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La Fascinación Por El Lucro

Author(s):
International Monetary Fund. Communications Department
Published Date:
June 2018
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ILUSTRACIÓN: MICHAEL WARAKSA

A través del tiempo, un halo místico ha solido envolver las nuevas monedas, y el bitcóin no es la excepción

Harold James

El dinero es un elemento esencial en las relaciones humanas. Lo canjeamos, pero nos cuesta explicar de dónde viene o por qué otras personas lo aceptan. Nos molesta que no lo hagan. Las perturbaciones monetarias —inflación o deflación— provocan trastornos sociales generalizados. Las nuevas tecnologías ofrecen oportunidades atractivas y transformadoras, pero también suscitan desconfianza en las relaciones de intercambio monetario. Esta desconfianza se aviva con la innovación, cuando parece que los riesgos asociados al dinero son mayores.

Actualmente, el reto del bitcóin como moneda alternativa admisible está supeditado a la noción, a primera vista atractiva, de que se basa en una tecnología de pagos intrínsecamente superior y más segura. El registro distribuido, o cadena de bloques, permite estar absolutamente seguro de una transacción, sin necesidad de que una autoridad o banco central actúe como mediador. Promete sustituir al dinero electrónico de cuentas bancarias tradicionales, así como lo hicieron las transferencias electrónicas con el papel moneda, y este con el oro y la plata. Ofrece la posibilidad de realizar una gran transformación que rompa el vínculo entre dinero y Estado. Los libertarios celebran la innovación porque reduce el poder del Estado; los países paria, como Venezuela y Corea del Norte, lo ven como una opción para construir una alternativa al orden político internacional.

Los manuales de economía suelen asignar al dinero tres funciones: unidad de cuenta, reserva de valor y medio de pago. Sin embargo, las monedas de hoy no las cumplen todas a la perfección. En efecto, en un mundo donde la tecnología modifica los precios relativos, es lógicamente imposible ser a la vez reserva de valor muy segura y constituir una medida para precios que varían en direcciones opuestas, en relación con bienes que tienen distinta importancia para los distintos grupos de personas. El aumento de la incertidumbre y la inestabilidad económica empuja la demanda de innovación monetaria, un proceso siempre misterioso. El dinero, por su función de medio de pago, parece transformar los bienes como por arte de magia. Tiempo atrás, esta magia parecía divina o diabólica. La innovación pone de manifiesto la necesidad de conocer los orígenes.

Tradicionalmente, el dinero ha sido símbolo de soberanía; muy pocas monedas han sido privadas. Las monedas metálicas llevaban acuñado el símbolo del Estado. La lechuza de Minerva, símbolo de Atenas, fue una de las primeras expresiones de identidad del Estado. Hubo cierta confusión inicial sobre si el símbolo de soberanía era al mismo tiempo símbolo de divinidad. ¿De quién era la efigie que se veía en la moneda: de Filipo de Macedonia, Alejandro Magno o Hércules? Los emperadores romanos que acuñaron su efigie divina jugaron al mismo desconcierto. Las monedas británicas siguen llevando grabadas palabras que vinculan la monarquía con Dios.

Gran parte de los últimos 2000 años, las monedas se han situado a medio camino entre su valor intrínseco y la garantía estatal de aceptación como medio de pago. El dinero mercancía, normalmente metálico, resultaba atractivo por su valor intrínseco, pero podía ser incómodo en la práctica como medio de pago. Las monedas de oro no servían para las pequeñas transacciones cotidianas, mientras que las de cobre planteaban problemas en los grandes pagos.

Además, las monedas metálicas eran propensas a fluctuaciones arbitrarias, supeditadas al descubrimiento de nuevos minerales. Los yacimientos de oro descubiertos en California en la década de 1840 y luego en Alaska, Australia y Sudáfrica en la década de 1890 generaron una inflación leve y benigna; la ausencia de nuevos yacimientos a principios del siglo XIX, y hacia las décadas de 1870 y 1880, causó deflación y depresión.

A finales del siglo XIX, los economistas pensaban en un papel moneda no convertible, es decir, no vinculado a metales preciosos u otras materias primas, y regulado por el Estado, que podría constituir una reserva de valor más estable. Esta nueva clase de moneda podría servir a una autoridad prudente para mantener la estabilidad absoluta del valor del dinero.

Sin embargo, los innovadores monetarios del siglo XX tuvieron que luchar contra los pésimos antecedentes de papel moneda no convertible. A principios del siglo XVIII, tras el ruinoso legado fiscal de las guerras de Luis XIV, el financiero escocés John Law ideó un sistema para crear una moneda respaldada por las actividades de una empresa. Las acciones de esta empresa se vendían según un esquema piramidal que parecía generar dinero nuevo, con una rápida apreciación de las acciones originales. El nivel de actividad desencadenado fue inmenso, con una frenética especulación de acciones y tierras, pero se derrumbó en medio del caos y la confusión.

La historia se repitió durante la Revolución Francesa con la emisión de títulos del Estado (assignats) frente a las garantías de los terrenos confiscados, y cuando la sobreemisión generó una nueva inflación. A partir de los relatos de inmigrantes franceses, el poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe añadió un apartado a su drama Fausto equiparando la creación de dinero a las promesas del diablo. Mefistófeles persuade al emperador para que emita papel moneda, explicándole que, precisamente, la gracia del nuevo sistema de garantía monetaria es la naturaleza ilimitada de la emisión de billetes, lo cual genera un nuevo nivel de confianza en la capacidad del Estado: “Los hombres sabios, cuando lo hayan examinado, depositarán en él una confianza infinita”. De ahí que se considere que la innovación monetaria sea obra del diablo.

El siglo XX estuvo repleto de experiencias terriblemente destructivas vinculadas a la mala gestión de las monedas: inflación durante y después de la guerra, y en plenas turbulencias sociales en las décadas de 1960 y 1970, y deflación durante la Gran Depresión. El gobierno tardó mucho en aprender a manejar correctamente el dinero.

A finales del siglo XX, la mejora de las políticas monetarias en muchos países solucionó por fin el problema de la estabilidad de precios, pero este aparente paraíso monetario sacó a relucir nuevos problemas. La función de reserva de valor parecía problemática. ¿Era adecuado medir la estabilidad de precios a través de los precios al consumidor cuando se registraba una fuerte inflación de los precios de algunos activos, en las bolsas, o en los bienes raíces?

En la práctica, la sustitución del papel moneda por transferencias electrónicas, tanto a nivel mayorista como en el uso de tarjetas de crédito y débito por parte de consumidores, generó un nuevo debate. El dinero electrónico resulta práctico para realizar transferencias, incluso a larga distancia, pero es fácil de rastrear. En parte, la demanda de nuevas tecnologías surge del deseo de privacidad y de recuperar el anonimato de las transacciones en efectivo. En muchos países se han realizado intensas campañas para mantener los billetes y monedas. El dinero físico representa lo que Fiódor Dostoyevski llama “libertad acuñada” en su novela semiautobiográfica Memorias de la casa muerta, sobre la vida de un preso en Siberia. Dostoyevski se planteaba el valor de una moneda para un recluso que no puede gastar el dinero para obtener recursos reales, pero sí puede soñar con esa libertad.

Teóricamente, el atractivo del bitcóin es que combina anonimato, indetectabilidad y seguridad. Su aparición en 2008–09 coincide con la crisis financiera mundial. No está claro si su aparente fundador, el enigmático Satoshi Nakamoto, existe de verdad. Así pues, el bitcóin encaja a la perfección en el modelo histórico de monedas diabólicas de origen

El gobierno tardó mucho en aprender a manejar correctamente el dinero.

misterioso y no se sabe si la confianza depositada en él está justificada.

El bitcóin es la versión del oro del siglo XXI: puede crearse o extraerse con esfuerzo. Ingeniosamente sus creadores establecieron la analogía con el oro: así como el precio del oro reflejaba el enorme esfuerzo humano para extraerlo en lugares remotos, el bitcóin requiere una enorme potencia informática basada en energía barata de zonas remotas de Asia o Islandia. También supone una transformación del concepto de valor fundamental. Las monedas metálicas del mundo premoderno favorecían la formulación de una teoría del valor-trabajo, según la cual añadir trabajo a la condición humana genera valor. En la tecnología de cadena de bloques, el valor es el reflejo de una combinación de energía e inteligencia almacenadas, no humanas. Podría apuntar a una nueva era en la cual la mayor parte del valor, y even-tualmente su totalidad, puede crearse a partir de la interacción no humana de máquinas y energía. No es de extrañar que el temor a la inestabilidad, y la asociación de cualidades diabólicas al dinero nuevo, haya reaparecido. FD

HAROLD JAMES es Profesor de Historia y Asuntos Internacionales de la Universidad de Princeton e historiador del FMI.

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