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Finance and Development, March 2017
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Replantearse el PIB: Tal vez sea el momento de el PIB formular un nuevo indicador del bienestar económico con menos fallas

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
March 2017
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Diane Coyle

¿POR QUÉ es importante el crecimiento económico? Para los economistas la respuesta es que mide un componente sustancial del progreso social: el bienestar económico, o cuánto se beneficia la sociedad del uso y asignación de los recursos. Un vistazo al PIB per cápita a largo plazo muestra una historia de innovación y escape de la trampa malthusiana de mejora del nivel de vida que se ve inevitablemente limitada por el crecimiento de la población.

El crecimiento del PIB también tiene una importancia decisiva. Está estrechamente correlacionado con la disponibilidad de empleos e ingresos, los cuales, a su vez, son esenciales para mejorar el nivel de vida de los ciudadanos y respaldar su capacidad para alcanzar el tipo de vida que valoran (Sen, 1999).

Sin embargo, el PIB no es un objeto natural, aunque hoy se utiliza como sinónimo de desempeño económico. No puede medirse de forma precisa, a diferencia de los fenómenos físicos. Los economistas y estadísticos comprenden que es un indicador imperfecto del bienestar económico y que tiene desventajas bien conocidas. De hecho, los pioneros de la contabilidad nacional, como Simon Kuznets y Colin Clark, habrían preferido medir el bienestar económico, pero el PIB prevaleció porque las necesidades en tiempos de guerra exigían un indicador de la actividad total. Por lo tanto, desde su creación, el concepto de PIB ha tenido sus críticos. Pero elaborar un indicador más preciso es más fácil de decir que de hacer.

Indicador a corto plazo

El PIB mide el valor monetario de los bienes y servicios finales —es decir, aquellos que compra el usuario final— producidos y consumidos en un país en un período determinado. La limitación del PIB como indicador del bienestar económico es que registra, principalmente, las transacciones monetarias a precios de mercado. Este indicador no incluye, por ejemplo, las externalidades medioambientales, como la contaminación o los daños a especies, ya que nadie paga un precio por ellas. Tampoco incorpora las variaciones en el valor de los activos, como el agotamiento de los recursos o la pérdida de biodiver-sidad: el PIB no las descuenta de los flujos de transacciones realizadas durante el período cubierto.

El precio medioambiental del crecimiento económico es cada vez más claro, y más elevado. El esmog en Pekín o Nueva Delhi, el impacto de la contaminación en la salud pública y la productividad en cualquier gran ciudad, y los costos de las inundaciones cada vez más frecuentes para los países que no están bien preparados son una muestra de la brecha entre el crecimiento del PIB y el bienestar económico. Por ello, los economistas y estadísticos están trabajando para elaborar estimaciones del capital natural y su tasa de pérdida (Banco Mundial, 2016). Cuando lo logren, quedará claro que el crecimiento sostenible del PIB (el cual permite a las generaciones futuras como mínimo consumir lo mismo que en la actualidad) es más bajo que el crecimiento del PIB registrado a lo largo de muchos años. Sin embargo, conseguir que estos nuevos indicadores formen parte del debate político predominante y que se reflejen en las opciones de política es otro tema.

De hecho, el PIB no toma en cuenta ningún tipo de activo de capital, como la infraestructura y el capital humano; es un indicador a corto plazo por naturaleza. Las políticas económicas dirigidas a generar crecimiento han demostrado la validez del famoso comentario de su arquitecto intelectual, John Maynard Keynes: “A largo plazo, estaremos todos muertos”.

Setenta años después, el largo plazo está a la vuelta de la esquina. Un indicador amplio de la sostenibilidad del crecimiento económico y, por lo tanto, del bienestar económico a largo plazo, debería tomar en cuenta tanto los activos económicos como los flujos incluidos en el PIB: la necesidad de mantener la infraestructura, o de registrar su depreciación, ya que los puentes se desmoronan y las carreteras se llenan de baches. Un balance nacional real tomaría en cuenta los pasivos financieros futuros, como las pensiones estatales. También incluiría los aumentos del capital humano al elevarse los niveles de educación y conocimientos de un mayor número de personas. Para calcular el bienestar económico deben deducirse estas variaciones en el valor de los activos nacionales.

Trabajo de los hogares

Una crítica de larga data a la dependencia del PIB como indicador del éxito económico es que excluye gran parte del trabajo no remunerado de los hogares. Debería existir una definición aceptada de lo que forma parte de la economía y es medible y lo que no lo es. Los economistas lo denominan “la frontera de producción”. Lo que se incluye o no en dicha frontera es inevitablemente una cuestión de criterio. Inicialmente, también se debatió si el gasto público debía incluirse, ya que es un consumo colectivo, o excluirse, ya que el gobierno paga, por ejemplo, las carreteras y la seguridad que son insumos en la economía (como un costo empresarial) y no consumo o bienes de inversión.

Otro debate clave está relacionado con la definición de los bienes y servicios producidos —y a menudo también consumidos— por los hogares. Se incluyeron los bienes producidos en los hogares, como los alimentos, porque en muchos países estos se pueden comprar y vender fácilmente en el mercado, pero no se incluyeron los servicios prestados en los hogares, como la limpieza y el cuidado de niños. No sorprende que las investigadoras feministas siempre hayan deplorado el hecho de que el trabajo realizado principalmente por mujeres literalmente no sea valorado. Muchos economistas estuvieron de acuerdo en principio, pero se estableció un límite en parte por razones prácticas: realizar una encuesta de los servicios producidos por los hogares era una tarea enorme, y estos servicios pocas veces se adquirían en el mercado de trabajo.

Esto ha cambiado drásticamente en las economías de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) desde la década de 1940 y 1950, cuando se tomaron las decisiones con respecto a la frontera de producción. Ahora que más mujeres tienen un empleo remunerado, el mercado de servicios como la limpieza y el cuidado de niños ha crecido, y los hogares pueden y a menudo compran estos servicios en lugar de realizarlos, o viceversa. No hay ninguna razón lógica para no considerar el trabajo realizado por los hogares como cualquier otro trabajo.

Un indicador adecuado

El PIB es el valor de la producción total de bienes y servicios en una economía durante un período específico.

Si bien la definición parece muy sencilla, no es fácil calcular el PIB. En primer lugar, recopilar los datos es complicadísimo. Hay millones de productores, productos, servicios y precios.

Además, determinar qué proporción de la variación del PIB, que se calcula en dólares (u otras monedas nacionales) corrientes, representa una variación real en la cantidad de bienes y servicios disponibles para los consumidores y qué proporción se debe a variaciones de los precios añade un nivel adicional de complejidad.

Si el precio de unos zapatos aumenta, por ejemplo, un 5% con respecto al año anterior y el PIB registra un aumento del 5% en el valor de la producción de zapatos, el aumento nominal del componente del PIB correspondiente a los zapatos no es real, debido a la inflación. La producción efectiva de zapatos se mantuvo constante. Para determinar, por ejemplo, qué proporción de la variación interanual del PIB refleja una mayor producción final (volumen) y qué proporción refleja un aumento de los precios (inflación), los economistas utilizan una técnica denominada deflación.

El PIB es un indicador de los bienes y servicios finales producidos en una economía, y que son consumidos por personas o empresas. Los bienes y servicios intermedios se excluyen del PIB porque se utilizan para producir otro bien o servicio. Un automóvil es un bien final. El acero, el plástico o el vidrio que se utilizan para hacerlo son productos (o insumos) intermedios.

Tres indicadores

El PIB se puede medir de tres formas. El enfoque del gasto suma el valor de mercado de todo el gasto en productos finales realizado por los consumidores, las empresas y el gobierno más las exportaciones menos las importaciones. El enfoque de la producción suma el valor de todo lo producido, la producción bruta, y luego deduce el valor de los productos intermedios para obtener la producción neta. El enfoque del ingreso suma todo lo obtenido por las personas y empresas, principalmente sueldos, utilidades, alquileres e intereses.

Con los tres indicadores se obtendría teóricamente el mismo valor del PIB. Pero debido a las dificultades de recopilación de datos fuente, los tres enfoques nunca dan el mismo valor. En muchos países, el PIB oficial se basa en el enfoque de la producción porque los datos fuente de los productores son más completos y precisos.

Efectos de los precios

Dado que los precios de los bienes y servicios se recopilan en dólares corrientes, el denominado PIB nominal se ve afectado por las variaciones de precios y no refleja necesariamente en qué proporción aumenta el volumen de estos bienes y servicios, que es lo que le interesa a la mayoría de las personas y empresas. Para ver los efectos de la inflación en los precios de los bienes y servicios, los economistas construyen un estadístico denominado índice, el cual toma en cuenta las variaciones del precio de un bien o un servicio entre el año base y el año corriente. Este índice se aplica a los precios para eliminar el componente de la inflación en los precios corrientes (o deflactar).

Volviendo al ejemplo de los zapatos, si el valor nominal de los zapatos aumenta un 10% durante el año, el PIB nominal de ese año reflejará un aumento del 10% de la producción de zapatos. Si el precio de los zapatos aumenta un 8%, el deflactor aplicado a la parte del precio de los zapatos del PIB convertirá ese aumento nominal del 10% en un aumento real del 2% (en la jerga estadística se diría que el volumen de zapatos producidos aumentó un 2%).

Los deflactores presentan sus propias dificultades. Cuanto más preciso sea el deflactor, más exacto será el cálculo del PIB real. Pero hay un problema sustancial. Cuanto más preciso sea el deflactor, más información sobre los precios se precisará, y más costoso será recopilar datos de precios.

Este recuadro se basa en parte en el estudio “Measure Up: A Better Way to Calculate GDP” (Documento de análisis del personal técnico del FMI No. 17/02), preparado por Thomas Alexander, Claudia Dziobek, Marco Marini, Eric Metreau y Michael Stanger.

La evolución de la economía digital ha reavivado este antiguo debate, ya que está cambiando la forma de trabajar de mucha gente. Los contadores nacionales han considerado al gobierno y las empresas como la parte productiva de la economía, y a los hogares la no productiva, pero la frontera entre hogar y trabajo que hasta ahora ha sido relativamente clara se está desdibujando. El número de trabajadores por cuenta propia o independientes que utilizan las plataformas digitales es cada vez mayor. Su horario puede ser flexible, y el trabajo puede superponerse con otras actividades. En muchos casos están utilizando activos de los hogares, como sus computadoras, teléfonos inteligentes, casas y coches, para realizar un trabajo remunerado. Mucha gente produce gratuitamente trabajos digitales, como el software libre, que pueden utilizarse como sustitutos de otros productos equivalentes comercializados, y que sin duda tienen gran valor económico a pesar de que no cuestan nada.

Estas circunstancias subrayan la necesidad de comprender mejor la información estadística sobre la actividad de los hogares, aunque pocos países recopilan datos adecuados sobre los activos de los hogares.

Evolución constante de la tecnología

La tecnología no solo desdibuja la frontera entre el hogar y el trabajo, sino que también dificulta el proceso de calcular el PIB. En el sector de la tecnología, muchos sostienen que las estadísticas convencionales sobre el PIB subestiman la importancia de la revolución digital. También señalan, acertadamente, que el ritmo de innovación no se ha desacelerado en ámbitos como las telecomunicaciones, la biotecnología, los materiales y la energía verde, lo que complica aún más el enigma en torno al débil desempeño del crecimiento económico y la productividad al que se enfrentan tantas economías avanzadas.

Por ejemplo, la tecnología de compresión permite que las redes inalámbricas puedan transmitir un mayor volumen de datos de alta calidad con más rapidez que nunca, y el precio de estas innovaciones, como la energía solar y la secuenciación del genoma, ha ido cayendo rápidamente. ¿Podría ser que las estadísticas no estén reflejando de manera adecuada las mejoras de calidad resultantes de la tecnología y que, por lo tanto, estén sobreestimando la inflación y subestimando la productividad y el crecimiento en términos reales?

Los datos oficiales incluyen muy pocos ajustes de calidad para calcular los índices de precios “hedónicos”, es decir, aquellos que toman en cuenta las mejoras de calidad. Los investigadores que han tratado de añadir el ajuste hedónico a una gama más amplia de precios en el sector de las tecnologías de la información y la comunicación en Estados Unidos han llegado a la conclusión de que esto no cambia mucho el panorama de crecimiento lento de la productividad, en parte porque hay poca manufactura de estas tecnologías con base en Estados Unidos (Byrne, Fernald y Reinsdorf, 2016).

Sin embargo, estos estudios no se han añadido a la gama más amplia de bienes y servicios afectados por la transformación digital, y quedan algunas cuestiones conceptuales por resolver. Por ejemplo, ¿utilizar un servicio de streaming de música es equivalente a descargar contenido digital o comprar discos compactos, o es un bien nuevo? Dicho de otro modo, ¿está comprando el consumidor un formato específico o sencillamente la capacidad de escuchar música? Si es el primer caso, debería existir un índice de precios de música ajustados por calidad. En principio, los índices de precios calculan lo que la gente tiene que pagar para obtener el mismo nivel de “servicio” o satisfacción de todas sus compras, pero realizar este cálculo no es tan fácil.

De hecho, los economistas sostienen que es imposible registrar todos los beneficios del bienestar económico de las innovaciones en el PIB, que mide las transacciones a precios de mercado; siempre habrá algún servicio por encima y por debajo de ese precio, denominado “superávit del consumidor”. En este sentido, los bienes digitales no son distintos de otras olas anteriores de innovación. Aquellos que utilizan el crecimiento del PIB como indicador de la evolución de la economía deben tener presente que nunca ha sido un indicador completo del bienestar económico.

La desigualdad importa

Las deficiencias del PIB a la hora de representar la desigualdad se han hecho especialmente evidentes en los últimos tiempos. La agregación de los ingresos o gastos en el PIB no tiene en cuenta las cuestiones distributivas, y si se supone que el crecimiento del PIB es equiparable a una mejora del bienestar económico, no hay razón para no seguir con la actual distribución. Cuando la distribución del ingreso no variaba mucho —hasta mediados de la década de 1980 en la mayoría de los países de la OCDE— no importó demasiado no tener en cuenta estas cuestiones. Sin embargo, gracias en parte al famoso libro de Thomas Piketty El capital en siglo XXI y en parte a los movimientos populistas que están surgiendo en muchos países, ya nadie puede hacer caso omiso de las cuestiones distributivas.

Es posible ajustar el PIB para tomar en cuenta la distribución y otros aspectos ajenos al mercado del bienestar económico. Los economistas han comenzado a debatir (de nuevo) ajustes específicos. El economista de Harvard Dale Jorgenson (de próxima publicación) propone combinar la información distributiva proveniente de encuestas de hogares con las cuentas nacionales. Charles Jones y Peter Klenow (2016) han presentado un solo indicador que incorpora el consumo, el ocio, la mortalidad y la desigualdad; sus cálculos muestran que este enfoque cubre la mayor parte de la aparente brecha entre el nivel de vida de Estados Unidos y el de otros países de la OCDE cuando se evalúa sobre la base del PIB per cápita.

Estos indicadores, que amplían el enfoque de las cuentas nacionales estándar a fin de tomar en cuenta por lo menos la desigualdad, abordan algunos de los desafíos para medir el PIB, pero no todos.

El debate sobre la mejor forma de medir el bienestar económico se está intensificando por varios motivos. La crisis financiera mundial de 2008 y sus consecuencias siguen ensombreciendo el panorama. Aunque la desigualdad ha comenzado a disminuir en algunos países, en ciertos casos el débil crecimiento, el sobreendeudamiento y el elevado desempleo se han traducido en una recuperación poco dinámica y un descontento latente con la política económica de siempre. Al mismo tiempo, es difícil hacer caso omiso de la evidencia sobre el costo medioambiental del crecimiento económico pasado. La revolución digital y el debate sobre los vínculos entre la tecnología y el aumento de la productividad —y la tecnología y los empleos futuros— añaden un giro sutil a este debate.

Es más fácil expresar descontento con los indicadores actuales que llegar a un consenso sobre lo que debería reemplazar al PIB. En 2009 la emblemática Comisión Stiglitz-Sen-Fitoussi recomendó la publicación de un “panel” de indicadores del bienestar económico, argumentando que sus múltiples dimensiones no podían reducirse a una sola cifra. Otros señalan que para influir en los medios de comunicación y el debate político es esencial que exista un solo indicador. El PIB se establece mediante un proceso de consenso internacional lento y de perfil bajo, de manera que es difícil imaginar que pueda producirse claramente una ruptura con el estándar actual a menos que los investigadores económicos formulen un enfoque que sea tan convincente y viable como el PIB, el indicador más conocido en el marco del Sistema de Cuentas Nacionales.

Podría ocurrir. Esta cuestión está en la agenda de investigación de los economistas por primera vez desde la década de 1940 y 1950. La Oficina Nacional de Estadística del Reino Unido ha establecido un nuevo centro de investigación sobre estadísticas económicas, que inició sus actividades en febrero de 2017. Este debate es de vital importancia, dado que para muchos el reciente progreso económico, calculado según el PIB, no se ve adecuadamente reflejado en este indicador. El diálogo público de política económica se lleva a cabo en gran medida en términos de crecimiento del PIB, de modo que la erosión del PIB como indicador razonable del bienestar económico es un asunto muy importante.

Diane Coyle es Profesora de Economía en la Universidad de Manchester y autora de GDP: A Brief but Affectionate History.

Referencias:

    Banco Mundial2016Natural Capital AccountingBriefWashington, DC.

    ByrneDavid M.John G.Fernald y Marshall B.Reinsdorf2016Does the United States Have a Productivity Problem or a Measurement Problem?BPEA Conference DraftBrookings InstitutionWashington, DC.

    CoyleDiane2015Modernising Economic Statistics: Why It MattersNational Institute Economic Review vol. 234 (noviembre) págs. F4F8.

    CoyleDianede próxima publicaciónThe Political Economy of National StatisticsenNational Wealtheditado porK.Hamilton y C.Hepburn (Oxford: Oxford University Press). El documento de trabajo está disponible enhttps://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=2850061

    JonesCharles I. y Peter J.Klenow2016Beyond GDP? Welfare across Countries and TimeAmerican Economic Review vol. 106 No. 9 págs. 242657.

    JorgensonDalede próxima publicaciónWithin and Beyond the GDP: Progress in Economic MeasurementJournal of Economic Literature.

    SenAmartya1999Development as Freedom (Oxford: Oxford University Press).

    StiglitzJoseph E.AmartyaSen y Jean-PaulFitoussi2009Report by the Commission on the Measurement of Economic Performance and Social Progress. París.

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