Chapter

7. El desarrollo humano: Prioridad número uno

Author(s):
International Monetary Fund
Published Date:
September 1999
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En este capítulo se presentan fragmentos de dos discursos: un discurso pronunciado el 22 de octubre de 1998 ante la Conferencia sobre la Dimensión Ética de la Deuda Internacional, en la Universidad Seton Hall, South Orange, Nueva Jersey, y otro pronunciado el 5 de julio de 1999, en Ginebra, en el curso de la serie de sesiones de alto nivel del período de sesiones sustantivo del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas. También incluye una breve introducción preparada especialmente para esta recopilación.

En casi todos los capítulos de este libro se ha mencionado la necesidad, verdaderamente esencial, de establecer un “pilar social” que se apoye en bases sólidas la nueva arquitectura financiera internacional. En definitiva, la solidez de la arquitectura mundial depende de la calidad de las políticas económicas y financieras que apliquen los países miembros, calidad que exige reformas permanentes. La aceptabilidad y sostenibilidad a largo plazo de estas políticas requiere un amplio consenso nacional que sólo puede gestarse, en un contexto democrático, a través de la convicción general de que el objetivo básico es el desarrollo humano. Por lo tanto, el objetivo de lograr la equidad y mejorar las condiciones de vida, sobre todo entre los pobres, se convierte en el núcleo de toda estrategia viable. Este objetivo central es un deber al que deben atenerse todos en una economía de mercado moderna: los gobiernos y las instituciones internacionales. El hecho de que el FMI sea una institución monetaria y no una institución de desarrollo no menoscaba de modo alguno la imperiosidad de este deber, que debe ser la idea rectora que inspira al FMI al proporcionar orientación y respaldar los programas de ajuste y reforma en todo el mundo. Es por eso que hoy se comprende mejor que nunca que nuestro objetivo último es un crecimiento de alta calidad.

Hacia un crecimiento de alta calidad

¿Qué entendemos por este concepto? En pocas palabras:

  • Un crecimiento que pueda sostenerse a largo plazo sin causar desequilibrios financieros internos y externos.

  • Un crecimiento que vaya acompañado de un volumen de inversión adecuado, sobre todo de inversión en capital humano a través de la educación y la salud, para aprovechar en toda su extensión la tremenda influencia del capital humano en el crecimiento futuro.

  • Un crecimiento que, para ser sostenible, debe basarse en un esfuerzo continuo en pro de una mayor equidad, la reducción de la pobreza y el empoderamiento de los pobres.

  • Un crecimiento que fomente la protección del medio ambiente y, por qué no, el respeto por los valores culturales nacionales.

El crecimiento de alta calidad es el elemento esencial. Sin él, todo esfuerzo por resolver los problemas de los países pobres muy endeudados (PPME), y en particular su problema de endeudamiento, equivaldría a sembrar en tierra yerma.

Es por esa razón que toda la asistencia que brindamos —el asesoramiento en materia de políticas, el respaldo técnico y la capacitación— se orientan a ese fin.

Ahora bien, a fin de diseñar programas para los países más pobres, tenemos que entender primero las causas de su pobreza y de su endeudamiento. ¿Por qué sus ingresos son tan bajos? ¿Por qué su deuda externa es tan voluminosa? Se han identificado muchos factores:

  • Algunos escapan al control de las autoridades: circunstancias externas difíciles, deterioro de los precios de los productos básicos, conflictos civiles o condiciones meteorológicas adversas.

  • Algunos son el resultado directo de las políticas nacionales: deficiente gestión macroeconómica, graves distorsiones estructurales o inadecuada gestión del sector público y el sector privado.

  • Algunos son consecuencia de la situación imperante en los países acreedores: disminución de la asistencia externa para el desarrollo y presión para el otorgamiento de préstamos no concesionarios.

Como resultado de estos factores, los recursos obtenidos en préstamo no se han utilizado en forma productiva: se ha retrasado el crecimiento del ingreso y la deuda ha aumentado a niveles muy altos. En otras palabras, el bajo nivel de los ingresos y el alto nivel de la deuda posiblemente tengan muchas causas en común.

Los tres temas en los cuales se centrará nuestra reflexión de hoy —creación de empleo, alivio de la pobreza y potenciación del papel de mujer y adelanto de la mujer— requieren un marco de estabilidad económica y financiera, de crecimiento, de equidad, de transparencia, de buen gobierno y de total compromiso del gobierno con el respecto de los derechos del hombre y de los derechos políticos y la justicia social. El FMI apoya estos objetivos a través de sus actividades, teniendo debidamente en cuenta, por supuesto, la diversidad de situaciones locales. En los ámbitos que desbordan su ámbito de incumbencia o de especialización, acudimos a nuestros colegas de las Naciones Unidas, de organizaciones no gubernamentales y de otros organismos para asegurar la sinergia de nuestra acción y promover de consuno la difusión del progreso económico y social.

El esfuerzo nacional: Condición necesaria en la lucha contra la pobreza

Nuestra lucha contra la pobreza tiene una doble dimensión, nacional e internacional. Me referiré en primer lugar a la dimensión nacional dado que, en última instancia, la prosperidad de la población es responsabilidad de cada país. La creación de empleo, el alivio de la pobreza y la reducción de las diferencias de trato entre hombres y mujeres dependen en definitiva de la existencia de un crecimiento de alta calidad. Para lograr un crecimiento de esta naturaleza, hay un elemento indispensable: la inversión, sobre todo la inversión privada, que fomente la actividad productiva. Sin inversión en la capacidad de producción del país, no habrá crecimiento.

¿Cómo puede lograrse un mayor volumen de inversión, y en especial de inversiones privadas? En este aspecto debemos recordar, naturalmente, las enseñanzas que nos han dejado los últimos 50 años de esfuerzos, de dispar resultado, encaminados a fomentar el desarrollo, y sobre todo la necesidad de establecer cimientos macroeconómicos estables. A este respecto, son una prueba palmaria los numerosos países de África que en los años noventa han podido dejar atrás una quincena de años de retroceso del crecimiento per cápita, alta inflación, y desequilibrios externos para encaminarse hacia una trayectoria caracterizada por el crecimiento del ingreso real, la reducción de la pobreza y la eliminación de la inflación, que puede considerarse la forma más cínica de gravar a los pobres. No obstante, también es esencial un entorno que infunda confianza en los inversionistas, residentes o extranjeros, grandes o pequeños. Pueden adoptarse medidas institucionales, de orden práctico, para ofrecer a las familias —y sobre todo a las mujeres— mayores posibilidades de fomentar sus propias inversiones. El mejor ejemplo es el microfinanciamiento, cuya importancia decisiva a fin de dotar a la mujer de los medios necesarios para mejorar su situación y de crear puestos de trabajo se reconoce actualmente por mérito propio.

Fuera de estas cuestiones, que ya figuran entre las prioridades de muchos de los países más pobres, hay otros requisitos esenciales para crear un clima propicio a la inversión. Uno de ellos es el respeto por el estado de derecho y la instauración de un sistema judicial capaz de asegurar el respeto de la propiedad y la ejecución de los contratos. También es necesario prestar atención especial a la corrección de ciertos incentivos que crean distorsiones —como las medidas que mantiene los ingresos agrícolas en niveles demasiado bajos o que elevan excesivamente los costos— en los sectores productivos clave, sobre todo la agricultura, y que en muchos casos se inscriben en estrategias bien intencionadas, pero mal concebidas, cuyo objetivo es dar acceso a ciertos segmentos de la población a la alimentación a precios bajos. ¿Qué mejor forma de aliviar la pobreza y elevar los ingresos de la mujer —que a menudo asume la mayor parte de las labores agrícolas— que asegurar a las explotaciones domésticas un régimen de propiedad estable y precios suficientes, fijados por el mercado, para su producción?

La liberalización del comercio también aportaría una contribución de gran envergadura. Cada país puede extraer enseñanzas de la experiencia de las numerosas economías asiáticas y latinoamericanas que han logrado acelerar su expansión mediante su apertura al exterior, y sobre todo mediante la liberalización progresiva de los intercambios comerciales. Pero también la comunidad internacional puede contribuir en gran medida a esta tarea. Los países industriales podrían abrir su economía al conjunto de las exportaciones de los países más pobres, no sólo alentando como hasta ahora las exportaciones de productos primarios sino, como elemento más importante para el crecimiento a largo plazo, abriendo la posibilidad de que estos países diversifiquen la producción destinada a la exportación. Este avance, que sería uno de los más importantes para los países pobres, sólo representaría un costo mínimo para las economías más avanzadas. Por lo tanto, no hay razón para esperar hasta el próximo ciclo de negociaciones comerciales multilaterales —la Ronda del Milenio— que probablemente se abra en el curso de este año. No puedo sino reiterar mi total apoyo a las interesantísimas propuestas formuladas por Renato Ruggiero.

Los países más pobres no pueden hacer frente a una economía globalizada si no se los libera de la insoportable carga que representa su endeudamiento. La Iniciativa de Colonia es un importante paso en este sentido.

La dimensión internacional de la lucha contra la pobreza

Esto nos lleva a la dimensión internacional de la lucha contra la pobreza. El primer requisito es, por supuesto, desplegar esfuerzos para optimizar las políticas macroeconómicas de los países industriales de modo que éstos realicen todo su potencial de crecimiento y generen la demanda externa indispensable para los países en desarrollo. Más allá de este requisito esencial, el hecho destacable de que recientemente las cuestiones sociales se hayan trasladado al primer plano del debate en los foros internacionales nos abre una oportunidad única para lanzar una gran ofensiva contra la pobreza.

Este marco internacional propicio a la reducción de la pobreza y a la inversión en recursos humanos requiere, a mi entender, tres elementos concretos. El primero es, sin lugar a dudas, el alivio de la deuda. Los países más pobres no pueden hacer frente a una economía globalizada si no se los libera de la insoportable carga que representa su endeudamiento. Nosotros, en el FMI, vemos con inmensa satisfacción que la mayor parte de las propuestas que formulamos en 1996, con nuestros amigos del Banco Mundial, cuando presentamos la Iniciativa para la reducción de la deuda de los países pobres muy endeudados (PPME), han recibido el aval del Grupo de los Ocho. La Iniciativa de Colonia es un importante paso en este sentido y espero que todos los acreedores puedan tomar antes del final de este año las medidas necesarias para concretar esta propuesta, sobre todo en lo que se refiere al financiamiento.

La importancia de la nueva versión de la Iniciativa para los PPME se refleja en su costo estimado que, según las proyecciones actuales, debería elevarse —en valor neto actualizado— a más del doble, es decir a unos US$28.000 millones. Para cubrir este costo, deberemos utilizar de la mejor manera posible los recursos a nuestro alcance, y estamos dispuestos, si los países miembros llegan a un acuerdo, a asumir la parte que nos corresponde en este esfuerzo, incluso recurriendo a nuestras tenencias de oro, como ya lo habíamos propuesto hace tres años. Somos perfectamente conscientes del impacto que estas ventas podrían tener en el mercado del oro y, como podrán imaginar, actuaremos de manera prudente y ordenada. Con todo, los recursos que puedan obtenerse por esa vía tendrán que complementarse con aportaciones bilaterales oficiales.

El segundo elemento, en realidad, también forma parte de la Iniciativa de Colonia y es el más prometedor: se trata del establecimiento de vínculos más estrechos entre el alivio de la deuda y el gasto social, sobre todo en educación y salud. No puedo sino elogiar la determinación de los gobiernos de velar por que los recursos liberados por la reducción de la deuda se destinen directamente a aliviar la pobreza. Esta vinculación permitirá que los programas de ajuste estructural sean mucho más eficaces para definir las prioridades de la inversión y el desarrollo humanos. Me siento muy complacido de poder reafirmar nuestro compromiso de lograr estos objetivos, y puedo asegurarles que en las próximas semanas y los próximos meses reflexionaremos sobre la forma de adaptar el proceso de formulación de nuestro asesoramiento sobre políticas para que los países más pobres puedan valerse de los mismos lo antes posible en la consecución de dichos objetivos.

El tercer elemento debería ser el más sencillo. Sabemos que para los países más pobres no bastará con aplicar una política económica nacional acertada, tener acceso a mercados de exportación de sus productos y obtener un alivio de la deuda. Para acelerar la lucha contra la pobreza se requiere también un mayor volumen de asistencia oficial para el desarrollo. Pero dejemos de lamentarnos de que no se haya respetado el compromiso de destinar en el año 2000 el 0,7% del PIB de los países industriales a la asistencia para el desarrollo. Naturalmente, debemos invertir esta deplorable tendencia pero también debemos recordar los siete compromisos asumidos por los países industriales y los países en desarrollo con ocasión de estas memorables conferencias de los años noventa. Los objetivos proclamados: reducir a la mitad el número de habitantes del planeta que viven en la miseria y asegurar el acceso universal a la educación primaria, reducir en dos tercios la mortalidad de lactantes y de niños y en tres cuartos la mortalidad derivada de la maternidad, asegurar el acceso universal a servicios de higiene reproductiva y velar por que se invierta la tendencia actual a la destrucción del medio ambiente, todo esto fijando como horizonte el año 2015. No debemos olvidar esta condición esencial para que la potenciación del papel de la mujer no sea una expresión vana: debe suprimirse toda disparidad de trato entre varones y niñas en la educación primaria y secundaria, de aquí al año 2005. Si nos dedicamos con perseverancia a llevar a cabo este conjunto de tareas, podría mejorar enormemente la suerte de todos los habitantes del mundo más afectados por la pobreza.

En lugar de lamentar nuestros fracasos, en lugar de proclamar nuevos compromisos, partamos de los compromisos asumidos y dediquémosnos a definir de manera precisa, en el marco de una alianza solidaria Norte-Sur, el camino que corresponde seguir, cualesquiera sean las exigencias que imponga, y a verificar, año tras año, que seguimos avanzando por la ruta trazada. Ésta es una de las propuestas que presenté ante los jefes de Estado y de gobierno del Grupo de los Ocho antes de su reunión cumbre, y he descubierto complacido que en la sección 28 de su comunicado se refleja justamente esta intención, en los siguientes términos:

Reafirmamos nuestra determinación de contribuir al logro del desarrollo económico y social en África, América Latina y Asia. Anualmente examinaremos la situación a este respecto con base en los informes que preparen las instituciones financieras internacionales y los bancos regionales de desarrollo pertinentes sobre la lucha contra la pobreza.

Señor Presidente, propongo que hagamos de la próxima década la década de las promesas cumplidas.

La paz: Requisito esencial para el desarrollo humano

Por último, como seres humanos, quienes encabezamos las instituciones que luchan denodadamente por mejorar la situación económica en todo el mundo no podemos aceptar que los esfuerzos de tantos países, los esfuerzos de la comunidad mundial por fomentar el progreso económico, a menudo se vean reducidos a la nada debido a nuevos conflictos armados, con su secuela de sufrimiento, destrucción de bienes y de empleo y pérdida de oportunidades, en particular para las mujeres y los niños. El hecho de que el progreso de África durante el último año se haya retrasado, después de un período promisorio aunque demasiado breve, se debe básicamente al resurgimiento de conflictos armados, que afectan directa o indirectamente a un tercio de los países de África al sur del Sahara. Los gastos bélicos y militares son la más trágica de las calamidades, de África y del mundo. Sobre este tema sólo quisiera mencionar el desolador informe que acaba de dar a conocer el Comité Internacional de la Cruz Roja.

La comunidad mundial tiene el deber sagrado de resolver este problema. No vacilo en plantear esta delicada cuestión, que, sin duda, incumbe más a ustedes como diplomáticos que a mí como jefe de una institución financiera, pues se trata de una cuestión que no es solamente política sino también económica y social. El exceso de gastos militares distrae recursos que podrían emplearse en desarrollar el capital humano. Es trágico que los conflictos armados que afligen a muchas de las regiones más pobres del mundo estén creando nuevas presiones en favor de un aumento de los gastos militares. Por esta razón, en el entendimiento de que cada uno de nosotros está dispuesto a reconocer que la venta de equipo militar, más allá de lo que pueda justificarse razonablemente, pone en grave peligro la paz y el desarrollo, propongo que reconsideremos cuatro propuestas, que por cierto no son nuevas:

  • Concluir acuerdos que limiten la venta de equipo militar en las regiones sensibles, mucho antes de que estallen los conflictos bélicos. La lista que lleva las Naciones Unidas incluye actualmente 100 países y sería importante tomar medidas para que participen más países y hacer extensiva la propuesta a las armas ligeras y las municiones. Después de todo, en África, los combatientes no utilizan más que armamento ligero y convencional y también se equipa con armas ligeras al gran número de niños enrolados como soldados en frecuentes operaciones violentas. Debemos oponernos a este estado de cosas. Los esfuerzos que desplegamos en otros ámbitos por lograr mayor transparencia e imponer el estado de derecho también pueden ser útiles a este respecto, pero hacen falta medidas de mayor envergadura para lograr que las transacciones de los centros extraterritoriales se ajusten a las normas internacionalmente aceptadas y que las actividades de los intermediarios criminales se sometan a una supervisión más estricta.

  • En nuestros esfuerzos por reducir la deuda, que en muchos casos se ha acumulado para fines improductivos, es necesario comprometerse a prohibir todo crédito a la exportación para fines militares.

  • Instar a las naciones de África, y en realidad a las naciones pobres de todo el mundo, a aceptar las dos recomendaciones importantes formuladas por el Secretario General el año pasado: reducir los gastos militares al 1,5% del PIB y mantener un crecimiento cero del presupuesto de defensa a lo largo de la próxima década.

  • Cooperar en los esfuerzos encaminados a prohibir el contrabando de materias primas y recursos naturales que financia las insurrecciones armadas en muchos países de África.

* * *

Lograr que el desarrollo humano sea la prioridad número uno es una tarea ambiciosa. Cada uno de nosotros va exponer hoy aquí su propio mensaje, que resume la esencia de años y años de experiencias recogidas por instituciones que se esfuerzan, en el marco de sus respectivos mandatos, por aportar su contribución a la empresa del bien común universal. En lo que incumbe al FMI, la tarea es exigente pero sencilla. Se trata de los propios fundamentos del desarrollo y de la ética universal.

Del desarrollo, porque, a fin de crear la posibilidad del desarrollo humano, es preciso asegurar la estabilidad monetaria y financiera, la disciplina presupuestaria, la apertura comercial y financiera y un buen gobierno democrático.

De la ética universal, porque los compromisos deben respetarse. En la última década, en Río, Copenhague, El Cairo y Beijing, hemos asumido siete grandes compromisos, para 2005 y 2015. Dediquémosnos a cumplirlos. Sólo entonces podremos ofrecer una respuesta aceptable a la pregunta universal: “¿Qué has hecho de tu hermano …?”

Mi convicción, forjada por mi propia y limitada experiencia personal, es que hay una condición sine qua non para un crecimiento de alta calidad, para el empleo y el trabajo, para la erradicación de la pobreza, para la promoción de la mujer, para la educación y para el mejoramiento de la suerte de los niños del mundo: la paz es una necesidad absoluta.

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