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Finance and Development March 2016
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Convulsión demográfica: El mundo tendrá que luchar a medida que la población crezca, envejezca, migre y se urbanice

Author(s):
International Monetary Fund. Communications Department
Published Date:
March 2016
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David E. Bloom

La humanidad está siendo sacudida por los cambios demográficos.

Los más notorios son el rápido crecimiento poblacional en algunas economías en desarrollo y la cambiante proporción de adolescentes y adultos jóvenes en otras, una mayor longevidad y envejecimiento poblacional en todo el mundo, la urbanización y la migración internacional.

Todos ellos plantean enormes retos, amenazando el crecimiento económico, la estabilidad fiscal, la calidad medioambiental, y la seguridad y el bienestar humanos.

Pero ninguno es imposible de superar. Para ello, los responsables de las políticas públicas y privadas deberán actuar en forma decidida, colaborativa y rápida, mediante una reforma de las políticas jubilatorias, el desarrollo de una política inmigratoria mundial, la entrega de anticonceptivos a muchos millones de mujeres y una mayor mejora de la supervivencia infantil y el tratamiento de las enfermedades crónicas.

Crece la población mundial

El crecimiento poblacional fue extremadamente lento durante la mayor parte de la historia humana. La población mundial llegó a 1.000 millones de habitantes solo a principios del siglo XIX y a 2.000 millones en la década de 1920. Pero durante el último siglo su crecimiento ha sido mucho más rápido: la cantidad de habitantes alcanzó 3.000 millones en 1960 y saltó a 7.000 millones en 2011.

Al comienzo de 2016 la población mundial era de 7.400 millones, y se proyecta que aumente otros 83 millones este año, la diferencia entre 140 millones de nacimientos y 57 millones de muertes. Las proyecciones de variante media de la División de Población de Naciones Unidas (DPNU), que suponen que el comportamiento de la fertilidad evoluciona según las tendencias y patrones anteriores, indican que la población mundial superará 8.000 millones en 2024, 9.000 millones en 2038 y 10.000 millones en 2056. Alcanzar esos 10.000 millones equivaldría a sumar a China e India a la población mundial actual.

Cabe admitir que esas previsiones conllevan cierto grado de incertidumbre. Por ejemplo, según las proyecciones de variante baja de la DPNU (que suponen que la fertilidad es medio niño más baja), la población mundial no llegará a 8.000 millones sino hasta 2026, y según la proyección de variante alta (una fertilidad medio niño más alta) alcanzará ese nivel en 2022. Pero lo cierto es que el mundo está en una trayectoria poblacional históricamente inédita (gráfico 1).

Gráfico 1Creciendo a ritmo acelerado

Fuente: Naciones Unidas, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales, División de Población (2015).

El 99% del crecimiento proyectado para las próximas cuatro décadas ocurrirá en países clasificados como menos desarrollados: África, América Latina y el Caribe, Asia (excluido Japón), Melanesia, Micronesia y Polinesia. África tiene actualmente un sexto de la población del mundo, pero de aquí a 2050 generará 54% del crecimiento de la población mundial. Se proyecta que para 2018 la población de África alcance el nivel de las regiones más desarrolladas—América del Norte (principalmente Canadá y Estados Unidos), Australia, Europa, Japón y Nueva Zelandia—y que para 2050 crezca hasta alcanzar casi el doble del tamaño de dichas regiones.

De aquí hasta mediados de 2050, otros cambios importantes proyectados en la población son los siguientes:

• En 2022 India superará a China como el país más poblado.

• Nigeria alcanzará casi 400 millones de habitantes, más del doble de su nivel actual, situándose por delante de Brasil, Estados Unidos, Indonesia y Pakistán para convertirse en la tercera población del mundo.

• La población de Rusia se reducirá 10% y la de México crecerá levemente por debajo de la tasa mundial de 32%, saliendo ambos países de la lista de las 10 mayores poblaciones nacionales, mientras que la República Democrática del Congo (creciendo 153%) y Etiopía (90%) pasarán a integrar esa lista.

• En 18 países—la mayoría de Europa oriental (incluida Rusia)—la población disminuirá 10% o más, mientras que en 30 países (en su mayor parte de África subsahariana) la población por lo menos se duplicará.

El rápido crecimiento poblacional plantea retos sustanciales, como la necesidad de crear empleos para grandes cantidades de personas y dotarlas de los recursos de capital humano (educación de calidad, capacitación y salud) que necesitan para ser productivas. Las naciones deben también proveer el capital físico y la infraestructura necesarios para sustentar un mayor empleo; de lo contrario, las penurias masivas y la inestabilidad y los conflictos políticos, sociales y económicos podrían volverse aún más frecuentes. Una mayor desigualdad entre los países también podría desalentar la cooperación internacional, paralizando o incluso revirtiendo el proceso de globalización, que ofrece un gran potencial para elevar el nivel de vida en todo el mundo. Asimismo, el rápido crecimiento poblacional tiende a ejercer presiones sobre los ecosistemas y los recursos naturales, socavando la seguridad alimentaria, energética e hídrica, promoviendo la degradación del medio ambiente local y mundial y reduciendo las perspectivas de su rehabilitación y adaptación.

Se ha estimado que se necesitan nada menos que 734 millones de nuevos puestos de trabajo a nivel mundial entre 2010 y 2030 para responder al aumento proyectado de la población, concretar cambios posibles en la tasa de participación en la fuerza laboral y alcanzar tasas de desempleo de 4% o menos para los adultos y de 8% o menos para los jóvenes.

Dónde vive la gente

Al crecer la población durante la segunda mitad del siglo XX, también creció su densidad, con considerables diferencias entre las diversas regiones y países. En 1950, la densidad poblacional oscilaba entre 1,5 habitantes por kilómetro cuadrado en Oceanía y 45 en Asia; hoy varía entre 5 y 142 en esas mismas regiones.

El centro de gravedad de la población mundial sigue desplazándose hacia las regiones menos desarrolladas, y también desde las zonas rurales a las urbanas como resultado de la migración, las tasas crecientes de natalidad y decrecientes de mortalidad en las zonas urbanas y la transformación de zonas rurales en urbanas. Más de la mitad de la población del mundo vive ahora en zonas urbanas, frente a 30% en 1950, y se prevé que la proporción llegue a dos tercios para 2050 (gráfico 2). La población de África es la menos urbanizada, viviendo 40% de sus habitantes en entornos urbanos, la mitad de la proporción observada en América Latina y el Caribe, que es la región en desarrollo más urbanizada. Se proyecta que 50% de la población de Asia esté viviendo en zonas urbanas en los próximos años.

Gráfico 2Escapando de la granja

Fuente: Naciones Unidas, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales, División de Población (2014).

Nota: El período posterior a 2015 es una proyección.

El número de megaciudades (zonas urbanas con poblaciones superiores a 10 millones de habitantes) creció de 4 en 1975 a 29 en la actualidad. En las megaciudades viven 471 millones de personas, 12% de la población urbana mundial y 6% de la población total del mundo. Recientemente las Naciones Unidas introdujeron el concepto de “metaciudades”, que son zonas urbanas con 20 millones de residentes o más. Ocho ciudades habían alcanzado esa categoría en 2015. Tokio encabeza la lista, con 38 millones de residentes, más que la población de Canadá. La segunda es Delhi, cuyos 26 millones superan la población de Australia. Otras metaciudades son Shanghai, San Pablo, Mumbai, Ciudad de México, Beijing y Osaka. Para 2025, Dhaka, Karachi, Lagos y El Cairo se habrán convertido en metaciudades.

Las consecuencias de esa distribución espacial de las personas son objeto de intenso debate. Algunos hacen hincapié en los beneficios económicos que las concentraciones urbanas conllevan, como una abundante oferta de mano de obra y mercados para la venta de bienes y servicios. Otros destacan las presiones que las poblaciones urbanas densas imponen sobre los recursos de tierra, aire y agua; el consumo desproporcionado de combustibles fósiles por los habitantes urbanos y la consiguiente emisión de gases de efecto invernadero, y el hecho de que más de 1.000 millones de personas en todo el mundo viven en precarios barrios marginales.

Dinámica poblacional

No obstante el aumento cuantitativo observado, últimamente el ritmo de crecimiento poblacional ha comenzado a disminuir. Actualmente, la población mundial crece 1,08% por año, lo que significa que se duplica cada 64 años. Esa tasa es menor que el máximo de 2,06% registrado durante 1965–70, equivalente a una duplicación cada 34 años. África tiene la mayor tasa de crecimiento (2,44%, una duplicación cada 28 años), y Europa, la más baja (0,04%, un período de duplicación de 173 años). De hecho, la tasa general de crecimiento está cayendo y se proyecta que siga haciéndolo en cada región geográfica. Para el mundo en su conjunto se prevé que la tasa de crecimiento poblacional se reduzca a la mitad de aquí a 2050.

Los demógrafos suelen describir el proceso dinámico de crecimiento de la población usando un modelo de “transición demográfica”, que refleja el cambio desde un régimen de altas tasas de natalidad y mortalidad a bajas tasas de ambas variables. Una característica clave de la transición es que la disminución de la mortalidad precede a la caída de la fertilidad, generando un período transicional de crecimiento de la población.

Mortalidad. El número anual de muertes mundiales por cada 1.000 personas ha caído en forma constante, de 19,2 en 1950–55 a 7,8 en la actualidad. Esa caída refleja factores tales como el desarrollo y la aplicación generalizada de vacunas; otros avances médicos, como la introducción de antibióticos y terapias de rehidratación oral; mejor alimentación; intervenciones de salud pública tales como mejores servicios de saneamiento, agua potable más segura y mosquiteros tratados con insecticidas; mayor educación (especialmente de las madres), y mejoras en la infraestructura del sistema de salud y de otros ámbitos. Se corresponde con un aumento de 24 años en la esperanza de vida, de 47 en 1950–55 a 71 en la actualidad. Dado que el recién nacido promedio vivía hasta aproximadamente los 30 años durante la mayor parte de la historia humana, este aumento de 24 años, un promedio de 9 horas de esperanza de vida por día durante 65 años, es un logro humano verdaderamente asombroso, que aún no ha culminado. Se proyecta que la esperanza de vida mundial aumente a 78 años para 2050–55.

La esperanza de vida varía considerablemente entre las diversas regiones, desde un mínimo de 61 años en África a un máximo de 80 en América del Norte. Se proyecta que esa brecha de casi dos décadas se reduzca un poco en los años venideros. Se prevé que África supere a todas las demás regiones en términos de mejoras, tanto relativas como absolutas, en la salud de la población como resultado, entre otros factores, de una convergencia económica y la difusión de tecnología.

Las mejoras en supervivencia infantil son un determinante significativo de la mayor esperanza de vida. Las muertes de niños menores de 5 años disminuyeron a nivel mundial más de 50% desde 1990 a 2015, registrándose mejoras en todas las regiones, aunque proporcionalmente menos en África subsahariana y Oceanía. Las mayores cifras absolutas de mortalidad infantil se observaron en India y Nigeria, que juntos concentran 20% de la población mundial y 23% de la natalidad, pero 33% de las muertes de niños. Los nacimientos prematuros, la neumonía, las complicaciones del trabajo de parto y el alumbramiento, la diarrea y la malaria son las causas principales de la mortalidad infantil, siendo la desnutrición un cofactor significativo.

A pesar de las importantes mejoras en materia de supervivencia infantil, en 2015 murieron por día más de 16.000 niños menores de 5 años. La mayoría de esas muertes obedecieron a enfermedades y causas que son prevenibles o tratables utilizando las intervenciones disponibles y asequibles.

Fertilidad. La disminución de la fertilidad es otra faceta importante del cuadro demográfico mundial. En 1950, la mujer promedio tenía 5 niños; hoy, 2,5 (gráfico 3). Las tasas de fertilidad varían ampliamente entre las regiones, desde 1,6 en Europa a 4,6 en África, y entre los países varían aún más: 7,6 en Níger, 6,4 en Somalia, 6,1 en Mali y Chad y 6,0 en Angola, pero 1,2 en Singapur y 1,3 en Moldova, Bosnia y Herzegovina, Portugal, Corea del Sur, Grecia y España. Aproximadamente la mitad de la población del mundo vive en países con tasas de fertilidad inferiores a la tasa de reemplazo a largo plazo de aproximadamente 2,1 niños por mujer.

Gráfico 3Menos niños

Fuente: Naciones Unidas, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales, División de Población (2015).

Nota: Las Naciones Unidas definen la tasa de fertilidad total como la cantidad promedio de hijos que una cohorte hipotética de mujeres tendría al final de su período reproductivo si ellas estuvieran sujetas durante toda su vida activa a las tasas de fertilidad de un período dado y no padecieran mortalidad. Las regiones más desarrolladas comprenden América del Norte, Australia, Japón y Nueva Zelandia. Las regiones menos desarrolladas comprenden África, América Latina y el Caribe, Asia (excepto Japón), Melanesia, Micronesia y Polinesia. El período posterior a 2015 es una proyección.

En las economías en desarrollo, las mejoras logradas en supervivencia infantil son un factor fundamental de la caída de la fertilidad, al comprender la población que se necesitan menos nacimientos para alcanzar el tamaño familiar buscado. La fertilidad deseada también disminuye con el avance educativo y el aumento del ingreso. Una menor fertilidad, a su vez, promueve la supervivencia infantil, al mejorar la salud materna y permitir que cada niño reciba más recursos de su familia.

El acceso a la contracepción es también clave para la caída de la fertilidad. Entre las mujeres de 15 a 49 años que viven con una pareja masculina (casados o no) la tasa general de uso de métodos anticonceptivos modernos es de 57%, siendo los principales la esterilización femenina (usada por 19% del grupo etario en todo el mundo), dispositivos intrauterinos (14%), anticonceptivos orales (9%), condones masculinos (8%) e inyectables (5%). Del restante 43% de mujeres en este grupo demográfico, aproximadamente dos tercios tienen una necesidad insatisfecha de planificación familiar, es decir, son fértiles, sexualmente activas y quieren demorar o evitar el embarazo pero no usan métodos anticonceptivos modernos. La proporción disminuye a alrededor de un cuarto cuando se incluyen técnicas tradicionales como el ritmo o el retiro. En África, tanto la necesidad insatisfecha de anticoncepción como las tasas de fertilidad superan con creces el promedio mundial.

Migración internacional. Además de los nacimientos y las muertes, los movimientos transfronterizos de personas son el otro canal por el cual se modifica el tamaño de la población nacional. Solo 3,3% de la población del mundo (244 millones de personas) vive fuera de su país natal. En Europa y América del Norte vive 15% de la población mundial, pero más de la mitad de los migrantes internacionales del mundo. Estados Unidos alberga a casi 20% de ellos, seguido de Alemania y Rusia con 5% cada uno. Los países con el mayor número de emigrantes son India (16 millones), México (12 millones), Rusia (11 millones) y China (10 millones). Los migrantes internacionales son en su mayoría personas en edad activa y se distribuyen por sexo en forma pareja.

Aunque una de las mayores migraciones masivas intercontinentales de la historia reciente ocurrió en 2015—el éxodo de más de 1 millón de sirios a Europa—las barreras económicas e institucionales a la inmigración son aún significativas, como lo es también la acérrima oposición social y política en muchas economías avanzadas. Sin embargo, la migración ofrece un considerable potencial para beneficiar no solo a quienes dejan sus países sino también a otras personas en su país de origen o de destino. Hacer realidad ese potencial depende de diversos factores, como políticas que respalden la integración de los migrantes en la economía local. Muchos países desde los cuales salen esos últimos se oponen a la migración porque les quita recursos humanos cruciales. Las remesas, sin embargo, son un importante elemento compensatorio: se estima que los migrantes enviaron al mundo en desarrollo USD 441.000 millones en 2015, más del triple del monto de asistencia oficial para el desarrollo y aproximadamente dos tercios del nivel de inversión extranjera directa que reciben las economías en desarrollo. Las remesas pueden atenuar significativamente la pobreza y promover el desarrollo económico y social mediante la acumulación de capital humano y físico.

Estructura etaria

Quizás el acontecimiento demográfico mundial más importante es la evolución de la estructura etaria de la población, destacándose tres tipos de cambios altamente predecibles: caída de la dependencia de los jóvenes (el coeficiente entre los niños menores de 15 años y la población en edad activa, entre 15 y 64 años), cambios en la cantidad de adolescentes y jóvenes adultos (15–24 años) y la creciente proporción de personas mayores (60 años y más o 65 y más). Todos estos cambios se vinculan con las tendencias en el número de nacimientos y muertes. Por ejemplo, la disminución de las tasas de mortalidad en las primeras fases de la transición demográfica se registra desproporcionadamente entre lactantes y niños, lo cual de hecho da origen a un estallido de nacimientos que dura hasta que disminuye la fertilidad. A medida que esa nueva generación crece, una ola etaria avanza en la pirámide poblacional (gráfico 4), desde la base (lactantes y niños) a las secciones medias (15–24 y 25–59) hasta los máximos (60 o más y 80 o más). Cambios similares en la estructura etaria ocurren como resultado de un fuerte aumento de las tasas de natalidad, como las explosiones demográficas registradas en muchos países después de la Segunda Guerra Mundial.

Gráfico 4Sube y baja

Fuente: Naciones Unidas, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales, División de Población (2014).

Como las necesidades y capacidades de las personas varían considerablemente durante el ciclo de vida, las consecuencias de la variación de la estructura etaria pueden ser significativas. Los niños consumen más de lo que producen; necesitan muchos recursos para su alimentación, vestimenta, vivienda, atención médica y educación, y típicamente no trabajan. Los adultos, en cambio, tienden a contribuir más de lo que consumen, mediante el trabajo o el ahorro, que permite la acumulación de capital. La contribución neta de las personas mayores se sitúa en algún punto intermedio. Las personas tienden a trabajar menos a medida que alcanzan una edad avanzada, y ahorran menos o bien usan los ahorros para financiar su consumo una vez jubiladas.

Dividendos demográficos. Los cambios en la estructura etaria pueden promover el crecimiento económico, ofreciendo lo que se conoce como un dividendo demográfico, es decir un impulso al ingreso per cápita asociado con la caída de la fertilidad, que reduce la carga de dependencia de los jóvenes, aumenta la proporción de los trabajadores y los ahorristas en la población y permite reasignar los recursos para otros fines: en lugar del sustento de los niños, permite construir fábricas, implantar infraestructura e invertir en educación y en investigación y desarrollo.

La disminución de la fertilidad también tiende a liberar a las mujeres de la procreación y crianza de los niños, incrementando la oferta laboral. Análogamente, las tasas de ahorro tienden a subir al aumentar la supervivencia adulta y la previsión de períodos más largos de jubilación, especialmente en países donde las políticas e instituciones disuaden a las personas de trabajar más allá del inicio o mitad de su sesentena.

El dividendo demográfico abre la oportunidad de lograr un rápido crecimiento del ingreso y reducción de la pobreza. Puede ser catalizado mediante políticas y programas que bajen la mortalidad de los infantes y de los niños y puede ser acelerado si se alienta una menor fertilidad, por ejemplo, ampliando el acceso a los servicios de salud primaria y reproductiva y a la educación de las niñas. Pero el dividendo demográfico no es automático. Concretarlo depende de aspectos fundamentales del entorno económico y legal como la calidad del gobierno, la gestión macro-económica, la política comercial y la infraestructura, la eficiencia de los mercados laborales y financieros y las tasas de inversión pública y privada en salud, educación y capacitación.

En las últimas décadas, varios países han disfrutado de dividendos demográficos, especialmente los “tigres” de Asia oriental (la RAE de Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y la provincia china de Taiwan), que redujeron vertiginosamente sus tasas de natalidad en los años sesenta y setenta y usaron el respiro económico resultante para lograr impresionantes ventajas mediante políticas educativas y sanitarias sensatas, una sólida gestión macroeconómica y una cuidadosa interacción con las economías regionales y mundiales. En estos países, más de 2 puntos porcentuales del crecimiento anual del ingreso per cápita (aproximadamente un tercio del total) son atribuibles a la menor fertilidad y el consiguiente fuerte aumento de la proporción de personas en edad activa entre 1965 y 2000.

En el extremo opuesto, a los países de África subsahariana les ha ido mucho peor en materia de desarrollo porque no han logrado escapar de la abrumadora carga que representa la dependencia de los jóvenes y el rápido crecimiento poblacional. Los altos índices de dependencia en gran parte de África indican que una menor fertilidad ofrece grandes oportunidades para estimular tasas más altas de crecimiento económico.

En Asia meridional, donde las tasas de fertilidad ya han caído sustancialmente, los dividendos demográficos son una perspectiva más cercana y dependerán en forma importante de las inversiones en capital humano y la creación de empleo.

Fluctuaciones en el aumento de la población joven. El bienestar económico a largo plazo está fuertemente ligado a la experiencia a corto plazo de los adolescentes y adultos jóvenes. Además de su número, las destrezas, hábitos, energía y expectativas de los jóvenes los convierten en un poderoso agente de progreso social y económico. La persistencia de altas tasas de desempleo—especialmente entre los jóvenes—continúa socavando la formación de lazos fructíferos y estables entre los jóvenes y el mundo del trabajo. La Primavera Árabe a comienzos de esta década sirve como un aleccionador recordatorio de que las poblaciones con grandes cantidades de adolescentes y adultos jóvenes plantean un riesgo considerable para la estabilidad social y política en aquellas sociedades que no satisfacen sus expectativas de nivel de vida, especialmente en un contexto no democrático.

Sin embargo, esas presiones demográficas quizá se distiendan pronto. Los adolescentes y adultos jóvenes representan actualmente 16% de la población mundial, oscilando desde mínimos de 9% en España y 10% en Bulgaria, Eslovenia, Italia y Japón, hasta 24% en Micronesia y 23% en Lesotho y Swazilandia.

Pero esa proporción está cayendo en todas las regiones, y, en algunos países, también está cayendo el número absoluto de personas de 15–24 años de edad. Para 2020, las mayores caídas en términos absolutos sucederán en China (32 millones), Vietnam (2,3 millones), Rusia (1,8 millones), Irán (1,7 millones) y Estados Unidos (1,4 millones). Las mayores caídas porcentuales ocurrirán en Armenia (–25%), Moldova (–24%) y Georgia (–23%). Otros casos notorios son Corea del Sur (–15%), Cuba (–8%), Alemania (–7%), el Reino Unido (–6%), Japón (–4%) y Sudáfrica (–3%).

Esto indica la posibilidad de mejores oportunidades educativas y económicas. Pero el menguante número de personas jóvenes también entraña otras consecuencias como la perspectiva de que haya menos trabajadores para sostener al creciente número de personas de mayor edad. Los trabajadores más jóvenes enfrentarán crecientes responsabilidades físicas y financieras para sostener a los mayores, como por ejemplo impuestos más altos para financiar la atención de la salud y el pago de jubilaciones en los sistemas de reparto. La situación se complicará aún más al desplazarse el poder electoral desde los adultos jóvenes y de edad intermedia, cada vez más sobrecargados, a un número cada vez mayor de dependientes de edad avanzada.

Envejecimiento mundial. En una encuesta de 2009, profesionales de la demografía expresaron que el envejecimiento es el mayor problema poblacional que enfrentará el mundo en los próximos 20 años (excepto los demógrafos de África, para quienes el VIH/ SIDA es más importante).

En 1950, 8% de la población mundial se clasificaba como anciana (es decir, de 60 años o más). Desde entonces, la proporción de la vejez en la población mundial ha aumentado gradualmente al actual nivel de 12%, alrededor de 900 millones de personas. Pero hay un fuerte cambio en marcha. Para 2050, alrededor de 2.100 millones de personas, o 22% de la población mundial, superarán los 60 años. Según las proyecciones de las Naciones Unidas, la mediana de edad mundial aumentará de alrededor de 30 años hoy a 36 años en 2050 y, con la excepción de Níger, la proporción de personas mayores crecerá en todos los países.

En Japón, la mediana de 47 años es la más alta del mundo y se proyecta que aumente a 53 hacia 2050, pero para entonces la de Corea del Sur será 54. En 2050, 34 países tendrán una edad mediana igual o superior al 47 actual de Japón. A nivel mundial, las personas de 15 a 24 años de edad superan hoy en 32% a las de 60 o más, pero para 2026 esos dos grupos serán de igual tamaño. Después, los mayores de 60 rápidamente superarán a los adolescentes y adultos jóvenes. Este traspaso ya tuvo lugar entre las economías avanzadas en 1984 y se proyecta que para 2035 ocurra en las regiones menos desarrolladas.

Efectos no deseados

Existe gran preocupación acerca del rápido envejecimiento poblacional, que ha sido vinculado sin demasiado rigor con muchos fenómenos adversos, como la escasez de fuerza laboral, la desaceleración del crecimiento económico, el derrumbe de los mercados de activos, los problemas fiscales, el colapso financiero de los sistemas de pensiones y de salud y el derroche de los dividendos demográficos.

Existe gran preocupación acerca del rápido envejecimiento poblacional.

Pero el cambio demográfico a menudo estimula ajustes compensatorios del comportamiento e innovaciones tecnológicas e institucionales. Abundaron las predicciones funestas cuando la población mundial se duplicaba de 3.000 millones a 6.000 millones entre 1960 y 2000. Pero el ingreso mundial per cápita creció más del doble durante esas cuatro décadas, la esperanza de vida aumentó en más de 15 años y las tasas de escolaridad primaria se acercaron a la universalidad en muchos países.

El envejecimiento poblacional tenderá a provocar ajustes similares. Hay un sinfín de estrategias disponibles para concretar el potencial que crea una mayor longevidad a fin de mejorar el bienestar y desviar la carga de este fenómeno.

Un grupo de estrategias apuntan a los mayores ahorros y la mayor participación femenina en la fuerza laboral resultantes de una menor fertilidad, posiblemente inducida por la adopción de políticas que hagan más fácil combinar trabajo y familia. Otras estrategias implican elevar el tamaño efectivo de la fuerza laboral mediante fuertes inversiones en salud infantil y en rendimiento escolar y calidad educativa. Las empresas también pueden contribuir reformando sus prácticas de recursos humanos con el objeto de hacer el lugar de trabajo más propicio para los trabajadores de mayor edad y ampliando las oportunidades para que los trabajadores de cualquier edad incrementen y perfeccionen sus habilidades. Otras formas de atenuar los efectos de una población anciana podrían ser el desarrollo de tecnologías como los “robots sociales”, que asistan a las personas en sus actividades físicas y cognitivas vitales, y el rediseño de las ciudades para fomentar un envejecimiento más activo y saludable. El ajuste de las tasas de cobertura y contribución y de las prestaciones de los sistemas públicos de salud y pensión es también una respuesta natural a las presiones fiscales asociadas con el envejecimiento poblacional, aunque podría provocar tensiones intergeneracionales.

Elevar la edad legal de pensión puede ser una respuesta eficaz a la contracción del mercado laboral asociada con el envejecimiento de la población. La edad de pensión se ha mantenido marcadamente estable durante décadas, incluso ante drásticos aumentos de la longevidad. Las caídas previstas de la relación entre la población en edad de trabajar y la población no activa son mucho menos fuertes si el límite superior de la edad laboral se eleva a 70 años en el próximo cuarto de siglo.

Naturalmente, sumar adultos de más edad a la fuerza laboral es útil solo si están suficientemente sanos como para ser productivos. Una mayor focalización en la prevención de enfermedades podría ser importante para hacer frente al envejecimiento de la población. Supone un compromiso con dietas más saludables, más actividad física, reducción del uso del tabaco y del consumo nocivo de alcohol y un mayor índice de vacunación adulta contra enfermedades como la gripe, la neumonía neumocócica y el herpes.

Algunos han propuesto también, como otra forma de adaptación al envejecimiento poblacional, fomentar una mayor tasa de migración internacional desde países con poblaciones “jóvenes”, como los de África, hacia aquellos con poblaciones “ancianas”, como los de Europa. Abrir el grifo de migrantes internacionales como respuesta al envejecimiento de la población es una alternativa posible, pero quizá no ofrezca el alivio deseado debido a la oposición social y política a un flujo sostenido de inmigración masiva en la mayoría de los países de alto ingreso.

Una manera de avanzar

El mundo continúa experimentando la más significativa transformación demográfica de la historia de la humanidad. Los cambios en la longevidad y fertilidad, junto con la urbanización y la migración, son fuerzas poderosas que modelan nuestro futuro demográfico y presagian importantes consecuencias sociales, políticas, económicas y ambientales. Los retos son enormes, aunque probablemente superables. La adecuación del comportamiento, las innovaciones tecnológicas y los cambios de las políticas e instituciones tienen un potencial considerable para neutralizar las consecuencias negativas y hacer realidad las promisorias oportunidades que se abren, pero su imple-mentación exigirá recursos financieros y un firme liderazgo nacional y mundial. Es improbable que los peores temores asociados con el rápido crecimiento y el envejecimiento de las poblaciones se materialicen, pero se requerirá una gran labor de análisis, debate, adaptación del comportamiento y reforma de las políticas—en la esfera tanto pública como privada—antes de poder afirmarlo con certeza.

David E. Bloom es Profesor de Economía y Demografía en el Departamento de Salud Mundial y Población de la Universidad de Harvard.

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