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Finance and Development March 2016
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Críticas de libros

Author(s):
International Monetary Fund. Communications Department
Published Date:
March 2016
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Ganadores y perdedores

Branko Milanovic

Global Inequality

A New Approach for the Age of Globalization

Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 2016, 320 págs., USD 29,95 (tela).

Branko Milanovic se ha ganado una reputación de pensador innovador estudiando la desigualdad en el imperio bizantino o la posición del individuo en la distribución mundial del ingreso. Milanovic empezó a usar viñetas de Jane Austen para examinar la evolución histórica de la desigualdad antes de que Thomas Piketty las pusiera de moda.

Su nuevo libro no decepciona. Primero identifica a los ganadores en la “gran globalización”: la clase media en Asia emergente y los “súper ricos”. La gran perdedora es la clase media del mundo desarrollado. Milanovic observa que aunque la desigualdad en los países crece, la desigualdad entre países se reduce, sin mostrar indicio alguno de un aumento a nivel mundial.

Este argumento se ha usado para desestimar las inquietudes que genera la desigualdad. Milanovic no las desestima, pero admite que el futuro es incierto. Si sigue esta evolución la desigualdad dentro de los países podría resurgir—como en el siglo XIX—y anteponer la clase social a la ubicación geográfica. Milanovic sabe que el Estado nación sigue siendo el punto central del discurso político.

Por lo tanto, en el capítulo más largo aborda la desigualdad en los países.

Milanovic trata de rehabilitar en parte a Simon Kuznets frente a las críticas de Piketty, para lo cual propone una “gran teoría” que denomina “ondas Kuznets” de subida y caída sucesivas de la desigualdad. La primera onda—indica—abarcó un siglo y medio, hasta los años ochenta, cuando se inició la segunda, que fue desatada por varios de los factores que activaron la primera: tecnología, globalización y políticas económicas favorables a los ricos.

Esta explicación nos parece un poco limitada. Primero, no es evidente ni cierto que el cambio tecnológico pueda resumirse en dos revoluciones tecnológicas; de hecho, otros mencionan entre cuatro y seis desde fines del siglo XVIII.

Si bien describe cabalmente los factores “benignos” y “malignos” que reducen la desigualdad, la descripción del punto de transición entre las ondas es algo imprecisa. Sostiene que la desigualdad se hace insostenible, pero no cae por sí sola: primero ocasiona guerras, conflicto social y revoluciones. Esa es su narrativa de la Primera Guerra Mundial; en realidad secunda la teoría de Lenin de que la guerra la causó desde dentro una expansión imperialista. ¿Cómo debemos interpretar esto en nuestra propia época? Milanovic nos tienta con ideas que no nos deja profundizar. Por añadidura, apenas menciona el cambio climático, una de las grandes fuerzas económicas malignas del siglo XXI, que podría ser catastrófica para la distribución del ingreso en cada país y entre los países.

Su análisis de la tónica actual es más sólido. En particular en Estados Unidos, dice, será difícil contener el “huracán de desigualdad” puesto que el capital es sumamente móvil y los ricos controlan el sistema político. Su propuesta—centrada en el suministro de recursos de compensación, sobre todo en lo que se refiere a la propiedad del capital y la educación—merece un análisis detenido.

Milanovic es demasiado optimista respecto del sector financiero, que contribuye enormemente a la desigualdad y aporta poco a la sociedad. Una reducción de su poderío y escala contribuiría a mitigar la desigualdad y a la estabilidad financiera. Quizás es el momento de aplicar un impuesto sobre el capital global similar al que propone Piketty, lo cual naturalmente requeriría una fuerte coordinación internacional.

La gran perdedora es la clase media del mundo desarrollado.

Milanovic hace también un pertinente análisis de la migración, aunque sus propuestas al respecto dejan ciertas interrogantes sin responder. Recomienda que haya más migración, pero con “diferencias relativamente leves especificadas en la legislación” entre los trabajadores del país y los inmigrantes. No hace falta un análisis detallado para ver las luces de alerta. El problema es que su marco de referencia ético—como el de muchos economistas—está sesgado. Por ejemplo, desestima el problema del maltrato de trabajadores temporales señalando que de todas maneras están mejor que en sus países de origen.

Generalmente, en estos debates no se abordan los problemas éticos que engendra la desigualdad. Esto debe cambiar, sobre todo porque los economistas tienden a subordinar la justicia distributiva a la eficiencia. Una reflexión sobre la distribución equitativa de los recursos, nuestras obligaciones mutuas en un mundo globalizado y las características de una sociedad sólida enriquecerían considerablemente la discusión sobre la desigualdad.

En general, el libro es muy recomendable, fácil de leer y entretenido. No es excesivamente largo, lo cual demuestra que ¡no se necesitan 700 páginas para hacer un buen análisis de la desigualdad!

Anthony Annett

Asesor sobre cambio climático y desarrollo sostenible Instituto de la Tierra Universidad de Columbia

Igualdad de género

Iris Bohnet

What Works

Gender Equality by Design

Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, 2016, 400 págs., USD 26,95 (tela).

Me sorprendió mi reacción a la promesa de Iris Bohnet en el último capítulo de What Works (“Lo que funciona”): “Podemos reducir la desigualdad de género”. Recordé a Rosie, ícono estadounidense del empoderamiento femenino, y su: “¡Podemos hacerlo!”. Y mi rápida respuesta me recordó lo arraigados que pueden estar nuestros prejuicios en el inconsciente.

Bohnet demuestra elegante y extensamente cómo tales prejuicios pueden obstaculizar la igualdad de género. Lo que la distingue en la creciente literatura sobre el tema es su empleo del diseño conductista para ofrecer soluciones prácticas (y, a menudo, intuitivas).

What Works aprovecha al máximo los recientes estudios sobre género. Bohnet comienza por recordarnos los prejuicios que nos rodean y resumir el argumento a favor de la igualdad de género. Repasa el valor de una mayor participación femenina en la fuerza laboral para la productividad, el ingreso y el crecimiento económico.

Esto no significa en absoluto que What Works sea solo un compendio. En el libro se hilvanan los muchos elementos del debate sobre género, produciendo una narrativa rica e interconectada de las barreras que los prejuicios interponen al progreso, y se afirma: “Es triste, pero desaprender es prácticamente imposible”. Y ahí aparece el diseño conductista, como “la herramienta más útil y menos usada que tenemos”.

Muchas de las estrategias y políticas mencionadas en el debate tradicional apuntan a inducir una respuesta consciente que ayude a promover la inclusión. Se nos dice que “vayamos adelante”, que adoptemos un “enfoque que considere lo opuesto” o que “deliberemos más” al examinar estos temas. Bohnet reconoce los beneficios, pero también las dificultades de estos enfoques. No porque considere que los cursos sobre diversidad o las metas de género sean erróneas, sino porque el contexto no siempre es adecuado para que estas medidas sean eficaces. Sucumbimos ante nuestros prejuicios.

Bohnet lo ejemplifica bien. La inacción o inercia pueden socavar las respuestas conscientes necesarias. Un ejemplo, si bien no relativo al género, es el mayor éxito de los planes de ahorros jubilatorios en los que uno debe rechazar explícitamente su participación o expresar su deseo de participar. (¡La mayoría es demasiado perezosa para elegir participar!) Y las medidas a favor de la inclusión pueden llegar a tener el efecto opuesto. Ciertos estudios muestran que los programas de “capacitación sobre diversidad” pueden propiciar que las personas se tomen licencias morales (al sentirse más conscientes, es menos probable que apliquen el conocimiento adquirido).

Bohnet plantea que un diseño conductista inteligente puede crear un contexto que ayude a minimizar que nuestras acciones manifiesten estos prejuicios. Esto, explica, es preferible a depender de acciones explícitas para contrarrestarlos.

Un ejemplo de tal diseño fue la decisión de la Orquesta Sinfónica de Boston de realizar la audición de músicos tras una mampara. Pronto otras orquestras adoptaron audiciones “a ciegas”. La proporción de mujeres en las principales orquestas de Estados Unidos creció del 5% en 1970 a más del 35% en la actualidad.

Por medio del diseño, la ecuación se libra de la carga del género al permitir que hombres y mujeres toquen y que se los escuche del mismo modo. Bohnet brinda muchos ejemplos similares de cómo anonimizar a la hora de contratar y gestionar recursos humanos.

Bohnet se concentra en las interacciones de los distintos aspectos del diseño conductista, al emplear análisis de datos para lograr el cambio de conducta, establecer normas para reorientar la conducta en vez de propiciar la toma de licencias morales, estructurar grupos para evitar la igualdad “simbólica” y posibilitar la diversidad para agregar valor. Sin embargo, la meta global es inducir un cambio a gran escala para “cerrar la brecha de género relativa a oportunidades económicas, participación política, salud y educación”.

What Works no es de fácil lectura, especialmente si uno quiere apreciar todo lo que ofrece. Por momentos puede ser pesado: al tener muchos datos, ilustraciones e imágenes no es un libro para devorar de una vez. Se lo absorbe y sopesa mejor en varias sesiones.

El verdadero valor de la contribución de Bohnet no está en los detalles (no importa lo instructivos y reveladores que sean). Lo más motivador es el modo en que integra tantas teorías y datos diferentes. En vez de perderse en la complejidad, emplea su consigna—la promesa del diseño conductista—para ofrecer sugerencias prácticas y factibles.

Al final, Bohnet señala que un “buen líder es un buen diseñador conductista”. Y tal vez ese sea el aspecto de What Works que mejor funciona. Bohnet no es una simple promotora. Lidera mediante la demostración y el diseño, equipando a los lectores para encontrar soluciones que sirvan, de modo que todos podamos contribuir al cambio.

Karen Ongley

Subjefa de División en el Departamento de Estrategia, Políticas y Evaluación del FMI

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