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El Grupo de los Siete en 1996: Lo que está en juego

Author(s):
International Monetary Fund
Published Date:
September 1996
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Durante muchos años había un ejercicio de escuela, por el que todos teníamos que pasar, en el cual teníamos que decidir exactamente cuándo comenzó el siglo XX. ¿Fue en 1907 con las “Demoiselles d'Avignon” de Picasso? ¿O quizás en 1913, año que se caracterizó por tantas otras obras de arte impresionantes? ¿O tal vez fue en julio de 1914 en Sarajevo? No es probable que esta cuestión se resuelva en el futuro cercano, y estoy seguro de que ustedes no esperan que sea yo quien dé la respuesta. Sin embargo, hay algo que puedo decirles, si es que no lo sospechan ya: el siglo XXI comenzó a fines de diciembre de 1994 cuando los mercados demostraron, por la intensidad de su reacción ante la devaluación mexicana que fracasó por falta de políticas verosímiles que la acompañaran, precisamente lo que significa la mundialización. Ése fue el primer día del siglo XXI. Fue apropiado que el Grupo de los Siete, en Halifax el año pasado, comenzara a pensar en las oportunidades y riesgos que la mundialización conlleva, y es aún más apropiado que haya venido este año a Lyon a tratar más a fondo este tema. ¿No es la capital intelectual —¡y culinaria!— de Francia un lugar idóneo para una reflexión más profunda y un pensamiento más visionario? Les digo todo esto para manifestarles cuánto me complace participar hoy en sus deliberaciones.

Lo que está en juego para los siete principales países industriales en Lyon, es algo muy importante que trasciende con mucho los límites del propio Grupo de los Siete. Dada la actual mundialización de la economía, los problemas con que se enfrenta el Grupo de los Siete son, naturalmente, los mismos que enfrenta el mundo entero. Éste será el tema central de las ideas que expondré, en un intento por definir lo que está en juego y examinar la forma en que los siete países industriales más grandes habrán de ejercer su liderazgo, cada vez más compartido.

La mundialización: Oportunidades y riesgos

Es casi un tópico afirmar que, como todos los cambios bruscos en la historia económica, la mundialización encierra oportunidades y riesgos. Está claro que los riesgos nunca podrán eliminarse por completo, pero tratemos de que se actúe con la sabiduría humana suficiente para que prevalezcan las oportunidades.

Las posibilidades que se abren ante nosotros son considerables. En los últimos años, el comercio internacional aumentó en más de un 6% anual, es decir, el doble del crecimiento económico mundial. Los mercados internacionales de capital ofrecen cantidades masivas de capital de inversión a países que se encuentran en condiciones de atraerlo y, en consecuencia, de aprovechar oportunidades sin precedentes para el comercio, la inversión y el crecimiento. En realidad, las fuerzas de la mundialización —entre las que figuran la rápida innovación tecnológica, la continua liberalización del comercio y de los mercados cambiarios, y el desarrollo de los mercados financieros internacionales— están renovando completamente las relaciones económicas y financieras entre los países. En consecuencia, hoy en día el éxito económico depende menos de la situación geográfica de un país que de la orientación y la previsibilidad de su política económica, de su capacidad de garantizar la seguridad económica y, por ende, de su capacidad para atraer inversiones. En realidad, el éxito depende menos de los recursos naturales de un país que de sus recursos humanos. Y por eso es por lo que ahora hay varios nuevos participantes en la economía mundial, países que se las han ingeniado para aprovechar lo que ofrecen los mercados internacionales, encauzar esos recursos hacia inversiones productivas y colocarse en situación de sacar ventaja de las crecientes oportunidades que ofrece el comercio. Estoy convencido de que más países se sumarán a ellos en los años venideros.

Es mucho lo que puede decirse al respecto, pero concentrémonos como mínimo en dos puntos que nos permitirán medir el alcance de este cambio. Por ejemplo, ¿se ha prestado suficiente atención al hecho de que el sólido crecimiento de unos 40 de esos países fue lo que libró al mundo de una recesión generalizada en 1991-92? Casi todos esos países —me permitiría señalar sin falsa modestia— fueron ejemplares en la perseverante aplicación de las medidas de ajuste estructural que les recomendó una cierta institución de

Washington que no voy a nombrar. De este modo, lograron un crecimiento económico autónomo, independiente del de los países industriales, y hasta la fecha siguen siendo uno de los motores clave del crecimiento económico mundial. Es más, debemos observar el efecto que tiene en el tablero de ajedrez de la geopolítica este avance de los países en desarrollo. Puede resumirse en seis cifras. Consideremos el producto mundial en 1984 y 1994 y apliquemos el supuesto, no del todo descabellado, de que los países industriales y los países en desarrollo mantienen sus tasas de crecimiento actuales del 2,5% y 6,5%, respectivamente, durante los próximos diez años. La conclusión es sencilla. Para el año 2004, el producto de los países en desarrollo sobrepasará al de los países industriales. Ello constituirá un cambio estructural masivo en las relaciones tradicionales Norte-Sur. Habría que ser ciego para no tenerlo en cuenta, y sumamente miope para no considerar las consecuencias y preguntarse cómo podría transformarse este cambio estructural en una oportunidad para el mundo entero1.

Con todo, lo cierto es que esta nueva era no está exenta de riesgos. En mi opinión, ya existen dos riesgos particularmente apremiantes. El primero es financiero. La economía mundial ha sufrido costosas crisis financieras en los últimos 10 años. El desplome de los precios de los activos, los grandes episodios de inestabilidad de los mercados cambiarios, una crisis en los mercados emergentes desencadenada por la evolución de los acontecimientos en México y el colapso de varias instituciones financieras importantes, tanto de los países industriales como de los países con mercados emergentes, son factores todos ellos que ponen de manifiesto una de las debilidades más graves de nuestro sistema. Hasta ahora, la comunidad internacional ha logrado vencer estos obstáculos, pero no sin dificultades. ¿Estará preparada para hacer frente a la siguiente crisis?

El segundo riesgo es el de la marginación. Mientras algunos países están sacando provecho de las fuerzas de la mundialización para acelerar el progreso económico, está claro que otros no lo están haciendo. De hecho, los países que no puedan participar en la expansión del comercio mundial o atraer grandes volúmenes de inversión privada podrían quedar relegados por la mundialización. Y los países que se encuentran en mayor riesgo de ser marginados son precisamente los que más necesitan el comercio, las inversiones y el crecimiento que la mundialización podría traer. Cabe, pues, la posibilidad de que se abra un abismo cada vez más grande entre los países que puedan sacar ventaja de la mundialización y los que queden a la zaga. La comunidad mundial no puede sencillamente quedarse sentada a esperar que esto suceda, porque sabe que ahora constituye un todo. Sabe que una crisis financiera, cualquiera sea su origen, puede propagarse en un instante a todos los países. Sabe que, aun cuando pudiera endurecerse frente al sentimiento de que es inaceptable quedarse de brazos cruzados ante la extrema pobreza, no podría descartar el riesgo que conlleva la marginación para el equilibrio geopolítico del mundo.

Éste es, pues, el telón de fondo. Pero el Grupo de los Siete aquí en Lyon no va a partir de cero. En respuesta a la crisis de México, inició un examen en profundidad de las respuestas que cabría dar a esos problemas; me atrevo a decir, reconociendo sus méritos, que el Grupo de los Siete tuvo la visión de recomendar al FMI que adoptase las siguientes medidas:

  • Reforzar la supervisión de las políticas económicas de los países miembros, con miras a facilitar la detección y corrección de los desequilibrios que surjan antes de que se conviertan en problemas de gran magnitud.

  • Estimular la transparencia frente a los mercados divulgando en forma mucho más concertada y rápida la información económica y financiera, para evitar los movimientos erráticos y siempre excesivos con que suelen reaccionar los mercados ante lo inesperado.

  • Especificar y codificar los procedimientos que le permitan al Fondo responder con rapidez y audacia, como lo hizo en el caso de México, ante cualquier crisis que pueda afectar en el futuro a la economía internacional.

  • Procurar los recursos financieros necesarios para seguir respaldando los programas de ajuste de los países miembros y estar dispuesto a hacer frente a cualquier eventualidad que se produzca, obviamente a condición de que los países afectados adopten medidas paralelas dignas de credibilidad.

Al mismo tiempo, el Grupo de los Siete ha alentado al FMI a que siga respaldando a los países miembros más pobres, manteniendo sus operaciones de préstamo en el marco de lo que hemos dado en llamar el servicio reforzado de ajuste estructural (SRAE), es decir, el instrumento que utiliza el FMI para otorgar préstamos a países de bajo ingreso, y colaborando con el Banco Mundial para formular un enfoque integral que nos permita ayudar a los países miembros mas pobres que soportan cargas de deuda multilateral insostenibles. Además, el Grupo de los Siete exhortó a las instituciones de Bretton Woods y a las Naciones Unidas a cooperar con los países donantes para crear un nuevo procedimiento de coordinación, con el fin de que los países que salen de una situación de conflicto puedan llevar a cabo una transición lo más uniforme posible de la fase de emergencia de una crisis a la de rehabilitación.

Me complace mucho afirmar que gran parte de este programa ya se ha llevado a cabo. La supervisión de las políticas y del desempeño de los países miembros es ahora más continua, intensa e incisiva. Para asegurarnos de que contaremos con información económica y financiera precisa, completa y puntual, sobre todo en el período que media entre las consultas, se exige a los países miembros que, como mínimo, proporcionen al FMI algunos datos básicos. Ahora estamos mejor equipados para evaluar la viabilidad de los flujos financieros, así como la evolución de los acontecimientos en países que podrían verse en situaciones de riesgo y en los que las tensiones del mercado financiero podrían tener efectos secundarios sobre otros países. Para fomentar la transparencia frente a los mercados, recientemente hemos invitado a todos los países, en especial a los que recurren o tratan de tener acceso a los mercados internacionales, a que se acojan a lo que llamamos Normas Especiales para la Divulgación de Datos, con lo cual la calidad de la información financiera debería mejorar considerablemente. Además, para fines de 1996, tenemos previsto implantar normas generales para la divulgación de datos, aplicables a todos los países miembros.

Si bien estas medidas han reducido el riesgo de futuras crisis del tipo de la de México, no lo han eliminado por completo. Por lo tanto, hemos aclarado, y hasta cierto punto codificado, los procedimientos que el FMI puede aplicar para responder con rapidez y decisión en situaciones de crisis, manteniendo, al mismo tiempo, la condicionalidad que conlleva el respaldo financiero de la institución. La utilización de estos procedimientos debe seguir siendo excepcional; nuestra contribución debe continuar teniendo un efecto catalizador y, como en el pasado, debe condicionarse a que el país que solicita la ayuda excepcional adopte un sólido programa económico.

A la larga, la capacidad del FMI para hacer frente a sus numerosas responsabilidades depende de que cuente con suficientes recursos financieros. Debo mencionar que, además de México, en la actualidad tenemos en marcha programas de gran envergadura con Rusia, Ucrania, Argentina y Argelia, y en breve el Directorio Ejecutivo considerará un nuevo acuerdo a favor de Venezuela. De hecho, tenemos en vigencia aproximadamente 30 programas que están financiados con los recursos generales del FMI, por un total de aproximadamente US$37.000 millones en fondos comprometidos. Como ustedes sabrán, la fuente básica de financiamiento del FMI son las suscripciones o cuotas de los países miembros, lo que podríamos llamar nuestro capital accionario. En Halifax, el Grupo de los Siete instó a que continuaran las deliberaciones sobre la undécima revisión de cuotas, que esperamos se traduzca en un aumento sustancial y oportuno de las mismas. Como me gustan los números redondos y la cifra se justifica plenamente, solicito que se duplique la magnitud de las cuotas. Además, el Grupo de los Siete exhortó a tomar medidas inmediatas para duplicar los recursos de que dispone el FMI en el marco de los Acuerdos Generales para la Obtención de Préstamos (AGP). A este respecto, se ha dado recientemente un primer paso: el Grupo de los Diez y varios otros países que ahora están en condiciones de respaldar el sistema2 recientemente llegaron a un consenso en cuanto a las directrices generales de nuevos acuerdos para duplicar estas líneas de crédito.

También estamos tratando de dar cabida al interés del Grupo de los Siete en incluir a todos los países miembros en el sistema de DEG. A tal efecto, estamos tratando de lograr un consenso en torno a una asignación especial de DEG por una única vez, mediante una enmienda del Convenio Constitutivo del FMI, para reducir las disparidades que existen actualmente entre los miembros. Además, tras la decisión de éstos de dar carácter permanente al SRAE a partir de principios del próximo siglo, hemos avanzado bastante en las deliberaciones sobre cómo hacerlo. Al mismo tiempo, hemos realizado grandes progresos en nuestra iniciativa con el Banco Mundial para ayudar a algunos de los países pobres muy endeudados a reducir su deuda externa a niveles viables. Por último, el FMI ha ampliado el alcance de su política sobre ayuda de emergencia para incluir situaciones de posguerra.

Así pues, ¿a qué altura nos encontramos hoy del ambicioso programa perfilado en Halifax? Creo que es justo decir que se ha logrado mucho desde el año pasado. Con el estímulo del Grupo de los Siete y el indispensable apoyo del resto de nuestros países miembros, se ha avanzado considerablemente en la reducción del riesgo de que ye produzcan crisis financieras y en el diseño de los mecanismos necesarios para respaldar a los países más pobres en sus esfuerzos por evitar la marginación económica. Pero nosotros —el FMI y los países miembros— no deberíamos permitir que los avances logrados hasta la fecha nos hagan bajar la guardia. Debemos ser más incisivos y fijar la vista en un horizonte más lejano. Con ese ánimo, hemos venido a Lyon no sólo para cumplir el programa propuesto en Halifax, sino también para ir más allá de las medidas de emergencia y tomar decisiones en cuanto a las amplias directrices de una estrategia renovada que nos permitirá avanzar con más confianza en esta economía mundializada.

* * *

¿Qué propuestas podrían formularse a estas siete grandes economías —y en no menor medida, a todas las demás— para aumentar al máximo las oportunidades y reducir al mínimo los riesgos del primer decenio del tercer milenio? Desearía recomendar la práctica de tres virtudes. Naturalmente, no se trata de las tres virtudes cardinales del catecismo —si bien el mundo ganaría mucho con ello— sino más bien las hermanas menores seculares de aquellas: responsabilidad, solidaridad y un enfoque seguro y creativo con respecto al cambio. No es preciso que les diga que pienso no tanto en estas sugerencias éticas como tales, sino, en particular, en sus aplicaciones prácticas. A continuación les presento algunos ejemplos.

* * *

En el mundo en que vivimos, la responsabilidad conlleva la doble obligación de un ajuste universal y la búsqueda de instituciones y mercados financieros estables. Es una obligación particularmente apremiante para el Grupo de los Siete y las economías europeas, que tanta influencia tienen en la evolución de la economía mundial en su conjunto. Me gusta destacar tres aspectos clave de este tipo de ajuste para todos:

  • Transparencia y rigor en la gestión general de la economía.

  • Búsqueda de un crecimiento basado en el desarrollo humano.

  • Reforma del sector público.

Rigor en las medidas

Hablé anteriormente de la transparencia. También se necesita rigor en la ejecución de la política económica en todos los países. Hablo de rigor cuando tal vez baste con decir honradez. En un mundo en que crisis tan graves como la de México pueden desencadenarse de la noche a la mañana, no caben las “aproximaciones” en la ejecución de la política macroeconómica. Nada es más esencial para frenar los riesgos y potenciar al máximo las oportunidades de la mundialización que esta primera forma de responsabilidad de los gobernantes, es decir, honradez y gestión rigurosa.

Esto ha de exigírseles, en primer lugar, a los principales países industriales dadas sus responsabilidades sistémicas. No voy a explayarme sobre el enfoque que el Grupo de los Siete debe adoptar para sí, y ciertamente lo hará, el viernes; se parecerá a las recomendaciones formuladas por el Comité Provisional del FMI a fines de abril y la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) a fines de mayo. En general, se ha llegado a un consenso al respecto. Pero también han de actuar con rigor los países con mercados “emergentes” que han de establecer o consolidar su credibilidad en los mercados y los países más pobres amenazados por la

marginación. Una economía mundializada no será más humana porque se actúe con menos rigor en los países industriales o menos disciplina en el ajuste estructural en los países en desarrollo, sino todo lo contrario, es decir, si se actúa con un renovado sentido de urgencia en la adaptación estructural de todas las economías, ya sean industriales, en transición o en desarrollo.

Sé que el ajuste estructural no goza de mucha simpatía. Sé del sufrimiento que lo acompaña en todas partes. Oigo las innumerables protestas, el desacuerdo de los economistas sobre “un llamado modelo” y los clamores de personas bien intencionadas que expresan la desesperación del pueblo y exigen una alternativa. ¿Cómo se puede ser insensible a todo eso? Pero, a su vez, ¿cómo se puede hacer caso omiso de las enseñanzas de la experiencia universal? Es la seriedad con que se aplican las medidas de ajuste lo que aumenta las probabilidades de lograr el respaldo extemo y un crecimiento equilibrado para el mañana. No veo que haya alternativa. En el contexto moderno, el aplazamiento de las medidas necesarias puede tener consecuencias nefastas. Es esencial que se avance sustancialmente antes de que cambie el rumbo del ciclo económico mundial, tal vez antes de lo que se prevé, y probablemente antes de fin del siglo. Esto es aún más esencial en el caso de los países de África y de los países más pobres atrapados en una carrera entre el desarrollo y el crecimiento demográfico. En estos casos, la única alternativa al rigor es la marginación y el estancamiento. Por consiguiente, todos los países, pero en especial los países en desarrollo y las economías en transición, han de tomar medidas para reducir al mínimo los riesgos que tan elocuentemente puso de manifiesto la crisis de México. Más que nunca, deben reforzar la disciplina macroeconómica a fin de garantizar un entorno estable para los inversionistas nacionales y extranjeros. Y no olvidemos que si bien el capital extranjero puede ser un complemento valioso, y a veces vital, del ahorro interno, nunca puede remplazarlo: el ahorro interno administrado por instituciones financieras sólidas sigue siendo la clave para la inversión y el crecimiento sostenible.

Por lo tanto, los desafíos que plantea la mundialización son otro motivo para que los países en desarrollo y las economías en transición aceleren sus programas de ajuste y reforma. Y es eso precisamente lo que están haciendo. El mundo está en plena actividad. En la actualidad, son 78 países miembros —-y no sólo los más pequeños— los que están aplicando dichos programas con el respaldo del FMI o concluyendo las negociaciones de dichos programas con el FMI. No obstante, para que estos esfuerzos tengan significado real, deberán orientarse al objetivo final del desarrollo humano.

Un crecimiento de alta calidad orientado al desarrollo humano

En momentos en que la mundialización está aumentando la necesidad de aplicar disciplina en la gestión y exigiendo sacrificios a todos, es esencial que se identifique con claridad su razón de ser. Hay que explicar claramente que lo que está en juego es lograr un crecimiento económico sostenible, capaz de fomentar una mayor equidad e igualdad de oportunidades y de combatir la exclusión, y respetuoso con la libertad del ser humano, la diversidad cultural y el medio ambiente; en suma, un crecimiento que tendrá más probabilidades de éxito en un marco de participación democrática y de esfuerzo sostenido para mejorar la calidad del gobierno.

Naturalmente, todos sabemos que ni siquiera el mejor modelo macroeconómico puede dar lo que no tiene: sólo producirá crecimiento si se aplica con firmeza y decisión. Pero las autoridades políticas han de poner sus miras en un horizonte aún más lejano:

  • En particular, a través de la política fiscal, deben velar por que aumente el gasto para combatir la pobreza y fomentar el desarrollo humano, y por que la carga que representa el financiamiento de estas medidas se distribuya de tal forma que contribuya a reducir las desigualdades.

  • También deben decidirse a recortar todo gasto improductivo, sobre todo el gasto militar, en aras del gasto social.

  • Deben asegurarse de conservar el medio ambiente y el carácter distintivo de su cultura.

  • Han de luchar contra la corrupción y el comportamiento delictivo.

Todos sabemos con qué facilidad se propagan a escala internacional estas plagas modernas. Si pudiera hablarse de lo que deben hacer los gobiernos para ser buenos ciudadanos del mundo, está claro que una de las obligaciones primordiales es emprender reformas que pongan freno y, a la larga, erradiquen estos flagelos. Y al considerar lo que implica esta responsabilidad tengo que referirme al tema de la reforma del sector público.

Reforma del sector público

En un momento en que se amplían los horizontes, una condición para que todos los países se integren como es debido en la economía mundial es que las autoridades asuman sus responsabilidades en materia de soberanía y solidaridad. Es preciso reformar el Estado, restablecer su dignidad y su capacidad de velar por el bien público. Por consiguiente, como me han dicho con frecuencia en los países en transición y en desarrollo, ninguna reforma es más crítica para el éxito de la reforma económica que la del sistema judicial. Volveré sobre el tema más adelante.

No puedo cerrar el tema del enfoque responsable de la economía sin plantear un segundo punto importante: el del contrato para reducir las posibles fuentes de inestabilidad en cada país y en el sistema monetario internacional en su conjunto. En primer lugar, los sistemas bancarios deben ser seguros y sólidos. Durante muchos años, el FMI ha proporcionado amplia asistencia técnica al sector bancario, asesorando a los países miembros en materia de reglamentación y supervisión bancarias, ya que la consolidación de este sector es esencial para lograr un crecimiento sostenible a largo plazo. Pero, como lo ha demostrado la evolución de los acontecimientos en países industriales y en los mercados emergentes, es preciso tomar otras medidas.

La crisis de México demostró que los países con sistemas bancarios precarios e ineficientes son más vulnerables a los efectos de contagio y tienen menos capacidad para controlar los efectos de la inestabilidad de los flujos de capital y de las presiones cambiarias. Además, los efectos secundarios que se observaron en algunos países de América Latina también pusieron de manifiesto hasta qué punto la fragilidad de los sistemas bancarios puede exacerbar, y prolongar, los efectos de dichas crisis en otras economías.

En los principales países industriales, las autoridades encargadas de la supervisión son conscientes de estos riesgos desde hace mucho tiempo y, en los últimos años, se ha avanzado considerablemente para reforzar la reglamentación y la supervisión bancarias en los países industriales del Grupo de los Diez. Actualmente existe un amplio consenso en que estas mejoras deben hacerse extensivas al mundo entero. Estoy convencido de que la divulgación de un conjunto claro de normas aceptadas internacionalmente podría sentar las bases para la reglamentación y la supervisión de los sistemas bancarios a escala mundial. Es obvio que éste sería tan solo un pequeño primer paso, ya que las normas, por sí solas, no serían suficientes. Su eficacia dependería de la capacidad y la voluntad de las autoridades a la hora de ejercer una vigilancia constante y difícil y de tomar las decisiones necesarias para implantar dichas normas.

La cuestión que se plantea es cuál sería la forma más eficaz de establecer dichas normas y lograr su aceptación. El Grupo de los Diez, y en especial el Comité de Basilea de Supervisión Bancaria, ha logrado buenos resultados en el grupo pequeño de países industriales que lo integran; pero, en mi opinión, sería deseable respaldar la ampliación de dichas normas al resto del mundo y hacerlo sin esperar, como se haría en un mundo menos peligroso, a que cada una de las economías actúe espontáneamente.

Creo que se necesita una nueva iniciativa y que el FMI, dadas su legitimidad y su responsabilidad universal en materia de supervisión, está llamado a desempeñar un papel importante para facilitar la aplicación a escala mundial de las normas de supervisión bancaria establecidas en Basilea y puestas a prueba, con un éxito cada vez mayor, en los países del Grupo de los Diez. Al respecto, cabe señalar que nuestra experiencia en la divulgación de normas sobre la transparencia de la información estadística ha sido alentadora.

Como sin duda sospechan ustedes, esta atención a la estabilidad de los sistemas bancarios que exigen los acontecimientos recientes no nos aparta en lo más mínimo de nuestra labor de promover, como lo estipula el Convenio Constitutivo del FMI, la estabilidad cambiaria, en especial entre el dólar, el yen y las monedas europeas. En una época caracterizada por los masivos flujos de bienes y capital, pocos son los que negarían que el desajuste de los tipos de cambio puede ser un grave obstáculo para mantener la prosperidad mundial. La cuestión es cómo instaurar y mantener una red viable de tipos de cambio. A este respecto, de una polémica que dura ya 30 años, ha surgido un aspecto en el que el consenso es firme y unánime: las dos primeras condiciones para la estabilización son la solidez de los equilibrios macroeconómico y monetario, sobre todo en los países del Grupo de los Siete, y la calidad de la cooperación entre dichos países.

Por consiguiente, los países del Grupo de los Siete deben consolidar los principales parámetros de sus respectivas economías. Para Estados Unidos, esto significa perseverar en el ajuste fiscal; para los países europeos miembros del Grupo de los Siete, esto significa salir de la depresión económica en que se hallan sumidos, reducir las distorsiones del mercado laboral y poner freno a los déficit fiscales; en el caso de Japón, significa concentrarse en mantener la recuperación asegurándose al mismo tiempo de aplicar una política fiscal suficientemente restrictiva para que la expansión cobre impulso. Como ustedes saben, el FMI colabora estrechamente con los países del Grupo de los Siete en la mutua supervisión y en los esfuerzos que despliegan para coordinar sus políticas macroeconómicas y monetarias. Pero, ¿qué se puede hacer, cuando, a pesar de estas medidas, los tipos de cambio se desvían de las llamadas “zonas de plausibilidad”?

Esta cuestión abre un debate en el que me encuentro en la minoría, aun estando en la buena compañía de Paul Volcker y otros observadores destacados. Me cuento entre los que lamentan que el Grupo de los Siete haya permitido que la trayectoria y la dinámica implantadas en virtud de los acuerdos del Plaza y del Louvre hayan sido, si no abandonadas, al menos relegadas a la inactividad, pero no al punto de renunciar a la cooperación en materia de tipos de cambio, y me atrevería a señalar que la discreción y el notable éxito con que los países del Grupo de los Siete cooperaron en la primavera y el verano del año pasado, cuando la aplicación de una política económica coordinada y la transmisión de algunas señales acertadas a los mercados permitieron a estos siete países restablecer una constelación de tipos de cambio mucho más razonable. Espero que, como mínimo, consoliden hoy este éxito que demuestra que, aun cuando las reservas sean limitadas en comparación con la magnitud de sus mercados, la coordinación del Grupo de los Siete sí se deja sentir. Es indudable que la estabilidad cambiaria puede afianzarse mucho si los principales países toman en serio su responsabilidad como emisores de monedas de reserva. Pueden y, en mi opinión, deben hacerlo. Es un hecho que la siguiente etapa de este proceso de renovación del sistema monetario internacional, que constantemente está comenzando de nuevo, estará dominada en gran medida por el fenómeno monetario más importante y prometedor del período posterior a Bretton Woods: la aparición del euro. Me sorprende que los europeos que aceptan la disciplina de Maastricht, un poco a regañadientes, no acaben de entender las repercusiones extraordinariamente positivas de este proceso.

* * *

Para el equilibrio económico del mundo, la virtud de la solidaridad es la hermana gemela de la responsabilidad. De hecho, la globalización confiere una dimensión mundial a una competencia que se está volviendo cada vez más abierta e intensa; esto hace que las medidas para lograr una solidaridad más eficaz sean, si cabe, más urgentes. Ésta es una gran obligación para los países del Grupo de los Siete. Pero también es un deber de todos los países —aun los países pobres— hacerse una vez más con el control de sus propias economías. He visto esa solidaridad en acción y debo decir que me siento muy alentado por la cantidad de países que han aceptado financiar nuestro SRAE.

Pero permítanme destacar en primer lugar la relación que existe entre la responsabilidad y la solidaridad: un sentido más agudo de la responsabilidad en la conducción de los asuntos internos de cada país constituye el primer paso, y el más esencial, para lograr la solidaridad en un mundo en el que el éxito o el fracaso de un país tiene graves repercusiones sobre los países vecinos. Una vez dicho esto, en aras de una solidaridad más eficaz, voy a mencionar tres aspectos en los que es preciso que actuemos con urgencia para evitar desviaciones y seguir adelante: la asistencia para el desarrollo, la asistencia en el proceso de transición y, su corolario, el apropiado financiamiento de las instituciones multilaterales.

En la esfera de la asistencia para el desarrollo se ha producido una disminución peligrosa. La asistencia oficial para el desarrollo lleva muchos años estancada en un nivel equivalente a sólo la mitad de la meta del 0,7% del PIB fijada por las Naciones Unidas, y actualmente está disminuyendo. ¿Qué ha pasado con los “dividendos de la paz”? Con demasiada frecuencia el componente social de los programas de ajuste estructural no está suficientemente financiado, debido a que los países industriales siguen sin otorgar la prioridad que corresponde a esta función de cooperación social. Y lo que es todavía más grave, muchos países adelantados —sirviéndose de la falaz coartada del ahorro presupuestario— han recortado su asistencia oficial, a veces significativamente. Me complace observar que el Presidente Clinton, en el discurso que pronunció en las Reuniones Anuales del FMI y el Banco Mundial del año pasado, expresó con toda claridad que no era necesario recortar programas, como el de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), para equilibrar el presupuesto de Estados Unidos. Esto se aplica también a los otros países industriales y es preciso que no se haga oídos sordos a esta recomendación. También es importante que los países en desarrollo sigan siendo conscientes de su deber de gestionar en forma ejemplar los fondos que ponen a su disposición los países donantes. En muchos casos, la renuencia a otorgar ayuda para el desarrollo se basa en la impresión de que dichos fondos se desperdician. Esta desviación y la llamada fatiga de los donantes deben combatirse vigorosamente si la comunidad internacional desea sacar a los países más pobres de la marginación y apartar al mundo de las tensiones y las crisis que engendra la extrema pobreza dondequiera que exista. La marginación no es inevitable y todos los países tienen una oportunidad en este universo mundializado. Me impresiona cuan ampliamente comparten esta convicción los dirigentes de África. Ellos reconocen ahora la necesidad y el acierto del ajuste estructural, elementos en los que se sustenta el éxito de los países africanos más adelantados, y están dispuestos a avanzar en esa dirección. Pero piensen cuánto más fácil sería su tarea y cuánto más rápida su eficacia si contaran con socios dispuestos a prestar el apoyo necesario a los países más pobres, que están haciendo lo imposible para salir adelante por sus propios medios.

Otro ejemplo que demuestra la necesidad de una mayor solidaridad es el proceso de transformación de los países de Europa oriental. Es una de las grandes tareas que se plantean para este fin de siglo. En 1994 y 1995 estos países realizaron progresos admirables. Las economías están despegando de nuevo; en todas partes las autoridades se esfuerzan en desarrollar estrategias que el FMI está respaldando en la medida de lo posible. Los indicadores son positivos pero las tensiones sociales y políticas siguen siendo intensas; un mundo está naciendo, o renaciendo, en medio de disturbios, desórdenes, escándalos y estructuras precarias que benefician a los más hábiles. Debemos apoyar a estos países sin ceder a la fatiga. Los problemas son inconmensurables, pero también lo son los frutos del éxito, no sólo para estos países, sino para el mundo entero.

A mi juicio, esta obligación de ejercer la solidaridad puede aplicarse en un tercer caso, en el apoyo constructivo a las instituciones multilaterales. Sería maravilloso que el Grupo de los Siete nos exhortara de nuevo a fortalecer nuestra cooperación y la calidad de nuestras acciones. Ciertamente, somos nosotros, en primer lugar, los que estamos obligados, pero eso no es suficiente. También se nos deben facilitar los medios para llevar a cabo nuestras tareas o, por lo menos, se nos debe permitir que utilicemos de la mejor manera posible nuestros propios recursos para alcanzar este objetivo. ¿Cómo podemos pedir a las Naciones Unidas que sean la punta de lanza del desarrollo humano cuando los atrasos en las contribuciones a la institución casi la han llevado a la bancarrota? ¿Cómo se puede esperar que el Banco Mundial mantenga su función central en el desarrollo y en la lucha mundial contra la pobreza cuando la AIF, su principal instrumento para llevar a cabo esta tarea, cuenta cada vez con menos recursos?

En cuanto al FMI, ya he explicado la importancia de aumentar nuestras cuotas. Vuelvo a plantear el tema sólo para manifestar mi esperanza de que ello suceda lo más pronto posible. La institución está tratando también de movilizar con suma prudencia todos sus recursos —incluido el oro— para poder desempeñar el papel que le corresponde, incluso como proveedor de asistencia con fines de balanza de pagos para los países más pobres. Solicito que se nos permita hacerlo y que los países industriales —junto con los países en desarrollo que ya están realizando una contribución considerable— estén de acuerdo en proporcionar una contribución que, por modesta que sea, no deja de ser esencial. En este sentido, me refiero, como se habrán dado cuenta, a mis esfuerzos por lograr que nuestro servicio financiero de asistencia a los países más pobres (el SRAE) se convierta en un mecanismo permanente y autosuficiente a largo plazo. De lograrlo, se matarán dos pájaros de un tiro, ya que también se resolverá el problema de cómo financiar nuestra participación en la iniciativa conjunta que hemos emprendido con el Banco Mundial para abordar el problema de la deuda de los países miembros más pobres fuertemente endeudados.

Por importantes que sean el SRAE y la iniciativa frente a la deuda, no solucionarán todos los problemas de subdesarrollo y vulnerabilidad de los países más pobres, que seguirán necesitando apoyo bilateral. Ahora bien, este apoyo no puede ser un sustituto de un acceso más pleno a los mercados mundiales, especialmente para los tipos de productos en los que estos países tienen, o es probable que lleguen a tener, una ventaja comparativa: productos agrícolas, minerales y manufacturas básicas. Al mismo tiempo, los países más pobres también necesitan poder contar con que se mantenga la ayuda bilateral en condiciones concesionarias.

Una vez dicho esto, sabemos que los recursos que se dedican a la asistencia no son ilimitados. Por consiguiente, tiene sentido concentrar los escasos recursos en condiciones concesionarias en los países que puedan utilizarlos más eficazmente. Los países que deseen obtener asistencia internacional —de fuentes bilaterales o multilaterales— tendrán que esforzarse por aplicar una política interna que permita emplear esa asistencia en forma productiva. Ello supone no sólo la adopción de políticas macroeconómicas y reforma estructural integral acertadas, sino también un marco institucional que inspire confianza y seguridad a los ahorristas y los inversionistas. La experiencia ha demostrado que la mejor manera de lograrlo es mediante la reforma del sector público, a la que me referí hace un momento. Estoy convencido de que los países de demuestren que son capaces de hacer respetar la ley y el orden, prestar servicios públicos fiables, instaurar un marco normativo sencillo y transparente que se aplique a todos por igual, garantizar el profesionalismo y la independencia del poder judicial, e integrarse en forma pragmática y abierta en los acuerdos regionales, son los que ganarán la carrera del desarrollo.

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Por último, señor Presidente, está la tercera virtud o, si lo prefiere, la invitación a que entre en juego la imaginación para asegurar un enfoque creativo del cambio que inspire confianza. Es un tema muy amplio porque, en todas las esferas, el Grupo de los Siete debe demostrar que es capaz de cambiar, de aprovechar todas y cada una de las oportunidades que se presenten en estos tiempos, antes de que esas oportunidades se nos escapen entre los dedos. Es preciso cambiar, pero, ¿cambiar qué? La respuesta no es fácil, ya que es probable que al escoger un camino se corra el riesgo de despertar la sospecha de que se está tratando de provocar una cierta reacción. Permítanme, no obstante, correr este riesgo y proponer algunas de las muchas sugerencias posibles:

  • Se habla de que la reforma del sector público es crucial, pero el volumen de recursos de asistencia técnica de que disponemos es insuficiente, y nuestros mecanismos no son los más idóneos, sobre todo cuando —como sucede actualmente en la antigua Yugoslavia, Haití y otros países en situación de posguerra, que han llegado a la desintegración del Estado— es preciso realizar con rapidez una especie de transfusión de sangre entre el antiguo régimen y el del mañana, que, reducido a sus funciones esenciales, sea aún capaz de tomar las riendas del destino de su país con rapidez y eficacia. En esos casos, es preciso “reinventar” el tipo de asistencia.

  • Reconocemos cada vez más, y ya era hora de hacerlo, la función que desempeñan el sector privado y las organizaciones no gubernamentales (ONG) en el proceso de desarrollo. Pero, ¿en qué podemos basamos, en forma objetiva y equilibrada, para decidir cómo compartir esta responsabilidad de manera plenamente constructiva?

  • Lamentamos el hecho de que la reforma de las Naciones Unidas se esté realizando de la peor manera posible, dictada estrictamente por la falta de recursos para pagar los gastos a fin de mes y por el riesgo de bancarrota. ¿No sería más razonable preguntarse si podrían integrarse las responsabilidades económicas y sociales de las Naciones Unidas en un cuarto pilar “social y humanitario” del sistema, que complemente a los otros tres, a saber, el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC)?

Por último, y no por ello menos importante, en momentos en que la mundialización avanza tan rápidamente, ¿cómo encontrar las estructuras adecuadas en las que todo el mundo esté representado en forma equitativa, y por lo tanto legítimas, para que, a su vez, podamos mejorar la formulación de las estrategias económicas mundiales? Se ha afirmado con frecuencia que se echa de menos un foro en el que estén representados todos los países conforme a un conjunto de reglas que reconozcan como legítimas, y en el que puedan sentirse respaldados en un marco de profesionalismo e integridad reconocidos.

El Comité Provisional del FMI, donde están representados en forma permanente países como Brasil, India, Indonesia, entre otros, junto con los países del Grupo de los Siete, y que se reúne con suficiente frecuencia —dos veces al año e incluso más a menudo si es necesario— ya cumple esta función, al menos en parte, y cuenta con todos los medios necesarios para desempeñarla más cabalmente. Estamos tratando de que así sea. Éste es el objetivo de las recientes iniciativas emprendidas para lograr un consenso y anunciar, por medio de declaraciones ordinarias como la Declaración de Madrid de octubre de 1994, la estrategia macroeconómica mundial que exige una situación económica cambiante, Pero la definición adecuada de dichas estrategias requiere que los dirigentes amplíen su visión y, además de las dimensiones macroeconómica, monetaria y financiera, tengan en cuenta las dimensiones social, comercial y de otro tipo. Estamos tratando de alcanzar esta meta a través de una cooperación cada vez mayor con otras instituciones competentes en estas esferas, como la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la OMC y otras.

Pero aún falta responder a un interrogante: ¿qué se puede hacer para lograr la participación de las más altas autoridades políticas en la definición de las estrategias y la dirección que han de seguir las instituciones? Naturalmente aquí se plantea una objeción: lo mismo que se podría decir que la guerra es algo demasiado serio para dejarla en manos de los generales —y tal vez que la paz es demasiado importante para dejarla en manos de los diplomáticos—- quizá tampoco sea prudente poner el destino de la economía mundial en manos de los ministros de Hacienda. La objeción está bien fundada, y convendría buscar oportunidades para que los líderes elegidos por el pueblo se reúnan para examinar a su nivel las principales opciones estratégicas de esta administración compartida. Ésta es la función que tratan de cumplir las principales conferencias organizadas por las Naciones Unidas y las cumbres de jefes de Estado. Su contribución ha sido ya bastante valiosa, pero es esencial encontrar una fórmula que sea aún más representativa del mundo actual, dado el número de países cuyos recursos y magnitud les permiten aunar sus esfuerzos a los de otros países para asumir la responsabilidad de los asuntos mundiales. ¿Qué camino podríamos explorar? Este es un interrogante que planteo tan sólo como acicate para despertar la imaginación institucional, que se halla un tanto adormecida, y, al mismo tiempo, con la esperanza —¿será tan sólo una esperanza?— de que el hecho de que se haya invitado a cuatro dirigentes de instituciones internacionales a la reunión cumbre de Lyon durante casi medio día es quizás un hito en esa dirección.

Independientemente de que se siga o no la senda marcada, permítanme, para concluir, expresar un doble deseo:

  • Que los países del Grupo de los Siete, y sus amigos de la Unión Europea y la Federación de Rusia, tengan un éxito rotundo en su esfuerzo por responder a los desafíos que plantea la mundialización, y

  • que los líderes mundiales comprendan que cuanto más se orienten hacia un enfoque mundializado de los problemas que superan la capacidad de sus propios países, más importante será hacer participar a la ciudadanía en la consideración de estos problemas y facilitar, de alguna manera, que se aborden a nivel municipal. Nuestros amigos estadounidenses utilizan una expresión muy acertada: pensar a nivel mundial, actuar a nivel local. Al concluir los trabajos de este coloquio con una reflexión sobre los horizontes internacionales de la región de Lyon y Ródano-Alpes, la ciudad de Lyon, la Lyonnaise de Banque y el Observatorio Europeo de Geopolítica, una vez más, nos muestran el camino a seguir.

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