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Finance & Development, March 2013
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PUNTO DE VISTA: ESPÍRITU de empresa - La empresa privada, impulsada por una nueva clase media, es la clave para que prospere la transición democrática en oriente Medio

Author(s):
International Monetary Fund
Published Date:
March 2013
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Vali Nasr

Tienda de tapices en Mahdia, Túnez.

No Es casualidad que la Primavera Árabe haya comenzado en Túnez en lugar de, por ejemplo, Siria o Yemen. Comenzó allí porque existe una promesa de prosperidad y crecimiento. Comenzó allí porque la clase media es extensa e instruida. Comenzó allí porque esa clase media tiene una orientación política relativamente liberal y está sedienta de las libertades políticas que acompañan a la prosperidad económica.

En un ambiente de estabilidad política y apertura económica, las empresas privadas florecen y las economías crecen, respaldando el nacimiento de una clase media. Es esa clase media, a su vez, la que promueve el cambio político y afianza la democracia.

Para que se haga realidad en Oriente Medio la promesa democrática de la Primavera Árabe—y para que el resto del mundo goce de los beneficios que produciría—, los países tanto dentro como fuera de la región deben fomentar la empresa privada y el surgimiento de una clase media sólida que se haga oír.

Terreno fértil

Cuando estalló la protesta en Túnez en enero de 2011, la economía era abierta y dinámica. La población era instruida y adepta a la tecnología: 20% usaba Facebook para comunicarse con familiares y amigos dentro y fuera del país.

Durante la década anterior a la Primavera Árabe, Túnez despertaba envidia por ser la “China del mundo árabe”. A pesar del autoritarismo y la corrupción, estaba integrado a la economía mundial mediante la exportación de manufacturas y el turismo, y crecía a un ritmo comparable al de las economías emergentes grandes. Así nació la clase media que terminó reclamando el cambio político.

Por más de una generación, la mayor parte del mundo árabe ha padecido de estancamiento económico. El control estatal de las economías ha engordado sectores públicos improductivos que han aplastado la innovación y el espíritu de empresa, resguardando al mismo tiempo las ineficiencias detrás de la protección gubernamental y elevadas barreras arancelarias.

En consecuencia, el mundo árabe ha quedado rezagado respecto de otras regiones en desarrollo. Padece de una esclerosis que ha ahondado la pobreza y la frustración. Y esa situación se ha hecho más grave debido a la “burbuja juvenil” demográfica en la región.

Si el panorama no cambia—si el mundo árabe no sigue los pasos de las economías que lograron hacer la transición en Europa oriental, América Latina y el sudeste de Asia—, la región no solo fracasará en el proyecto democrático, sino que también empobrecerá y se desestabilizará. Y eso conducirá a una multitud de problemas sociales y políticos que pondrían poner en peligro la seguridad y la prosperidad económica en el mundo entero.

El riesgo más obvio es el conocido fantasma del extremismo y el terrorismo, pero la lucha fratricida regional, las crisis humanitarias y la migración laboral a gran escala hacia Europa también son amenazas preocupantes.

Crecimiento liderado por el sector privado

La población actual del mundo árabe es de 400 millones, y será de 800 millones para 2050. Por ende, es imperativo y urgente un fuerte crecimiento económico. Solo para mantener el nivel de vida actual, las economías árabes tendrían que crecer durante una década o más a tasas de crecimiento de 9%–10%, como las de las “economías tigre”. Se trata de una tarea sobrecogedora, que el sector público no puede lograr solo. La fuente de crecimiento debe ser el sector privado, y para eso hay que reformar la economía, eliminando reglamentaciones, levantando controles estatales, promoviendo el comercio exterior y fortaleciendo el Estado de derecho.

La región obviamente encierra potencial para el crecimiento del sector privado. En la última década, la apertura de las economías—notablemente, Túnez, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos, pero también Jordania y Marruecos—y la afluencia de nuevas tecnologías y capitales gracias a los elevados precios del petróleo alimentaron el crecimiento de la pequeña y mediana empresa. Estas nuevas empresas se dedicaron tanto a los servicios y las manufacturas tradicionales como a la creación de nuevas industrias, entre otros en el campo tecnológico. Por ejemplo, Yahoo! adquirió Maktoob, una incipiente empresa de Internet jordana, por más de US$120 millones en agosto de 2009.

Gracias en parte a la actividad de la pequeña y mediana empresa, podemos mirar más allá del desalentador panorama actual e imaginar un verdadero cambio económico en la región. La reforma económica de Dubai, Malasia y Turquía, e incluso la pequeña relajación del control estatal en lugares como Egipto, Pakistán y la Ribera Occidental, han creado un espacio—no muy frecuente—para el comercio local e internacional. El empresariado local ha comenzado a aprovechar estos cambios.

Creciente clase media

La escalada de la actividad privada ha dado origen a una clase media pequeña pero creciente. En la década de 1960, en promedio menos de un tercio de la población de grandes países musulmanes como Irán, Pakistán y Turquía vivía en ciudades y, según la mayoría de las estimaciones, apenas alrededor de 5% pertenecía a la clase media. Hoy, aproximadamente dos tercios de la población de esos países viven en zonas urbanas y alrededor de 10% es de clase media.

Si la definimos con un criterio más amplio e incluimos a personas con empleo formal que perciben un salario y prestaciones regulares y pueden dedicar un tercio de su ingreso a gastos discrecionales, la clase media abarca alrededor de 15% de la población de Pakistán y 30% de la de Turquía. Esas cifras suben si la definición incluye a quienes han adoptado valores familiares modernos, como el deseo de tener menos hijos y de invertir en mejorar su posición. Según una estimación, hasta 60% de la población iraní ya pertenece o está lista para incorporarse a ese grupo.

En todo Oriente Medio se observan indicios de esta incipiente clase media y de la escalada capitalista que ha desatado, incluso en ciudades golpeadas por la revolución, la guerra y las sanciones como El Cairo, Beirut y Teherán. Si bien el panorama general de Oriente Medio parece desalentador, durante la última década comenzaron a surgir indicios puntuales de una actividad económica prometedora. Esa actividad no cambió las perspectivas económicas generales, pero generó cierto ímpetu y apuntó a la posibilidad de cambio. Entre 2002 y 2008, el PIB real de Oriente Medio y Norte de África creció 3,7%, frente a 3% en la década anterior.

El empresariado de la clase media encarna la esperanza de mejora para estos países, así como el arma más poderosa contra el extremismo y en pro de la democracia. Hasta ahora, la diminuta clase media del mundo árabe ha dependido de sueldos y prestaciones estatales y ha mantenido lazos tenues con el libre mercado. El crecimiento del empresariado local impulsado por el pujante capitalismo—y la integración con la economía mundial—podría ayudar a cambiar la situación.

Estas fuerzas ya se están haciendo sentir. La controversia en torno a las elecciones de 2009 en irán fue una lucha entre la creciente clase media, que deseaba proteger sus intereses económicos, y el Presidente Mahmoud Ahmadinejad, que ha intentado acrecentar el dominio estatal de la economía. Como ya se mencionó, la Primavera Árabe nació del deseo de la clase media de promover un cambio político a la altura de sus aspiraciones culturales y económicas. De la misma manera en que Turquía canalizó a través de la clase media su transformación en una próspera democracia musulmana plenamente integrada a la economía mundial, el mundo árabe puede crecer gracias a una flamante clase media combinada con afán empresarial.

La promesa de una nueva clase media árabe es seductora: al estabilizar Oriente Medio, puede impulsar también la economía mundial. Oriente Medio es el centro de un mundo musulmán más extenso que también está listo para el cambio. A medida que 1.500 millones de consumidores asciendan por la escala económica, exigirán los beneficios materiales del capitalismo liberal. Algunos optarán por bienes netamente islámicos: no solo alimentos “halal”, permitidos en virtud de la ley islámica, y el velo islámico, sino también servicios bancarios, enseñanza, esparcimiento, medios de comunicación y bienes de consumo islámicos.

El boom del financiamiento islámico

Esa demanda ya ha impactado en los mercados internacionales, como lo ilustra el auge de los servicios de financiamiento que se ajustan a la prohibición islámica de pagar y cobrar intereses. El crecimiento de esos servicios está estrechando la integración de Oriente Medio con la economía mundial. Aunque el financiamiento islámico aún es un mercado especializado—el mercado de bonos islámicos, con un valor de casi US$100.000 millones, representa apenas 0,10% del mercado internacional, y alrededor de 300 bancos y casas de inversión islámicos en más de 75 países supervisan servicios bancarios por cientos de miles de millones de dólares—, hay quien estima que los activos de este sector llegarán a los US$4 billones para 2015.

Algunos miembros de esta nueva clase media son hijos de la vieja burocracia, pero un porcentaje mucho mayor proviene de las provincias y de clases sociales más bajas. Estos hijos e hijas de la población rural pobre han dado el salto a la clase media adoptando como suyo el régimen de la economía moderna. Muchos son devotos, pero por su patrimonio y sus aspiraciones pueden estar diametralmente opuestos al extremismo. Después de todo, la riqueza puede llevar aparejados el consumo ostentoso, valores sociopolíticos liberales y un interés creado en interactuar con el mundo.

Eso no significa que no habrá terroristas musulmanes de clase media. Pero al igual que en América Latina en la década de 1990, el terrorismo dejará de resonar con una clase media musulmana verdaderamente integrada. Los participantes en el comercio no se adherirán a ideas destructivas que hagan peligrar su futuro. La alienación y la furia que sienten hoy muchos musulmanes hacia Occidente es producto de agravios históricos, pero se han visto exacerbadas en gran medida por su aislamiento de la economía mundial. Si eso cambiara, muchos musulmanes comenzarían a mirar hacia adelante, no hacia atrás. El surgimiento de esta “clase media crítica” es una tendencia tan poderosa e importante como el extremismo. Y encierra la clave para transformar los corazones y las mentes del mundo musulmán.

Sería prematuro determinar si los empresarios de Túnez o El Cairo estarán a la cabeza de una revolución propiamente dicha que arraigue la política árabe en la democracia; esa sería una transformación histórica, parecida a la que lideraron los burgueses protestantes en Holanda hace cuatro siglos. Pero la historia nos lleva a pensar que la manera de modernizar verdaderamente Oriente Medio es con un empresario que se vuelque de lleno al capitalismo.

Intereses occidentales

El mundo tiene un interés creado en que prospere la Primavera Árabe. Si el cambio no encauza a Oriente Medio por la senda de la prosperidad y la democracia, Occidente se verá expuesto a más inestabilidad y extremismo.

El extremismo islámico que está creciendo a lo largo y a lo ancho del mundo árabe no será vencido por clérigos progresistas ni por reformistas liberales, sino por empresarios y líderes de negocios. Esto encierra implicaciones obvias para los gobiernos occidentales. Los valores entran en circulación cuando promueven los intereses socioeconómicos de la población, y cuando llegan al poder quienes los cultivan, esos valores moldean el comportamiento del Estado.

El triunfo de la democracia en Europa siguió los pasos del desarrollo capitalista. Los valores capitalistas moderados aún no han sido adoptados del todo en Oriente Medio, no por la naturaleza fundamental del Islam, sino porque la clase comercial que está a la cabeza del proceso todavía es demasiado pequeña. Ayudar a la burguesía a crecer y dominar la sociedad es la mejor manera de arraigar los valores democráticos.

¿Qué pueden hacer Estados Unidos y sus aliados? La primera solución es intensificar el comercio con la región. Occidente ha dedicado muchas vidas y mucho dinero para proteger sus intereses en Oriente Medio y sus alrededores, pero en la práctica comercia muy poco con la región (con la excepción de Turquía). Excluidos el petróleo y los armamentos, el comercio estadounidense con la totalidad del mundo árabe es apenas una fracción del comercio con América Latina, Europa oriental o India. Hoy, Estados Unidos tiene acuerdos de libre comercio con Jordania y Marruecos, y Europa está evaluando una asociación económica con los países árabes de la cuenca del Mediterráneo. Esos son pasos acertados, pero los bienes de origen árabe aún escasean mucho en las tiendas occidentales.

Los gobiernos occidentales parecen comprender la importancia del espíritu de empresa, el comercio y los mercados abiertos para el futuro del mundo árabe, pero no existen mecanismos para promover el cambio económico. Las reglas burocráticas han impedido la inversión financiera en la pequeña y mediana empresa—los fondos estadounidenses se han dirigido exclusivamente hacia empresas sin fines de lucro—y no ha habido un esfuerzo concertado por empujar a los gobiernos a adoptar reformas. Los debates políticos tienen precedencia sobre consideraciones acerca del cambio económico.

La pequeña y mediana empresa sigue siendo el rayo de esperanza para la región y el ancla de la visión económica de la comunidad internacional para la región, debido en parte al éxito logrado durante la última década. Pero esta visión se basa también en la opinión de que aún existe en la región abundante capital—de inversionistas locales que se sienten mucho más cómodos con el riesgo político que sus pares occidentales—para mantener vivo ese dinamismo. También existe la esperanza de que la nueva generación de líderes que están tomando el poder sean más favorables al empresariado. El Presidente egipcio Mohamed Morsi se autodenominó el “Erdogan de Egipto” (en referencia al popular primer ministro turco que era partidario de la empresa) durante las recientes elecciones presidenciales. Y es bien sabido que la base mercantil de los Hermanos Musulmanes instará al partido en todo el mundo árabe a favorecer un crecimiento liderado por la empresa.

La promesa de una nueva clase media árabe es atractiva: al estabilizar Oriente Medio, puede impulsar también la economía mundial.

Estabilidad y reforma

Hay cosas que la pequeña y mediana empresa pueden hacer para plasmar su promesa; prácticas que funcionaron en flamantes democracias asiáticas y latinoamericanas. Pero eso depende de dos factores fundamentales: la estabilidad política y una reforma económica exhaustiva.

Cuesta imaginar que los inversionistas regresarán a Egipto hasta que no se restituya el Estado de derecho, cese la agitación callejera y se estabilice el gobierno. Pero las empresas también tienen que estar seguras de que no habrá más huelgas laborales, que el gobierno impondrá reglas en el mercado laboral y las defenderá, y que las relaciones entre el gobierno y la empresa serán estables y predecibles.

Aunque es posible que el capital abunde en el mundo árabe, es menos probable que llegue a manos del empresariado de los países en los cuales las huelgas trastornan las operaciones, los aumentos salariales carcomen las ganancias y la amenaza constante de inestabilidad empaña las perspectivas de crecimiento. No se puede descartar cierta inestabilidad política tras los cambios monumentales que han barrido la región. Las aguas tardarán en calmarse y la estabilidad y el Estado de derecho no se instalarán de la noche a la mañana. Pero el caos político se debe en parte al estado penoso de la economía.

Tomemos el caso de Egipto. En el año siguiente a la dimisión del Presidente Hosni Mubarak, la economía nacional se contrajo 0,8% (tomando el año calendario 2011) y la manufactura disminuyó 5,3%. El desempleo subió a 12% (25% entre los jóvenes). La inversión nacional privada retrocedió 10,5%, y la inversión extranjera se desplomó, de US$6.400 millones en 2010 a US$500 millones en 2011. El desmoronamiento de la inversión nacional y extranjera le significó al gobierno un profundo déficit de financiamiento de US$11.000 millones el segundo semestre de 2011. Los arribos internacionales han disminuido alrededor de 35%, un problema grave para un país en el cual el turismo originó 11% del PIB. Naturalmente, el déficit presupuestario del gobierno dio un enorme salto y llegó a US$11.000 millones (10% del PIB; la cifra más alta del mundo árabe). Paralelamente a la fuga de capitales, que continúa debido a la persistencia de la inestabilidad política, las reservas externas sufrieron una caída pronunciada, de US$43.000 millones a US$15.000 millones. Dos de cada cinco egipcios viven con menos de US$2 por día, de modo que el impacto humano de estos cimbronazos ha sido profundo.

No cabe duda de que se necesita estabilización económica para superar este reto. Eso fue lo que prometieron las potencias occidentales en la reunión de 2011 que sostuvo el Grupo de los Ocho países industriales (G-8) en Deauville. Pero la estabilización produciría apenas un beneficio a corto plazo y no bastaría para revertir las tendencias que han aquejado sin cesar a la región y precipitado la crisis de la gobernabilidad y la economía.

Una senda clara por delante

La transformación económica y la democratización requieren crecimiento del sector privado y dinamismo de la empresa. La pequeña y mediana empresa deben marcar el camino, con suficiente crecimiento para que los países árabes se transformen en naciones emergentes líderes; solo así tendrá oportunidad de florecer la democracia en la región. Y eso exige reformas estructurales.

Todos los casos recientes de democratización han ido acompañados de reestructuración económica. Las instituciones financieras internacionales han colaborado con gobiernos occidentales y donantes privados para infundir en reformas exhaustivas el capital necesario para impulsar el crecimiento.

Esa asociación llegó a su apogeo en el Consenso de Washington. Esa estrategia de fomento del crecimiento y la democracia tan duramente criticada no siempre funcionó—o no funcionó a la perfección—, pero sin ella habrían fracasado la mayoría de los intentos de democratización.

El mundo árabe necesita un nuevo Consenso de Washington: una estrategia clara para poner en práctica las reformas y proporcionar los fondos necesarios. Esa es la mejor forma para crear el ambiente propicio para estimular el espíritu de empresa y el capital para sustentarlo.

Vali Nasr es decano de la Facultad de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins y autor de Dispensable Nation: American Foreign Policy in Retreat (de próxima publicación).

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