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Finanzas & Desarrollo Diciembre de 2012
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Gente del Mundo de La Economía: Un proyecto en cada puerto

Author(s):
International Monetary Fund
Published Date:
December 2012
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Prakash Loungani traza una semblanza deJeffrey Sachs, economista peripatético especialista en desarrollo

Es Difícil imaginar una carrera más lograda—y más variada—que la de Jeff Sachs. La Universidad de Harvard lo hizo titular de cátedra en 1982 con apenas 28 años. Con poco más de 30, ayudó a Bolivia a doblegar la hiperinflación y reestructurar la deuda. Unos pocos años después, elaboró el programa de transición de Polonia del comunismo al capitalismo. Trabajó como asesor de los gobiernos de Rusia, Estonia, Burkina Faso e India, entre muchos otros. Propugnó el alivio de la deuda de los países pobres y, en calidad de asesor del Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, formuló un plan para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Desde 2002, como director del Earth Institute de la Universidad de Columbia, tiene la mira puesta en objetivos aún más ambiciosos. El Instituto, que es un grupo interdisciplinario de 850 personas, se dedica a algunos de los temas internacionales más espinosos, desde la erradicación de la pobreza hasta el calentamiento atmosférico.

Gracias a todo esto, Sachs goza de un estrellato que conocen pocos economistas. En 2005, MTV presentó un documental en el que Sachs recorría África acompañado de la actriz Angelina Jolie. Para entonces ya había hecho una gira con Bono, el cantante de la banda U2, como parte de una campaña a favor del alivio de la deuda. Uno de sus colegas en Harvard, el reconocido economista Robert Barro, rememora que Sachs lo invitó a almorzar con Bono para hablar de su campaña. Barro iba a decir que no, pero tuvo que claudicar a insistencia de su hija adolescente.

Criticado porque las políticas que propugna suelen tener efectos secundarios dolorosos, Sachs se defiende vigorosamente: “En Bolivia, Polonia y Rusia, lo que hice fue lo que habría hecho un médico en una sala de guardia. El paciente ya estaba en shock: hiperinflación, escasez masiva, inestabilidad política, colapso monetario y temor generalizado. Los que critican desde lejos no tienen idea de lo que significa ese tumulto ni de lo difícil que es formular políticas en medio de semejante confusión. No se puede culpar al médico de guardia por la condición en que llega el paciente”.

Lazos con Harvard

Sachs nació en Detroit en 1954, en una familia con raíces en Grodno, que pasó de Polonia a la Unión Soviética. Su padre era un conocido abogado laboralista que participaba activamente en el Partido Demócrata estadounidense. Su hermana, Andrea, recuerda que su padre siempre les aconsejaba “no dejar de hacer el bien porque les vaya bien”. Tras plantearse una carrera en abogacía como su padre, Sachs optó por el departamento de Economía de Harvard, donde pasaría las tres décadas siguientes.

Durante el ciclo universitario básico tomó todos los cursos necesarios para comenzar el doctorado. En 1982, Econometrica, la revista técnica más reconocida de la profesión, publicó un artículo que había escrito junto con David Lipton, que hoy es Primer Subdirector Gerente del FMI; Jim Poterba, actual presidente del National Bureau of Economic Research, la principal organización de estudios económicos de Estados Unidos; y Larry Summers, ex Secretario del Tesoro estadounidense y ex Rector de Harvard. Sachs sobresalía incluso rodeado de tanto talento.

Pero más allá del genio técnico, Sachs se destacaba por su interés en abordar las cuestiones económicas candentes, formular soluciones y luchar por aplicarlas. Según Paul Krugman, ganador del Premio Nobel en Economía, “lo que distingue a Jeff es que, además de ser un experto de primera en cuestiones teóricas, es una fuerza política imponente. Es una combinación increíble”.

Cura milagrosa

El primer proyecto de envergadura de Sachs fue como asesor económico de Bolivia en 1985. El país enfrentaba una tasa de inflación anual de 60.000%, lo cual significaba según Sachs que “si uno se olvidaba dinero en la billetera una o dos semanas, sacrificaba una cuarta parte del valor”.

Obviamente, en esa situación la gente no suele quedarse con el dinero: inmediatamente después de cobrar el sueldo en enormes fajos de billetes, corre a tratar de comprar cosas antes de que el valor de los billetes se desvanezca. Sachs explica que “uno es verdaderamente consciente de la urgencia y se exprime el cerebro tratando de buscar una solución”.

La respuesta resultó ser “muy, muy sencilla”. Como la hiperinflación ocurre cuando el gobierno trata de cerrar el déficit presupuestario imprimiendo dinero, la clave está en darle al gobierno una fuente de ingreso real. En Bolivia, eso significó aumentar drásticamente el precio del petróleo estatal, que estaba generosamente subsidiado por el gobierno. Así, cuando el precio del petróleo alcanzó un nivel realista, el gobierno podía venderlo “ganando lo necesario para pagarles a los maestros”. El déficit presupuestario se cerró lo suficiente como para frenar la hiperinflación.

Sachs precisa que ponerles fin a esos subsidios fue “un paso progresivo”. La carga de la hiperinflación recaía en los pobres debido a la erosión del valor del dinero en efectivo, mientras “los ricos se beneficiaban del bajísimo precio de la gasolina”. Los principales “beneficiarios eran los contrabandistas, que compraban productos petroleros en Bolivia para transportarlos a Perú”.

Paralelamente al aumento de los precios del petróleo, Sachs luchó por el alivio de la deuda de Bolivia; en 1984, la deuda pública nacional equivalía a 110% del ingreso. Eso lo hizo chocar con el FMI, y no por última vez (véase el recuadro).

Sachs cuenta que “se desató una guerra feroz con el FMI y los bancos porque el principio de reducción de la deuda aún no estaba establecido en los círculos internacionales”. Sachs dirigió las negociaciones en nombre de los bolivianos y 90% del valor contable de la deuda externa terminó cancelado.

Para principios de 1986, la hiperinflación había desaparecido “y Bolivia es uno de los países con la inflación más baja de todo el continente”. Sin embargo, el crecimiento económico del país siguió siendo atenuado, un hecho que posteriormente llevó a Sachs a hacer importantes estudios de los obstáculos al crecimiento.

Los pesares de Walesa

El éxito de Sachs en Bolivia lo llevó a muchas capitales. a principios de 1989, el gobierno polaco le pidió ayuda con la transición al capitalismo. Sachs mantuvo largas conversaciones con los dirigentes del sindicato Solidaridad “sobre la economía de mercado y lo que se podía hacer”. Los sindicalistas eran pesimistas en cuanto a las oportunidades de transformación económica.

Sachs les aseguró que esa transformación era posible. Los mercados podrían funcionar si se los liberalizaba; es decir, si los precios los fijaban la oferta y la demanda, y no el Estado. Una vez que los mercados comenzaran a funcionar, la inversión nacional y la procedente del resto de Europa rejuvenecerían la industria polaca. Sachs le dijo a Solidaridad lo mismo que a los bolivianos: “Olvídense de la deuda externa; la van a cancelar”.

Solidaridad tardó unos meces en convencerse. Una noche, Sachs y Lipton—su colega de Harvard—fueron al apartamento de uno de los sindicalistas, Jacek Kuroń, y esbozaron un plan para la transformación. Al final, Kuroń dijo, “Bien; preparen el plan”. Sachs le explicó que lo escribirían una vez que volvieran a Estados Unidos y lo enviarían lo antes posible, pero Kuroń le respondió, “No. Lo necesito mañana”.

Drama en Asia

Sachs es un viejo crítico del FMI, y esa postura no cambió durante la crisis asiática de 1997–98. En un estudio publicado junto con Steve Radelet, Sachs señaló que “las explicaciones que atribuyen la contracción a defectos profundos de las economías asiáticas, como el capitalismo amiguista del continente, nos parecen sumamente exageradas”. Radelet y Sachs atribuyeron la crisis a una “combinación de pánico financiero, políticas erradas por parte de los gobiernos asiáticos al comienzo de la crisis, y programas internacionales de rescate mal concebidos”, que ahondaron la crisis más de lo “necesario o inevitable”.

Aunque convienen en que las tasas de interés tenían que subir después de que se retiraron los capitales extranjeros, Radelet y Sachs cuestionan “la insistencia del FMI en subir las tasas de interés todavía más y exigir un superávit fiscal encima del éxodo de fondos que ya se había puesto en marcha”. El consejo del FMI se basaba en el supuesto de que la subida de las tasas de interés conduciría “a la estabilidad o la apreciación de la moneda y que los beneficios de la estabilización monetaria en términos del abaratamiento del servicio de la deuda externa serían superiores a los costos que representarían a corto plazo para el producto tasas de interés más altas”.

Radelet y Sachs—al igual que muchos otros observadores, como Joseph Stiglitz, ganador del Premio Nobel—dudaban de que los beneficios justificaran los costos.

Así que Sachs y Lipton regresaron a la oficina y “pusimos unas tablas de madera sobre los lavabos para poder apoyar una computadora”. Redactaron el plan esa noche, “trabajando desde las 10 de la noche hasta las 3 o 4 de la mañana”. Los dirigentes de Solidaridad lo leyeron y le dijeron a Sachs, “Se pueden subir a un avión e ir a Gdansk. Es hora de que vayan a ver al Sr. Walesa”.

Orgullo polaco

El trabajo sobre los componentes esenciales del programa polaco continuó a lo largo de 1989, con la colaboración decisiva del ministro de Hacienda, Leszek Balcerowicz. El plan económico fue anunciado finalmente el 1 de enero de 1990. Sachs rememora que el momento era “aterrador, porque estábamos experimentando con algo que nunca se había intentado en un país con hiperinflación y en quiebra, sumido en el caos y la desesperación, donde las tiendas estaban vacías”.

En ese momento, Andrew Berg, que ahora trabaja en el Departamento de Estudios del FMI, estaba haciendo su doctorado sobre Polonia en el Massachusetts Institute of Technology. “Se podría decir que era el representante residente polaco de Sachs-Lipton Asociados”, comenta. Recuerda que trabajando con Sachs “uno se sentía valorado; la jerarquía que importaba era la jerarquía de las buenas ideas”. Muchas veces, las mejores ideas eran las de Sachs. Según Berg, “Jeff podía llegar al fondo de un tema complicado”, y sabía exactamente “qué gráfico bidimensional resumiría realmente la situación”.

Como predijeron Sachs y Lipton, el plan económico condujo a una rápida liberalización de los precios e inmediatamente abrió la economía al comercio internacional para aliviar la escasez de bienes de consumo e insumos críticos para la producción. El plan postergó la privatización de grandes industrias manejadas por el Estado porque, observa Sachs, “no teníamos planes detallados y el proceso llevaría años”.

Pero el plan económico también provocó una escalada de precios que agravó la hiperinflación. Los precios de los alimentos se duplicaron en un mes, y el del carbón, que era crítico para la producción energética nacional, se sextuplicó. Los sueldos se estancaron. “Uno sabe de entrada que los sueldos no van a poder subir igual que los precios”, puntualiza Sachs. “De eso se trata, precisamente”.

Sachs también hizo campaña para que los gobiernos occidentales y los organismos internacionales respaldaran financieramente a Polonia. Berg recuerda haber utilizado su tarjeta telefónica de AT&T para que Balcerowicz pudiera llamar a Michel Camdessus, Director Gerente del FMI, y solicitarle ayuda.

El dolor que el plan produjo inicialmente generó críticas contra Sachs que se repiten desde entonces, pero el legado a más largo plazo es indiscutible.

Un desafío más grande

A medida que Polonia mejoraba, su experiencia despertó interés en Rusia. Sachs comenzó a trabajar en 1990–91 con el economista soviético Grigory Yavlinsky en un plan de democratización y reforma económica, con asistencia técnica occidental y un respaldo financiero de US$150.000 millones durante cinco años.

A fines de 1991, Sachs fue designado oficialmente asesor económico de Boris Yeltsin. Lipton y Anders Åslund, que hoy es miembro del Peterson Institute for International Economics, eran sus principales colaboradores. Åslund comenta que “más allá del equipo de jóvenes líderes reformistas rusos encabezado por Gaidar, la experiencia en el país era limitada”, el equipo estaba integrado por economistas jóvenes de Occidente, como Berg y Andrew Warner, otro graduado de Harvard que hoy trabaja en el Departamento de Estudios del FMI.

Sachs comenta que recibieron “la máxima muestra de confianza en esos días: un pase permanente para entrar al edificio del Consejo de Ministros y algunas oficinas para nuestro personal permanente en Moscú”. Berg recuerda que cuando llegó al aeropuerto de Moscú lo hicieron pasar rápidamente por inmigración y lo estaban esperando con una limusina, y “las limusinas tenían carriles propios”. Pero, según Berg, había un aire de desintegración: “Las calles olían a gasolina, y era porque la gente la tenía guardada en el baúl del auto”. El pilar de la economía rusa—la producción de petróleo y gas—había sido golpeado por la caída en picada de los precios del petróleo a mediados de la década de 1980.

La economía de mercado era un misterio para la región. Warner señala que lo que hicieron Sachs y su equipo fue explicar los principios básicos de la economía. “Lo que intentábamos era impedir que el crédito creciera 25% por mes y llevar a cabo reformas presupuestarias básicas”. Sachs tenía “honestidad intelectual”, acota Warner, “y siempre intentaba hacer buenos cálculos y promover un buen análisis”.

Revés en Rusia

Pero en Rusia, Sachs y sus colaboradores no pudieron repetir el éxito de Polonia. En una larga defensa de su trabajo, “What I Did in Russia”, Sachs argumenta que los resultados fueron una decepción porque Rusia no hizo caso a muchos de sus consejos, y Occidente prácticamente a ninguno. Aunque la eliminación de los controles de precios recomendada por Sachs ocurrió a comienzos de 1992, su consejo de reducir la oferta monetaria y poner fin a los subsidios a las empresas cayó en saco roto. En consecuencia, la elevada inflación “siguió arreciando durante años” y le creó mala fama a la reforma.

Åslund dice que como Sachs y su equipo tampoco “pudieron llevar a término la desregulación de los precios de la energía y el comercio exterior, había gente que podía comprar petróleo por un dólar y venderlo a cien, y entonces no había incentivo para la reforma”. También pasó desatendido el consejo de Sachs de que el Estado retuviera las grandes empresas de recursos naturales; Åslund explica que el “sector fue privatizado de manera corrupta, y allí nacieron los oligarcas”.

Pero para Åslund, la principal razón del fracaso fue que, contrariamente a lo que recomendaba Sachs, “Occidente no levantó ni un dedo por Rusia”. Los integrantes del Grupo de los Siete (G-7)—Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido—brindaron poca asistencia financiera, endilgándole esa responsabilidad a instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial y el FMI. John Odling-Smee, entonces director del departamento del FMI que supervisaba las operaciones en Rusia, ha escrito que “al no proporcionar directamente un respaldo financiero a gran escala”, el G-7 le asignó al FMI papeles “ocasionalmente contradictorios”. Por un lado, se esperaba que el FMI le otorgara crédito a Rusia sobre la base de políticas que cumplían con las “normas tradicionales” de la institución y, por el otro, que flexibilizara esas normas cuando el G-7 deseaba demostrar su respaldo político al gobierno ruso.

Odling-Smee puntualiza que como consecuencia de ese doble papel “a veces se creó una atmósfera en la cual el FMI sentía que era preferible exponerse respaldando políticas débiles que interrumpiendo [los préstamos a Rusia], como por ejemplo a finales de 1993”. Sachs continuó asesorando al gobierno ruso durante 1993, pero cuando ese año resultó ser “incluso peor que 1992” en términos de las políticas adoptadas, renunció públicamente junto con Åslund en enero de 1994. Según Berg, Rusia “mostró a las claras que hay un límite al cambio para mejorar que pueden generar la gente buena y las buenas ideas”.

Después de 30 años de ocuparse de los problemas del mundo entero, Sachs ahora tiene la mirada puesta en males más locales.

La maldición de los recursos

A mediados de la década de 1990, motivado por sus experiencias en Bolivia y Rusia, Sachs se volcó a la cuestión de por qué algunos países son ricos y otros pobres. Bolivia había vencido la hiperinflación en la década anterior, pero su crecimiento económico seguía siendo pequeño. Para Sachs, la razón era “la dependencia precaria de la exportación de unos pocos productos primarios”, así como una “situación geográfica extraordinaria: un país andino sin salida al mar dividido entre la puna y la selva tropical”.

A simple vista es lógico suponer que la exportación de materias primas genera fáciles ganancias. Pero Sachs y Warner, tomando nota de la regularidad empírica de la lentitud del crecimiento en muchos países ricos en recursos naturales, se remontaron al pasado: en 1576, el filósofo francés Jean Bodin escribió que “Los habitantes de un suelo fértil y abundante son generalmente afeminados y delicados…” mientras que en un país estéril son … “cuidadosos, vigilantes y trabajadores”.

Sachs y Warner señalaron que varios ejemplos históricos parecían confirmar las reflexiones de Bodin. Los Países Bajos dejaron a atrás a una España atiborrada de oro en el siglo XVII. En los siglos XIX y XX, Suiza y Japón superaron a Rusia pese a la escasez de recursos naturales. Y en las décadas de 1970 y 1980, varios países asiáticos, como Corea y Singapur, les sacaron ventaja a países africanos y latinoamericanos ricos en recursos.

Sachs y Warner confirmaron los efectos perjudiciales de la abundancia de recursos naturales para el crecimiento en un estudio internacional comparativo. Su análisis estadístico determinó que “las economías con escasos recursos a menudo alcanzan un crecimiento económico enormemente superior al de las economías con abundantes recursos”.

Punto final a la pobreza

Durante la última década, más o menos, Sachs ha centrado su atención en África y en la manera de acabar con la pobreza en el continente. Contribuyó decisivamente al éxito de la campaña de alivio de la deuda Jubileo 2000, organizada para convencer a los países acreedores que cancelaran la deuda astronómica de los países en desarrollo. Sachs y Bono presionaron a presidentes y primeros ministros, e incluso al papa Juan Pablo II. Lograron su meta: en 1999, el Grupo de los Ocho (el G-7 más Rusia) comprometió US$100.000 millones a fin de cancelar la deuda para fines de 2000.

En 2002, Sachs abandonó Harvard después de más de 20 años para ponerse a la cabeza del Earth Institute en la Universidad de Columbia, donde lanzó su emprendimiento más ambicioso hasta la fecha: el proyecto Aldeas del Milenio es su intento por ayudar a África rural a lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio—las metas internacionales que pretenden mejorar el desarrollo humano para 2015—con el respaldo de Naciones Unidas. El proyecto brinda ayuda a gran escala para que un total de 15 aldeas de 10 países puedan combatir la pobreza y la enfermedad. Las aldeas reciben semillas de alto rendimiento, fertilizantes, aljibes, materiales para construir escuelas y clínicas, redes tratadas con insecticidas y medicamentos antirretrovirales.

El proyecto ya ha comenzado a dar frutos. La mayoría de los indicadores de desarrollo humano han mejorado en las aldeas del milenio. Pero existe la posibilidad de que esas mejoras hubieran ocurrido sin la asistencia del proyecto de Sachs. Probar que el proyecto tuvo un efecto decisivo—por ejemplo, comparando los resultados con los de otras aldeas que no forman parte del proyecto—es una cuestión que se está debatiendo vivamente.

¿De camino a casa?

En 1972, en un viaje a la ciudad de Washington organizado por su colegio secundario, Sachs le envió a su novia una postal de la Casa Blanca y le puso “Por fin en casa”. Después de 30 años de ocuparse de los problemas del mundo entero, Sachs ahora tiene la mirada puesta en males más locales. Su último libro se titula El precio de la civilización. Según el Financial Times, Sachs “parece un viajero que regresa a su país luego de recorrer el mundo y lo encuentra en condiciones mucho peores que cuando partió”. Sachs se lamenta de problemas tales como la falta de creación de puestos de trabajo, la infraestructura en decadencia, el retroceso de los niveles educativos, la creciente desigualdad, el encarecimiento descomunal de la atención de la salud y la flagrante deshonestidad de las empresas.

Como de costumbre, siente optimismo en cuanto a la situación de Estados Unidos, a pesar de la larga lista de quejas. “Si Polonia pudo pasar del comunismo al capitalismo”, afirma, “seguramente podemos pasar de una forma de capitalismo a otra mejor”.

Prakash Loungani es Asesor del Departamento de Estudios del FMI.

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