1997/98 y 1998/99. A partir de este último ejercicio, se supone que el gasto no cíclico aumentará al compás del PIB potencial. En cuanto al ingreso, las proyecciones para los ejercicios 1997/98 y 1998/99 incluyen la decisión anunciada de elevar en cifras reales los impuestos específicos sobre el consumo de tabaco y combustibles para vehículos de transporte terrestre; después, se supone que las tasas tributarias reales se mantienen constantes.

Canadá: Se supone que los desembolsos del gobierno federal destinados a financiar el gasto de los distintos ministerios y los subsidios a las empresas se ajustan a los compromisos anunciados en el presupuesto de febrero de 1997, exceptuando el hecho de que a mediano plazo el nivel mínimo de las transferencias a las provincias, en virtud del programa de transferencias sociales y de salud de Canadá, se elevará a partir del ejercicio 1997/98. Se supone que la evolución de otros gastos e ingresos seguirá la trayectoria trazada en las proyecciones macroeonómicas de los funcionarios del FMI. Las proyecciones incluyen una reserva contingente por valor de $3.000 millones para los ejercicios 1997/98 y 1998/99, y suponen una rebaja de 10 centavos en la prima del seguro de desempleo en 1998 y de 5 centavos anuales en los años posteriores. Se supone que la situación fiscal de las provincias será coherente con las respectivas metas establecidas para el mediano plazo.

Australia: Las proyecciones se basan en el presupuesto para 1997/98 del Commonwealth, ajustado en función de las diferencias entre las proyecciones económicas de los funcionarios del FMI y las de las autoridades. Se supone que a partir de 1997 la política económica permanece invariable en lo que respecta a los gobiernos estatales y locales.

Bélgica: Las proyecciones para 1997 se basan en el presupuesto para 1997, en la evolución de las finanzas públicas y las tasas de interés desde que se elaboró el presupuesto y en las proyecciones macroeconómicas de los funcionarios del FMI. Para 1998, se contempla una pequeña desviación en lo que respecta al gasto en seguridad social, que sólo se compensa en parte con la reducción de los pagos por concepto de intereses y el estrechamiento de la brecha entre el producto efectivo y el potencial. Para después de 1998, se supone que el saldo primario estructural se mantiene constante.

Corea: En las proyecciones para 1997–2002 se supone que, en general, los presupuestos del gobierno central y el gobierno general se mantienen en equilibrio.

España: En las proyecciones fiscales para 1997 se supone que el presupuesto se ejecutará en la forma aprobada por el Parlamento, pero se toman en consideración distintos supuestos macroeconómicos y la posibilidad de algunas extralimitaciones de gasto que en parte se compensan con menores pagos por concepto de intereses. A partir de 1998 se supone que la política tributaria no experimentará grandes cambios, que terminará la congelación salarial, que los salarios del sector público crecerán a una tasa aproximadamente igual a la del sector privado, y que las compras de bienes y servicios se mantendrán constantes como porcentaje del PIB.

Grecia: Las proyecciones para 1997 se basan en la evaluación del resultado del presupuesto oficial efectuada por los funcionarios del FMI. En el presupuesto que se estudia para 1998 aún no se han definido con precisión las medidas que se adoptarán para cumplir las metas del plan de convergencia, y las proyecciones actuales se basan en estimaciones realizadas por los funcionarios del FMI partiendo del supuesto de que se mantenga la política presupuestaria actual.

Israel: Los supuestos fiscales coinciden con el programa fiscal del gobierno para el mediano plazo, que establece metas anuales para el déficit presupuestario del gobierno central hasta el año 2001.

Países Bajos: Las proyecciones para 1997 se basan en la ejecución del presupuesto para dicho año y en las proyecciones macroeconómicas de los funcionarios del FMI. Las proyecciones para 1998 reflejan las políticas de gasto vigentes y toman en consideración las rebajas de impuestos anunciadas. Para después de 1998 se supone una leve mejora del saldo estructural, como reflejo del mantenimiento de las actuales políticas de gasto.

Portugal: Las proyecciones para 1997 se basan en las medidas adoptadas hasta fines de julio de 1997 e incluyen varias partidas no presupuestadas, especialmente una transferencia de capital del Banco Nacional Ultramarino (BNU) y extralimitaciones en el gasto en atención de la salud. Las proyecciones para 1998 suponen una disminución de los ingresos totales como porcentaje del PIB debido al carácter excepcional de la transferencia del BNU y al descenso de la recaudación en el marco del plan de cobro de impuestos en mora. Las proyecciones del gasto se basan en el mantenimiento de las políticas vigentes en la actualidad. Para 1999 en adelante, se supone un saldo estructural primario invariable.

Suecia: Las proyecciones se basan en los objetivos fiscales establecidos por las autoridades en el proyecto de ley presupuestaria del segundo trimestre de 1997, que incluye un presupuesto equilibrado para 1998 y un superávit medio del 2% del PIB durante el ciclo que comienza en 2001.

Suiza: Las proyecciones para el período 1997–2000 concuerdan con las estimaciones oficiales basadas en la política presupuestaria actual. Después del año 2000, se supone que el saldo estructural primario del gobierno general se mantiene constante

* * *

Los supuestos de política monetaria se basan en el marco establecido en cada país para la política monetaria, lo que en la mayor parte de los casos implica una postura no acomodaticia frente al ciclo económico. Por consiguiente, generalmente se supone que las tasas de interés oficiales suben cuando los indicadores económicos parecen indicar que la inflación aumentará por encima de la tasa o el margen aceptable y bajan cuando, según los indicadores, la inflación prevista no superará la tasa o el margen aceptable; que el crecimiento futuro del producto será inferior a la tasa potencial y que habrá un margen considerable de capacidad ociosa en la economía. Se supone que al iniciarse el año 1999 se pondrá en marcha la Unión Económica y Monetaria en Europa, de conformidad con el calendario convenido. Antes de esa fecha, para los países de la UE que pertenecen al mecanismo de tipos de cambio (MTC) y que emplean la política monetaria para mantener el ancla del tipo de cambio, se supone que las tasas de interés oficiales fluctúan al compás de las de Alemania, a menos que los avances en el ajuste fiscal influyan sobre el diferencial de las tasas de interés con respecto a este país. En este contexto, se supone que la tasa interbancaria de oferta de Londres (LIBOR) para los depósitos a seis meses en dólares de EE.UU. se situará en un promedio del 5,9% en 1997 y 6,3% en 1998; para los depósitos en yenes japoneses a seis meses en un promedio del 0,7% en 1997 y 1,2% en 1998 y para los depósitos a seis meses en marcos alemanes en el 3,3% en 1997 y el 4,0% en 1998. En el cuadro 1 se resumen los cambios en los supuestos sobre las tasas de interés con respecto a la edición de mayo de 1997 de Perspectivas de la economía mundial.

En 1995–96, tanto en Alemania como en Francia las tasas de interés se redujeron acertadamente para respaldar la actividad económica, en tanto que la depreciación efectiva del marco alemán y del franco desde mediados de 1995 también coadyuvó a crear condiciones monetarias menos restrictivas (definidas en un sentido amplio de manera que incluyan el tipo de cambio). Se observa claramente que la orientación monetaria acomodaticia no ha restado credibilidad a la disciplina monetaria: las presiones inflacionarias siguen siendo prácticamente inexistentes y las tasas de interés a largo plazo han descendido significativamente por debajo de las de Estados Unidos tras haberse mantenido por encima de ellas durante la mayor parte de 1995 y principios de 1996. En las circunstancias actuales, debería evitarse establecer condiciones monetarias más restrictivas hasta que se consolide con firmeza una recuperación vigorosa.

La actividad económica en Italia se ha mantenido particularmente deprimida dado que fue necesario adoptar medidas para restablecer el equilibrio de las finanzas públicas, y la confianza y el comportamiento del sector privado también se resintieron cuando se tomó conciencia de la necesidad de adoptar medidas permanentes en 1998 para sustituir las medidas excepcionales introducidas en 1997. El producto se elevó sólo ¾% en 1996 y es probable que se mantenga en un nivel modesto en 1997, aunque los indicadores recientes señalan un repunte en el curso del año. Si el proceso de saneamiento de las finanzas públicas cuenta con el respaldo de un oportuno acuerdo encaminado a lograr un ahorro de costos estructurales en el gasto en jubilaciones y asistencia social, las perspectivas económicas y financieras del país a mediano plazo mejorarán sensiblemente. Como reflejo de la determinación de Italia de cumplir los requisitos para participar en la UEM. se prevé que el déficit fiscal se reduzca de 6¾% del PIB en 1996 a un nivel cercano al valor de referencia establecido en Maastricht en 1997; por su parte, se proyecta que la inflación bajará a 1¾%. En este contexto, ha disminuido acusadamente durante el año pasado el diferencial de tasas de interés a largo plazo con respecto a Alemania. Las tasas de interés oficiales también se fueron reduciendo progresivamente y debería haber margen para que sigan bajando a medida que avance el proceso de saneamiento de las finanzas públicas.

A diferencia de las dificultades que han caracterizado a las principales economías de Europa continental en los últimos años, el Reino Unido ha registrado una expansión económica que le ha permitido lograr un estrechamiento paulatino de la brecha de producción y reducir apreciablemente el desempleo desde 1993. Según las previsiones, el crecimiento será más vigoroso en 1997 que en 1996, y la pujante demanda interna compensará con creces los efectos de la apreciación de la libra esterlina. La acertada decisión de otorgar al Banco de Inglaterra independencia operativa en la conducción de la política monetaria para alcanzar la meta de inflación—que el ministro de Hacienda fijó en 2½%—tuvo claras repercusiones sobre la credibilidad de las autoridades en la lucha contra la inflación, que se reflejaron en la reducción inmediata de los diferenciales de las tasas de interés a largo plazo con respecto a Alemania (de alrededor de 180 a 140 centésimos de punto porcentual). Ante el incremento de las tasas de interés a corto plazo a partir de mayo y la fuerte apreciación de la moneda, las condiciones monetarias se han tornado significativamente más restrictivas. En los últimos años se redujo el déficit fiscal respecto a los niveles insostenibles registrados en 1992–94. Con el presupuesto de julio se aceleró el ritmo del ajuste fiscal, y se ha previsto que el déficit se reduzca otros 4 puntos porcentuales del PIB a lo largo de este año y el próximo. Por lo tanto, las políticas adoptadas parecen orientarse adecuadamente a atenuar las presiones inflacionarias, pero deberá prestarse especial atención a los indicios de fortalecimiento excesivo de la demanda interna.

En las economías avanzadas de pequeña y mediana escala, salvo pocas excepciones, también se está registrando un crecimiento económico relativamente sólido con una inflación moderada. Irlanda continúa creciendo a un ritmo que duplica el del resto de Europa, y en Dinamarca, Noruega y los Países Bajos la expansión también ha alcanzado una etapa de madurez, con altos niveles de utilización de los recursos; en los cuatro países, debido a limitaciones cambiarías, el rigor necesario para reducir el riesgo de recalentamiento deberá recaer esencialmente en la política fiscal. Los firmes esfuerzos de ajuste fiscal de Finlandia y Suecia se han traducido en una mayor confianza, y se prevé que en ambos países continúe la recuperación. En España y Portugal también se han registrado mejoras notables en las condiciones económicas y financieras y un repunte del crecimiento, lo cual debería facilitar el logro de las metas fijadas para el déficit fiscal. Austria, Bélgica y sobre todo Suiza siguen rezagadas en el ciclo y la recuperación esperada seguirá siendo sensible a la situación económica en Alemania y Francia.

Fuera de Europa, en Australia y Nueva Zelandia el crecimiento económico se moderó durante 1996 debido, en parte, a la adopción con carácter preventivo de una política monetaria más restrictiva; a medida que se atenuaron los riesgos de inflación se han establecido condiciones monetarias más expansivas, y se espera que próximamente se acelere el crecimiento. La presencia de déficit externos relativamente elevados subraya la necesidad de adoptar en ambos países medidas de política fiscal prudentes a mediano plazo. En Israel, según las previsiones el crecimiento se desacelerará en 1997, y sigue siendo necesario aplicar una mayor disciplina fiscal para respaldar la política monetaria antiinflacionaria. Con respecto a las economías asiáticas recientemente industrializadas, en Hong Kong, China, siguen registrándose resultados económicos asombrosos dada la ausencia de dificultades en la transferencia de la soberanía a China; las autoridades han previsto ampliar la oferta de tierras para aliviar las tensiones que afectan al sector inmobiliario2. La provincia china de Taiwan también sigue caracterizándose por un crecimiento rápido y continuo y una inflación moderada. En Singapur, la moderación del crecimiento en 1996 ha ayudado a aliviar los riesgos de inflación, y las exportaciones repuntaron tras la desaceleración observada el año pasado. En Corea, se prevé que el crecimiento económico se desacelere un poco más en el corto plazo, en parte como resultado de la incertidumbre suscitada por las deficiencias del sector de empresas y el sector financiero.

La UEM y la economía mundial

En la primavera de 1998, los países miembros de la Unión Europea (UE) decidirán la lista de los primeros participantes en la que será el área del euro. El establecimiento de la UEM constituirá un hito en el proceso que a lo largo de 40 años se ha encaminado a lograr una mayor integración económica y monetaria en Europa. Será además el mayor cambio en el sistema monetario internacional desde la desintegración del sistema de paridades de Bretton Woods, ya que representará el surgimiento de una nueva moneda internacional que, con el tiempo, puede llegar a desempeñar el mismo papel que el dólar de EE.UU. como medio de pago y activo de reserva internacional. Además, promete fomentar un clima financiero más estable en Europa.

En lo que concierne a Europa, se espera que la UEM presagie una nueva era de crecimiento económico más vigoroso. La existencia de una moneda común a la mayoría de los países miembros de la UE, y en potencia a todos ellos, reduciría los costos de las transacciones y, en general, promovería la integración económica, dando lugar a aumentos de la eficiencia a largo plazo. Además, el compromiso de mantener la estabilidad de los precios y adoptar políticas fiscales prudentes que entraña el euro promete dar lugar a tasas de interés reales más bajas, en promedio, que las observadas en las dos últimas décadas; asimismo, la eliminación de las primas por riesgo cambiario derivadas de la existencia de múltiples monedas en la UE también tenderá a reducir las tasas de interés reales y a fomentar la inversión.

Las condiciones para la participación en la UEM, establecidas en el Tratado de Maastricht, subrayan la necesidad de lograr un alto grado de convergencia de las variables económicas y financieras fundamentales. Todos los países miembros de la UE que tienen previsto participar desde el inicio parecen haber cumplido los criterios relativos a la inflación y las tasas de interés. Esta situación también ha fomentado un alto grado de estabilidad dentro del mecanismo de tipos de cambio del Sistema Monetario Europeo. Es, sin embargo, más difícil evaluar cuánto se ha avanzado con respecto al cumplimiento del criterio fiscal. Parece probable que, a menos que se adopten nuevas medidas, varios países que aspiran a participar en la UEM, entre ellos Francia y Alemania, no logren estrictamente en 1997 el objetivo del 3% fijado para el déficit fiscal, en parte debido a los márgenes relativamente amplios de recursos no utilizados, que han elevado el gasto público y reducido los ingresos tributarios.

Recuadro 2.Distintos supuestos sobre el tipo de cambio de Japón

Las proyecciones empleadas en Perspectivas de la economía mundial se basan, entre otras cosas, en el supuesto de que los tipos de cambio efectivos reales se mantienen constantes con respecto a los valores observados en un “período de referencia” reciente. Por ejemplo, para la presente edición de Perspectivas de la economía mundial, se toma el promedio de los tipos de cambio registrados entre el 18 de julio y el 14 de agosto de 1997. Con esta convención se elimina la necesidad de formular proyecciones de los tipos de cambio basadas en conjeturas, lo cual sería especialmente inconveniente dada la necesidad de mantener la coherencia en los supuestos que se emplean en Perspectivas de la economía mundial con respecto a las variables externas de los distintos países. Al mismo tiempo, sin embargo, es posible que esto no coincida con las expectativas del mercado sobre la evolución futura de los tipos de cambio, y puede originar conflictos entre diversos elementos de las predicciones formuladas por los funcionarios del FMI.

Estos problemas son particularmente aplicables en el caso de Japón. Si bien resulta difícil medir directamente las expectativas del mercado a plazos más largos, las tasas de interés de los activos denominados en yenes se sitúan en la actualidad muy por debajo de las tasas de los activos denominados en otras monedas principales. Este diferencial de las tasas de interés, además de reflejar la expectativa de una inflación más baja en Japón, es atribuible, en parte, a la situación desfavorable en que se halla Japón en el ciclo económico frente a los principales países con los que comercia, sobre todo Estados Unidos. Ante las grandes posibilidades de sustitución que existen entre los activos internacionales, y dado el curso que probablemente sigan las tasas de inflación, el diferencial de las tasas de interés puede interpretarse como una señal de que el mercado prevé una apreciación real del yen a mediano plazo. Por consiguiente, los diferenciales de la tasa de interés observados recientemente significan que se prevé una apreciación efectiva real de casi 3% anual1. Resulta interesante señalar que este nivel es parecido al de la apreciación real tendencial registrada en un largo período histórico (véase el primer gráfico).

En lo que respecta a los conflictos en las proyecciones, el supuesto de un tipo de cambio real constante elimina un importante canal de ajuste macroeconómico. En particular, las proyecciones correspondientes al saldo de la balanza de pagos deben ser compatibles con las relaciones que determinan los flujos comerciales y las que determinan el saldo de ahorro/inversión interno. En el mediano plazo, a medida que la economía retorna a su nivel de producción potencial, las oscilaciones del tipo de cambio normalmente serán un factor importante de ajuste de la balanza comercial en consonancia con los niveles básicos del saldo de ahorro/inversión. De suponerse la inexistencia de dichas oscilaciones, se podrían crear conflictos entre las proyecciones correspondientes a la balanza comercial y las relativas al ahorro y la inversión. En el caso de Japón, se observan conflictos de esta clase. Más concretamente, el supuesto de un tipo de cambio real invariable lleva a un aumento gradual del superávit externo en el mediano plazo hasta un nivel de aproximadamente 2½% del PIB. En cambio, los factores estructurales que determinan el ahorro y la inversión (y sobre todo el envejecimiento de la población) indican un descenso gradual del saldo básico de ahorro/inversión de Japón y una reducción correspondiente del superávit externo. Esta incoherencia lleva a preguntarse qué medidas se tomarán en los próximos años para reducir el superávit externo, incrementar el ahorro interno o reducir la inversión interna.

Japón: Tipo de cambio efectivo real

(Basado en el índice de precios al consumidor; 1951 = 100)

Para examinar las consecuencias de otras trayectorias posibles del tipo de cambio de Japón, se realizó una simulación aplicando el bloque correspondiente a Japón del modelo de simulación multirregional del FMI, MULTIMOD. La simulación se elaboró fijando una trayectoria del yen completamente compatible con los diferenciales de la tasa de interés que se proyectan, es decir, en cada período futuro el yen se aprecia según el diferencial de la tasa de interés entre Japón y los países con los que éste comercia2. Esto supone que la rentabilidad de los activos denominados en yenes se equipara con la de los activos denominados en otras monedas: los tenedores de activos no exigen “primas de riesgo” para mantener una moneda en lugar de otra.

En el segundo gráfico se comparan los resultados del nuevo escenario con la proyección de referencia. En este nuevo escenario, el valor efectivo real del yen aumenta constantemente hasta situarse, en 2002, a un nivel equivalente a alrededor del 17% más que en el escenario de referencia, lo que trae implícita una tasa de apreciación media ligeramente superior al 3% anual, semejante al diferencial de las tasas de interés reales de mercado que se examinó anteriormente. El superávit en cuenta corriente baja de alrededor del 2% del PIB en 1998 a menos del 1% del PIB en 2002, en tanto que aumenta en el escenario de referencia. Para contrarrestar el efecto de un mayor tipo de cambio real sobre la demanda agregada, la tasa de interés real a largo plazo de Japón se estabiliza a un nivel aproximado del 2%, frente a un aumento gradual que la lleva al 4% en el escenario de referencia. De hecho, los efectos inmediatos de las menores tasas de interés reales sobre la demanda superan a los del mayor tipo de cambio, y el producto crece algo más rápido en el nuevo escenario en los primeros años de la simulación. En ambos escenarios, el crecimiento del producto converge a medida que la economía regresa a su nivel potencial3.

Estos resultados ilustran la sensibilidad de algunos elementos fundamentales de las proyecciones correspondientes a Japón, sobre todo el saldo de la balanza de pagos, ante los diversos supuestos sobre el tipo de cambio. Obviamente, este análisis está sujeto a una serie de reservas. La modificación del comportamiento del comercio exterior de Japón en los últimos años y las perspectivas de una transformación estructural de la economía a mediano plazo podrían hacer que las tendencias pasadas del tipo de cambio sean indicadores poco fiables de su trayectoria futura. Además, los diferenciales de la tasa de interés real en muchos casos no han servido para pronosticar con exactitud la evolución posterior de los tipos de cambio, lo cual lleva a preguntarse si estos diferenciales constituyen un indicador adecuado de las expectativas del mercado. No obstante, los resultados resaltan la necesidad de considerar el escenario de referencia a mediano plazo utilizado en Perspectivas de la economía mundial como una proyección condicional y no como una predicción sin restricciones, con plena coherencia entre todas las variables macroeconómicas.

Japón: Resultados del escenario de referencia de Perspectivas de la economía mundial (PEM) y de las simulaciones de MULTIMOD

1El diferencial entre las tasas de interés nominales de los bonos del Estado a cinco años entre los principales países industriales (con base en un promedio ponderado) y Japón se situaba cerca del 4¼% a mediados de 1997, mientras que el “consenso” de las predicciones a mediano plazo del sector privado indicaban una brecha en las tasas de inflación de aproximadamente 1½%. Se considera que la apreciación real esperada equivale a la diferencia entre estas dos cifras.

2En la simulación, se consideró que las tasas de interés extranjeras eran exógenas, y que las tasas de interés internas dependían de los supuestos sobre la reacción de las autoridades ante la evolución de la actividad económica y los precios.

3No obstante, el nivel del producto potencial es algo mayor en el nuevo escenario, ya que las menores tasas de interés reales estimulan la inversión interna, elevando el PIB potencial.

No obstante, sobre una base ajustada en función de las variaciones cíclicas (es decir, sobre una base estructural), las estimaciones de los funcionarios del FMI indican que los déficit de todos los países miembros que aspiran a participar en la UEM desde el inicio se ubicarán en alrededor del 2% del PIB en 1997 (gráfico 2). Esto muestra claramente que los saldos fiscales estructurales han convergido considerablemente y que los desequilibrios fiscales constituyen un riesgo menor para la estabilidad macroeconómica y financiera que el que podría inferirse a juzgar por los déficit no ajustados, siempre y cuando, tal como se espera, el margen por el cual los déficit efectivos superen el valor de referencia sea pequeño. Lo importante en esta etapa es que dichos países mantengan claramente la determinación de seguir avanzando de manera apreciable en sus planes de ajuste fiscal en 1998 y los años posteriores, haciendo mayor hincapié en las reformas fundamentales. El objetivo debería consistir en lograr relativamente pronto una situación fiscal de equilibrio estructural, en consonancia con los objetivos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

Gráfico 2.Saldos presupuestarios del gobierno general en la linón Europea1

(Porcentaje del PIB)

El avance previsto en la reducción de los desequilibrios presupuestarios estructurales queda oculto en cierta medida debido a los grandes componentes cíclicos de los déficit fiscales.

1En el recuadro 1 se presentan los supuestos detallados en que se basan las proyecciones fiscales. El orden de los países se basa en los saldos presupuestarios no ajustados proyectados para 1997, excepto cuando las diferencias entre las proyecciones no son significativas, en cuyo caso están ordenados alfabéticamente.

2Los saldos presupuestarios no ajustados de Grecia y de los Países Bajos para 1998 no figuran por separado porque los saldos estructurales de estos países son superiores a los saldos no ajustados.

3En la proyección para 1998 se incorpora el plan fiscal trienal recientemente anunciado. No se tiene en cuenta el posible efecto de la revisión del gasto en jubilaciones y asistencia social que se ha anunciado.

4Se proyecta que en 1998 el saldo presupuestario no ajustado se ubicará en una posición muy cercana al equilibrio.

5No se dispone de datos sobre los saldos presupuestarios estructurales. Se espera que los saldos presupuestarios no ajustados se ubiquen en una posición muy cercana al equilibrio en 1996–98.

6Excluido Luxemburgo.

El Banco Central Europeo (BCE), en su carácter de institución políticamente independiente con el firme mandato de mantener la estabilidad de precios como objetivo principal, estará sin duda en buena posición para demostrar por medio de resultados concretos la dedicación a la estabilidad económica que los participantes de la unión monetaria desean y esperan. Un entorno de baja inflación dará la credibilidad necesaria para que esa institución ayude a estabilizar el producto sin comprometer los resultados en materia de inflación. En la selección de una meta operativa para la política económica es necesario tener en cuenta los cambios estructurales que podrían producirse en los mercados financieros al adoptarse la moneda única. En esas circunstancias, como será difícil basarse únicamente en una meta monetaria, puede ser útil adoptar una meta de inflación que sirva como punto de anclaje de las expectativas con respecto a los precios y como patrón para medir los resultados. Además, el tipo de cambio del euro probablemente ayude a orientar la política monetaria aun cuando las consideraciones cambiarias recibirán naturalmente una ponderación relativamente menor en la conducción de la política monetaria en una zona tan amplia de utilización de una moneda común. En realidad, cabe suponer que el BCE, a semejanza de otros importantes bancos centrales, utilizará una amplia gama de indicadores para evaluar la forma de calibrar adecuadamente sus instrumentos de política monetaria.

El resto del mundo tiene gran interés en el éxito de la UEM y en la solidez del euro. El éxito de la UEM debería mitigar los temores suscitados por la globalización y el riesgo de una reacción proteccionista ante el problema del desempleo en Europa. Asimismo, debería hacer de Europa un lugar más propicio que en los últimos años para las operaciones empresariales y la inversión. Esto, a su vez, no podrá sino fortalecer la demanda de euros y promover una exitosa utilización de la nueva moneda como instrumento en las transacciones internacionales. Además de la credibilidad y la congruencia de las políticas que se adopten en la unión monetaria, hay muchos otros factores de los que dependerá el grado de fortaleza y estabilidad del euro. Naturalmente, será necesario aceptar un grado razonable de variabilidad en el valor de cambio del euro como reflejo de las divergencias en las condiciones cíclicas entre las principales zonas monetarias. Es probable que la eficacia con que se coordinen las políticas con los otros grandes países también influya en la variabilidad del tipo de cambio. En definitiva, es importante que el valor del euro refleje adecuadamente las variables económicas fundamentales de los países participantes. El mandato del BCE de combatir la inflación y la norma de prudencia fiscal consagrada en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento permiten suponer que el euro tendrá los atributos clave de una moneda de reserva fuerte.

Flexibilización de los mercados de trabajo en Europa

Un factor particularmente crucial que determinará el éxito de la UEM, además de la aplicación de políticas financieras bien concebidas, será el grado de avance que logren los gobiernos en el mejoramiento de la situación de los mercados de trabajo en Europa. La puesta en práctica de reformas de gran alcance encaminadas a reducir el desempleo estructural no sólo ayudará a fortalecer el crecimiento a mediano plazo y a mejorar los resultados fiscales sino que también coadyuvará a que Europa se adapte con mayor rapidez, y con menos desempleo, a las perturbaciones económicas adversas, incluso las que tengan efectos asimétricos en los distintos países. En cambio, si no se realizan esas reformas, podría seguir aumentando el desempleo, lo que en definitiva podría socavar el respaldo del público al proyecto.

Si bien las políticas macroeconómicas afectan a las condiciones del mercado laboral en el corto plazo, existen importantes evidencias de que, hasta ahora, la razón más importante de la falta de dinamismo económico y del persistente desempleo de Europa continental es el lento avance de la reforma estructural. Además de haber un fuerte componente cíclico en el desempleo total (que también puede ser, en parte, reflejo de la lentitud en la adaptación del mercado laboral), la mayoría de los países de Europa continental confrontan tasas de desempleo estructural muy altas, quizá del orden del 8% al 9% de la población activa en los tres países más grandes. Al hacer una comparación internacional se percibe que este nivel es 3 a 3½ puntos porcentuales más elevado que el que podría atribuirse a las fricciones y asimetrías normales en el mercado de trabajo. Existe un amplio consenso en lo que se refiere a las causas básicas de este problema de desempleo estructural “en exceso”: las consecuencias adversas (y no deliberadas) de complejos mecanismos de empleo y protección de los ingresos que elevan el costo de la mano de obra (por ejemplo, a través de los altos niveles de impuestos que se requieren para financiar las redes de protección social), desalientan la creación y la búsqueda de empleos y favorecen la sustitución de mano de obra por capital. Las distorsiones de los mercados de productos también parecen haber contribuido en la medida en que crean distorsiones en los precios relativos, reducen la eficiencia y traban la competencia. En cambio, las fuerzas de la globalización y un comercio más intenso con países de bajos salarios parecen haber sido un factor de escasa relevancia en este aspecto, como se señala en la edición de mayo de 1997 de Perspectivas de la economía mundial. Existe asimismo una amplia coincidencia de opiniones en lo que respecta a los importantes beneficios que podrían lograrse mediante reformas que reduzcan el alto nivel de las prestaciones en el marco de los planes de sustitución de ingresos, permitan rebajar los impuestos sobre la mano de obra (sobre todo en el caso de los trabajadores no calificados), disminuyan los costos de despido (y, por consiguiente, aminoren un importante obstáculo a la contratación) y, en general, hagan que los mercados de mano de obra y de productos sean más sensibles a la oferta y la demanda.

En los últimos años se han realizado en toda Europa una gran variedad de reformas, pero muchas han sido aplazadas y, en la práctica, algunas medidas posiblemente hayan exacerbado los problemas estructurales en los mercados de mano de obra3. Uno de los problemas comunes es que no se han llevado a cabo reformas del mercado laboral suficientemente amplias debido a la fuerte oposición interna de quienes tienen empleo y consideran que las instituciones y la regulación actual del mercado de mano de obra (y de productos) los benefician más que perjudicarlos. En realidad, las políticas relativas al mercado de trabajo a menudo han procurado disimular los problemas de fondo promoviendo la jubilación anticipada o mecanismos de reparto del trabajo. Aparentemente, estas medidas tienen por objeto reducir el desempleo abierto, pero no elevando la demanda de mano de obra sino reduciendo su oferta. Sin embargo, en mercados de trabajo que no han sido objeto de reformas, este tipo de medidas tienden a fortalecer el poder de negociación de quienes están empleados y a elevar su salario real, con pocos beneficios para los desocupados, que probablemente sigan sin empleo. Además, estas medidas entrañan costos para los productores o para el presupuesto público. Lo que se necesitan son reformas que den a los desocupados mejores oportunidades de competir por puestos de trabajo, elevando de esa manera la oferta efectiva de mano de obra, y que además generen un aumento de la demanda de mano de obra. Estas reformas, además de propiciar una reducción duradera del desempleo, tendrían importantes efectos positivos sobre el crecimiento económico y las finanzas públicas. En realidad, facilitarían la corrección de la mayoría de los desequilibrios fiscales que aún existen en Europa porque serían menores los costos de las prestaciones de sostén de los ingresos y mayor la recaudación tributaria como resultado del aumento del empleo y de niveles más altos de renta nacional. De no llevarse a cabo reformas encaminadas a reducir el desempleo estructural sería necesario adoptar políticas fiscales mucho más restrictivas a mediano plazo, se limitaría el margen de maniobra para la reducción de los impuestos y del gasto público productivo y, muy probablemente, sólo se lograría un crecimiento moderado del producto y el ingreso real, es decir, se mantendría la situación reciente.

Pese a los válidos argumentos a favor de una reforma integral de los mercados de productos y mano de obra y a los ejemplos promisorios de varios países que han logrado un notable éxito en la flexibilización de sus economías—entre ellos Dinamarca, Nueva Zelandia, los Países Bajos y el Reino Unido—, la mayoría de los países de Europa continental siguen enfrentando grandes obstáculos en sus esfuerzos por resolver esos problemas. Concretamente, el enfoque gradual por el que optan muchos gobiernos suele dejar en ciertos grupos la impresión de haber sido seleccionados injustamente para que renuncien a sus conquistas sociales. Dado que esos grupos generalmente logran inclinar la opinión pública en favor de su causa, muchas medidas selectivas de reforma no han podido concitar el respaldo político y público suficiente. Además, aun cuando se adopten reformas selectivas, los beneficios suelen ser insignificantes debido a la falta de avances en otras esferas. Esto destaca cada vez más la necesidad de que los gobiernos creen un amplio consenso en favor de reformas integrales partiendo de la base de que la economía y la sociedad toda se beneficiarán de un mayor nivel de empleo y una menor carga impositiva. Para alcanzar ese consenso, es necesario que los gobiernos se ocupen de que el público comprenda las causas y los costos del desempleo, los costos sociales de la protección de los intereses de los que sí tienen trabajo, y los beneficios de la reforma. La tarea puede no ser sencilla, pero es evidente que la aplicación de medidas fragmentarias no está dando resultados.

Otro problema para los responsables de la política económica es la percepción errónea de que las reformas del mercado laboral pueden ser contrarias a los objetivos tradicionales europeos de equidad y solidaridad, percepción que se nutre de afirmaciones—a menudo exageradas—de que una mayor flexibilidad de los mercados laborales (como en Estados Unidos, Nueva Zelandia y el Reino Unido) puede entrañar una ampliación de la brecha en lo que atañe a la distribución de los ingresos. No obstante, cada vez son más las pruebas que demuestran que la tendencia a la ampliación de las diferencias salariales observada en algunos países refleja los efectos de los avances tecnológicos, los cuales fortalecen, en particular, las oportunidades de empleo y de generación de ingresos de la mano de obra calificada. Esto permite suponer que las inquietudes en torno a la equidad pueden resolverse mejor a través de la educación y la capacitación, porque de esa manera la fuerza laboral podrá adaptarse mejor a las nuevas circunstancias. También es adecuado adoptar medidas en el marco de las cuales los que más se beneficien del progreso tecnológico y de la creciente división del trabajo entre los países contribuyan a proporcionar asistencia a los que se encuentran en una posición más desventajosa. Es más, como lo demuestra el ejemplo de los Países Bajos, no tiene por qué haber conflicto entre la flexibilidad del mercado laboral y la cohesión social. Sin embargo, al formular este tipo de medidas es importante evitar que se cree un círculo vicioso de pobreza, creando en cambio mayores incentivos para adquirir nuevas aptitudes y buscar mejores oportunidades de empleo. En todo caso, un mejor funcionamiento de los mercados laborales es la manera más eficaz de aliviar el problema del desempleo persistente, una de las causas principales de la desigualdad y la exclusión social.

Países en desarrollo

Según las previsiones, el crecimiento del PIB real en los países en desarrollo se mantendrá relativamente pujante, en un nivel ligeramente superior al 6% en 1997 y en un nivel similar en 1998. Si bien se proyecta una nueva moderación de la rápida expansión de la región de Asia, se espera que muchos países de otras regiones que registraron un acusado fortalecimiento de la actividad económica en 1996 sostengan esta mejoría en el período venidero. En la mayoría de los países en desarrollo, la inflación baja o en descenso y la aplicación de una política fiscal prudente, en general, permiten suponer una reducción significativa de las amenazas al crecimiento derivadas de desequilibrios de política económica. No obstante, en varios casos han surgido grandes desequilibrios externos y sistemas bancarios frágiles, lo que ha quebrantado la confianza de los inversionistas. Estos problemas subrayan, por lo general, la presencia de riesgos de deterioro de las perspectivas de crecimiento a corto plazo y la conveniencia de una cierta atenuación de las presiones de demanda interna, así como la necesidad de reformas en el sector financiero. Siempre que no esté en peligro la estabilidad macroeconómica y se pongan en práctica las reformas necesarias sin retrasos excesivos, esas dificultades a corto plazo no deberían afectar significativamente a las perspectivas a largo plazo de estos países, que en general son favorables.

En América, tanto Argentina como México han seguido recuperándose tras la crisis de 1995, y se prevé que el crecimiento continúe siendo relativamente vigoroso en el período venidero. Mientras que en Argentina prácticamente existe estabilidad de precios, en México la tasa de inflación tendrá que reducirse aún más mediante la adopción de una política fiscal y una política monetaria prudentes; la introducción de nuevas reformas estructurales para fomentar el ahorro y la inversión también ayudarían a asegurar la viabilidad de la expansión. En Venezuela, la situación también ha registrado un giro favorable tras la caída del producto en 1996, pero la inflación se resiste a bajar de sus altos niveles, y las autoridades tendrán que perseverar en la realización de reformas para obtener mejores resultados en el sector no petrolero. En Brasil, la inflación continuó reduciéndose y se espera que baje a menos del 8% en 1997, aunque el déficit externo ha ido en aumento. Es necesaria una orientación fiscal aún más restrictiva para articular las políticas económicas de manera más equilibrada, reducir las tasas de interés y mantener la confianza del mercado. En Chile el crecimiento y la inflación se redujeron en cierto grado como resultado de las medidas adoptadas ante el riesgo de recalentamiento de la economía; la solidez de las variables económicas fundamentales permite prever que a mediano plazo se mantendrá un crecimiento comprendido entre el 6% y el 7%. Si bien la economía chilena sigue siendo la más pujante entre los países en desarrollo de América, también para otros países de la región se perciben señales alentadoras de que el mejoramiento de la disciplina macroeconómica y la intensificación de los planes de reforma estructural están delineando perspectivas de crecimiento más favorables.

En Asia, pese al extraordinario crecimiento económico de la región en los últimos años, en varios países se han producido recientemente presiones en los mercados financieros vinculadas a la inquietud en torno a los elevados déficit fiscales; en muchos casos, se han agravado las tensiones debido a la vinculación de las monedas con un dólar de EE.UU. que se ha ido apreciando. Las presiones se han sentido más en Tailandia, donde la fragilidad del sistema bancario coadyuvó a suscitar inquietudes en los mercados. Tras una serie de ataques contra el baht, se introdujo un régimen cambiario más flexible a principios de julio y a partir de ese momento la moneda se depreció más del 30% frente al dólar de EE.UU. Si se adoptan medidas adecuadas para fortalecer el sector financiero y la balanza de pagos, debería restablecerse la confianza con relativa rapidez. Es probable que el crecimiento económico de Tailandia se desacelere significativamente en el corto plazo, pero posteriormente debería retomar una tendencia muy pujante a más largo plazo. Varios países de la región padecieron los efectos de contagio de la crisis tailandesa, especialmente las Filipinas, Indonesia y Malasia. En estos países, en los que probablemente también se registre una desaceleración económica en el corto plazo, las autoridades tendrán que contener el déficit externo y recurrir en menor grado a los empréstitos externos para restablecer la confianza de los inversionistas. Tras una desaceleración bastante generalizada de la demanda externa en 1995–96, en la mayoría de estas economías se registró un repunte de las exportaciones en el primer semestre de 1997 como resultado del fortalecimiento general de la actividad industrial y el comercio a escala mundial a partir de mediados de 1996.

El aterrizaje suave de la economía de China logró aliviar las presiones inflacionarias: se prevé que la inflación de precios al consumidor se modere al 4½% en 1997, en franco contraste con la tasa de inflación del 22% registrada en 1994. Al mismo tiempo, el crecimiento se ha mantenido por encima del 9%, nivel que parece cercano a la tasa de crecimiento potencial de China. No obstante, para sostener un crecimiento a esa velocidad en un entorno de baja inflación será necesario reestructurar las empresas estatales y mejorar su eficiencia (entre otros medios a través de la diversificación de la propiedad), reformar el sector financiero y fortalecer los ingresos presupuestarios. La sólida situación de la balanza de pagos ofrece la oportunidad de acelerar la liberalización del comercio exterior, otro factor crucial para las perspectivas de crecimiento de China a largo plazo. En el anexo I se analizan con mayor detenimiento las tendencias a más largo plazo y los desafíos de política económica que se plantean en China.

Conforme a las proyecciones, también en la India continuará el crecimiento relativamente vigoroso, aunque el ritmo de avance para alcanzar los niveles de vida de las economías avanzadas es sensiblemente más lento que en China, e inferior al potencial del país. El proceso de reforma iniciado en 1992 ya ha producido resultados notables: el crecimiento anual, que en la década de los años ochenta y principios de los noventa era de alrededor del 5%, se elevó a un nivel que gira en torno al 7% desde 1994. No obstante, es necesario redoblar esfuerzos para reducir el abultado déficit fiscal, que sigue siendo un factor de riesgo para la inflación y un obstáculo al crecimiento. Es también necesario liberalizar aún más el comercio exterior y la cuenta de capital, desregular los mercados internos de productos y reformar el sector empresarial y el sector financiero para que el país se encamine de manera duradera en una senda de crecimiento más rápido. Pakistán, después de padecer graves dificultades de balanza de pagos a fines de 1996, sigue necesitando medidas vigorosas de estabilización para complementar las reformas estructurales de amplio alcance efectuadas recientemente.

La evolución económica de los países en desarrollo de la región de Oriente Medio y Europa ha mejorado significativamente en los últimos años, y se prevé que, en promedio, las tasas de crecimiento se mantengan en la gama del 4% al 5% en 1997–98 pese a una ligera disminución de los precios del petróleo. En Egipto, las medidas encaminadas a reducir la inflación y fortalecer la situación de las finanzas públicas, que estuvieron acompañadas de amplias reformas estructurales, han mejorado sensiblemente los resultados obtenidos y las perspectivas en materia de crecimiento económico. Jordania sigue cosechando los frutos de las reformas integrales introducidas, como se desprende del robusto crecimiento económico, la baja inflación y la reducción de los desequilibrios internos y externos. También se vislumbran perspectivas de crecimiento más favorables para la República Islámica del Irán si se adoptan reformas estructurales de amplio alcance. En Turquía, el crecimiento ha sido más vigoroso que el previsto, aunque es improbable que la persistencia de grandes desequilibrios fiscales y una inflación muy alta sea compatible con un crecimiento sostenido.

En lo que respecta a África, se ha revisado la estimación del crecimiento de todo el continente en 1997 de 4½%, cifra que se presentó en la edición de mayo de 1997 de Perspectivas de la economía mundial, a 3¾%. Esta revisión a la baja parece desalentadora dadas las esperanzas creadas por los resultados relativamente promisorios logrados en 1996. Cabe aclarar, sin embargo, que hubo importantes factores que influyeron en esta situación, como la sequía en Marruecos y la guerra civil y los disturbios políticos en la República Democrática del Congo y la República del Congo. En el resto de África, muchos países siguen beneficiándose de la adopción de políticas macroeconómicas y estructurales más sólidas. Por ejemplo, los países de la zona del franco CFA, como Cote d’Ivoire, Malí y Senegal están registrando una continua recuperación tras el ajuste del tipo de cambio en 1994 y las medidas complementarias adoptadas. Botswana, Malawi y Uganda también se caracterizan por un vigoroso crecimiento como resultado de las reformas orientadas al mercado y una mayor disciplina macroeconómica, a lo que se sumaron mejores condiciones climáticas. En Sudáfrica, las reformas de política económica adoptadas por las autoridades aún no han producido efectos en el crecimiento, y para 1997 se espera cierta desaceleración de la actividad económica. Pese a todo, con la continuidad de la reforma y la recuperación de la confianza de los inversionistas, comenzaron a mejorar las perspectivas. Los resultados económicos de Nigeria siguen siendo desalentadores y las perspectivas inciertas debido a las persistentes deficiencias de la política macroeconómica y estructural. En Argelia y Túnez, se prevé que el significativo avance del proceso de privatización y de reforma estructural dé sustento a un crecimiento continuo del orden del 5%. En general, si bien los reveses y la incertidumbre política de los últimos tiempos han puesto de manifiesto la fragilidad de la recuperación de África, hay también un número considerable de economías relativamente exitosas que demuestran que existe en la región el potencial necesario para corregir la prolongada tendencia descendente del nivel de vida observada durante gran parte del último cuarto de siglo. Se proyecta para 1998 una recuperación del crecimiento de África de alrededor del 5%.

La globalización de los mercados financieros y las recientes perturbaciones en los mercados cambiarios de Asia

El peso de los países en desarrollo en la economía mundial se está acrecentando con rapidez (gráfico 3). Al mismo tiempo, su creciente integración en los mercados financieros mundiales plantea grandes desafíos. La afluencia de capital, sobre todo de inversión extranjera directa, puede fortalecer considerablemente el crecimiento de los países, pero también existe el riesgo de que una cuantiosa entrada de capitales llegue a sustituir al ahorro interno, favorezca el recalentamiento de la economía, provoque un déficit excesivo en cuenta corriente y sature la capacidad del régimen de supervisión y de los sistemas financieros insuficientemente desarrollados. Aunque las economías en rápido crecimiento a menudo pueden mantener un déficit externo relativamente amplio durante un cierto período, siempre que los capitales que ingresan al país se inviertan de manera productiva, la experiencia demuestra que, tarde o temprano, la persistencia de un déficit abultado suscita cambios muy desestabilizadores en la actitud de los mercados. En ediciones anteriores de Perspectivas de la economía mundial se han examinado ampliamente las medidas requeridas para reducir dichos riesgos al mínimo, destacándose que en muchos casos es necesario fortalecer la política fiscal (aun cuando la situación fiscal sea sólida) y aplicar normas prudenciales que limiten la exposición del sistema bancario a problemas derivados de los préstamos internos y a riesgos cambiarios y de liquidez4. Además, la introducción gradual de la convertibilidad de la cuenta de capital ofrecería a los inversionistas del país más oportunidades de diversificación de sus carteras y ayudaría a aliviar las presiones potenciales sobre los precios de los activos nacionales.

Gráfico 3.Cambios de las posiciones relativas en la economía mundial1

(Participación en el producto mundial)

Se prevé que los países en desarrollo, debido a su rápido crecimiento, incrementen de manera continua su participación en el PIB mundial. Si China, por ejemplo, mantiene la tendencia reciente de crecimiento económico, podrá igualar la participación de Estados Unidos y la de la Unión Europea en aproximadamente diez años.

Nota: Los totales se calculan utilizando ponderaciones basadas en la paridad de poder adquisitivo, conforme al procedimiento normal empleado en Perspectivas de la economía mundial (véase el apéndice estadístico). Las proyecciones hasta el año 2010 se basan en extrapolaciones de las proyecciones de referencia a mediano plazo elaboradas por los funcionarios del FMI, que se presentan en el cuadro A45 del apéndice estadístico.

1Las franjas sombreadas indican proyecciones de los funcionarios del FMI.

Las graves consecuencias que puede tener un cambio apreciable en la actitud del mercado se han manifestado claramente a través de las crisis financieras en que quedó sumida gran parte de Asia sudoriental en los últimos meses. Una serie de factores explican las presiones especulativas que surgieron en Tailandia. La conjunción de un tipo de cambio efectivo real en alza y un voluminoso déficit en cuenta corriente agravaron el temor de una crisis y suscitaron inquietudes con respecto a la competitividad internacional. Por otra parte, la fuerte dependencia de préstamos del exterior (denominados en moneda extranjera) dejó a la economía más expuesta al riesgo cambiario y comenzó a percibirse una mayor vulnerabilidad a un repentino cambio de sentido de los flujos de capital. Además, probablemente el factor más importante hayan sido las graves deficiencias del sector financiero (sobre todo en las compañías financieras tailandesas), vinculadas en parte al rápido crecimiento que había registrado la concesión de préstamos garantizados por bienes raíces, al endeudamiento de las empresas en moneda extranjera sin la pertinente cobertura y a la desactivación económica. Por último, a medida que estos problemas se hicieron más evidentes y los mercados financieros los percibieron con mayor extensión y, por consiguiente, se agudizó la necesidad de adoptar medidas correctivas, la reacción inicial de las autoridades no logró acallar la creciente inquietud reinante en los mercados financieros. El resultado ha sido una crisis más profunda y más generalizada que la que probablemente se habría producido si se hubieran adoptado medidas suficientemente enérgicas en una etapa anterior. En realidad, el problema de confianza que en gran medida ha dado lugar a la caída de las reservas oficiales de Tailandia y la acumulación de grandes volúmenes de contratos a término en divisas, quizá hubiera podido evitarse o atenuarse considerablemente si el programa de estabilización actual se hubiera emprendido en el segundo trimestre del año.

Por otro lado, se observa decididamente que los mercados financieros privados pueden tener una tendencia a reaccionar de manera demasiado tardía, y por lo tanto de manera excesiva, para evitar un ajuste oneroso, cuando un país se ve asolado por problemas que derivan en una crisis cambiaría y en dificultades económicas conexas, y cuando resulta evidente el verdadero alcance de estos problemas. En el caso de México, por ejemplo, el mercado privado siguió canalizando cuantiosas entradas de capital durante una gran parte de 1994 antes de quedar sumido, tras la devaluación del peso en diciembre de 1994, en una crisis de confianza que dio lugar a una depreciación masiva de la moneda en términos nominales y reales y a un aumento de las tasas de interés internas a niveles elevadísimos. Contribuyeron a este desenlace desfavorable la inquietud en torno a la capacidad de las autoridades mexicanas para llevar a cabo un programa de ajuste enérgico y el hecho de que antes de la crisis se hubieran proporcionado datos incompletos. Sin embargo, dos años y medio más tarde, parece observarse claramente que la crisis de confianza en los mercados en México fue excesiva y que, lamentablemente, la economía mexicana quizá haya sufrido una corrección más penosa que la verdaderamente necesaria conforme a una evaluación objetiva de su situación económica y de su capacidad para llevar a cabo con éxito el ajuste de política económica. De la misma manera, los efectos de contagio a otras economías de la región en 1995 también parecerían haber sido excesivos. Sin duda, la comunidad internacional actuó de manera correcta al dar muestras de su firme respaldo a las medidas de estabilización adoptadas por México y evitar de esa forma que México y otros países se vieran afectados innecesariamente por mayores pérdidas.

Análogamente en el caso de Tailandia, ante el compromiso de las autoridades nacionales de llevar a cabo un enérgico programa de ajuste, la comunidad internacional ha aportado su respaldo. El ajuste es necesario y está en curso, y aunque en los próximos meses persistirán las dificultades económicas, cabe confiar en que Tailandia retome paulatinamente la trayectoria de pujante crecimiento económico por la que se ha caracterizado.

Una enseñanza fundamental que dejan estos episodios es que, aun cuando en ocasiones pueda parecer que la reacción de los mercados es exagerada, por lo menos en un análisis retrospectivo, es muy probable que los inversionistas actúen con prudencia, sobre todo cuando los gobiernos en un principio ignoran las señales que emite el mercado. Es más, los mercados desempeñan claramente una valiosa función como medio para alertar a los gobiernos de la necesidad de adoptar medidas oportunas, y es posible que sea necesario que reaccionen con energía para que las autoridades centren su atención en las medidas correctivas necesarias. Esto no hace sino reforzar la importancia de que se imponga la disciplina necesaria en la política económica para evitar reacciones negativas del mercado que pueden entrañar un alto costo.

Como ocurrió en el caso de México, los acontecimientos posteriores a la flotación del baht tailandés dispuesta recientemente ha demostrado la tendencia a que la crisis que afecta a un país tenga efectos de contagio en otros países en los que los mercados financieros consideran que se presentan similares factores de riesgo. No obstante, aunque existe cierto paralelismo entre Tailandia y otras economías de Asia sudoriental, también existen importantes diferencias. En particular, las variables fundamentales de la economía de las Filipinas, Indonesia y Malasia eran, en general, más sólidas que las de Tailandia en el momento de la crisis. Si bien la devaluación de la moneda tailandesa conllevaría un deterioro de la competitividad de algunos de los países vecinos, el alcance de los efectos de contagio parecería excesivo teniendo en cuenta las variables económicas fundamentales, aun cuando los responsables de la política económica deban cerciorarse de que se corrijan las carencias y deficiencias de la economía. En general, existen razones para creer que la turbulencia cambiaría se disipará sin mayor deterioro de las perspectivas de la región a largo plazo.

Los acontecimientos recientes también han hecho que se centre la atención en la función del régimen cambiario en los países en desarrollo. Desde la década de los años setenta se produjo una transición paulatina pero significativa hacia sistemas de tipos de cambio más flexibles. En unos pocos casos las autoridades optaron por una paridad cambiaría aún más fija que en el régimen de Bretton Woods de paridades fijas pero ajustables, estableciendo para ello cajas de conversión (como en Argentina y en Hong Kong, China). En términos más generales, los países han tendido a abandonar los tipos de cambio fijos que habían establecido cuando los países industriales adoptaron tipos de cambio flotantes a principios de los años setenta, e introdujeron en su lugar mecanismos que permiten ajustes más frecuentes, como bandas cambiarías (con tipos centrales de paridad móvil), un régimen de flotación dirigida o tipos de cambio flotantes. En casi todos estos casos, sin embargo, el tipo de cambio sigue siendo, apropiadamente, una preocupación fundamental de la política económica, y ésta suele ser objeto de ajustes para limitar la volatilidad cambiaría.

Contrariamente a lo que pudo haberse temido, la adopción de regímenes cambiarios más flexibles no ha traído aparejada, en general, una mayor inflación. Si bien la determinación de un tipo de cambio fijo en relación con una moneda fuerte (o la creación de una caja de conversión) ha sido a menudo un elemento esencial de las estrategias de desinflación, una vez que se controlan las fuerzas internas de inflación—por lo general, las políticas fiscales y monetarias poco restrictivas—la flexibilización de la gestión del tipo de cambio al parecer no menoscaba en la práctica la disciplina de la política macroeconómica, y puede muy bien ser más útil cuando se producen embates externos que requieren ajustes de las políticas internas. Es más, si bien existen muchos ejemplos de regímenes de tipo de cambio fijo que han funcionado razonablemente bien durante largos períodos, también existen numerosos ejemplos de regímenes de esa naturaleza en que el ajuste del tipo de cambio se efectuó de manera demasiado tardía ante una afluencia de capitales que en última instancia demostró tener efectos desestabilizadores. Una mayor disposición a permitir que el tipo de cambio fluctúe conforme evolucionen las circunstancias también puede ayudar a infundir en los inversionistas nacionales y extranjeros una noción más realista de los riesgos. No obstante, pese a las ventajas que estos regímenes cambiarios más flexibles podrían ofrecer para hacer frente a las presiones de balanza de pagos, plantean otros problemas, entre los que se destaca la necesidad de limitar la volatilidad excesiva del tipo de cambio.

Países en transición

Se perciben señales cada vez más alentadoras de que el proceso de transición está dando resultados satisfactorios. Países como Polonia, los países bálticos, la República Checa, la República Eslovaca, Hungría y Eslovenia, que han puesto en práctica medidas de estabilización y reforma de vasto alcance, están registrando un crecimiento relativamente sólido, una inflación moderada y un buen ritmo de avance en su reinserción en el sistema económico y financiero mundial. Si bien el crecimiento puede ser lento a corto plazo en la República Checa y en la República Eslovaca como resultado de las recientes presiones en el mercado cambiario, se espera que esta situación sea temporal siempre y cuando se adopten los ajustes de política económica que resulten necesarios. También hay indicios de que la contracción de la actividad económica habría llegado a su fin y podría haberse iniciado una reactivación en Rusia, donde las estadísticas oficiales quizás aún no capten en su totalidad muchas de las nuevas actividades y empresas que están surgiendo. En el resto de la región el avance aún no es uniforme. En Ucrania, en particular, la estabilidad macroeconómica es un logro relativamente reciente y el hecho de que no se hayan introducido reformas estructurales continúa obstaculizando el crecimiento. Otros países de la región que han mantenido una política financiera restrictiva y han llevado adelante la reforma estructural, como Armenia, Azerbaiyán, Georgia, Kazajstán y la República Kirguisa, se están beneficiando de un crecimiento económico sostenido y de nuevas reducciones de la inflación. Pese al lento avance registrado en algunos casos, parece probable que 1997 sea el primer año en que el conjunto de países en transición registre tasas de crecimiento positivas.

Es evidente, sin embargo, que quedan muchas tareas pendientes para salvaguardar y extender aún más el progreso logrado. En muchos de los países que se encuentran en una etapa menos avanzada de la transición, sigue siendo necesario establecer las instituciones de una economía de mercado, porque las que existen aún son rudimentarias. Además, los sistemas financieros en general no están suficientemente desarrollados y se ven debilitados por los préstamos en situación de incumplimiento; la reestructuración de las antiguas empresas estatales no ha avanzado mucho, y los gobiernos a menudo no pueden cumplir sus obligaciones debido a la insuficiencia de ingresos tributarios. Para que la transición tenga éxito sigue siendo esencial poner en práctica reformas adecuadas a fin de resolver estos problemas.

Además de las exigencias de política fiscal y estructural, en general los países en transición enfrentan grandes dificultades en lo que respecta a la política monetaria. Aunque el avance hacia la estabilización tras el período inicial de alta inflación ha sido significativo, la estabilidad macroeconómica sigue siendo frágil y la situación puede revertirse fácilmente, como lo demostraron las recientes crisis financieras en Albania, Bulgaria y Rumania. También es preciso seguir avanzando para establecer el marco de instrumentos e instituciones en el cual la política monetaria pueda operar en una economía de mercado. Además, las autoridades monetarias tendrán que contener los riesgos de inflación que podrían plantearse debido a los déficit fiscales y a los desequilibrios cuasifiscales que se manifiestan en atrasos en los pagos. Una prioridad fundamental es fomentar el establecimiento de sistemas bancarios sólidos basados en el mercado. La fragilidad de los sistemas bancarios crea importantes riesgos de inflación en la medida en que el gobierno puede sentirse obligado a acudir en rescate de las instituciones financieras insolventes; no obstante, en la mayoría de los países en transición los sistemas bancarios aún tienen una extensión tan reducida que los costos fiscales de la resolución de los problemas que puedan plantearse en el sector bancario probablemente representen una proporción mucho menor del PIB que los costos resultantes de varias crisis bancarias que afectaron recientemente a los países en desarrollo.

La política económica de los países que se encuentran en la etapa más avanzada de la transición están comenzando a afrontar nuevos desafíos como parte de un proceso que se inició con la gran afluencia de capital producida a raíz del emprendimiento de programas de ajuste y reforma. Si bien el capital a largo plazo fluye a los países atraído por las favorables perspectivas de crecimiento, el nivel relativamente elevado de las tasas de interés y la expectativa de una apreciación de las monedas también parecen haber sido factores que propiciaron la afluencia de inversiones financieras a plazos más cortos. No obstante, como ha sucedido en muchos países en desarrollo, una afluencia de capital a gran escala impone altos costos de esterilización y en la mayoría de los casos trae aparejada una expansión de los desequilibrios externos, lo que en definitiva entraña el riesgo de un cambio repentino de sentido de los flujos de capital a corto plazo. Aunque es necesario que tanto en la política fiscal como en la política monetaria se tengan en cuenta los peligros que acarrean los desequilibrios externos excesivos, en algunos países también puede ser necesario dar más flexibilidad al tipo de cambio para reducir el riesgo de presiones especulativas. Una cuestión fundamental en este contexto es el momento en que se decide un cambio de esa naturaleza. Asimismo, esta modificación del régimen cambiario debe sustentarse en el mantenimiento de la disciplina macroeconómica. En Bulgaria, la adopción de un tipo de cambio fijo a través de la creación de un mecanismo de caja de conversión obedeció a la necesidad de contener firmemente las expectativas con respecto a los precios a efectos de estabilizar la economía y restablecer la confianza en un contexto en que un régimen cambiario más flexible no hubiese gozado de credibilidad.

* * *

Las pujantes tendencias de crecimiento económico que se observan en los países en desarrollo y cada vez más en los países en transición pueden atribuirse al éxito de un número creciente de economías que han logrado conseguir y mantener la estabilidad macroeconómica y llevar a cabo reformas de apertura al exterior basadas en el mercado, que les están permitiendo integrarse con rapidez en el sistema económico y financiero mundial. En los países en desarrollo de América, Oriente Medio, el subcontinente indio y África donde los niveles de vida han ido mejorando sólo modestamente, y donde es posible que los avances económicos logrados en los últimos tiempos aún sean frágiles, se plantea la urgente necesidad de adoptar estrategias económicas de mayor alcance orientadas a corregir las deficiencias fundamentales de la política económica. Cabe afirmar lo mismo en lo que respecta a los países en transición que se mantienen a la zaga en el proceso de transformación. Si no se adoptan estrategias de alcance más amplio, es probable que los beneficios de la globalización sean mucho menores, y que sean mayores los riesgos de quedar marginados del progreso de la economía mundial.

Si bien la estabilidad macroeconómica, la liberalización del comercio exterior y la creación de la infraestructura institucional básica para el funcionamiento de una economía de mercado son elementos esenciales para lograr un crecimiento más vigoroso, y a menudo resultan suficientes para mejorar apreciablemente los resultados económicos durante cierto tiempo, se requieren reformas económicas de mayor envergadura para mantener y mejorar la trayectoria de crecimiento a más largo plazo y asegurar que los beneficios de las reformas se distribuyan de manera más amplia. Esta “segunda generación” de reformas, que en muchos casos también resulta necesaria en las economías avanzadas, tiene por objetivo acelerar el progreso social e invertir en capital humano mejorando la calidad del gasto público, aumentar la eficiencia y la solidez del sector financiero, estableciendo sobre todo una supervisión prudencial apropiada, reformar y en última instancia privatizar las empresas de propiedad del Estado y, en general, reducir la intervención del Estado en la economía en las esferas en que las fuerzas del mercado pueden actuar con mayor eficiencia, combatir la corrupción y mejorar la calidad del gobierno, y dar mayor transparencia al presupuesto público y mejorar de manera general la calidad y puntualidad de los datos económicos como forma de reducir el riesgo de cambios desestabilizadores de la confianza de los inversionistas en los casos en que en definitiva se materialicen los problemas económicos o financieros.

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