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Finance and Development, March 2015
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Ecos de la Juventud

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
March 2015
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A inicios de 2012, F&D entrevistó a seis jóvenes de distintas partes del mundo que ingresaban a la fuerza laboral en un entorno económico desfavorable.

Volvimos a entrevistar a cuatro de ellos: de Bosnia, Egipto, Japón y Estados Unidos. No pudimos hablar con Adilmer García, de Perú, que se había mudado de las montañas del norte a un barrio pobre en las afueras de Lima para buscar trabajo y estudiar. Perdió su empleo en una vidriería y en 2012 buscaba otro que le dejara la mañana o la tarde libre para estudiar. Tampoco encontramos a Chioma Nwasonye, del sur de Nigeria, que buscaba trabajo desde que se graduó en la universidad y había resuelto hacer un posgrado entre tanto.

Estas son las últimas novedades en la vida de los cuatro jóvenes entrevistados.

Encontrar el trabajo ideal en Bosnia

Irma Boracic-Suman se graduó en la facultad de Derecho de la Universidad de Sarajevo en 2009. Le tomó cuatro años y 385 solicitudes encontrar el trabajo ideal en marzo de 2013.

Boracic-Suman, de 28 años, está conforme con su nuevo empleo en el juzgado municipal de Sarajevo, pero sabe que muchos jóvenes están desempleados. Bosnia y Herzegovina tiene la tasa de desempleo más alta de Europa: un 45%. Según la Oficina de Trabajo y Empleo de Bosnia, la tasa desciende al 27,5% si se toman en cuenta los trabajadores de la economía informal.

“Cuando mi colega me llamó para decirme que yo había sido nominada para un cargo profesional en el juzgado de Sarajevo, creí que era una broma”, dijo. Un año antes, había aprobado el examen de ingreso al Poder Judicial sin que hubiera empleos disponibles.

“En esa época enviaba solicitudes de trabajo y ya había hecho todo para comenzar una carrera en Derecho—aprobar el examen judicial, obtener la experiencia necesaria—y realmente uno comienza a desesperar y hundirse en la depresión”, dijo.

Encontró la mayoría de los anuncios de empleo en Internet o en los sitios web de las empresas, y envió el 90% de las solicitudes por correo electrónico. En muchos casos nunca le respondieron.

Cree que le tomó tanto tiempo encontrar empleo porque su familia no es influyente ni tiene vínculos políticos. Dijo estar orgullosa de ser elegida por sus calificaciones. “Recuperé la confianza en el sistema judicial durante la entrevista para el empleo, ya que las preguntas fueron sobre mis conocimientos teóricos y prácticos y mis opiniones sobre ciertas soluciones jurídicas”, afirmó. “Me alegra que hayan reconocido mi ambición y el esfuerzo que hice para obtener el conocimiento necesario”.

Trabaja en la sección a cargo de ejecutar órdenes judiciales para el cobro de deudas a las empresas municipales de Sarajevo. Debido a restricciones presupuestarias, es la única profesional en la oficina. “Trabajo mucho, pero no me quejo. Estoy feliz de hacer lo que me gusta y me siento muy satisfecha”.

“Hablo con personas de diferentes profesiones, como enfermeros o especialistas en informática, y es desalentador que no puedan encontrar trabajo”.

Considera que los años de espera la hicieron más paciente y comprensiva, lo cual le ayuda a tratar con gente que no puede pagar sus cuentas. “Entiendo lo que significan la injusticia social y la pobreza en la sociedad actual, y esto quizá me ayuda a presentar mejor los casos”, dijo.

El año que viene, Boracic-Suman puede presentarse al puesto de jueza. Dijo que espera que el comité de selección reconozca sus cualidades y esfuerzo, pero que no se desilusionará si no la eligen en el primer intento.

Boracic-Suman se casó en diciembre de 2014 y vive con su marido en un departamento que compró hace poco. La hipoteca a 20 años consume casi la mitad de su sueldo de 1.200 marcos bosnios (US$754). Pero es optimista. “Tenemos departamento propio, empleo seguro y sueldos del Estado”, dijo. Espera que su salario aumente cuando sea jueza.

Aunque es feliz en Bosnia y Herzegovina, dijo que entiende por qué algunos jóvenes quieren irse. “Hablo con personas de diferentes profesiones, como enfermeros o especialistas en informática, y es desalentador que no puedan encontrar trabajo en su rubro. Aunque son vitales para el funcionamiento y el desarrollo del país, el Estado no se ocupa de darles oportunidades de empleo”, dijo.

Sostiene que las leyes laborales son la principal razón del éxodo masivo de jóvenes. Si los fondos de pensión mejoraran, los trabajadores mayores podrían jubilarse y crear vacantes para los jóvenes.

“La perseverancia es la única forma de obtener algo, al menos en este país. La gente aquí está condenada a lograr lo que quiere sin ayuda, a luchar con sus propios recursos y a su manera. En mi caso, esto fue reconocido, y recomiendo a todos que luchen por sus derechos”.

Entrevista: Daria Sito-Sucic; Fotografía: Dado Ruvic

Una nominación al Oscar en Egipto

Ahmed Hassan nunca imaginó que los video clips que filmó con tanto esfuerzo durante los 18 días de la revolución del 25 de enero de 2011 en Egipto cambiarían el curso de su vida. Hassan conoció a un cineasta egipcio-americano, Jehane Noujaim, y ambos filmaron cada momento de la revolución.

Con los clips hicieron un documental de largo metraje, “The Square” (“La Plaza”), con Noujaim como director y Hassan como director de fotografía y protagonista. El documental cuenta la historia de la revolución, desde la caída del autócrata Hosni Mubarak hasta el reemplazo del presidente electo Mohamed Morsi en 2013. “The Square” fue nominada al Oscar en 2014.

La película no ganó el premio de la Academia, pero su éxito internacional (en enero de 2014 Netflix comenzó a ofrecerla, ya que antes solo estaba disponible en línea) catapultó a este joven de clase media al estrellato, aunque las autoridades trataron de suprimir el documental en Egipto.

“La censura no aprobó la proyección del film en cines, pero se filtró en YouTube, y se vendían CD pirateados en la calle”, dijo Hassan. “Es verdad que no recibimos dinero por la película, pero llegó a todos los hogares, y los cafés más concurridos ofrecían proyecciones especiales, y me invitaban a asistir. No tengo palabras para decir lo contento que estaba”.

En agosto de 2014, Hassan fue el primer egipcio que ganó un premio Emmy de la Academia de Artes y Ciencias de la Televisión de Estados Unidos por su labor en “The Square”.

Pero no quiere ser estrella ni líder. “Tras la revolución, los jóvenes me alentaban a hablar en los medios de comunicación en su nombre, pero me negué porque estoy convencido de que no estoy calificado para ser líder. Fuera de mi trabajo anterior en los medios privados y públicos de Egipto, preferí mantenerme aparte. Quienes aparecían en los medios pasaban a ser caras reemplazables y preferí centrarme en mi trabajo. Compré equipos de fotografía y edición y profundicé mi conocimiento en la profesión”.

Hassan dijo que no tiene una visión de su futuro a largo plazo. “Me gusta vivir el presente”, dijo. Ahora es director y fotógrafo independiente y trabaja en la filmación y edición de otro documental sobre la revolución. También está por terminar un film sobre presos políticos. La protagonista es su gran amiga, la activista Sanaa Abdel Fattah, condenada a tres años de cárcel por participar en protestas a fines de 2014.

Hassan dijo que no ha perdido la esperanza de que llegue un cambio democrático a Egipto, pero le molesta la lentitud y que el país repita los mismos errores políticos.

Quiere quedarse en Egipto, pero querría vivir en el exterior por un tiempo. “Nunca pienso en emigrar. Ahora estoy buscando trabajo enseñando por un año o dos en Inglaterra o Estados Unidos y espero tener suerte. Creo que esto puede ser importante para mi carrera profesional”.

Hassan opina que las nuevas tecnologías y los medios sociales fueron fundamentales en su vida profesional. “La velocidad me ayudó mucho. Cubría sucesos y enfrentamientos y los subía a YouTube, donde tenían decenas de miles de visitas y esto fue una razón importante de mi éxito y fama”.

Su éxito artístico también lo benefició financieramente: “Mi ingreso mensual es muchísimo más alto y ahora tengo casa propia en el centro de la ciudad [El Cairo]”. Les dio su vieja casa a su madre y sus hermanas, y además las ayuda económicamente.

Pero todavía no está listo para casarse. “Es verdad que mi situación financiera mejoró… pero aún no puedo casarme; quizás espere un par de años más”.

Entrevista y fotografía: Hisham Allam

En Japón, un paso adelante, dos atrás

Los Dos últimos años fueron una montaña rusa para Takumi Sato: encontró empleo, enfrentó problemas de salud mental, perdió el empleo y ahora se considera víctima de la política económica del gobierno.

Y aunque sus padres, preocupados, lo convencieron de que pasara más tiempo con ellos en su casa al este de Tokio, sigue siendo muy independiente y no quiere dejar su apartamento de un ambiente en Kawagoe, un suburbio al norte de Tokio.

Sato, de 26 años, dijo que está decidido a subsistir con los US$1.000 que recibe mensualmente como prestación social. “Tengo que ser muy cuidadoso, pero me acostumbré y todos los meses trato de ahorrar algo”, dijo.

En otra época las cosas le iban bien. Tenía un contrato de seis meses con una empresa que hace animaciones para televisión y videos, y aunque no le renovaron el contrato, rápidamente encontró otro trabajo, también por seis meses, en una firma que prepara almuerzos bento envasados para supermercados y tiendas. Pero debido a que su salud mental se había deteriorado, un médico le aconsejó que dejara el trabajo; a Sato le habían diagnosticado síndrome de Asperger (un trastorno del espectro del autismo) y déficit atencional e hiperactividad.

Cuando se recuperó, Sato ingresó a “Hello Work”, el centro de servicios de empleo del gobierno japonés y encontró trabajo casi inmediatamente en una firma que crea juegos en línea y para teléfonos. “Fue un sueño hecho realidad porque era exactamente el empleo que quería”, dijo Sato, que se graduó en diseño y producción de juegos informáticos.

Pero nuevamente tenía un contrato renovable de seis meses, al igual que millones de trabajadores que antes gozaban de empleo de por vida en las empresas japonesas. Tras la recesión que empezó a inicios de los años noventa, el sistema languideció.

“Me dijeron que tendría un empleo permanente tras los primeros seis meses”, dijo Sato. “Eso significaba que no tenía ninguno de los beneficios del resto del personal con quienes trabajaba y seis meses parecía un tiempo muy largo”.

El estrés comenzó a afectarlo; no podía dormir y a menudo llegaba tarde a trabajar. La empresa le hizo repetidas advertencias de que debía llegar en hora, pero esto solo empeoró las cosas, dijo Sato. El médico encontró que sufría de un trastorno del sueño y aunque la empresa le pagó hasta el fin del contrato, no se lo renovaron.

Ahora está desempleado y en tratamiento por sus problemas de salud mental. “Realmente quiero trabajar”, dijo. “Quiero encontrar un lugar donde me acepten como soy, donde entiendan mi afección. Por eso recibo ayuda de personas que me enseñan cómo ser un miembro productivo de la fuerza laboral”. Todo lo demás, como hacer amigos o tener una familia propia, debe esperar. “Si no puedo trabajar, ¿cómo podría encontrar una pareja y darle seguridad a una familia?”.

Sato parece resignado a su difícil situación. Solo cuando surge el tema de la situación política de Japón parece animado, casi enojado. “Abe no ha hecho absolutamente nada por mí y los millones de personas como yo”, dijo, refiriéndose a los esfuerzos del Primer Ministro Shinzo Abe por fortalecer la economía de Japón a través de estímulo fiscal, flexibilidad monetaria y reformas estructurales.

Sato dijo que las políticas de Abe profundizaron la diferencia entre ricos y pobres en la sociedad japonesa. “Ayuda a personas que ya lo tienen todo”, dijo. “Los ricos, las grandes empresas y las personas mayores. La gente como yo—jóvenes, empleados a tiempo parcial, desempleados, discapacitados—ya no tenemos voz ni derechos”, dijo.

En noviembre de 2014, Abe convocó una elección parlamentaria urgente para el mes siguiente.

Sato dijo que votó por el Partido Comunista japonés en la elección de diciembre. El partido de Abe ganó cómodamente.

Entrevista: Julian Ryall; Fotografía: Alfie Goodrich

Un sapo de otro pozo en Estados Unidos

Alexa Clay se sentía un poco perdida y confundida. En parte por el shock cultural: la activista social acababa de volver de Berlín—su hogar actual—para una breve visita a la ciudad de Washington. Dijo que se sintió impactada por el ritmo frenético y la obsesión por el trabajo que tiene la gente en la capital estadounidense.

El otro motivo de confusión era más existencial. Clay pasa gran parte de su día reflexionando sobre los grandes temas de nuestra época: ¿Desaparecerá el capitalismo? ¿Qué suerte correrá la última superpotencia? ¿Cómo instigar un cambio significativo en las enormes corporaciones monolíticas?

Cuando F&D habló con ella hace dos años, Clay trabajaba para una organización no gubernamental y participaba intensamente en el movimiento Ocupa, una serie de protestas surgidas a raíz de la crisis financiera de 2008–09. El movimiento nació como rechazo a lo que se consideraba la avaricia de Wall Street y parecía destinado a perdurar. Pero Ocupa perdió impulso y prácticamente desapareció de la atención pública.

Dos años después, Clay admite tener menos esperanzas en la posibilidad de un cambio social. “Las cosas son mucho más complicadas y complejas [de lo que creía]. Diría que sigo trabajando con la misma intensidad en los mismos temas, pero sí, el cambio no llegará tan rápido como habría querido”.

Después de participar en Ocupa, Clay se reinventó en lo que ella misma describe como “hacker (pirata informático) cultural” y disfruta de su condición de independiente. Su sitio web la describe como una “gran inadaptada” con la meta de “revitalizar el espíritu del capitalismo, comenzando por los inadaptados”.

Inadaptada puede ser un término claro, pero ¿“hacker cultural”? “Mis padres son antropólogos y la cultura siempre fue realmente importante para mí. La cultura no es estática y se puede moldear”. Dijo que trabaja con las personas para ayudarlas a lograr cambios en la cultura. Y el hacking “se trata de conocer los sistemas para poder transformarlos. Los hackers saben analizar los sistemas. Conocen cada elemento. Hay un elemento de urgencia en esto. Un sentimiento de lealtad hacia el bien común”.

Como parte de su plan de hacking cultural, Clay ayudó a fundar la “League of Intrapreneurs” (Liga de los Intraemprendedores), en la que colegas brindan apoyo a empleados de grandes empresas (o “guerreros del cubículo”, como ella prefiere llamarlos) que quieren transformar sus empresas desde dentro.

Puso como ejemplo a un empleado de tercera generación del sector automotriz al que llamó Dave. Su meta es que la empresa donde trabaja transforme el transporte urbano, más allá de su objetivo primario de fabricar automóviles.

“Con alguien como Dave, lo primero que hacemos es una entrevista de una hora para profundizar en su identidad social como intraemprendedor social: es miembro de Amnesty International; es católico. Aporta todos estos elementos a su trabajo. Muchos quizá no tengan el mismo coraje de ser tan auténticos en el empleo”.

“Después de hablar con él, hicimos una primera convocatoria y reunimos a 20 personas que creímos que coincidían con su descripción. Los presentamos. Después organizamos una competencia mundial para incorporar a más personas a la red”.

El trabajo de Clay supone hablar mucho, pero la conversación, la socialización, el debate y el intercambio de ideas son, para ella, un fin de por sí. La hacker cultural escribe en su sitio web, “Uso la conversación como herramienta para entender la situación del mundo. Uso la conversación para encontrar una conexión. Uso la conversación para jugar”.

Pero una mujer no puede vivir solo de conversación, y en los últimos dos años Clay ha financiado su existencia nómade con sus ingresos de oradora, consultora y redactora.

A tono con su elogio a los excéntricos de la sociedad, Clay es coautora de un libro que se publicará más adelante este año, The Misfit Economy, que analiza a los innovadores de la economía subterránea e informal: los “inadaptados” del título.

Los ejemplos de inadaptados que da Clay incluyen algunos desagradables—piratas somalíes y traficantes de drogas—y a Lady Gaga, a quien considera un sapo de otro pozo que saca provecho del “sentimiento de inadaptación”. Esta puede ser una descripción apropiada tanto de Clay como de Lady Gaga.

Entrevista: Hyun-Sung Khang; Fotografía: Michael Spilotro

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