Journal Issue
Share
Finanzas & Desarrollo, Diciembre de 2013
Article

Críticas de libros

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
December 2013
Share
  • ShareShare
Show Summary Details

Ayuda y complicidad

Angus Deaton

The Great Escape

Health, Wealth, and the Origins of Inequality

Princeton University Press, Princeton,

Nueva Jersey, 2013, 360 págs., US$29,95 (tela).

El economista de Princeton University Angus Deaton escribió un libro elegante, fascinante y de gran alcance sobre el progreso desde la prehistoria hasta la actualidad de la salud y el bienestar material en Estados Unidos y el mundo.

El título alude al escape de la pobreza y la enfermedad, senda que gran parte de la humanidad ya transitó, la mayoría está recorriendo y unos pocos desventurados aún deben iniciar. El libro es de lectura fácil y amena, narrado por una autoridad mundial en materia de datos sobre salud e ingreso, y debates sobre supuestos, sesgos y defectos de estas estadísticas. En gran parte es una advertencia: en todo dato sobre economía y salud hay incertidumbres y concesiones ineludibles, por lo que no hay que creer demasiado en ellos.

Con esta salvedad, Deaton reseña la historia, el alcance y las causas del avance mundial. Sostiene que el vínculo entre el escape de la mortalidad y el escape de la pobreza es débil. En occidente, la causa inmediata del avance en la salud no fue el aumento de la riqueza privada, sino la mejora de los servicios públicos, como el agua y el saneamiento. En los países en desarrollo, durante los últimos 50 años, la repuesta a la pregunta “¿desciende más rápido la mortalidad infantil en países de mayor crecimiento?” es claramente “no”. El libro quizá debería llamarse Los grandes escapes.

En la senda del avance, dice Deaton, se cometieron males innecesarios en nombre del control de la población. Esto destaca otro gran escape, a la trampa maltusiana de la era preindustrial, que asociaba el crecimiento demográfico a la reducción del ingreso y el empeoramiento de la salud.

Volviendo al límite del entendimiento que señala Deaton: quienes busquen ideas fáciles para aumentar el ingreso de los países desfavorecidos en la divergencia mundial, o para sostener el avance en materia de salud, se desilusionarán. Deaton señala la futilidad de buscar la “clave del crecimiento”, o del estancamiento, e indica que quienes lo hacen “formulan generalizaciones necias en base a coincidencias, como los arúspices etruscos y romanos con las vísceras de pollo”. Pero Deaton sí sostiene que las instituciones que responden a la élite son “enemigas del crecimiento”, una razón por la que el libro se centra en la desigualdad.

En The Great Escape sí hay una recomendación para ayudar a los más pobres: reducir la asistencia que, para Deaton, no fomenta el crecimiento. La abundante ayuda de hecho “entorpece el desarrollo” y puede corroer las instituciones ya que permite gobernar sin consentimiento, al no tener que gravar a los ciudadanos. Apoya algunos tipos de ayuda, como financiar nuevas tecnologías, por ejemplo, medicamentos. La “ayuda externa salvó millones de vidas en países pobres”, especialmente al reducir la mortalidad infantil por enfermedades infecciosas. Pero aun en la salud, su rol es limitado, al no fomentar la creación de sistemas de salud básicos.

Sin duda, es difícil sostener que la ayuda haya contribuido mucho al crecimiento económico de los países pobres. Deaton indica que hay otros medios más eficaces para incentivar el crecimiento, como la migración, la liberalización comercial y la reforma de los subsidios. Quizá la mayor parte de la ayuda se haya desperdiciado.

Tampoco hay indicios firmes del efecto negativo de la ayuda. Un análisis reciente del personal técnico del FMI (documento de trabajo de la serie Working Paper 12/186) indica que en países pobres con instituciones débiles, la ayuda sustituye a los impuestos en una proporción de uno a uno, pero en la media de los países beneficiarios, cada dólar más de ayuda reduce la recaudación en solo nueve centavos. Además hay indicios de que, incluso en países caracterizados por tener malos gobiernos, dependientes de la ayuda, esta ha contribuido a crear sistemas de salud básicos. De 2004 a 2010, la expectativa de vida en Afganistán aumentó de 42 años a 62 años, en gran parte gracias a un programa de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, (USAID, por sus siglas en inglés) gestionado por el ministerio de salud. Mediante dicho programa se prestaron servicios básicos de salud al 90% de la población.

A pesar de los fracasos, la salvación de millones de personas y el éxito de los proyectos de ayuda en varios sectores de muchos países son razones para reformar, no achicar, el sistema. Tal reforma, unida a una mayor migración y un comercio más equitativo, podría ayudar a millones a sumarse al gran escape de la penuria y la enfermedad, que tan bien ilustra la investigación de Deaton.

Charles Kenny

Investigador en jefe, Center for

Global Development,

autor de Getting Better:

Why Global Development Is

Succeeding and How We Can

Improve the World Even More

Reciclar un futuro mejor

Adam Minter

Junkyard Planet

Travels in the Billion-Dollar Trash Trade

Bloomsbury Press, Nueva York, 2013, 304 págs., US$27,50 (tela).

En las películas de terror, los vampiros convierten a sus víctimas en nuevos vampiros mordiéndolos. Análogamente, en el libro de Adam Minter, ciudadanos inocentes dañan el medio ambiente transformándose en contaminadores. Minter examina la industria chatarrera mundial, visitando Wen’an, China, centro de la industria de la chatarra del plástico en dicho país. Ahí se reciclan la chatarra plástica de China, Estados Unidos y Europa; un proceso que, al liberar toxinas peligrosas, amenaza la salud de los lugareños. En este distrito abundan las apoplejías, la alta presión arterial y la baja esperanza de vida.

La gente de Wen’an recuerda que ése fue un lugar verde y placentero, famoso por sus durazneros y arroyos cristalinos. La polución industrial generada por una industria petrolera no regulada envenenó la tierra y contaminó los arroyos; los granjeros perdieron sus cultivos, y la población se acostumbró a comerciar plásticos para sobrevivir económicamente. Minter señala que probablemente sea el lugar más contaminado que ha visitado, y buena parte del plástico proviene de su patria, Estados Unidos.

A Minter, hijo de un chatarrero de Minnesota y periodista radicado en Shanghái, le gustan los depósitos de chatarra y disfruta haciendo notas sobre la eliminación de residuos. Mientras algunos conservan ballenas y osos, él defiende los depósitos de chatarra como parte de la belleza de nuestro planeta. Sin embargo, Junkyard Planet no es una historia de terror ambiental, pero tampoco pregona la ecología como solución a todos nuestros males. Es un estudio serio sobre el reciclaje, que demuestra que si bien es una práctica vital que atrae a emprendedores creativos, también es inevitablemente sucia y destructiva.

El reciclaje de materiales ahorra energía. Producir aluminio a partir de menas, por ejemplo, consume mucha más energía que reciclarlo a partir de chatarra. Minter también señala que la extracción de metales a menudo desplaza comunidades y arruina los ecosistemas locales. Lo más polémico, tal vez, es que no considera que enviar chatarra de Estados Unidos y Europa a China sea de por sí abusivo. Las empresas chinas ansían recibir chatarra pues les brinda materia prima para su gran base industrial. A pesar de los ejemplos como Wen’an, esta industria se está volviendo menos dañina gracias a la regulación y al perfeccionamiento de las técnicas de recuperación.

No obstante, si bien Minter siente un obvio afecto por los distintos chatarreros que entrevista y con quienes viaja, señala que el reciclado siempre tiene costos ambientales. (Cuando ponemos latas en un contenedor de reciclado nos sentimos virtuosos, pero él señala que solo estamos tercerizando el manejo de nuestra basura y, peor aún, cita estudios científicos que demuestran que el reciclado nos lleva a desperdiciar más).

Reutilizar es mejor que reciclar, y lo óptimo es no utilizar. Si bien podría interpretarse a Junkyard Planet como una apología del mercado, también critica al capitalismo desenfrenado. Por cada emprendedor que recicla, hay un producto que, para empezar, no deberíamos haberlo botado pero, al hacerlo, los fabricantes lucran. Minter sostiene con firmeza que para reducir significativamente el daño colectivo al medio ambiente, los fabricantes deberían hacer productos tecnológicos más duraderos y que se puedan reacondicionar en lugar de desecharse.

Lo más polémico, tal vez, es que el autor no considera que enviar chatarra de Estados Unidos y Europa a China sea de por sí abusivo.

Adam Minter me recuerda a la finada Elinor Ostrom, la primera mujer que ganó el Premio Nobel de economía (véase su semblanza en F&D de septiembre de 2011). Ella estudió la “tragedia de los bienes comunes” y concluyó que, lejos de ser una historia trágica, los lugareños a menudo conservan cuidadosamente las tierras de uso compartido. En lugar de aceptar un modelo metafórico de destrucción ambiental, ella optó por estudiar la creatividad de la gente para manejar los problemas ecológicos. Si bien Minter no es académico, al igual que Ostrom pregunta a la gente cómo hace las cosas, opta por el conocimiento práctico en lugar de las ideas preconcebidas, y señala que las soluciones fáciles a menudo son simplistas.

Junkyard Planet es una lectura placentera y fascinante. Más que un texto árido, parece una novela, llena de observaciones sutiles. Incinerar o enterrar la basura no son soluciones sostenibles para nuestra aparente adicción al desperdicio, pero reciclar no siempre es la alternativa ecológica que aparenta ser.

Derek Wall

Coordinador Internacional, Partido

Verde de Inglaterra y Gales

Autor de The Sustainable

Economics of Elinor Ostrom

Consejos clásicos para las economías modernas

Edmund Phelps

Mass Flourishing

How Grassroots Innovation Created Jobs, Challenge, and Change

Princeton University Press, Princeton, Nueva Jersey, 2013, 392 págs., US$29,95 (tela).

La intención de Edmund Phelps es que esta obra inusual y audaz sirva como un breve tratado para nuestros tiempos, un manifiesto capitalista alternativo. El tono es por momentos inspirador, por momentos malhumorado y provocativo. El autor celebra las virtudes y principios aristotélicos, y la creencia de que el objetivo final de un sistema económico moderno debe ser la eudemonía, concepto a menudo traducido como felicidad pero, en opinión de muchos autores modernos, más bien una prosperidad sofisticada. Otro concepto central es el vitalismo, la búsqueda de la innovación, algo fundamental para lo que Phelps considera una economía moderna.

Según Phelps, la Europa del siglo XX y Estados Unidos después de los años sesenta sufrieron una proliferación de lo que él denomina corporativismo: la expansión del sector público, más programas de transferencias y de bienestar social, y sindicatos fuertes que conspiran con grupos poderosos de empleadores y grandes corporaciones. El resultado es burocracia y un modo de vida que cada vez más menosprecia a la innovación. Phelps llega a afirmar, exageradamente, que Estados Unidos sufre hoy los mismos problemas que la Grecia contemporánea.

Al igual que Capitalismo, socialismo y democracia, la sombría obra de Joseph Schumpeter publicada en 1942, Mass Flourishing no puede clasificarse fácilmente dentro de un espectro político convencional. No se inclina ni por la defensa izquierdista del estado de bienestar ni por los valores tradicionales, que para Phelps parecen significar la adhesión a valores más antiguos, no comerciales, como el altruismo. En una sección empírica, Phelps trata de mostrar cómo, por ejemplo, las sociedades tradicionales se corresponden con una menor satisfacción laboral. Describe la persistencia de los valores tradicionales como fuente de una peligrosa propensión al corporativismo en las economías avanzadas.

Cada parte del libro muestra la capacidad humana para la innovación desde una perspectiva diferente: una reseña de la historia económica explica la impronta “arriesgada” que tuvo la velocidad del crecimiento económico durante los últimos dos siglos; una parte más centrada en la ciencia económica analiza el desempeño (especialmente la satisfacción laboral) del capitalismo, el socialismo y el corporativismo; y, por último, una sección más filosófica, o teórica, define un etos diferente del capitalismo o modernismo y lo contrasta con el tradicionalismo.

Los tradicionalistas temen el cambio y la crisis, dice Phelps, y tienen una presencia excesiva en el gobierno y en los organismos internacionales. El autor expone argumentos críticos contra las autoridades y comentaristas que quieren un “crecimiento equilibrado”. Le aconseja al FMI no preocuparse por los desequilibrios mundiales ni concentrarse en la prevención de crisis: quienes opinan lo contrario han perdido de vista la lógica de una economía capitalista moderna que funcione correctamente.

Phelps centra su argumento en la cultura y en la forma de medirla para explicar el crecimiento económico. Pero observa un retraso: el “pensamiento moderno” comenzó en 1500, la economía moderna solo después de las guerras napoleónicas. Su argumento es que únicamente una nueva orientación, en la cual muchas personas (no solo unos pocos emprendedores) persiguen la aventura y la innovación, puede explicar el crecimiento económico moderno.

Phelps lanza una polémica contra Adam Smith (quien en 1776 no podía apreciar realmente las posibilidades del progreso técnico), el historicismo económico alemán (por su excesivo foco en las instituciones), Max Weber (por tener más interés en el ascetismo y el ahorro que en “la experimentación, la exploración, el arrojo y la incognoscibilidad”), Schumpeter (por concentrarse en los emprendedores heroicos, dentro de la tradición institucionalista alemana) y Joel Mokyr (por insistir demasiado en la ciencia y los orígenes de la Revolución Industrial). En concordancia con el consenso de los historiadores económicos modernos, el mundo antes de 1800 es visto como mayormente estático, con escaso crecimiento sustancial del ingreso. Pero, extrañamente, Phelps ignora la explicación moderna más habitual del cambio posterior a 1800: el reemplazo de la energía humana y animal por energía derivada de los recursos naturales, sobre todo los combustibles fósiles.

Phelps termina con una conclusión sorprendente y entusiasta que permite una multiplicidad de sistemas de valores. Algunos optarán por vivir con un etos modernista (que debe incluir cierta redistribución para garantizar un resultado justo), pero otros preferirán el tradicionalismo (devoción por la familia o la comunidad). Estos últimos no deberían beneficiarse de ninguna noción de justicia redistributiva. Quienes deseen perseguir lo que Phelps considera un concepto no aristotélico de la buena vida deben ser excluidos de un principio de redistribución basado en los argumentos de John Rawls a favor de la igualdad social (porque ellos “no colaboran en la producción de una plusvalía social redistribuible”). Este giro inesperado procura mostrar cómo la tradición todavía puede tener cabida en un mundo que es moderno. Pero no concuerda con la impresión más general que deja el libro, una actualización de la reflexión de Schumpeter acerca de la dinámica auto-destructiva de la economía moderna.

Harold James

Profesor de Historia y Asuntos

Internacionales

Universidad de Princeton

Other Resources Citing This Publication