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Finance and Development March 2016
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Gente del mundo de la economía: El retador

Author(s):
International Monetary Fund. Communications Department
Published Date:
March 2016
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Peter J. Walker ofrece una semblanza de David Card, el economista que puso en tela de juicio los criterios tradicionales sobre el salario mínimo, la inmigración y la educación

Un papel pegado de apuro en la pared. La improvisada lista de profesores del Departamento de Economía de la Universidad de California en Berkeley denota una humildad que contradice su destacada reputación académica. Uno de los economistas de Berkeley—también valorado pero modesto—es David Card.

Card se dio a conocer en 1995 al ganar la codiciada Medalla John Bates Clark, que la Asociación Económica de Estados Unidos (AEA, por sus siglas en inglés) concedía cada dos años a un economista destacado menor de 40 años que trabajara en Estados Unidos. Es el principal premio en economía después del Premio Nobel. Mediante la investigación empírica de “experimentos naturales” (situaciones reales respaldadas por datos robustos), Card cuestionó el convencionalismo económico en varios aspectos importantes.

Desafío a la tradición

A diferencia de los modelos clásicos, observó que el aumento del salario mínimo no necesariamente incrementa el desempleo, sino que incluso podría reducirlo. Más de 15 años de investigación culminaron en 1993 en un artículo emblemático y un libro posterior—escrito con el profesor de Princeton Alan B. Krueger—sobre el impacto del salario mínimo en la industria de la comida rápida de Nueva Jersey. En abril de 1992, ese Estado estadounidense aumentó el salario mínimo de USD 4,25 a USD 5,05 la hora, en tanto que el Estado vecino de Pensilvania no lo modificó. Un experimento natural ideal. Card y Krueger observaron que los restaurantes de comida rápida de Nueva Jersey aumentaron el empleo en un 13% en comparación con los de Pensilvania, evidenciando que el aumento en el salario mínimo no tenía el efecto adverso tan temido.

Este célebre estudio casi no se materializó, recuerda Krueger: “Nuestro experimento natural casi no ocurre porque la legislatura [de Nueva Jersey] votó por derogar el aumento del salario mínimo antes de su entrada en vigor. El gobernador vetó la derogación y con los votos justos evitó que anularan su decisión”. “En cierto modo”, señala Krueger, “esto otorgó más peso a nuestra comparación, dado que el aumento salarial fue en parte sorpresivo y los empleadores no tuvieron tiempo para prepararse del todo”.

Otro estudio de Card rebatió la idea de que aceptar más inmigrantes perjudica el empleo y los salarios de los trabajadores locales. Su estudio de 1989 sobre el éxodo del Mariel analizó el impacto de la llegada repentina de 125.000 inmigrantes cubanos al mercado laboral de Miami en 1980–85. Para muchos, ese influjo—equivalente a un incremento del 7% de la fuerza laboral de Miami—perjudicaría las perspectivas laborales de los trabajadores locales poco calificados que ya se encontraban en la ciudad. Pero Card observó que los salarios y la tasa de desempleo de esos trabajadores casi no se vieron afectados. Incluso entre la población cubana, los salarios y las tasas de empleo de inmigrantes previos no se redujeron mucho por la llegada de los “Marielitos”.

En estos y otros temas, el trabajo de Card sacudió el avispero, generando cierto entusiasmo pero también un significativo escepticismo. Sin embargo, tanto Card como sus críticos coincidían en que, en ese momento, quebrar con la tendencia distaba mucho de ser un camino seguro hacia el reconocimiento.

En su oficina en Berkeley, con una vista sin gracia, en una sombría mañana de enero, Card explica que se encontraba de vacaciones con su esposa cuando se enteró del premio Bates Clark: “Estaban tratando de ubicarme para decirme que había ganado. La verdad, nadie habría pensado que alguien como yo pudiera ganar; yo nunca lo habría pensado”, recuerda Card, con una modestia que no se condice con su reputación de vanguardista.

Card cuestionó el convencionalismo económico en varios aspectos importantes.

Pero esa sorpresa no fue nada al lado de la hostilidad que sintió cuando recibió el premio. Furiosos con sus conclusiones y su osadía contra el convencionalismo, muchos economistas en la conferencia de la AEA protestaron y organizaron sus propios seminarios para vapulear su trabajo. “Pensé que lo hacían adrede para defender a la AEA de críticas de que éramos una banda de izquierdistas”, explica.

Nos quedamos cortos si decimos que Card no fue bien recibido de inmediato por sus pares. Como expresó en una defensa del artículo sobre Nueva Jersey: “La reproducción y el reanálisis son tareas importantes en Economía, sobre todo cuando nuevos datos se oponen a ideas aceptadas”. Ser cuestionado como investigador es normal y saludable, pero en aquella ocasión sintió que se pasó al plano personal bastante pronto. “Tenía conversaciones muy incómodas durante cenas, o interrogaban a mis estudiantes porque la gente pensaba que estaba loco. Me quedé con un sabor muy amargo”.

Economista por accidente

En cierto modo, la Economía siempre ha sido algo personal para Card. Creció en una zona rural de Ontario (Canadá), su familia “no era, ni es, especialmente acaudalada”, y muy pocos de sus amigos asistieron a la universidad. Al vivir en una granja lechera—que su padre mantiene hasta el día de hoy—Card se sintió atraído por la ciencia del cuidado de las vacas; por ejemplo, cómo lograr que produzcan leche nutritiva por un período óptimo.

Su interés científico lo llevó a estudiar física en la Universidad Queen’s en Kingston (Ontario), lo que financió en parte con un paso breve por una siderúrgica.

Luego, en la universidad, tuvo una revelación. Mientras ayudaba a su novia de entonces con su tarea de economía, Card leyó un capítulo de un libro de texto sobre la oferta y la demanda en la agricultura. Producir más cereal o leche bajaría los precios en todo el sector. Recordando su experiencia de ayudar a su familia a mantener la granja a flote, sintió interés: “La idea me iluminó. Al leerlo pensé: ‘Esto es fantástico’. Leí el resto del libro en las semanas siguientes, por pura diversión”. Cambió la física por la economía y nunca se arrepintió.

Como no cumplía con los prerrequisitos para inscribirse en los cursos más populares, tuvo que asistir a otros, como distribución del ingreso y economía laboral. Para Card esos cursos fueron “el motivo por el que me convertí en un economista laboral”. Las clases las dictaban dos jóvenes profesores que recién habían obtenido sus doctorados en Princeton y habían adoptado la investigación empírica. Asombrados con la capacidad de Card, lo pusieron en contacto con su propio director de tesis en Princeton, Orley Ashenfelter, quien persuadió a Card para que obtuviera su doctorado en esa universidad.

Card causaría sensación en Princeton como pionero de la investigación empírica con experimentos naturales, que le mereció la Medalla John Bates Clark. “David ha hecho que la investigación empírica sea más influyente al dotarla de más credibilidad”, afirmó Ashenfelter con motivo del premio. “Muchos de los candidatos a este premio escriben artículos imposibles de leer”.

Princeton y Card eran la pareja ideal, pero el destino no quiso que perdurara. “Mi esposa era profesora adjunta en el departamento de música de Columbia, y al no obtener la titularidad de la cátedra quiso abandonar el mundo académico e irse a California”, explica.

Se mudaron y Card se incorporó a la Universidad de California en Berkeley. Compraron una casa en Sonoma y construyeron un taller de carpintería para permitir su pasatiempo de fabricar muebles de estilo misión. En el secundario, los chicos canadienses debían escoger entre latín o carpintería. Card eligió lo segundo y el interés ha durado toda su vida. “Es bastante precisa y, a veces, frustrante, pero me gusta; se parece en algo al trabajo empírico”.

Una disciplina difusa

Su trabajo empírico siempre ha estado marcado por una cierta incertidumbre. “Nuestros conocimientos básicos en Economía están muy por debajo de lo que uno creería”, afirma, y agrega que “lo que molesta a los no economistas de los economistas es su increíble certeza de saber de lo que están hablando, cuando en realidad no es así”.

Card describe esta incertidumbre como una “niebla”. Al preguntarle por una dimensión de la economía laboral (el papel de la confianza entre trabajador, empleador y gobierno para crear un mercado laboral eficiente y eficaz), amplía su analogía: “Quizá sea cierto, pero es dificilísimo demostrarlo científicamente, porque no se tiene un grupo de tratamiento y otro de control en el mismo sitio. No conozco a nadie que haya logrado despejar esa niebla”.

Pese a la incertidumbre que rodea a la economía laboral, el trabajo de Card sobre el salario mínimo ha sido muy citado por activistas que parecen convencidos de las ventajas de aumentarlo. Esto lo incomoda. “Yo no voy por ahí diciendo que hay que aumentar el salario mínimo; sin embargo, los activistas mencionan mi trabajo para decir que hay que hacerlo. Ese es uno de los motivos por el que ya no trabajo sobre ese tema; todos suponen que estoy abogando por el aumento del salario mínimo, y así todo lo que haga será desacreditado”.

“Pasa lo mismo con la inmigración”, continúa. “No tiene sentido que escriba otro artículo sobre el tema, porque todos suponen que estoy abogando por un aumento de la inmigración”.

Su frustración es evidente; está harto de ver su trabajo desvirtuado y empleado como caldo de cultivo por grupos de presión, pese a todas las salvedades en sus estudios.

En el estudio del éxodo del Mariel recalcó que no cabía generalizar las observaciones. Específicamente, el mercado laboral de Miami no es típico en su capacidad histórica para absorber inmigrantes, en particular por las muchas oportunidades que ofrece a la mano de obra poco calificada y por su enorme población hispanoparlante.

En un estudio de 2001 reconoció que el aumento en la inmigración no calificada—de ser masivo—podía reducir las tasas de empleo de los jóvenes locales y con menos instrucción entre 1 y 3 puntos porcentuales en ciudades de entrada tradicionales, como Los Ángeles.

Y en 2009 incluso identificó un vínculo—si bien muy pequeño—entre inmigración y desigualdad, según el cual un 5% del aumento de la desigualdad salarial en Estados Unidos entre 1980 y 2000 es atribuible a la inmigración.

Más recientemente, al considerar actitudes individuales ante la inmigración en Europa, Card observó que los temores sobre la inmigración no son tanto laborales sino más bien culturales. Las inquietudes personales sobre los “efectos en la composición” de la migración (por ejemplo, en el idioma y la cultura) son entre dos y cinco veces más importantes para la gente que las inquietudes económicas, como el empleo.

Pero Card también desea señalar que su investigación va mucho más allá del salario mínimo y la inmigración. Al pasar a otros temas parece más entusiasmado.

La búsqueda de talento

Card ha sido un investigador prolífico sobre política educativa. En 1992, concluyó que la calidad de la educación afectaba el ingreso futuro. Quizás esto parezca obvio, pero, entonces había quienes pensaban que, al no haber un vínculo entre la calidad educativa y los resultados de pruebas estandarizadas, un mayor financiamiento de las escuelas públicas aportaba poco a los estudiantes. Card observó que al reducir en cinco el número de alumnos por maestro la tasa de retorno de la escolaridad aumentaba 0,4 puntos porcentuales. Y un aumento del 10% en la paga de los docentes se correspondía con un aumento de 0,1 punto porcentual en la tasa de retorno de la escolaridad.

Muchas de las conclusiones de Card tienen consecuencias prácticas para las políticas.

El año pasado, Card hizo otra importante contribución al analizar el impacto de los exámenes universales de ingreso a programas para superdotados en los estudiantes de bajos ingresos y pertenecientes a minorías. En las escuelas, explica, estos programas están “dirigidos a niños con muy elevado cociente intelectual”, pero este es un mal indicador del talento puro, que favorece a niños pudientes que suelen recibir más apoyo educativo en el hogar. Y la participación en estos programas puede depender en cierta medida del aliciente de los padres, que es más probable que exista en hogares acomodados. Ambas dimensiones implican que es menos probable que los estudiantes de bajo ingreso y minoritarios participen en dichos programas.

Para corregir esta disparidad, un distrito escolar de Florida decidió ofrecer la prueba a todos los niños e incorporar una prueba de capacidad no verbal para complementar la prueba de cociente intelectual. Card comprobó que la tasa de superdotados entre estudiantes necesitados aumentaba un 180% con esta innovación. Pero aun así el examen universal resultó demasiado costoso y fue suspendido debido a otras presiones de gasto.

Otro experimento natural reciente, innovador y de valor social analiza los estallidos emocionales inesperados y la violencia doméstica. Si bien admiten ser “las dos personas en el mundo que menos saben de deportes”, Card y Gordon Dahl analizan casos de violencia doméstica tras “derrotas inesperadas” en la liga de fútbol americano de Estados Unidos. Uno de los factores que inspiraron este estudio fue la frustración con la teoría clásica de la violencia doméstica (según la cual la causa principal es una combinación de control premeditado y dependencia mutua). “Hay algo totalmente erróneo en eso”, comenta Card. “A veces, mis estudios están motivados por la idea de que algo no puede ser cierto y hay que ponerlo a prueba”. Así, Card y Dahl cuestionaron el supuesto y encontraron datos convincentes de que gran parte de la violencia familiar no es premeditada, sino repentina e irracional. Específicamente, observaron que cuando un equipo local perdía sorpresivamente las denuncias de violencia doméstica aumentaban 8%, lo que hace pensar que los estallidos espontáneos son clave.

En territorio más conocido—y con la mirada en el futuro—Card piensa analizar un hallazgo reciente sobre la desigualdad salarial. En 2015 publicó un estudio sobre Portugal, donde se observó que las mujeres ganaban solo el 90% de lo que ganaban los hombres en empresas equivalentes. No solo era menos probable que las mujeres trabajaran en empresas que pagaban buenos salarios, sino que aun cuando lo hacían sus salarios eran inferiores a los de los hombres.

“Las mujeres deben ser un poco más agresivas al negociar el salario, no cabe duda”, afirma, y agrega que “no se benefician tanto de trabajar para una empresa con salarios altos, y eso agrava la brecha de género general”. Pero para Card las brechas salariales no son solo una cuestión de género. Tiene previsto analizar la dimensión racial de la desigualdad salarial, con datos de Brasil.

Muchas de las conclusiones de Card tienen consecuencias prácticas para las políticas. ¿Ha pensado en pasar al bando de los que las formulan? “No”, responde, y explica, “es triste decirlo, pero lo que más me gusta es tomar un proyecto nuevo y jugar con los conjuntos de datos. Además, soy pésimo administrador”.

Más tarde, Shachar Kariv, el carismático director de la facultad de Economía de Berkeley, se niega a decir que las dotes administrativas de Card sean una deficiencia, sino que señala que Card no tiene interés en realizar dichas tareas. Puede ser que sea cierto que las tareas administrativas sean “un aspecto en que no tiene una ventaja comparativa. La maldición de los muy inteligentes es que no son tan inteligentes como creen”. Y luego añade: “Dave no es así; él conoce sus ventajas comparativas y las usa”.

Kariv describe a Card como “alguien que guía al departamento no solo intelectualmente”. Es una “persona sin ego” que “no escatima a la hora de dictar clases de pregrado” y “va más allá de lo requerido a nivel de posgrado”. Y “su liderazgo es muy sutil”.

Card también es conocido por trabajar hasta tarde. Krueger, que lo conoce desde hace mucho, ha comentado: “Como profesor en Princeton tenía la ética de trabajo de un granjero; solía trabajar hasta que cerraba la biblioteca, a eso de la medianoche. Trabajábamos largas horas juntos, debatíamos muchos temas de investigación mientras preparábamos café”. Kariv comparte una experiencia similar en Berkeley: “A las diez de la noche, supongo que Dave está en su oficina con sus estudiantes de posgrado . . . Es lo que supongo, y mis supuestos se basan en datos corroborados”.

La conversación con Kariv se acerca a su fin. Él resta importancia a mi fascinación con la vista panorámica de la Bahía de San Francisco desde su oficina, con el Golden Gate en el horizonte, deslumbrante aun en este día brumoso. “Todos tenemos una vista magnífica”, se encoje de hombros, “la oficina de Dave también . . . no se nota debido a cómo dispuso los muebles”, explica, aludiendo a la vista sin gracia que tiene Card desde su ventana. “Tiene que reorganizar los muebles para ver la bahía”, afirma Kariv. “Si está buscando un punto débil en Dave, es ese: no es un buen diseñador de interiores; tiene que mejorar su feng shui”.

Peter J. Walker es Oficial Principal de Comunicaciones en el Departamento de Comunicaciones del FMI.

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