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Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
March 2006
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Moralidad en un mundo material

El crecimiento económico ¿tiene consecuencias morales beneficiosas? Famosos economistas y filósofos, como Adam Smith y John Rawls, reconocieron hace tiempo la relación que existe entre economía y moralidad. En su nuevo libro, The Moral Consequences of Economic Growth, Benjamin Friedman, profesor de la Universidad de Harvard, argumenta que el materialismo y la moralidad no están reñidos, que el crecimiento económico aporta beneficios más allá de lo material y que el crecimiento económico y el moral van de la mano y se refuerzan mutuamente. El día 8 de febrero, en un Foro del Libro del FMI, Sebastian Mallaby (The Washington Post), Nigel Ashford (Universidad George Mason), Simon Johnson (MIT) y el reverendo Andrew Small (Conferencia Estadounidense de Obispos Católicos) hablaron con Friedman sobre crecimiento económico, moralidad y política.

Según Friedman, cuando aumentan los ingresos medios de una sociedad, es decir cuando el nivel de vida de la mayoría de la población mejora desde el punto de vista material, se crea un sentido de progreso con consecuencias morales positivas. Para Friedman, que se basa en las ideas de pensadores de la Ilustración, como Locke y Montesquieu, estas consecuencias son más oportunidades, tolerancia de la diversidad, movilidad social y compromiso con la justicia y la democracia.

Friedman señala que lo contrario también es cierto, que el estancamiento o el empobrecimiento del nivel de vida y de los ingresos medios tiende a crear un sentimiento de retraimiento con consecuencias morales negativas, por ejemplo, menos oportunidades y menos tolerancia ante la diversidad. Su teoría se basa en que no es el crecimiento del PIB agregado, sino el tipo de crecimiento, el que mejora el nivel de vida de la mayoría de la población. Según Friedman, no basta con un aumento del PIB global, porque este solo afecta al 10% de la población en una sociedad. Lo que más influye en ese sentido de progreso es lo que le ocurre a la gran mayoría, es decir las personas incluidas entre ese 10% y el 90%, porque el estancamiento de la mayoría puede tener consecuencias morales negativas, aunque a ese 10% le vaya bien.

Cuando el crecimiento económico se define en función del aumento de los ingresos medios, Friedman sugiere que es la mayoría de la población la que influye desde el punto de vista moral. Cuando aumenta su nivel de vida, la mayor parte de las personas no solo perciben el progreso, sino que además se sienten optimistas por tener la oportunidad de participar en él y disfrutar de los beneficios del crecimiento económico. Cuando empeora el nivel de vida, el resultado tiene la misma fuerza y puede crear desconfianza e inseguridad. Según Friedman, su modelo económico no fomenta la idea de hacerse rico y no propugna que un mayor nivel de ingresos hace a las personas más felices, sino que analiza la diferencia que la idea del progreso marca en sus vidas.

Sentido de progreso

En opinión de Friedman, el sentido de progreso en una sociedad es esencial. Si este sentido no existe o es mínimo, la sociedad corre el riesgo de poner en peligro sus valores democráticos fundamentales, sea cual sea su ingreso agregado. Como ejemplo, Friedman analizó la actitud hacia los inmigrantes en Estados Unidos desde el año 1850 hasta ahora, destacando los períodos en los que estos eran bien acogidos y los períodos en los que no lo eran y estableciendo las conexiones pertinentes con el crecimiento económico durante cada período.

Señaló que el lento crecimiento en la década de 1880 fue un factor subyacente al restablecimiento de la segregación en el sur del país; en las de 1950 y 1960, el movimiento estadounidense en defensa de los derechos civiles cobró importancia cuando la economía estadounidense estaba experimentando un crecimiento sin precedentes. Aunque sería insensato pretender pensar que los cambios en la política de inmigración o cada paso hacia la igualdad racial de los últimos 150 años está estrechamente vinculado a los aspectos económicos del crecimiento frente al estancamiento, sería mucho más insensato ignorar que estos no tienen nada que ver. En cada uno de los casos, el crecimiento económico o el estancamiento desempeñó un papel significativo en el desarrollo de las actitudes hacia los inmigrantes, los prejuicios religiosos, las relaciones raciales y las mejoras de la democracia y la justicia.

¿Crecimiento = felicidad?

Sebastian Mallaby señaló que Friedman y Richard Layard (London School of Economics) examinan la relación entre crecimiento y felicidad. En su libro, The New Science of Happiness, Layard observa que las personas no son necesariamente más felices cuando son más ricas y cuestiona si vale la pena intentar maximizar el crecimiento del PIB. Mientras que, para Friedman, el crecimiento da pie a una sociedad más abierta y tolerante en lo que atañe a la moral, para Layard, el trabajo duro, que es uno de los factores del crecimiento, puede hacernos infelices. Mallaby explicó que, según Layard, “si yo trabajo duro, mi vecino tendrá que trabajar mucho para seguir mi ritmo, y si se queda rezagado, se sentirá mal. Así pues, con mi esfuerzo obligaré a los demás a trabajar duro, de modo que todos trabajaremos demasiado y nos sentiremos estresados”. Friedman y Layard llegaron a conclusiones prácticamente contradictorias.

Friedman se centró en el aspecto social como contraposición al valor individual del crecimiento, lo que lleva a Mallaby a preguntarse cómo se puede mejorar la moralidad social, a menos que recurramos al mecanismo de cambiar a las personas, ya que insiste que la sociedad es un grupo de individuos. A Mallaby le hubiera gustado que Friedman hiciera más hincapié en el impacto sobre las personas, aunque aplaudió su idea de que las personas se sienten más abiertas y son más tolerantes si ven que están prosperando más de lo que prosperaban hace 5 ó 10 años. Según Mallaby, el crecimiento es positivo para la persona, porque amplía el campo de la experiencia humana, de modo que, aunque alguien más rico no es necesariamente más feliz, esta riqueza sí le proporciona una gama más amplia de experiencias personales, que contribuirían a un carácter más abierto y tolerante y, por ende, a la moralidad social.

La forma en que hoy hablamos en público sobre el crecimiento económico deja mucho que desear.

—Benjamin Friedman

La tasa de crecimiento adecuada

A menudo los economistas consideran que la tasa de crecimiento adecuada es la que viene determinada por el mercado, de modo que, abandonados a sus propios recursos, las empresas y los hogares tomarán decisiones sobre ahorro e inversión que propiciarán una tasa de crecimiento óptima. Friedman discrepa y afirma que la tasa de crecimiento adecuada es distinta a la que determina el mercado, y, de hecho, también más rápida. No hay forma de contabilizar activos morales intangibles como la tolerancia, la democracia, la justicia y la oportunidad de mercado a la hora de determinar cuál es la tasa de crecimiento adecuada. En su opinión, una tasa determinada por el mercado que no tenga en cuenta estos aspectos morales será más lenta de lo debido. Y aquí las autoridades públicas pueden desempeñar un papel positivo tomando medidas para que la tasa de crecimiento suba más y más rápido de lo que el mercado, abandonado a sus propios recursos, puede ofrecer.

Nigel Ashford mostró una gran decepción por el papel exagerado que Friedman atribuye a la política pública en el fomento del crecimiento. Según Ashford, al recomendar que el gobierno fomente una tasa de crecimiento mayor que la meramente marcada por el mercado, Friedman comete un error clásico al pensar que, cuando el mercado falla, el gobierno debe intervenir. Pero esto supone un fracaso del mercado y del gobierno. Hay que comparar mercados reales con gobiernos reales, no mercados reales con gobiernos ideales. Ashford tampoco está de acuerdo con Friedman cuando afirma que los mercados tienen elementos externos negativos que hacen necesaria la intervención, argumentando que esta afirmación ignora las consecuencias positivas no deliberadas de los mercados y las negativas también no deliberadas de los mercados. De hecho, preguntó cómo se sabe cuál es la tasa de crecimiento adecuada y por qué hay que preferir la opinión de Friedman a la de otros economistas.

Mantenerse al día

Los participantes coincidieron en un punto: se presta muy poca atención a la relación entre economía y moralidad. Según Johnson, aunque los economistas dedican mucho tiempo al crecimiento económico, rara vez investigan sus consecuencias morales. Para Friedman, la forma en que hoy hablamos en público sobre el crecimiento económico deja mucho que desear. Le preocupa que, si el crecimiento económico y las políticas que lo obstruyen se evalúan únicamente en términos materiales, se formen dos campos: uno a favor del crecimiento y otro en contra.

Ashford elogió el libro de Friedman porque plantea cuestiones muy estimulantes y Mallaby alabó su combinación de disciplinas. También valoró positivamente su oportunidad y su imaginativa defensa del crecimiento. Mallaby dijo que solo porque el ingreso medio no haya subido, no tenemos por qué renunciar a la idea global del crecimiento. Necesitamos un crecimiento que influya en el ingreso medio.

Johnson compartió la idea de Friedman de que, aunque el crecimiento es positivo a largo plazo, puede tener efectos negativos a corto plazo. En un principio, el crecimiento puede perjudicar al medio ambiente, pero con el tiempo, conforme aumenten los ingresos y cambien los valores, las personas se preocuparán por la deforestación o la contaminación, y el medio ambiente mejorará.

Friedman aplicó su teoría al presente y expresó su preocupación por el hecho de que, por sexto año consecutivo, el nivel de vida medio en Estados Unidos, medido en términos de ingreso medio real, no haya subido. El PIB está creciendo, pero la mayoría de la población no ha disfrutado de los beneficios de ese aumento, porque el nivel de vida medio estadounidense no está creciendo. Para Friedman, esto indica una tendencia desalentadora que da qué pensar y, posiblemente, sea un ejemplo actual de la pérdida de sentido de progreso. Incluso en las economías avanzadas, la calidad de la democracia y, lo que es más importante, el carácter moral de una sociedad pueden correr peligro.

Ina Kota

FMI, Departamento de Relaciones Externas

Salir de la oscuridad

Hasta hace poco, los bancos centrales consideraban que era mejor no referirse a la política monetaria y dejar que las acciones hablaran por sí solas. En la actualidad hay consenso, en general, en que la mayor visibilidad, la transparencia y las comunicaciones pueden ayudar a modelar las expectativas del público y mejorar considerablemente la eficacia y la credibilidad de la política monetaria. Sin embargo, existe una amplia gama de prácticas óptimas, según la política monetaria, los regímenes cambiarios y otros factores. En un reciente seminario patrocinado por el FMI en Mumbai, India, se examinaron las dificultades que afrontan los bancos centrales en el ámbito de las comunicaciones en la región de Asia y el Pacífico.

Los participantes mencionaron muchas razones por las cuales actualmente se presta más atención a la comunicación y la transparencia: la necesidad de mantener a los mercados bien informados, la importancia de comprender mejor las políticas (y, por lo tanto, su credibilidad, viabilidad y eficacia), la mayor independencia de los bancos centrales (que subraya la necesidad de fortalecer la rendición de cuentas para reforzar la legitimidad), la adopción de un régimen de metas de inflación en algunos países y las mayores expectativas de la población con respecto a la transparencia y la rendición de cuentas del gobierno.

Evidentemente, la comunicación es esencial para garantizar la rendición de cuentas; y la comunicación eficaz no es solo una cuestión de transparencia; también comprende la educación, el asesoramiento, la persuasión y el diálogo. En su discurso, Y. V. Reddy, Gobernador del Banco de la Reserva de India, señaló que es posible que la política de comunicaciones también trate de influir en la dirección de las políticas, a través de sus efectos en las expectativas del mercado, pero también debe, a veces, basarse en mantener “los ojos y oídos abiertos solamente”.

No existe una solución única para todos los casos

La elección de la política de comunicaciones depende del régimen de política monetaria del país y del marco de gobernabilidad y el proceso de toma de decisiones de la autoridad. Por ejemplo, Singapur, que aplica un régimen de tipo de cambio fijo, tendrá evidentemente un enfoque diferente con respecto a las comunicaciones del de los países que aplican un régimen de metas de inflación. De hecho, estos últimos pueden tener diferentes estructuras de gobernabilidad que permitan formular varias opiniones (como el Comité de política monetaria del Banco de Inglaterra) o que hagan hincapié en el consenso (como el Banco Central de Filipinas).

La comunicación debe tener dos vías, como señaló el Subgobernador del Banco de Tailandia, Bandid Nijathaworn. Un banco central debe escuchar a su público e intercambiar opiniones con él para calibrar la utilidad y la eficacia de sus comunicaciones. Richard Lambert (Comité de política monetaria del Banco de Inglaterra) hizo hincapié en que es vital comunicarse por una razón y adoptar un “enfoque estratégico”. Charles Enoch (FMI), refiriéndose a este punto, subrayó que si la estrategia no puede comunicarse eficazmente, no puede implementarse de forma eficaz.

Las comunicaciones del banco central están dirigidas principalmente a dos públicos: el público en general y sus representantes políticos, y los mercados financieros y los comentaristas económicos. Muchos participantes advirtieron que los bancos centrales deberían dejar que los mercados sean mercados; de lo contrario, será difícil medir correctamente las expectativas del mercado. Reddy planteó que es posible que la eficacia de las comunicaciones ya haya dado lugar a una subestimación de los riesgos por parte del sector privado, mientras que el Subgobernador del Banco de Japón, Toshiro Muto, señaló que el éxito visible de los bancos centrales en anclar las expectativas de inflación les había dificultado, de hecho, el objetivo de influir en las tasas de interés a largo plazo: una forma de analizar por qué los rendimientos de los bonos se mantienen rígidos e históricamente bajos.

En cualquier caso, la credibilidad de los bancos centrales seguirá dependiendo más de sus acciones y logros que de sus comunicaciones. Según el Subgobernador del Banco Central de Filipinas, Diwa Guinigundo, sobre todo en los países con un historial de altas tasas de inflación y crisis cambiarias, lo que hacen los bancos centrales será mucho más importante que lo que dicen. También será esencial, como señaló Paul Barry (Banco de la Reserva de Australia), que los bancos centrales sepan lo que dicen los medios de comunicación sobre ellos. La supervisión y el análisis de la información transmitida por estos medios puede ayudar a los bancos centrales a evaluar la eficacia de su política de comunicaciones. No obstante, advirtió Barry, las críticas de los medios no deberían necesariamente percibirse como una señal de fracaso de las comunicaciones del banco central.

De cara al futuro

Es posible que en el futuro deban afrontarse más dificultades. El surgimiento de la mayor independencia del banco central ha coincidido con un período de condiciones económicas y financieras favorables en el que la política monetaria no ha tenido que poner a prueba la posible rigurosidad impopular. Si cambia la situación, es posible que se cuestione con más dureza, sobre todo por parte de los políticos, el respeto por la independencia del banco central. Según Lambert, en ese caso las comunicaciones del banco central serán aún más importantes. La perspectiva de mayores dificultades en el futuro subraya la importancia de preparar el terreno mediante comunicaciones más eficaces.

Gita Bhatt y Graham Hacche

FMI, Departamento de Relaciones Externas

Véanse más detalles en www.imf.org/external/np/seminars/eng/2006/central/index.htm.

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