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Anexo II. El ajuste macroeconómico y estructural en el Oriente Medio y norte de África

Author(s):
International Monetary Fund. Research Dept.
Published Date:
June 1996
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Las economías de la región del Oriente Medio y norte de África ofrecen notables contrastes, con considerables diferencias en el ingreso per cápita y la estructura económica básica1. Casi todos los países de la región se clasifican como economías de ingreso medio, con ingresos per cápita que oscilan entre $1,000 y $7,000. Sin embargo, los Emiratos Árabes Unidos, Israel, Kuwait y Qatar, con un ingreso per cápita promedio de alrededor de $15,000 se clasifican como economías de alto ingreso, mientras que Egipto y la República del Yemen —con un ingreso per cápita de menos de $ 1,000— se clasifican como países de bajo ingreso. Israel, Jordania, Líbano, Marruecos y Túnez tienen una estructura económica más diversificada que la mayor parte de los países de la región, que se caracterizan por una limitada base de producción y exportación, especialmente los principales exportadores de combustibles como Argelia, la República Islámica del Irán y los estados árabes que integran el Consejo de Cooperación de los Estados Árabes del Golfo (CCG)2.

Debido a su alta dependencia de los recursos minerales, casi todos los países de la región siguen siendo particularmente vulnerables a la evolución adversa de su entorno externo (cuadro 28). Por ejemplo, la relación de intercambio de todos los principales productores de combustibles se ha deteriorado en más del 50% desde la crisis petrolera en sentido inverso de 1986, que ha complicado la gestión macroeconómica y obstaculizado el crecimiento económico. Además, dicha crisis tuvo importantes consecuencias en casi todos los demás países de la región, en particular Egipto, Jordania, Líbano, la República Árabe Siria y la República del Yemen, debido a que una elevada proporción de sus ingresos de divisas proviene de los países del CCG en forma de remesas de los trabajadores. Asimismo, la crisis regional de principios de los años noventa, tras la invasión de Kuwait por Iraq, se tradujo en un marcado deterioro de la situación fiscal de varios países del CCG, y a la vez tuvo un importante impacto sobre los flujos de ayuda y de remesas de trabajadores a otros países del Oriente Medio y norte de África.

Cuadro 28.Oriente Medio y norte de África: Ingreso proveniente de los recursos minerales(Porcentaje del ingreso total)
PaísIngreso fiscal1Ingreso de exportación1,2
Arabia Saudita74,874,5
Argelia58,678,9
Bahrein63,229,33
Egipto29,5410,4
Emiratos Árabes Unidos79,152,75
Irán, República Islámica del58,373,4
Israel
Jordania0,36,86
Kuwait68,1553,25
Líbano
Marruecos0,89,85
Omán72,987,85
Qatar69,675,35
Siria15,934,6
Túnez5,47,9
Yemen, República del28,243,4

Promedios de 1993/94, salvo indicación contraria.

Exportación de bienes y servicios más remesas de trabajadores.

Promediode 1992.

Incluye ingresos del Canal de Suez.

Promediode 1992/93.

Promediode 1992/94.

Promedios de 1993/94, salvo indicación contraria.

Exportación de bienes y servicios más remesas de trabajadores.

Promediode 1992.

Incluye ingresos del Canal de Suez.

Promediode 1992/93.

Promediode 1992/94.

En los últimos 15 años, los resultados económicos globales han sido decepcionantes, en particular en los países exportadores de combustibles, cuyo PIB real per cápita bajó en promedio un 20% entre 1981 y 1995 (gráfico 30). La caída del PIB per cápita coincidió con la atonía del mercado petrolero, el aumento de los desequilibrios fiscales y en cuenta corriente, y la acumulación de deuda externa (gráficos 31 y 32). Sin embargo, varios países han avanzado mucho —en particular los exportadores más diversificados— en el fortalecimiento de su crecimiento desde mediados de los años ochenta. Además, casi todos los países del Oriente Medio y norte de África han reconsiderado su estrategia económica e iniciado reformas para reducir los desequilibrios internos y externos abordando a la vez las deficiencias estructurales. La principal tarea que enfrentan casi todos los países de la región en los años venideros es la de perseverar en estas reformas e intensificarlas, con miras a aprovechar los beneficios de la globalización y la evolución favorable de la región3.

Gráfico 30.Oriente Medio y norte de África: Resultados económicos

(Variación porcentual, salvo indicación contraria)

1Egipto, Israel, Jordania, Marruecos, Siria y Túnez.

2Arabia Saudita, Argelia, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán, Qatar y la República Islámica del Irán.

Gráfico 31.Oriente Medio y norte de África: Saldo fiscal

(Porcentaje del PIB)

1Arabia Saudita, Argelia, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán, Qatar y la República Islámica del Irán.

2Egipto, Israel, Jordania, Marruecos, Siria y Túnez.

Gráfico 32.Oriente Medio y norte de África: Saldos externos

(Porcentaje del PIB)

1Arabia Saudita, Argelia, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán, Qatar y la República Islámica del Irán.

2Egipto, Israel, Jordania, Mamiecos, Siria y Túnez.

La experiencia del ajuste

Casi todas las economías del Oriente Medio y norte de África vienen sufriendo conmociones exógenas adversas desde 1986, entre ellas, un deterioro de la relación de intercambio, varios episodios de guerra y conmoción civil y, en los países del norte de África y la República del Yemen, sequías recurrentes. La naturaleza, intensidad y oportunidad de esas conmociones, y las medidas que se adoptaron para contrarrestarlas han sido significativamente diferentes según el país. Los exportadores de combustibles han confrontado un importante problema de ajuste como consecuencia de la erosión de los precios reales del petróleo desde principios de los años ochenta. El consiguiente deterioro de la relación de intercambio y la resultante inestabilidad macroeconómica fueron mucho más graves que los experimentados durante el mismo período por los otros países del Oriente Medio y norte de África que tienen una base económica y de exportaciones más diversificada (gráfico 33).

Gráfico 33.Oriente Medio y norte de África: Condiciones externas

(1985 = 100)

La economías exportadoras de combustibles

Los países exportadores de combustibles del Oriente Medio y norte de África tienen una fuerte dependencia de los ingresos provenientes de las exportaciones de hidrocarburos como fuente de divisas y de ingresos presupuestarios, que los hace particularmente vulnerables a las fluctuaciones de los precios mundiales del petróleo. Debido al alcance relativamente limitado de los sectores distintos de los hidrocarburos y a la reducida base imponible interna de la mayoría de estos países, se produjo una acusada reducción de los ingresos presupuestarios, de alrededor del 39% del PIB en 1981-85 a aproximadamente un 29% del PIB durante 1986-90. En parte, para compensar esta contracción del ingreso, el gasto público se redujo, aunque sólo entre 2 y 3 puntos porcentuales del PIB en los mismos períodos, principalmente como consecuencia de los recortes del gasto de capital4. El déficit fiscal promedio aumentó notablemente del 1½% del PIB en 1981-85 al 8% del PIB en 1986-90. A principios de los años noventa, la crisis regional se tradujo en un marcado incremento del gasto público en algunos países del CCG. Debido al subsiguiente descenso de los ingresos presupuestarios, como consecuencia de la caída de los precios del petróleo, y a pesar de los recortes del gasto público, los déficit presupuestarios han seguido siendo excesivos y llegaron en promedio al 9% del PIB en el grupo de países exportadores de combustibles en 1991-95. Las repercusiones de estos desequilibrios fiscales en la economía de los países del CCG fueron significativamente distintas de las observadas en Argelia y la República Islámica del Irán, debido principalmente a las diferencias en cuanto al grado de orientación hacia el exterior y a los niveles de reservas de divisas de esos países.

Tradicionalmente, los países del CCG han vinculado su moneda al dólar de EE.UU. y han mantenido sus sistemas comercial y de pagos libres de restricciones sobre las transacciones de la cuenta corriente y la cuenta de capital. Por consiguiente, en esos países la inflación no se agravó con las presiones de la demanda agregada resultantes de la orientación fiscal expansiva de la segunda mitad de los años ochenta. Estas presiones, sin embargo, contribuyeron a un sustancial deterioro de la balanza en cuenta corriente de estos países, que pasó de un superávit promedio del 7% del PIB en 1981-85 a prácticamente una situación de equilibrio en 1986-90.

Durante la primera mitad de los años noventa, casi todos los países del CCG intensificaron sus medidas de restricción del gasto. Por ejemplo, en Arabia Saudita el gasto público se redujo del 54% del PIB en 1986-90 al 44% del PIB en 1991-95 y esta reducción se complementó en 1995 con la adopción de medidas para incrementar en forma significativa los ingresos no petroleros. Las reducciones del gasto afectaron a una amplia gama de categorías como los servicios y suministros, las operaciones y el mantenimiento, y las subvenciones5. Pero las medidas que adoptaron los países del CCG resultaron insuficientes para reducir el déficit fiscal al bajo nivel registrado a mediados de los años ochenta. La persistencia de grandes desequilibrios fiscales contribuyó a que el saldo de la balanza en cuenta corriente pasara de un superávit a un déficit promedio de alrededor del 10% del PIB en 1991-95 lo que dio lugar a una disminución de los activos externos, tanto oficiales como del sector privado. También la deuda pública interna aumentó rápidamente como porcentaje del PIB, y en el caso de Arabia Saudita subió de alrededor del 50% a más del 80% en los tres últimos años. Para revertir esta tendencia será necesario redoblar los esfuerzos a fin de reducir los déficit primarios y aumentar el crecimiento mediante reformas estructurales.

A diferencia de los países del CCG, los sectores distintos de los hidrocarburos han desempeñado un papel mucho más importante en las economías de Argelia y la República Islámica del Irán. Ello se ha debido en parte a la estrategia de sustitución de las importaciones adoptada originalmente por ambos países, cuya población y mercado interno son mucho mayores que los de los países del CCG. La política de sustitución de las importaciones también favoreció una menor apertura de los regímenes comercial y de pagos que en los otros exportadores de combustibles del Oriente Medio y norte de África, lo que permitió a Argelia y a la República Islámica del Irán evitar un significativo deterioro de su balanza en cuenta corriente, a pesar de haberse agudizado sus desequilibrios fiscales en la segunda mitad de los años ochenta. Por otra parte, las presiones de demanda resultantes de los desequilibrios fiscales dieron lugar a fuertes presiones inflacionarias que, pese a los controles generalizados de precios, se tradujeron en un aumento de la tasa de inflación que pasó de un promedio del 14% en 1981-85 a un promedio del 19% en 1986-90. A principios de los años noventa, la persistencia de los desequilibrios internos y externos y la consiguiente acumulación de deuda externa impulsaron a ambos países a tomar algunas medidas para hacer más restrictiva la gestión de la demanda, y poner en marcha importantes reformas estructurales, entre ellas la unificación de los tipos de cambio y la liberalización de las transacciones corrientes externas. En Argelia, esas medidas se emprendieron en el marco de un programa de ajuste respaldado por el FMI en 1991. Sin embargo, se vieron socavadas por la política salarial y, sobre todo debido a que la reforma no contó con suficiente respaldo político, no pudieron sostenerse por mucho tiempo.

La reimposición de una serie de restricciones cambiarías y al comercio exterior, y la aplicación de una política fiscal y monetaria mucho menos restrictivas en Argelia en 1992-93 y en la República Islámica del Irán en 1993-94 en el contexto de un entorno externo difícil, afectaron negativamente a los resultados económicos. El nivel del ingreso per cápita siguió reduciéndose, y la inflación volvió a subir al punto de que su promedio en 1991–95 fue del 25%. El deterioro de la situación económica obligó a Argelia a formular, un programa más completo de estabilización macroeconómica y reforma estructural en 1994. Este programa, que ha sido respaldo por el FMI, se ha basado en políticas restrictivas de gestión de la demanda y una contención de los salarios, así como en un reajuste de los precios relativos, la eliminación de las restricciones al comercio y los pagos, y la adopción de mecanismos de mercado para dar al sector privado un mayor papel en la economía. Como consecuencia, se ha frenado el descenso de la actividad económica, y el déficit fiscal se ha contraído de alrededor del 9% del PIB en 1993 a aproximadamente un 1% en 1995. La República Islámica del Irán también ha logrado reducir significativamente el déficit presupuestario en los dos últimos años, lo que ha contribuido a contener la inflación, pero ante la persistencia de las restricciones externas, ha mantenido las restricciones al comercio y los pagos.

Los exportadores diversificados

Los exportadores más diversificados constituyen un grupo bastante heterogéneo de países que presentan diferencias significativas en cuanto a la amplitud y la coherencia de sus programas de ajuste. Israel, Jordania, Marruecos y Túnez fueron los primeros en iniciar programas generales de estabilización macroeconómica y reforma estructural en los años ochenta. Esos programas se han mantenido a lo largo del tiempo, contribuyendo así a reducir los desequilibrios internos y externos y al logro de una mejora notable de todos los resultados económicos. Egipto y la República Árabe Siria también emprendieron reformas, aunque más tarde (a principios de los años noventa) y en forma más gradual. Recientemente, Líbano y la República del Yemen se han encontrado en situación de empezar a abordar sus desequilibrios macroeconómicos y deficiencias estructurales, después de haber dejado atrás prolongados períodos de conmoción civil e inestabilidad política que obstaculizaron gravemente la formulación de su política económica e interrumpieron la actividad económica.

Durante los años setenta, Israel, Jordania, Marruecos y Túnez adoptaron una estrategia autárquica de desarrollo caracterizada por la imposición generalizada de controles internos y la aplicación de políticas financieras laxas. Dicha estrategia resultó insostenible a principios de los años ochenta, y los desequilibrios internos y externos se agravaron. Al no restringirse el gasto público a pesar de la disminución de los ingresos, los déficit fiscales aumentaron significativamente: en promedio, sobrepasaron el 14% del PIB en 1980-85. Los crecientes desequilibrios fiscales contribuyeron al aumento de la inflación y al deterioro de su situación externa: por término medio, la carga de la deuda externa ascendió a más del 90% del PIB durante la primera mitad de los años ochenta.

En la segunda mitad de esa década. Marruecos, Túnez e Israel, y posteriormente Jordania, reexaminaron su estrategia en materia de política y procuraron corregir su situación fiscal y reducir el nivel de absorción del gobierno, restringiendo primero el gasto corriente y de capital, y en una segunda etapa reformando el sistema tributario. Los objetivos de la reforma tributaria fueron ampliar la base imponible, dar más elasticidad al sistema tributario, y aplicar impuestos menos distorsionantes, como el impuesto al valor agregado (Israel, Marruecos y Túnez) o un impuesto general sobre las ventas (Jordania). La aplicación de una política fiscal más restrictiva dio lugar a una acusada disminución de los déficit presupuestarios, que en promedio bajaron del 14% del PIB en 1981-85 a alrededor del 5% del PIB en 1986-90 y al 3% del PIB en 1991-95. Al mismo tiempo, la introducción de instrumentos de deuda emitidos por el Tesoro y orientados hacia el mercado permitió recurrir en mayor medida a fuentes no inflacionarias para financiar el déficit. La mejora de la situación fiscal se ha respaldado con la adopción de políticas monetarias menos flexibles y ha permitido encauzar el crédito de tal manera que se apoye la actividad del sector privado.

Estas políticas contribuyeron a reducir sustancialmente la inflación, en especial en Israel, donde la tasa de inflación se redujo de un promedio de más del 200% anual durante 1981-85 a menos del 25% durante 1986-90 y al 13% en 1991–95. En Jordania, Marruecos y Túnez, la inflación promedio que se situó en un 9% en 1981-85 bajó a alrededor del 6% en 1986-95. Esas políticas fiscales y monetarias antiinflacionarias, combinadas con la aplicación de tipos de cambio generalmente flexibles permitió que estos países superaran el deterioro de alrededor del 12% en promedio que sufrió la relación de intercambio entre 1986 y 1995, y evitaran un desajuste significativo de los tipos de cambio reales.

Desde el punto de vista de la oferta, los cuatro países han adoptado medidas de gran alcance para liberalizar la estructura de incentivos y reformar el marco reglamentario. Se han dado pasos importantes para liberalizar el comercio exterior —factor decisivo para fomentar la exportación y estimular la competencia interna— en particular mediante la virtual abolición de las restricciones cuantitativas y la reducción de la protección efectiva. También han avanzado considerablemente en la eliminación de los controles de los precios internos. Varios países (Jordania, Marruecos y Túnez) han puesto en marcha ambiciosos programas de privatización para ampliar el ámbito de la actividad privada y ayudar a reducir la carga de las empresas estatales sobre las finanzas públicas. La reforma del sector financiero ha facilitado el financiamiento de la inversión del sector privado. Se han desreglamentado en gran medida las tasas de interés y se han eliminado los programas de asignación obligatoria del crédito, al tiempo que se ha modernizado la legislación bancaria y se han adoptado normas prudenciales más acordes con las internacionales.

La sustancial reducción de los desequilibrios internos y la liberalización de la estructura de incentivos ha permitido a estos países lograr la convertibilidad de la cuenta corriente externa y al mismo tiempo acumular reservas de divisas. Además, el hecho de que hayan conseguido eliminar gradualmente algunas de las restricciones sobre las transacciones a más largo plazo de la cuenta de capital ha contribuido a atraer inversión privada extranjera.

Como resultado de las reformas ha aumentado la participación del ahorro y la inversión en el PIB. También ha aumentado sustancialmente la eficiencia de la inversión. En consecuencia, la actividad económica se aceleró en forma significativa: la tasa de crecimiento del PIB real subió del 3½% anual en la primera mitad de los años ochenta a casi el 5% en 1991-95. Eso se tradujo en un aumento más limitado, aunque sustancial del crecimiento del ingreso per cápita, que pasó del 1,1% anual en 1981-85 al 1,7% en 1991-95, debido en parte al impacto del gran número de trabajadores palestinos que regresaron a Jordania de los países del CCG después de la crisis del golfo Pérsico de 1990-91, y de emigrantes de la antigua Unión Soviética que se trasladaron a Israel.

A principios de los años noventa, Egipto y la República Árabe Siria tomaron medidas para liberalizar sus economías, después de aplicar durante varias décadas una política comercial autárquica y de tener un régimen de propiedad estatal predominante en casi todos los sectores de la actividad económica. No obstante, el sector público aún desempeña un papel protagónico en ambos países, no sólo en el sector de los hidrocarburos sino también en la industria, donde las empresas de propiedad estatal representan más de las dos terceras partes del producto.

En la segunda mitad de los años ochenta, Egipto sufrió graves desequilibrios macroeconómicos, entre ellos un déficit presupuestario medio del 18% del PIB, una tasa de inflación media de alrededor del 20%, y una deuda externa de más del 90% del PIB. En 1991, después de haber tratado varias veces de corregir estos desequilibrios y liberalizar la economía, Egipto emprendió la ejecución de un programa de estabilización macroeconómica y de reforma estructural respaldado por el FMI. En el marco de este programa, se lograron importantes avances en materia de ajuste fiscal, además de reforzar el presupuesto mediante la aplicación de un impuesto general sobre las ventas y la adopción de una reforma global del impuesto sobre la renta y de significativas medidas de restricción del gasto. Como consecuencia de estas medidas, así como del aumento de los ingresos provenientes del petróleo y los ingresos del Canal de Suez, el déficit fiscal se redujo en forma constante del 17% del PIB en 1990/91 a menos del 2% del PIB en 1994/95, lo que contribuyó a que la tasa de inflación bajara a alrededor del 9% en 1994/95. La intensificación de las medidas de ajuste a partir de 1991, combinada con el alivio de la deuda y un aumento de la afluencia de capital se tradujeron asimismo en una sustancial acumulación de reservas internacionales. Egipto también ha puesto en marcha varias reformas estructurales al objeto de liberalizar el régimen de comercio exterior, eliminar las subvenciones a los insumos y los bienes de consumo, y privatizar las empresas del sector público. Con todo, para sentar las bases de un crecimiento del PIB real per cápita habrá que perseverar en la aplicación de una política macroeconómica y de reforma estructural apropiada.

Desde principios de los años noventa, el actual proceso de transición de la República Árabe Siria de una economía estrictamente reglamentada, dominada por el sector público, hacia una economía basada en el mercado e impulsada por el sector privado se ha centrado en la promoción de la inversión privada, el comercio exterior, la fijación más realista del precio de las divisas y una mayor flexibilidad de precios. El reajuste de los precios relativos ha inducido una vigorosa reacción de la oferta y un aumento significativo del crecimiento: el producto creció en promedio un 7% durante 1991-95. Sin embargo, las medidas de liberalización de la República Árabe Siria, no están respaldadas por un ajuste fiscal suficiente. El elevado gasto público dio lugar a presiones presupuestarias que se intensificaron cuando se agotó el financiamiento externo tras la crisis regional de 1990-91 y bajaron los precios del petróleo. En consecuencia, el saldo fiscal pasó de un superávit de alrededor del 2% del PIB en 1992 a un déficit de aproximadamente 4% en 1995. Las concomitantes presiones de la demanda agregada han contribuido al deterioro de la balanza en cuenta corriente, que pasó de un superávit del 8% del PIB en 1991-92 a un déficit del 3½% del PIB en 1993-95.

En los últimos años, las dificultades económicas de la República del Yemen se han visto agravadas por la marcada disminución de la ayuda externa y de las remesas de los trabajadores tras la disolución de la antigua Unión Soviética y la guerra del golfo Pérsico, así como por el deterioro de la relación de intercambio. La conmoción civil que siguió a la unificación del país limitó la capacidad del Gobierno para hacer frente a estos factores externos, e impuso sobre la economía la carga que representó el costo de la reconstrucción. A la resolución del conflicto político a fines de 1994 siguió, en 1995, la adopción de decididas medidas destinadas a ajustar el curso de las políticas de gestión de la demanda e iniciar la reforma estructural. Estas medidas iniciales se reforzaron en 1996, con la formulación, de un programa integral de ajuste que incluía enérgicas medidas de estabilización y un vasto conjunto de reformas estructurales de gran alcance. Este programa tiene por objeto lograr un mayor crecimiento de los sectores distintos de los hidrocarburos, y al mismo tiempo reducir rápidamente la inflación y avanzar en el restablecimiento de la viabilidad del sector externo. Las medidas básicas de política recientemente iniciadas se concentran en un mayor reajuste y liberalización de los precios relativos, incluso del tipo de cambio y las tasas de interés, una orientación sustancialmente más restrictiva de la política fiscal, una mayor liberalización del sistema de comercio exterior y de pagos, y un enérgico programa de privatización.

La guerra civil de Líbano, que duró 15 años (1975-90), costó mucho en vidas humanas y en términos económicos. Se estima que el ingreso per cápita se redujo más de un 50% durante ese período. El fin de las hostilidades en 1990 y el restablecimiento de la estabilidad política permitieron la adopción de políticas económicas concertadas que aseguraran una recuperación sostenible de la economía. Además de un repunte del crecimiento del PIB real, las medidas de estabilización se centraron en un ancla del tipo de cambio nominal que permitió una fuerte reducción de la inflación y una acumulación de reservas de divisas hasta un nivel holgado. Pese a la necesidad de financiar un vasto programa de reconstrucción, será preciso reducir aún más el déficit presupuestario para alcanzar los objetivos de estabilización que se han propuesto las autoridades.

Tareas pendientes

La región del Oriente Medio y norte de África cuenta con considerables recursos naturales, humanos y financieros; tiene una ubicación estratégica, mantiene desde hace mucho vínculos económicos y financieros con los países industriales, y tiene una considerable capacidad comercial. Para aprovechar más plenamente este potencial, todos los países de la región han reexaminado su estrategia económica, orientándola hacia el logro de un crecimiento elevado y sostenible. En consecuencia, su objetivo se ha centrado en conseguir un entorno macroeconómico más estable y una asignación más eficiente de los recursos.

Hasta ahora, los avances en el logro de esos objetivos ha variado sustancialmente de unos países a otros, en términos de oportunidad, profundidad y compatibilidad de las medidas de ajuste. Los problemas que deberán enfrentar en el futuro próximo seguramente variarán mucho en función de esas diferencias y del resultado de los programas de ajuste anteriores. Además, también dependerán en gran medida de cómo evolucione el entorno externo, y en particular, 1) las perspectivas de paz árabe-israelí6; 2) las oportunidades para una integración más estrecha con la Unión Europea en el marco de la Iniciativa de la Cuenca del Mediterráneo7; 3) las perspectivas económicas en los países industriales, y 4) la evolución de los precios mundiales de los hidrocarburos, que podrían sufrir grandes presiones a la baja en función de cómo evolucionen los países de la antigua Unión Soviética y el posible retorno de Iraq al mercado petrolero.

Las proyecciones actuales indican que se mantendrá la expansión relativamente moderada de la actividad económica en los países industriales, y que en los próximos dos años los precios del petróleo seguirán siendo relativamente bajos. No obstante, se prevé que mejorarán las perspectivas a corto plazo de los países del Oriente Medio y norte de África. La tasa media de crecimiento del PIB real será de alrededor del 3½% en 1996-97, lo que permitiría un incremento del 1% anual en el ingreso per cápita. Al mismo tiempo, se prevé que la tasa media de la inflación se desacelerará al 6½%, mientras que la balanza en cuenta corriente se reducirá al 1½% del PIB para 1997. Para que se cumplan estas proyecciones y la región refuerce su potencial para alcanzar un crecimiento económico sostenible, todos los países del Oriente Medio y norte de África deberán abordar con decisión el problema de los desequilibrios macroeconómicos y las deficiencias estructurales que han limitado el ahorro y la inversión.

Primero, muchos países, especialmente los que son miembros del CCG, siguen teniendo grandes desequilibrios fiscales, que han contribuido a los abultados déficit de balanza de pagos y al aumento de la deuda pública en los últimos años. Los países exportadores de combustibles necesitan ampliar su base imponible interna mediante la adopción de impuestos internos de base amplia para que sus ingresos presupuestarios dependan menos de los ingresos provenientes de los hidrocarburos. De igual forma, entre los exportadores más diversificados, Líbano, la República Árabe Siria y la República del Yemen se beneficiarían con la adopción de impuestos internos de base más amplia, mientras que Jordania, Marruecos y Túnez tendrían que hacer más hincapié en otras fuentes de ingreso para compensar las pérdidas de impuestos al comercio que se prevén como consecuencia de la puesta en práctica de los acuerdos celebrados con la Unión Europea. Desde el punto de vista del gasto, algunos países de la región tendrían que tratar de circunscribir más a los grupos más vulnerables de su población las subvenciones generalizadas que aún existen y mejorar la educación pública para reducir la pobreza y facilitar la integración de estos países en la economía mundial. Al mismo tiempo, tendrán que emprender una reforma de la administración pública para reducir el gasto público en sueldos y salarios y hacer más eficientes las operaciones del sector público. Las perspectivas de ampliar el proceso de paz entre los países árabes e Israel también ofrecerán un mayor margen para reducir en forma significativa los gastos de defensa con el tiempo.

Segundo, los países del Oriente Medio y norte de África tendrán que intensificar los programas de privatización para revitalizar sus sectores manufactureros, y limitar las operaciones del gobierno al suministro eficiente de bienes públicos. Si bien ya se han registrado avances tangibles en algunos países, como Marruecos, la necesidad de dar un papel más destacado al sector privado es particularmente imperiosa en Argelia, Egipto, la República Islámica del Irán y la República Árabe Siria, donde las empresas públicas siguen predominando en los sectores industriales.

Tercero, también es preciso redoblar los esfuerzos para reducir el alcance de las reglamentaciones y eliminar las distorsiones en los mercados de bienes y de factores para mejorar la eficiencia en la asignación de recursos. El sistema de comercio exterior y pagos de varios países de la región aún está plagado de restricciones como aranceles excesivos y restricciones cuantitativas generalizadas. Si bien las economías de los países del CCG son relativamente abiertas, varios otros países, como Egipto, la República Islámica del Irán y la República Árabe Siria necesitan reformar su régimen de comercio. En el caso de Israel, Jordania, Marruecos y Túnez, que ya se han comprometido a incorporarse a una zona de libre comercio con la Unión Europea, el desmantelamiento de las barreras al comercio con terceros países contribuirá a minimizar el riesgo de desviación del comercio. En cuanto a los mercados de factores, habrá que tomar medidas para facilitar la movilidad de la mano de obra en ciertos países y dentro de la región, a fin de maximizar la creación de oportunidades de empleo para la fuerza laboral en rápido crecimiento de la mayor parte de los países del Oriente Medio y norte de África. Además, habrá que adoptar nuevas medidas para fortalecer la intermediación financiera en la mayor parte de los países no miembros del CCG mediante la eliminación de los controles sobre las tasas de rentabilidad y la asignación del crédito (en particular en la República Islámica del Irán y la República Árabe Siria), la promoción de una mayor competencia entre las instituciones financieras y el fortalecimiento de la reglamentación prudencial.

Cuarto, es preciso diversificar más la base de las exportaciones de productos distintos de los hidrocarburos, para que los países del Oriente Medio y norte de África no sean tan vulnerables a los cambios desfavorables de la relación de intercambio. Esa necesidad es particularmente aguda en países como Argelia, Egipto, la República Islámica del Irán y la República Árabe Siria, que tienen capacidad para llevar a la práctica vigorosas estrategias de crecimiento basadas en la exportación8. Estos dos últimos países también se beneficiarían de una mayor liberalización de sus mercados de divisas. Más allá de estas medidas estructurales, la sostenibilidad de los programas de reforma requerirá un entorno macroeconómico estable, con políticas fiscales, monetarias y cambiarías coherentes.

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