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11. Las perspectivas económicas para las Américas en el contexto de una nueva arquitectura financiera

Author(s):
International Monetary Fund
Published Date:
September 1999
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Fragmentos del discursos pronunciado ante la Conferencia de Montreal, Montreal, Canadá, el 2 de junio de 1999.

Es un gran placer para mí participar en esta conferencia, no sólo por tratarse de un tema de gran proyección futura, no sólo por el enfoque positivo con que ustedes abordan la globalización, sino también porque en este foro está representada una gama extraordinariamente amplia de países: países industrializados, economías de mercados emergentes y países en desarrollo de bajo ingreso, cuya presencia nos recuerda que el desafío que se nos plantea es asegurar que cada uno de los países tenga la posibilidad de beneficiarse plenamente de la globalización.

En los dos últimos años el mundo ha sufrido la crisis más grave en 50 años. Hoy quisiera decirles por qué se justifica cierto optimismo, aunque decididamente no la euforia, pero también por qué este optimismo debe temperarse con un alto grado de realismo y respaldarse con un continuo esfuerzo de parte de todos nosotros —el sector público, el sector privado, las instituciones internacionales— para llevar adelante la reforma que ya se ha iniciado a escala nacional e internacional.

Quisiera comenzar con una nota positiva. Sí, puedo confirmar que, a nuestro juicio, lo peor de la crisis de Asia ya ha pasado y que el continente americano debería beneficiarse de esta situación.

En Estados Unidos y Canadá, la expansión económica que viene observándose desde hace tiempo es el resultado de la política macroeconómica prudente que han adoptado los dos países durante esta década. La política monetaria ha llevado la inflación a bajos niveles y, en ambos, el drástico ajuste fiscal ha puesto mayores recursos a disposición del sector privado, lo que ha dado lugar a un notable crecimiento de la inversión. En Estados Unidos, el reciente ritmo de crecimiento de la demanda agregada ha sobrepasado las estimaciones generalmente aceptadas y la tasa de desempleo ha alcanzado los niveles más bajos que se hayan visto en los últimos 30 años. Esta situación indica que, con un firme y acelerado crecimiento de la demanda, la economía podría alcanzar rápidamente sus límites, lo que plantea el riesgo de un resurgimiento de las presiones inflacionarias. Al mismo tiempo, la vacilante recuperación económica de Europa y la lenta recuperación de la economía japonesa, en particular, ponen de manifiesto la necesidad de que estos países emprendan nuevas iniciativas de política económica que contribuyan a restablecer una trayectoria de crecimiento económico mundial más equilibrada.

Más al sur, encontramos elementos que también justifican un optimismo prudente. En los últimos dos meses hemos observado un resurgimiento de la confianza de los inversionistas, y hay indicios de que la desaceleración de la actividad ha sido menos pronunciada que lo previsto, especialmente en Brasil. La crisis parece haber tocado fondo, y en algunos casos vemos incluso el comienzo de una reactivación. Igualmente sorprendente ha sido la repercusión relativamente suave de la crisis de Brasil en otros países, sobre todo Argentina, Chile y México. Sin duda, es muy pronto para cantar victoria, pero estos países son dignos de elogio por haber reforzado su capacidad de resistencia impartiendo a la política económica una orientación enérgica. Durante más de diez años, su sólida política macroeconómica ha contenido la inflación, en tanto que la menor absorción de recursos por el sector público y las amplias reformas han fortalecido la economía, especialmente el sector financiero. Creo que, a partir de estas crisis, dado el permanente riesgo de volatilidad de los flujos de capital, muchos países están reconociendo el valor de la pronta adopción de medidas de política frente a las presiones externas, y muchos inversionistas están aprendiendo a establecer diferencias entre las economías.

¿Y qué sucede con los otros países de la región: los países de América Central y el Caribe? La persistente crisis de la pobreza y las catástrofes naturales —que tan a menudo parecen asolar a los mismos países menos afortunados— requerirán más tiempo para superarse que las crisis de los mercados emergentes. Creo que su situación debe ser uno de los temas prioritarios de nuestro programa de trabajo al aproximarnos al fin del siglo. De hecho, puedo asegurarles que no hemos olvidado las necesidades de estos países: en estos momentos, mediante el servicio reforzado de ajuste estructural, proporcionamos financiamiento en condiciones muy concesionarias a las cinco economías más pobres del continente. En lo que se refiere al impacto de las catástrofes naturales, en 1998 se ha proporcionado ayuda de emergencia a cuatro economías de América Latina o el Caribe que quedaron devastadas por huracanes. Asimismo, el FMI participó activamente en los esfuerzos internacionales para respaldar la reconstrucción en América Central tras el huracán Mitch.

Pero suministrando respaldo a cada país individualmente no lograríamos mucho si no atacáramos los problemas básicos que desencadenaron la crisis de proporciones mundiales que acabamos de sufrir.

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¿Qué tipo de economía mundial queremos para el futuro? Una economía que haga hincapié en los mecanismos de libre mercado —en un contexto de apertura del comercio exterior y de los movimientos de capital— respaldados por sistemas financieros nacionales sólidos y por una buena gestión de los asuntos públicos y de las empresas. Una economía en la cual el sector privado sea el principal motor de la inversión y el crecimiento y en la cual los inversionistas evalúen los riesgos de manera realista y operen en un marco claramente definido, aunque no opresivo, de leyes y reglamentaciones. Y, por supuesto, una gestión macroeconómica correcta que respalde la estabilidad nacional y mundial.

Veamos cuánto han avanzado los países del continente para poner en práctica los elementos de esta nueva arquitectura.

Durante más de una década, los países de América Latina han desplegado decididos esfuerzos para reformar su economía, realizar una gestión económica sana e integrarse a la economía mundial. Estos esfuerzos se redoblaron a raíz de la crisis mexicana de 1994—95. Entre otras medidas adoptadas para fortalecer los sistemas financieros, se ha reforzado la supervisión mediante el perfeccionamiento de los procedimientos de evaluación de riesgos, los sistemas de divulgación de información y las normas contables, la adopción de exigencias más estrictas en materia de capitales, la reestructuración de los activos de los bancos, la privatización de los bancos y la apertura a la participación extranjera en el sector bancario. Chile, Argentina, Brasil, Perú y Venezuela han llegado lejos en esta empresa y recientemente México ha tomado medidas en este sentido. Al verse golpeadas por la crisis, en general las economías de la región no se replegaron tras barreras proteccionistas; más bien, demostraron estar resueltas a fortalecer la orientación de sus políticas.

No obstante, considero que todavía podemos hacer más: la liberalización del comercio exterior, la reforma del sector empresarial y la eficiencia del sector público son aspectos que siempre pueden mejorarse. Al ir consolidándose las reformas, unos pocos países ya han comenzado a superar los coeficientes prudenciales establecidos en los principios básicos de Basilea. A medida que continúe este proceso, dado que los riesgos para los bancos de la región pueden ser mayores que los riesgos para los bancos internacionales más diversificados, los países podrían considerar la posibilidad de establecer normas regionales que vayan más allá de los mínimos internacionales en lo que respecta a la solidez del sector financiero. ¿Qué mejor forma de demostrar la fortaleza de la región?

¿Qué otras repercusiones tendrá para estos países la nueva arquitectura? Al igual que las economías de todas las regiones, espero que den muestras de su determinación de operar sus economías ateniéndose a las normas más elevadas en materia de transparencia y buen gobierno. Esto significaría adaptar las leyes, códigos de conducta y normas nacionales a las normas de aceptación internacional que se están formulando o revisando en materia de contabilidad, auditoría, valores, seguros, gestión de empresas, quiebras y sistemas de pago y liquidación. En el sector público, se está fomentando la transparencia mediante tres códigos que el FMI ya ha diseñado o está diseñando en colaboración con otros organismos. El primero es un código sobre la divulgación de datos, orientado a los países que aspiran a movilizar recursos en los mercados internacionales de capital; este código se encuentra en pleno funcionamiento y ya ha sido adoptado por nueve países americanos. El segundo código, el código sobre la transparencia en la política fiscal, que también se encuentra en funcionamiento, y el tercero, un código sobre la transparencia en las políticas monetarias y financieras, que se encuentra en las etapas finales de preparación, deberían ayudar a que las estrategias y medidas formuladas por las autoridades sean más transparentes para los participantes en el mercado.

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En lo que atañe a Canadá y Estados Unidos, quisiera señalar tres maneras en que los países industriales podrían contribuir a establecer cimientos sólidos para esta nueva arquitectura.

  • Deben sentar el ejemplo en la aplicación de normas nuevas o revisadas, aunque, por supuesto, suelen estar muy avanzados en muchos respectos. Cabe citar el proyecto de código de transparencia en las políticas financieras y monetarias, que traerá aparejado un importante cambio en la cultura, un cambio que en realidad ya ha comenzado. En lugar de basarse en cierta“ambigüedad constructiva'”' en la conducción de las políticas monetarias y financieras, se invitará a los bancos centrales a funcionar dentro de un marco transparente para formular y comunicar las modificaciones de política. Canadá, nuestro país anfitrión, ha estado a la vanguardia en este ámbito al aplicar un marco de política monetaria cuyas metas específicas de inflación han dado más transparencia a la ejecución de la política. A su vez, la determinación con que se puso en práctica este enfoque redujo la inflación y dio mayor credibilidad al banco central.

  • Los reguladores, los supervisores y los participantes en el mercado tienen todos una función concreta. Los grupos de trabajo iniciales del nuevo Foro sobre Estabilidad Financiera —creado por el Grupo de los Siete— aportarán valiosos puntos de vista sobre el grado en que los flujos de capital de corto plazo, el elevado apalancamiento de las instituciones financieras y las operaciones de los centros financieros extraterritoriales contribuyen a la inestabilidad financiera. Todas estas son esferas a las cuales las autoridades de reglamentación y supervisión de los países industriales deben prestar especial atención, y Canadá ha formulado propuestas muy valiosas a este respecto. Sin embargo, las conclusiones a las que se llegue en el Foro tendrían aún más peso si participaran otros países en las deliberaciones, además de los miembros del Grupo de los Siete. Por otra parte, cabe esperar que los participantes en el mercado examinen y adapten sus prácticas, sobre todo revisando profundamente los modelos que emplean para evaluar el riesgo país.

  • Por último, durante muchos años habrá una fuerte demanda de asistencia técnica a medida que los países de mercados emergentes y los países en desarrollo encaren la tarea de fortalecer sus sistemas financieros y establecer nuevas normas. Ante la limitada capacidad interna de muchas de las entidades normativas, la experiencia de los países industriales será una importante fuente de información.

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En los dos últimos años, nos hemos preocupado por la necesidad de resolver las crisis y ayudar a las economías a resistir el contagio. En la respuesta que han dado a estas crisis, los países de América, tanto del Norte como del Sur, han demostrado al mundo el valor de una política económica acertada y de la reforma decidida de las estructuras económicas. La capacidad de estos países para seguir resistiendo el contagio dependerá esencialmente de que puedan mantener un proceso flexible y adaptado a las circunstancias en la formulación de las políticas y un enfoque dinámico en la ejecución de las reformas. Para garantizar un orden financiero internacional más fiable, conducente a un progreso económico más sostenible, debemos aprovechar la oportunidad de llevar adelante los cambios a más largo plazo que aún se necesitan y, sobre todo, lograr que los beneficios de la globalización lleguen a un número de países mucho mayor, incluidos los países en desarrollo más pobres. La contribución de Canadá, tan presente en muchos campos de la cooperación internacional, ya sea en el tratado de eliminación de minas terrestres, las actividades del Tribunal Penal Internacional o el Organismo Canadiense de Desarrollo Internacional, puede ser determinante. Señor Presidente, señoras y señores, estoy seguro de que el mundo puede contar con que ustedes promoverán nuevos y múltiples avances, reflejo del gran sentido de responsabilidad y solidaridad internacional que los caracteriza.

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