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Finanzas y Desarrollo, March 2012
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Hablan los jóvenes: Los jóvenes en todo el mundo hablan claro

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
April 2012
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Demográficamente, nunca ha habido tantos jóvenes como hoy, pero la generación está a la deriva. Para muchos, aprender una profesión o un oficio con el cual poder ganarse la vida es un sueño inalcanzable. Y no es que la juventud de hoy se haya descarriado. Siguió las reglas que supuestamente llevarían a la felicidad y la independencia económica. Los jóvenes estudiaron para ser miembros productivos de la sociedad, pero no hay suficientes puestos de trabajo, o lo que aprendieron no es lo que buscan los empleadores. Algunos están dispuestos a irse a vivir a la gran ciudad o a emigrar para encontrar una vida mejor. Pero cuesta hacer realidad ese sueño.

Desde la Plaza de Tahrir de El Cairo hasta la Puerta del Sol de Madrid, la juventud ha manifestado en contra de la falta de oportunidades económicas. El sistema, sin duda alguna, no funciona, pero nadie sabe cómo repararlo. En estas páginas encuentran eco las voces de seis jóvenes.

Ahmad Hasan en El Cairo, Egipto.

Un revolucionario en Egipto

AHMAD Hasan es revolucionario de alma. Pero a este egipcio de 25 años jamás se le ocurrió que su país un día se alzaría como lo hizo el 25 de enero de 2011, ni que a él mismo le tocaría ser uno de los principales responsables de la seguridad en la Plaza de Tahrir durante los primeros días de la revolución, un acontecimiento que le ha devuelto la confianza.

“Sin duda alguna, antes de la revolución era otra persona. Después, pude criticar al gobierno y exigir que cambie lo que no me gusta del país. La liberación siempre me dará fuerzas, y seguiré yendo a la plaza hasta que las aspiraciones del pueblo se hagan realidad”, afirma Hasan.

Hasan tiene una hermana mayor, casada, lo que alivia la carga económica de la familia, y su hermano menor pronto terminará la carrera de administración de empresas en El Cairo. Su padre falleció cuando Hasan tenía apenas seis años, y su madre se convirtió en el único sostén de la familia. Vende hortalizas en una tiendita alquilada en Shubra al-Kheimah, uno de los barrios más antiguos y pobres de El Cairo.

Hasan salió a trabajar un año después de que muriera su padre. Su madre lo enviaba todos los días al mercado a vender una cesta de limones; él le devolvía todo lo que ganaba menos una pequeña parte con la que se compraba ropa y útiles escolares.

“No nací para elegir nada en esta vida. Siempre fui prisionero de las circunstancias y del destino”, reflexiona Hasan.

Aunque sus calificaciones le abrieron las puertas de la universidad, no podía pagar la matrícula y tuvo que conformarse con un programa intermedio de periodismo de dos años.

Con un desempleo juvenil de más de 25%, millones de jóvenes egipcios están sumamente descontentos con sus vidas. Según un censo de 2009 de la organización Population Council, 30% de los varones de 15 a 29 años piensan en emigrar, mayormente a un Estado del Golfo rico en petróleo, porque no esperan encontrar trabajo en el país. Hasan probablemente habría seguido ese camino de no ser por los sucesos del 25 de enero.

El problema del desempleo juvenil se debe en parte a una grave disparidad entre las aptitudes que poseen los jóvenes y las que buscan las empresas. A la hora de contratar, los empleadores suelen citar como obstáculo la falta de aptitudes adecuadas entre los jóvenes. De hecho, las tasas de desempleo son más altas entre los que más formación tienen, lo cual lleva a pensar que los sistemas educativos no están produciendo los profesionales que el mercado necesita.

“Estaba desesperado. Unos días antes de la revolución me despidieron porque me puse a discutir con mi jefe, que estaba a favor de que Gamal Mubarak asumiera la presidencia después de su padre”, dice Hasan, que trabajaba de vendedor en una empresa de telefonía móvil.

“Estuve sin trabajo 24 días. Estaba pensando en irme del país cuando me enteré que el 25 de enero iba a haber una manifestación juvenil”, recuerda. “El 24 de enero, me fui a recorrer las calles y las plazas, buscando una oportunidad para desahogarme. Al día siguiente estaba en la plaza a las 7 de la mañana, y no me fui hasta que renunció el presidente”.

Hasan está trabajando a tiempo parcial como videógrafo en una empresa que hace documentales para televisión, y sueña con encontrar un trabajo permanente en ese campo y ser tratado con respeto y dignidad por la policía. “Las razones más importantes de la revolución fueron la pérdida de dignidad, la pobreza, la corrupción, el fraude electoral, y el nepotismo y el amiguismo generalizados”, puntualiza.

Pero por ahora Hasan seguirá trabajando para promover el cambio, un día a la vez.

Con la mirada puesta en la meta, en Bosnia

IRMA Boracic tenía metas profesionales ambiciosas, movida por el afán de llegar a ser jueza en el principal tribunal penal de Bosnia y Herzegovina. Pero a los 24 años, dos después de recibirse de la facultad de derecho de la Universidad de Sarajevo, sigue sin conseguir trabajo, y tomando cursos mientras se apilan las solicitudes de empleo rechazadas.

Muchos países europeos sufren de fuerte desempleo, pero el problema de Bosnia es crónico: 75% de los desempleados llevan más de dos años sin trabajo, y 50%, más de cinco, según la entidad estadística nacional.

“En los dos últimos años presenté más de 300 solicitudes”, dice Boracic. “Muchas veces estuve entre los finalistas, pero por algún motivo nunca recibí una oferta de trabajo”. Bosnia tiene una de las tasas de desocupación más altas de Europa. Los más afectados son los menores de 25: casi el 50% está desempleado.

Boracic nació y estudió toda su vida en Sarajevo, la capital de Bosnia, donde completó sus estudios primarios y secundarios y se graduó de la universidad. Es soltera y vive en un apartamento con su madre y su hermana, que la apoyan financieramente mientras estudia para un último examen judicial.

Irma Boracic en Sarajevo, Bosnia.

“Desde que empecé los estudios de derecho sueño con ser jueza penal. Creo que estoy preparada para trabajar en las causas más difíciles”, afirma con convicción.

Aunque sus metas son ambiciosas, Boracic dice que cualquier trabajo en su campo, ya sea en el sector público o el privado, bastaría para poner en marcha su carrera. Hizo una pasantía no remunerada de dos años en un tribunal de Sarajevo, primero como voluntaria y luego con un estipendio que cubría apenas comida y transporte. Desde entonces, y a pesar de una búsqueda intensiva, no ha logrado conseguir un empleo.

En su opinión, el sistema educativo no forma a los profesionales que busca el mercado. Piensa que la oferta de abogados y economistas supera la demanda. Un estudio del FMI le da la razón: esa considerable disparidad de aptitudes es uno de los factores que más frena el desarrollo del mercado laboral del país. Alrededor de dos tercios de los alumnos secundarios están matriculados en escuelas técnicas o vocacionales con programas sumamente especializados y a veces desactualizados. Los alumnos terminan los estudios sin haber adquirido aptitudes para comunicarse, solucionar problemas y trabajar en equipo, que son importantes y muy exigidas por el mercado laboral.

Como parte de la ex Yugoslavia, Bosnia y Herzegovina experimentó una transformación traumática en la década de 1990. La guerra de 1992–95 provocó un inmenso sufrimiento humano, destrucción de infraestructura y una caída del PIB de casi 80%. El Acuerdo de Paz de Dayton de 1995, que puso fin a la guerra, creó un sistema político complejo a menudo empantanado por políticas de motivación étnica. “La situación es muy difícil”, explica Boracic. “Para los jóvenes como yo, que tienen ambición e invirtieron mucho para progresar, no hay demasiadas oportunidades en el mercado laboral. Cuesta bastante encontrar trabajo en un país con una economía que no es tan fuerte y con instituciones públicas débiles”.

Boracic también hace referencia a la corrupción que influye en varios aspectos de la vida del país, incluido el empleo. “En este momento, la mayor parte de la gente consigue trabajo a través de vínculos familiares o de contactos, no por mérito. En muchos casos, tienen que sobornar a alguien para que los contraten”, dice.

Boracic confía en aprobar el examen judicial en marzo y continuará buscando trabajo, con la esperanza de tener éxito en sus esfuerzos.

Reportaje: Daria Sito-Sucic; fotografía: Dado Ruvic

Ambiciones postergadas en Perú

EN UN asentamiento de las afueras de Lima que cubre la árida ladera de un monte, hombres y mujeres aguardan mientras un camión cisterna de un color azul intenso llena de agua bidones de plástico con los que luego tienen que trepar innumerables escalones bajo un sol que calcina.

El auge que hizo crecer la economía de Perú un 5,5% en promedio entre 2000 y 2010 ha reducido significativamente la pobreza, pero no parece haber subido las lomas de Flor de Amancaes, un grupo de endebles casitas de madera pintadas de colores brillantes que se aferran precariamente a la pendiente pedregosa.

“Para algunas personas, me imagino que las cosas están mejor, pero acá no lo vemos”, dice Adilmer García, de 19 años, con la mirada puesta en la ladera y sus viviendas de uno o dos cuartos.

A pesar de las mejoras recientes, la desigualdad del ingreso en Perú es persistentemente elevada.

Adilmer García en Lima, Perú.

García tenía 15 cuando dejó atrás la minúscula chacra de su familia en las montañas de Piura, en el norte del país, atraído por lo que veía como un futuro mejor en Lima. Cuatro años más tarde, vive en una minúscula casa prefabricada al borde mismo de la ciudad, donde no llegan ni la electricidad ni el agua corriente.

“Vine a trabajar y estudiar”, explica. “Vi más oportunidades de encontrar trabajo, pero especialmente de estudiar”. La vida de la ciudad no resultó lo que esperaba. Cuando llegó, se fue a vivir con su hermano, y en dos meses tenía trabajo. Pero trabajar todo el día, seis días a la semana, no le dejó tiempo para estudiar y aún no ha podido retomar los estudios.

Hasta hace poco trabajaba en una vidriería, en un barrio de clase media a una hora de su casa, y ganaba más o menos US$75 por 60 horas a la semana, sin seguro ni ningún otro beneficio. Pero ese trabajo se terminó a fines de 2011, y ahora está nuevamente a la búsqueda.

Esta vez quiere un empleo que le deje libre la mañana o la tarde para poder estudiar, pero tiene sus dudas. “Trabajo hay, pero cuesta más encontrar un trabajo que te deje estudiar”, explica.

No está seguro de qué ocupación o carrera desea seguir. “Lo que quiero es terminar la secundaria y de ahí ver más adelante qué es lo que me gusta”. Pese a sus ambiciones postergadas, García no lamenta haberse mudado a la ciudad.

“Acá lo bueno es que si trabajas, tienes tu plata; en el campo aunque trabajes solamente, no ves plata”, dice. El caso de García no es un caso aislado. Durante las últimas dos décadas, cada año alrededor de 130.000 personas se mudaron a Lima, que hoy alberga a 7,6 millones de habitantes.

Construida originalmente en la llanura costera de Perú, la ciudad se ha extendido por la rocosa ladera andina hacia el este, y cada nueva ola de habitantes se asienta en tierras otrora consideradas inaprovechables por las dificultades de acceso y la aridez. Sus vidas poco a poco mejoran, pero muy a la zaga de la curva ascendente del PIB nacional.

“Hace cuatro años no había estas escaleras”, dice García, refiriéndose a la ladera escabrosa de Flor de Amancaes. “Solamente era un camino; los carros no subían, no había nada. Las casitas también eran bien pequeñas, ahora ya se ha remodelado. Durante el tiempo que he estado acá, he visto mejoras y espero que siga así”. Pero su sueño aún escapa a su alcance.

“Con que vengan el agua y la luz, ya me quedaría acá”, dice. “Tener tus cosas, tu casa … pero bueno, eso más adelante porque ahora lo que quiero es trabajar y seguir estudiando. Esa es mi meta”.

Reportaje: Barbara Fraser; fotografía: Oscar Medrano Pérez

Un llamado a la acción en Estados Unidos

Cuando el banco de inversión estadounidense Lehman Brothers se desmoronó en septiembre de 2008, desatando una crisis económica que afectaría al mundo entero, Alexa Clay no sintió la misma desesperación que muchos. Para ella, que acababa de presentar la tesis de su maestría en historia económica en la Universidad de Oxford, fue un llamado a la acción.

Alexa Clay en Washington, D.C., Estados Unidos.

“No me considero una manifestante”, dice Clay, que aun así pertenece al movimiento “Ocupemos Wall Street”, que les está dando a los jóvenes y a otros segmentos de la población voz en contra de la desigualdad socioeconómica de la economía mundial. “No se trata de ser reaccionario, sino de reimaginar el capitalismo de hoy … Mi misión es lograr que la gente sienta que puede hacer que la economía cambie, en lugar de sentirse paralizada”.

Según Clay, una característica definitoria de los jóvenes de hoy es el espíritu de empresa y una identidad extraída de su vocación.

“Uno se conoce por el cambio que desea promover. Creo que eso le ocurre a mucha gente de mi generación”.

Clay, que tiene 27 años, no se considera víctima de la crisis económica mundial. Trabajó mientras hacía su posgrado, vive en Washington D.C. y ha tenido trabajo fijo desde que cayó Lehman, un período en el cual la tasa de desempleo estadounidense subió de 6,5% a un máximo de 10% en octubre de 2009, para disminuir lentamente a alrededor de 8,5% a comienzos de 2012.

Itinerante de alma, Clay trabaja para un grupo sin fines de lucro cuya misión es poner en marcha el cambio social a través del espíritu de empresa. Hace poco, viajó a Kenya y Rwanda para estudiar el desempleo juvenil y la creación de puestos de trabajo, y pronto irá a India a emprender un estudio de la economía informal.

Clay puede haber tenido empleo fijo durante la crisis, pero sabe muy bien que encontrar trabajo es una lucha para los jóvenes. “Vamos a necesitar mucha más creatividad y empeño para crear nuestras propias oportunidades y nuestros propios trabajos: nadie nos los va a dar en bandeja”.

Piensa que el movimiento “Ocupemos Wall Street” y otras manifestaciones mundiales han creado un espacio para que la ciudadanía pueda expresar su enorme frustración con el sistema económico actual. Pero critica al movimiento por no tener “una teoría del cambio convincente con la que me pueda identificar”.

Clay dice que, como disciplina, la economía ha perdido contacto con los temas que realmente importan: ¿cómo distribuimos equitativamente los recursos de una sociedad y cuáles son las condiciones necesarias para una economía próspera?

“La teoría económica tiende a ser autorreferencial y a excluir a la mayoría de la gente”, explica Clay. Desea que los miembros de la profesión comuniquen sus ideas de manera más democrática porque “nuestro sistema económico ahora es mucho más complejo, y para la mayoría de la gente es realmente difícil participar en un diálogo sobre economía”.

Para Clay, las doctrinas de los mercados que se autorregulan y de los individuos que actúan en interés propio se derrumbaron con la crisis, y los economistas están comenzando a reimaginar su profesión y su función en la sociedad.

Aunque las manifestaciones de “Ocupemos Wall Street”, son una válvula de escape para la gigantesca frustración con la manera en que se están haciendo las cosas, Clay busca un diálogo más amplio, incluso con los que están en el poder, para encontrar un enfoque distinto.

“El principal reto para “Ocupemos Wall Street”, es cómo lograr que los ciudadanos sean verdaderos agentes de cambio y den forma a la economía del futuro, en lugar de conformarse con oponer resistencia pasiva a la crisis”.

Reportaje: Jacqueline Deslauriers; fotografía: Stephen Jaffe

Takumi Sato en Tokio, Japón.

Perdido y solo en Japón

TAKUMI Sato sobrevive con un solo envase de fideos instantáneos al día, y si no estuviera recibiendo prestaciones del gobierno japonés por incapacidad, se quedaría sin techo.

“Cuando terminé la secundaria, estudié producción y diseño de videojuegos, y conseguí un trabajo como subdirector de una compañía que hace programas animados para televisión y vídeo”, dice Sato, que a los 23 años vive solo en un apartamento de un ambiente en Kawagoe, justo al norte de Tokio.

“Pero no era realmente un trabajo formal: trabajaba ocho horas por día, pero no tenía contrato”, explica.

Es una situación en la que se encuentran cada vez más japoneses, a medida que las empresas, presionadas por la desaceleración económica de los últimos años, abandonan el preciado sistema nacional de empleo vitalicio y la idea tan cuidadosamente cultivada de la empresa como familia. En su lugar, los trabajadores tienen contratos renovables a corto plazo que les permiten a los empleadores despedirlos con poco preaviso y sin respaldo.

Con una economía cada vez más débil como telón de fondo, la red de protección social japonesa también se va deshilachando: apenas 23% de los desempleados tienen derecho a recibir prestaciones. La fragilidad del mercado laboral, sumada a la falta de servicios de apoyo, está dañando la salud de la población e incluso ha cobrado vidas.

Sato duró dos meses en su siguiente empleo, preparando viandas para supermercados y cobrando ¥130.000 (US$1.671) al mes por trabajar ocho horas al día, cinco días a la semana.

Sato dejó de trabajar por recomendación de su doctor, que le dijo que de lo contrario su salud mental continuaría empeorando.

Han pasado tres años desde entonces. Sato sobrevive con los ¥110.000 (US$1.413) por mes que le paga el gobierno, de los cuales ¥35,000 (US$450) se van en alquiler.

Sato se indigna al pensar que el gobierno está haciendo todo lo posible para ayudar a las empresas a superar la tormenta económica mundial, pero no le presta ninguna atención a gente como él.

“Lo que hacen por nosotros no basta, y ni siquiera les importa que las empresas maltraten al personal”, afirma. “Miran para otro lado”.

También se dan cuenta de que es más barato contratar extranjeros—la empresa para la cual Sato preparaba viandas trajo más trabajadores de Brasil e India—, que cobran menos y no se quejan de las condiciones de trabajo “porque saben que están en mora con las reglas inmigratorias”, comenta Sato.

Según las estimaciones, en Japón hay 11 millones de personas que ganan menos de ¥2 millones (US$25.706) al año y que en su mayoría no pueden alquilar una vivienda, de acuerdo con la organización japonesa sin fines de lucro Moyai, que trabaja con gente sin techo. Según los estudios, la mayor parte tiene entre 20 y 30 años.

En casos extremos, la situación laboral ha empujado a jóvenes y adolescentes a recluirse y aislarse radicalmente de la sociedad. Muchos se rehúsan a salir de sus casas durante meses, o incluso años. La condición tiene su propio nombre: hikikomori, que significa “retraerse” o “estar recluido”.

“A la gente como yo, el gobierno le dice que si seguimos trabajando, si nos esforzamos un poco más, podemos lograr lo que nos propongamos, pero no es verdad”, dice Sato. “Tengo la impresión de estar cada vez más alejado de esta sociedad, y no creo que nunca pueda volver a formar parte”.

Reportaje: Julian Ryall; fotografía: Alfie Goodrich

Disparidad en Nigeria

AL IGUAL que otras decenas de miles de egresados de su misma edad, Chioma Nwasonye no pudo encontrar empleo al terminar la universidad. Tras el año de servicio nacional obligatorio después de recibirse, ha estado a la búsqueda.

Nwasonye tiene 23 años y cuatro hermanos, y en 2010 terminó los estudios de geografía y planificación regional en la Universidad del Estado del Delta. “Habría elegido otra cosa”, explica; “me habría encantado estudiar contabilidad o administración de empresas”.

Como las calificaciones no le alcanzaban para estudiar contabilidad, se inscribió en un curso de un año que le garantizaba el ingreso a la universidad. Pero como el programa “no incluía contabilidad ese año, estudié geografía”. Todavía la apena pensar que al año siguiente habría podido estudiar contabilidad como parte del mismo programa.

Cada año, alrededor de 1 millón de postulantes se presentan al examen centralizado de matriculación para ocupar poco más de 100.000 vacantes en las 95 universidades públicas y privadas del país. Por eso, al igual que Nwasonye, la mayoría de los jóvenes aprovechan cualquier curso que pueden, simplemente para poder acceder a un título universitario.

Miles de estudiantes se reciben al año en Nigeria, pero muchos no pueden encontrar trabajo porque su preparación no coincide con lo que buscan los empleadores, el financiamiento no alcanza para mantener los niveles educativos, y faltan buenos docentes. Algunos empleadores se quejan de que muchos graduados no poseen conocimientos técnicos fundamentales en su disciplina.

La tasa de desempleo de Nigeria—el país más poblado de África—está en aumento y hoy roza 24%. Tener muchos estudios no aumenta las probabilidades de encontrar un trabajo: tres de cada diez graduados no pueden conseguir empleo.

Nwasonye tuvo ventajas desde el comienzo. Su madre es maestra de primaria, todo un logro habiendo crecido en la región norteña de Sapele, donde 43% de las niñas en edad de primaria aún no tienen acceso a la educación básica, según la Iniciativa para la Educación en el Norte, un proyecto financiado en la región por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.

Chioma Nwasonye en Badagry, Estado de Lagos, Nigeria.

La situación es mejor en el sur del país, donde se crió Nwasonye, pero incluso allí la tasa de alfabetización de la mujer entre los 15 y los 24 años apenas llega al 65%, en comparación con 78% de los varones de la misma edad, de acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.

Aunque le encanta trabajar con números, Nwasonye explica con una sonrisa: “Mis padres, y mi madre sobre todo, realmente querían que estudiara medicina. Algunos cursos en Nigeria están más reconocidos. Todo el mundo quiere ser médico o contador”. ¿Por qué? “Creo que es por la economía; mucha gente piensa que con esos estudios va a tener más ofertas de trabajo”.

Por el momento, ha decidido darle el gusto a su padre—que trabaja para la empresa eléctrica estatal—y hacer una maestría.

“Mi padre siempre nos aclaró que todos teníamos que ir a la universidad, y no a un politécnico ni a un profesorado”, dice. “De hecho, tenemos la obligación de sacar la maestría para que nos considere graduados”.

En un país con 40 millones de jóvenes desempleados—muchos de los cuales son de hecho incontratables por culpa de fallas que se remontan a la escuela primaria—, la mayoría no podrá darse el lujo de optar por seguir estudiando para esquivar el desempleo.

Reportaje: Wale Fatade y Tolu Ogunlesi; fotografía: Yinka Olugbade

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