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Finance and Development, March 2017
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Críticas De Libros

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
March 2017
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Juicio a Greenspan

Sebastian Mallaby

The Man Who Knew The Life and Times of Alan Greenspan

[El hombre que sabía: La vida y los tiempos de Alan Greenspan]

Penguin Press, 2016, 800 págs., USD 40,00 (tapa dura)

Demasiado éxito puede ser peligroso. Esa podría ser la conclusión principal de la épica biografía de Alan Greenspan, expresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, The Man Who Knew, recién publicada por Sebastian Mallaby. El dato central que revela el libro, un tanto estremecedor (por lo menos para quien escribe) es que, lejos de adscribir ciegamente a la teoría de la eficiencia, según la cual “los mercados son los que más saben”, Greenspan tenía plena conciencia de que la política monetaria laxa y los precios de las acciones podían producir burbujas en el mercado capaces de provocar un daño enorme (escribió un trabajo sobre el tema en 1959). Y aun así, les permitió inflarse, creyéndolo preferible a una mayor interferencia estatal en el mercado. La ironía es que, en gran parte gracias a él, los banqueros centrales se han convertido en los protagonistas de los mercados mundiales, lo que introduce riesgos significativos y desconocidos en la economía. Evidentemente, el hombre que sabía no lo sabía todo.

Sin embargo, muchas lecciones del legado de Greenspan son pertinentes para los actuales problemas económicos. Por ejemplo, la economía debería ser más empírica. Greenspan tuvo lo que podría considerarse su momento más brillante cuando estaba con las manos en la masa, haciendo cuentas, y no confiando en modelos elaborados desde torres de marfil. A mediados de 1996, hubo un debate en la Fed sobre si debían incrementarse las tasas de interés para evitar un recalentamiento de la economía. Los salarios estaban en alza y la bolsa había subido un 45% durante el año. No obstante, las cifras de la productividad eran inexplicablemente bajas, dados los aumentos de eficiencia en las empresas derivados de la globalización y las nuevas tecnologías. Era crucial resolver el enigma: si la productividad estaba en aumento, no había motivo para elevar las tasas, puesto que los trabajadores que fabricaran más podrían cobrar más sin generar inflación. A casi todos los gurús económicos de la época —desde Larry Summers hasta Janet Yellen— les preocupaba la inflación. Pero Greenspan insistía en que los investigadores de la Fed volvieran a calcular las cifras de 155 industrias y cuatro décadas. ¿El resultado? El maestro estaba en lo cierto; la baja productividad de los servicios estaba reduciendo artificialmente el promedio general.

A Greenspan —y, por ende, a la economía— le iba mal cuando se trabajaba con datos insuficientes y demasiado ego. Los elogios y el poder político que le depararon sus muchas corazonadas correctas —y algunos importantes aciertos de política— le quitaron las ganas de hacer olas y elevar las tasas de interés, aun cuando era evidente que era lo necesario para prevenir un potencial desplome y recesión. Greenspan, antes férreo crítico de las operaciones de rescates estatales, terminó apoyándolas en los mercados emergentes como México (cuya deuda estaba en manos de grandes bancos estadounidenses, un dato crucial que el libro soslaya). Desestimó las advertencias de Brooksley Born, presidenta de la Comisión de Operaciones de Futuros de Materias Primas de Estados Unidos, acerca de los derivados, en parte por creer incorrectamente que no eran tan peligrosos como ella pensaba, pero también por evitar las complicaciones políticas de impulsar su regulación. Hizo referencias laterales a la “exuberancia irracional” a fines de los años noventa, pero se abstuvo de limitarla cuando los mercados se estabilizaron. Al igual que la mayoría de los reguladores afines al mundo financiero, no quería que parara la música. Y cuando eso ocurrió, tuvo el gran mérito de hacer un mea culpa y admitir que había habido un “error” en su razonamiento. Mallaby —que escribió este libro a lo largo de cinco años con la cooperación

El hombre que sabía no lo sabía todo.

de Greenspan mientras se desempeñaba como miembro del Consejo de Relaciones Exteriores— cree que no debía haberlo hecho, puesto que, ideológicamente, nunca se terminó de convencer de la “racionalidad” de los mercados.

No coincido. Lo que cuenta son los actos, y él se hizo responsable de los suyos. Si bien su “error” fue menos intelectual que moral, haberlo reconocido lo redime. Muchos otros que participaron en los sucesos que derivaron en la crisis y Gran Recesión de 2008 no lo hicieron. Así, además, se distanció de la ficción del banquero central omnisciente (que había ayudado a confeccionar). Hoy, el mundo depende demasiado de que los banqueros centrales sean “los que saben”. Es hora de exigir más de los políticos que votamos para que dirijan la economía real.

Rana Foroohar

Jefa de Redacción Adjunta Revista Time

Reinventar el pasado

Peter Temin

The Vanishing Middle Class Prejudice and Power in a Dual Economy

[La clase media en proceso de extinción: Prejuicio y poder en una economía dual] MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 2017, 208 págs., USD 26,95 (tapa dura)

Los estadounidenses tienden a creer que la historia avanza y que sus hijos gozarán de más bienestar que ellos. Y eso fue un principio fundamental del llamado Sueño Americano y un objetivo básico de la economía durante la mayor parte del siglo XX. Pero a veces se producen desvíos. En los últimos 40 años, Estados Unidos ha acumulado más riqueza, pero los réditos no han sido compartidos. La economía estadounidense produjo USD 18 billones de bienes y servicios en 2016, más que cualquier otro país en la historia. Según los datos, entre 1980 y 2014 el ingreso antes de impuestos creció en promedio 61%. Sin embargo, los ingresos aumentaron apenas 1% para el 50% inferior de la población del país, mientras que el 1% superior acaparó 205% del aumento.

Peter Temin trata de explicar el aumento de la desigualdad en Estados Unidos en su nuevo libro sobre la extinción de la clase media. Para Temin, la distribución de los beneficios del crecimiento económico en Estados Unidos hoy en día se asemeja a la de un país en desarrollo. Su argumento se basa en el modelo de sectores duales formulado por W. Arthur Lewis en los años cincuenta, según el cual en las economías en desarrollo el crecimiento y el desarrollo económicos no están delimitados por las fronteras nacionales. Lewis observó que dentro de los países “el progreso económico no era uniforme sino irregular”. Su modelo explica cómo coexisten el desarrollo y la falta de desarrollo. En un sector, que Lewis llama “capitalista” y que es el origen de la producción moderna, lo único que limita el desarrollo es la cantidad de capital. El otro sector, llamado “de subsistencia”, está integrado por agricultores pobres que representan un amplio excedente de mano de obra. En la relación simbiótica de los dos sectores, el capitalista trata de mantener bajos los salarios para preservar una fuente de mano de obra barata.

Temin aplica el marco a Estados Unidos hoy en día y afirma que “la desaparición de la clase media ha dejado una economía dual”. Los sectores duales son el de finanzas, tecnología y electrónica (FTE) —el sector capitalista de Lewis— y el de la mano de obra poco calificada, o de subsistencia, que es el más afectado por los caprichos de la globalización. El libro explica cómo el sector FTE trata de contener sus impuestos y los salarios que paga, para así maximizar sus utilidades. La encarcelación masiva, la segregación en la vivienda y la falta de representación —entre otros factores— ayudan a preservar la condición servil del sector poco calificado en el mercado laboral, conforme a divisiones raciales demarcadas en la era de la esclavitud.

El puente que permite salvar la brecha es la educación. Hay formas de que los hijos de familias pobres pasen al grupo capitalista más rico, pero Temin afirma que hay muchos más obstáculos, sobre todo para los hijos de familias afroamericanas. Por eso la principal recomendación de Temin es el acceso universal a educación preescolar de alta calidad y mayor apoyo financiero para las universidades públicas.

Su otra recomendación es revocar las políticas de represión de los pobres, de cualquier raza. Propone poner fin al encarcelamiento masivo y a la discriminación en la vivienda para que las familias puedan escapar de la falta de preparación e integrarse más plenamente en la economía y la sociedad en general.

Esto no es lo que se pensaba alcanzar con el sueño americano.

Pero ninguna de estas recomendaciones basta para superar los problemas de fondo que señala Temin. La progresión natural de Estados Unidos hacia una mayor igualdad ya ha sufrido un desvío de varios decenios. La idea de que la economía estadounidense esté en una tendencia más similar a la de una economía en desarrollo que a la de un país rico y desarrollado quizá sea desconcertante, pero tal es la estructura distributiva actual de la economía más rica del mundo.

Una de las medidas que propició la igualdad a mediados del siglo XX fue sin duda la atención a la educación: Estados Unidos fue uno de los primeros países en ofrecer acceso universal a educación primaria a escala nacional, y la ley para la educación de los excombatientes de la Segunda Guerra Mundial abrió las puertas de las universidades a generaciones de estudiantes. Otro factor fue que a mediados de siglo se gravaron mucho los patrimonios y los ingresos más altos, para invertir los recursos en un crecimiento económico más amplio; pero ambas fuentes se han erosionado mucho en los últimos 40 años. Temin explica con elocuencia y precisión que para revertir la desaparición de la clase media será necesario combatir con más ahínco la dualidad de la economía.

Heather Boushey

Directora Ejecutiva y Economista Principal, Washington Center for Equitable Growth

La cultura en las raíces del crecimiento

Joel Mokyr

A Culture of Growth

The Origins of the Modern Economy

[Una cultura del crecimiento: Los orígenes de la economía moderna]

Princeton University Press, Princeton, Nueva Jersey, 2017, 400 págs., USD 35 (tapa dura)

Esta obra de Joel Mokyr da a la cultura un rol protagónico en el rápido crecimiento económico e industrialización que trajo la Primera Revolución Industrial y que desde entonces se ha mantenido en Europa occidental. El autor insiste en que el motivo por el que el cambio generador de crecimiento se dio en Europa y no, por ejemplo, en China, fue un determinado tipo de cultura. El significado de esa cultura y lo que la hizo diferente en Europa constituyen el objeto de este provocador análisis.

Mokyr sugiere que la Ilustración y la Revolución Industrial no fueron acontecimientos exógenos, sino consecuencias de un cambio de actitudes (que llama “cultura") en Europa occidental. Se produjeron durante dos siglos, entre 1500 y 1700; un período que trajo consigo la confianza en que la gente podía usar la ciencia para controlar su destino y, especialmente, el mundo natural.

La Ilustración, que comenzó a finales del siglo XVII y se prolongó hasta el XVIII, propició una búsqueda de “conocimiento útil”, es decir, ciencia y tecnología, que dio lugar al dominio permanente y sostenido de las fuerzas de la naturaleza.

Impulsando este proceso había dos figuras prominentes, Francis Bacon e Isaac Newton, que transformaron el pensamiento en Europa occidental y más tarde en el mundo entero. “El objetivo real y legítimo de las ciencias es dotar a la vida humana de nuevos descubrimientos y recursos”, escribió Bacon. El impacto de Bacon y sus seguidores en la Ilustración fue fundamental para crear la convicción de que la “investigación natural” a través de la experimentación es esencial para el crecimiento económico y el bienestar humano. La contribución de Newton consistió en demostrar que las “reglas” de la naturaleza podían identificarse, desvelando así los misterios del mundo natural. Bacon y Newton alteraron el pensamiento de su época porque la competencia de ideas en el mercado permitió a las suyas “divulgarse, y con ello, cuestionarse, corregirse y complementarse”, afirma Mokyr.

¿Pero cómo llegaron y se expandieron estos cambios culturales en el período de cambio fundamental en Europa? ¿Cómo se pasó de la Ilustración a la Revolución Industrial, que, a su vez, fue el principio del crecimiento sostenido? Mokyr pinta como telón de fondo la mejora de la navegación y la construcción naval, lo que expuso a Europa a nuevos productos e ideas (globalización temprana), y de la prensa escrita, que redujo el costo de las comunicaciones y aumentó los beneficios de la alfabetización. Estos acontecimientos abrieron la mente a nuevas ideas y maneras de pensar y redujeron el apego a las viejas. Además, estos cambios se vieron favorecidos por la ausencia de una única autoridad central en Europa, la libertad individual, la aplicación del derecho de la propiedad y la competencia en el mercado de bienes materiales e ideas. Las nuevas ideas impulsaron, entre otras cosas, los avances en ciencia y tecnología que ahora conocemos como la Revolución Industrial y que culminaron en el crecimiento económico sostenido.

Mokyr muestra entonces que, si bien es útil buscar por qué sucedió algo, también lo es analizar por qué no sucedió, y usa el ejemplo de China como contrapunto del rápido desarrollo europeo de la cultura del crecimiento. Aunque China había sido al menos tan avanzada tecnológicamente como Europa, si no más —y, desde luego, más alfabetizada—, no había producido nada como la Revolución Industrial. Mokyr atribuye el lento progreso en China a factores como la veneración de la literatura clásica china, un gobierno centralizado que desalentaba la competencia entre regiones o la designación de los altos cargos del gobierno en función de los conocimientos en literatura china en lugar de ciencia y tecnología. Todo ello generó incentivos que propiciaron buenos resultados en otras áreas de la cultura china, pero no estimuló las ideas y acciones asociadas a una revolución industrial. Mokyr concluye así: “Parece erróneo tachar la experiencia china de ‘fracaso’. Lo que es excepcional, e incluso único, es lo que ocurrió en la Europa del siglo XVIII”.

Estos acontecimientos redujeron el apego a las viejas ideas.

Este libro es el último ejemplo de la habilidad de Mokyr para explicar cuestiones complejas, ilustrando su amplia tesis con una miríada de detalles fascinantes. Escribe con claridad: resulta entretenido al lector general y al especialista en historia económica. Esta obra es una lectura obligatoria para quien esté interesado en cómo la sociedad occidental ha llegado hasta donde está y lo que implica para la expansión de la tecnología en la economía global del futuro.

Barry R. Chiswick

Profesor de Economía y Asuntos Internacionales, Universidad de George Washington

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