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Finanzas y Desarrollo, March 2012
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Gente del mundo de la economía: Un mundialista estadounidense

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
April 2012
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Prakash Loungani traza una reseña de C. Fred Bergsten

Si le preguntaran qué tienen en común Woody Allen, Miles Davis, Julia Child y C. Fred Bergsten, ¿sabría? Todos son ciudadanos estadounidenses que han recibido la Legión de Honor de Francia por su contribución a la sociedad y al diálogo mundial. Bueno, a los franceses les encanta el cine, y el jazz y, obviamente, la buena mesa. Pero, ¿cuál es el aporte de Fred Bergsten? Y, además … ¿quién es?

Aunque los otros galardonados por lo general son trotamundos, Bergsten se ha pasado la vida en la ciudad de Washington, donde en 1981 fundó—y aún dirige—el Peterson Institute, probablemente el centro de estudios en economía internacional más influyente del planeta. A esta etapa de su vida la precedió una distinguida carrera en el gobierno estadounidense, primero en el Consejo de Seguridad Nacional del gobierno de Nixon bajo Henry Kissinger, que afirma que Bergsten le enseñó “todo lo que sé de economía”. En el gobierno de Carter, fue la máxima autoridad en economía internacional dentro del Tesoro, durante la tumultuosa crisis energética. Hace poco anunció que abandonará la dirección del Peterson Institute a fines de este año.

Bergsten ha dedicado su vida a infundir una perspectiva internacional en la mentalidad generalmente provinciana de las autoridades estadounidenses y a promover la integración económica mundial. Esos esfuerzos le han merecido la Legión de Honor francesa y una participación honoraria en la Academia China de Ciencias Sociales. Ha sido un ardiente defensor del euro y—porque piensa que desatará el proteccionismo y dañará la integración mundial—un acérrimo crítico de lo que considera la subvaloración del renminbi. El fallecido Michael Mussa—Economista Jefe del FMI de 1991 a 2001 y posteriormente miembro del Peterson Institute—lo describió como “un evangelista de la economía abierta”.

Raíces evangélicas

Su evangelismo habría sido difícil de predecir dadas sus raíces familiares. Bergsten se crió en Long Island, en el estado de Nueva York, en un suburbio de Amityville, y luego se mudó a una zona rural de Farmington, Missouri. En ambos lugares, el baloncesto le interesaba tanto como los estudios, y es un deporte que juega hasta el día de hoy.

¿Cómo se tradujo esta experiencia tan profundamente estadounidense en una pasión por las relaciones internacionales? Bergsten lo atribuye a un viaje a Inglaterra con sus padres en el verano de 1951, cuando tenía 10 años. A su padre, ministro metodista, le interesaba la red internacional de la iglesia y participó en un intercambio con una parroquia inglesa. “Londres todavía no se había recuperado del todo de los bombardeos”, recuerda Bergsten. Aún había racionamiento, pero su familia estaba exenta por ser extranjera. “Ese fue mi primer contacto con el extranjero, y pude ver las repercusiones de la guerra … Creo que fue lo que realmente me marcó el camino”.

Al igual que sus padres, Bergsten estudió en la Universidad Metodista Central de Fayette, Missouri. En tercer año “me dediqué de lleno a las ciencias políticas, la historia, los debates … todo lo que tuviera que ver con la política”. Ese verano viajó por barco a Austria y Alemania con un grupo de alumnos, y en el viaje de ida descubrió que todos los días alguien dictaba en cubierta un seminario sobre relaciones internacionales.

Ese alguien resultó ser Seth Tillman, mano derecha del influyente senador estadounidense J. William Fulbright. Tillman alentó a Bergsten a cultivar el interés en las relaciones internacionales estudiando en la Facultad Fletcher de Derecho y Diplomacia de la Universidad de Tufts. El propio Tillman “se había graduado allí … y me ayudó a entrar. Y de allí surgió todo lo demás”.

Guerra fría con Kissinger

En 1968, Kissinger le pidió a Bergsten—que entonces tenía 27 años y se había doctorado en Tufts—que fuera su asistente económico en el Consejo de Seguridad Nacional. “Era como ser el asesor militar del Papa”, comenta. Arreciaba la Guerra Fría y Kissinger, inmerso en cuestiones de política exterior, tenía poco interés en la dimensión económica de la política exterior. Según Bergsten, Kissinger le dijo: “Fred, quiero que hagas todo en mi nombre y que no me molestes jamás”.

Al principio, el sistema funcionó, pero “después hubo cosas para las que lo necesitaba y no me prestaba atención … Así no podía trabajar”. Bergsten renunció a mediados de 1971, reclamándole a Kissinger que no parecía “necesitar—o merecer—la calidad de asesoramiento que le estoy ofreciendo”. En 1973, escribió en el New York Times que “La trayectoria de Henry Kissinger en el campo económico es pésima” y que “los temas económicos no pueden ser manejados por superestrellas solistas”.

Bergsten dice ahora que “obviamente, estaba un poco molesto con Kissinger en ese entonces”. Más adelante, se reconciliaron. Bergsten dice tener una foto firmada por Kissinger con la dedicatoria “Para Fred, que me enseñó todo lo que sé de economía”. En una ocasión, cuando Kissinger lo estaba presentando en una recepción, bromeó que después de trabajar con él, “Fred tuvo una carrera muy distinguida en el gobierno de Carter, algo bastante difícil de lograr”.

Temas candentes

El día después de ganar las elecciones de noviembre de 1976, Carter le pidió a Bergsten que viajara a Georgia para asesorarlo sobre un abanico de cuestiones económicas internacionales. Bergsten estuvo a cargo de todos los temas económicos internacionales durante la transición, y luego ocupó el cargo máximo en su especialidad en el Tesoro estadounidense.

La atención del Presidente estaba puesta en la crisis precipitada por el fuerte aumento de los precios internacionales del petróleo. En abril de 1977, a los cuatro meses de asumir el cargo, Carter pronunció un discurso desde la Casa Blanca—con un suéter puesto y sentado junto a los leños encendidos de un hogar para demostrar lo que podían hacer sus conciudadanos para disminuir la dependencia del petróleo extranjero—en el que declaró que superar la crisis energética era el “equivalente moral a la guerra”.

Resultó ser una guerra para la que Bergsten estaba bien preparado. En el verano de 1962, trabajó para Esso International, que pasaría a ser Exxon. Como otras empresas petroleras, Esso recibía petróleo crudo en un lugar y lo enviaba a otro, generalmente distante, para refinarlo. Para Bergsten, estaba claro que si una empresa podía organizar un canje de entregas de crudo con otra, ambas podían ahorrarse mucho dinero reduciendo al mínimo el costo del transporte.

El fallecido Michael Mussa lo describió como “un evangelista de la economía abierta”.

A los 21 años, a Bergsten le tocó encontrar la solución. “Se me ocurrió que si en Esso recibíamos petróleo de Shell de Venezuela y lo enviábamos a nuestra refinería de Curaçao, que está justo al lado, y a cambio le dábamos a Shell parte de nuestro crudo de Oriente Medio para que lo refinara en África, los dos nos ahorraríamos un dineral y podríamos repartirlo. Fue genial y aprendí un montón”. La experiencia resultó útil cuando estalló la Guerra de los Seis Días en Oriente Medio en 1967. El Departamento de Estado estadounidense estaba “realmente preocupado por el acceso al petróleo, y con razón. No teníamos idea de dónde venía el petróleo ni a dónde iba”. A través de sus contactos en Esso y otras empresas, Bergsten ayudó a reunir la información para el Departamento de Estado y “eso fue parte del mecanismo de defensa que se construyó luego”.

Bergsten mantuvo un vivo interés en la cuestión energética y “más o menos predije la creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo” (OPEP). En 1970–71, el Shah de Irán y Muammar Qaddafi, que acababa de asumir el poder en Libia, “no hacían más que subir el precio del petróleo para ganarle uno al otro, y el efecto fue un gran aumento de los precios internacionales”. Bergsten afirma que “sabía adónde iba a llevar esto”. A mediados de los años setenta, publicó un artículo titulado “One, Two, Many OPECs”, en la revista Foreign Policy, que hoy es famoso y en el cual predijo el éxito de la OPEP y advirtió que se formarían carteles de otros productos primarios.

Aunque tenía razón en cuanto a la OPEP, su otra advertencia no se hizo realidad. Pero hay que reconocer que eso se debe en parte a que su advertencia—y el éxito de la OPEP—llevó a las autoridades de los países importadores de recursos a tomar medidas para evitar el nacimiento de otros carteles. Mussa escribió en Fred Bergsten and the World Economy que Bergsten es una “Casandra feliz” que, por un lado, es “proclive a pronosticar calamidades económicas” pero, por el otro, “mantiene la actitud fundamentalmente optimista” de que se puede evitar lo peor mediante medidas de política constructivas.

La vasta experiencia de Bergsten en el campo energético—y su opinión de que las medidas de política pueden marcar una diferencia—fue valiosísima para el Presidente Carter, y Bergsten recibió un galardón por servicios excepcionales al Tesoro. Pero aun sin la crisis energética, dice Bergsten, habría sido “un período candente para las cuestiones económicas internacionales”. (Véase más información sobre la época de Bergsten en el Tesoro en el recuadro 1).

Centro de estudios

Los aportes de Bergsten al gobierno estadounidense habrían sido suficientes para merecerle cierta fama duradera, pero lo que ha hecho desde entonces es lo que ha cimentado su legado. En 1981 creó un centro de estudios, el Institute for International Economics, con la ayuda de una donación sustancial del German Marshall Fund, un fondo estadounidense dedicado a la política pública. El mundo de los centros de estudio no era un misterio para Bergsten, que había pasado los años entre sus funciones gubernamentales en el Consejo de Relaciones Externas y la Brookings Institution.

El instituto—que luego pasó a denominarse Peterson Institute for International Economics (PIIE) en parte como reconocimiento del respaldo financiero del presidente fundador del directorio, Peter G. Peterson—ha sido descrito por el periodista británico Martin Walker como “el centro de estudios más influyente del planeta”. El éxito no tardó en llegar ni fue aislado. El concepto de las zonas fijadas como meta para los tipos de cambio, que fue adoptado en el Acuerdo del Louvre de 1987, se originó en propuestas de Bergsten y un colega del instituto, John Williamson. Richard Darman, entonces Subsecretario del Tesoro, dijo que el acuerdo empleó el término “tipos de referencia” para que la deuda a las propuestas sobre zonas meta no fuera tan obvia.

A lo largo de los años, el PIIE ha estado a la vanguardia tanto de la cuantificación de los costos del proteccionismo comercial como de la defensa de la asistencia a los perjudicados por el comercio internacional. En 1999, uno de sus miembros, Gary Hufbauer, mostró que un proyecto de ley del Senado estadounidense sobre cupos de importación de acero protegería menos de 3.000 empleos a un costo para los contribuyentes de US$800.000 por empleo. Bergsten afirma que “todos los senadores tenían en sus manos un ejemplar de ese análisis dentro del recinto … y todos los periódicos tenían un artículo sobre el análisis ese mismo día. El voto fue en contra. Ese es un ejemplo típico de la aplicación práctica del trabajo de un centro de estudios. Habíamos hecho el análisis de base antes, lo habíamos mantenido actualizado, lo aplicamos a un tema concreto y lo pusimos en las manos de la gente que decide”. Tres años después, las estimaciones de los costos de un programa de asistencia para los afectados por el comercio internacional que realizó el Instituto fueron críticas para lograr la aprobación de una ley que le devolvió al Presidente estadounidense la autoridad de negociar acuerdos comerciales “por vía rápida”.

Larry Summers, ex Secretario del Tesoro estadounidense, señala que pocas instituciones fuera del gobierno han tenido tanto impacto en el estudio de la economía mundial como el Peterson Institute, y escribió que “como estadounidense y ciudadano del mundo, me siento afortunado” en tenerlo.

Defensor del euro

La adopción del euro fue un acontecimiento único en la historia monetaria mundial. Pero la mayor parte de los economistas estadounidenses dudan de su éxito. La perspectiva que ha adoptado la mayoría es la de la teoría de las zonas monetarias óptimas, que sostiene que las monedas únicas pueden funcionar únicamente si están dadas ciertas condiciones, como la movilidad de los trabajadores entre las unidades económicas que adoptan la moneda única y un sistema de transferencias fiscales de las unidades prósperas a las que no lo son. La ausencia de estas condiciones en los países que adoptaron el euro llevó a los economistas estadounidenses a predecir que la unión económica fracasaría. Martin Feldstein, de la Universidad de Harvard, escribió por ejemplo en un influyente artículo publicado en 1997 en Foreign Affairs que “el intento de lograr una unión monetaria y la posterior creación de una unión política … probablemente agudizarán los conflictos dentro de Europa, y entre Europa y Estados Unidos”.

Recuadro 1Actos de reequilibramiento, 1977 y 2007

Aunque la adopción de un programa energético fue la “primera prioridad” del equipo económico de Carter al entrar en funciones en 1977, el reequilibramiento de la demanda mundial mediante la reducción de los saldos en cuenta corriente no estaba muy lejos. De hecho, hasta el programa energético buscaba recortar el déficit en cuenta corriente nacional bajando la importación de petróleo.

El Reino Unido también tenía un déficit en cuenta corriente en esa época. Durante la transición de la presidencia de Ford a la de Carter, los británicos trataron de convencer a Bergsten de que redujera los recortes del gasto público convenidos en el programa respaldado por el FMI como uno de los mecanismos para recortar el déficit en cuenta corriente del Reino Unido. Kathleen Burk y Alec Cairncross explican en su libro Goodbye, Great Britain: The 1976 IMF Crisis que “durante más de dos horas, el representante británico Harold Lever trató de convencer a Bergsten de que Carter debía reducir un poco la presión que había puesto el Tesoro durante el gobierno de Ford. Bergsten se negó”.

Bergsten también empujó a dos países con grandes superávits en cuenta corriente, Japón y Alemania, a estimular sus economías para evitar tener que apreciar la moneda. Treinta años después, la solución de los desequilibrios mundiales encabeza nuevamente el temario: en 2007, el FMI estuvo a la cabeza de un esfuerzo por lograr—a través de “consultas multilaterales”—un acuerdo sobre medidas de política encaminadas a reducir los saldos en cuenta corriente de un grupo de economías integrado por China, la zona del euro, Japón, Arabia Saudita y Estados Unidos.

Dos economistas estadounidenses escapan a esa tendencia. Paradójicamente, uno es Robert Mundell, ganador del Premio Nobel y originador de la teoría de las zonas monetarias óptimas. Mundell argumentó que la unión monetaria conduciría a la unión económica; es decir, que las condiciones necesarias para una zona monetaria óptima exitosa serían resultado de la adopción del euro. El otro defensor es Bergsten, que afirma sin embargo que su perspectiva es “desde la política económica”. Cuando estaba en la función pública, Bergsten interactuó mucho con las autoridades europeas y se convenció de que terminarían haciendo siempre lo necesario para que “el proceso de integración siguiera avanzando”.

“A menos que Estados Unidos y China estén de acuerdo, será difícil ver un avance importante de las cuestiones económicas”.

La reciente crisis europea no ha llevado a Bergsten a cambiar de opinión. Las autoridades europeas “han hecho lo suficiente para evitar un colapso en cada etapa de esta crisis”. Bergsten afirma que “Alemania pagará lo que haya que pagar” para salvar el euro por sus intereses geoestratégicos en la integración europea y porque el euro ha contribuido a la expansión del comercio alemán. Predice que Europa se está moviendo lentamente hacia la “plena unión económica. Y dentro de cinco años … la tendrá”.

El G-20 y el G-2

Bergsten también observa cierto progreso en las relaciones económicas entre las naciones más allá de la zona del euro. En su opinión, un foro como el Grupo de los Veinte (G-20) países avanzados y de mercados emergentes era “absolutamente esencial por razones de legitimidad”, dado que los mercados emergentes ahora constituyen la mitad de la economía mundial y “son la parte más dinámica. El G-7 y el G-8 [que representan únicamente a las economías avanzadas más grandes] no pueden tratar de dirigir el mundo”. La Gran Recesión de 2008–09 aceleró el proceso de legitimización de la función del G-20. “No se podía titubear más”, dice Bergsten. “Había que reunir a la gente adecuada para manejar la crisis”.

Una propuesta polémica de Bergsten es el “G-2”, un grupo tácito formado por Estados Unidos y China. Explica que esa propuesta está basada en “el simple argumento de que a menos que Estados Unidos y China estén de acuerdo, será difícil ver un avance importante de las cuestiones económicas”. Cita la falta de progreso de las negociaciones sobre comercio internacional de la Ronda de Doha y sobre cambio climático de Copenhague, en las cuales un impasse entre Estados Unidos y China obstaculiza el avance por parte de las demás naciones. Hace referencia también al impasse en cuanto al tipo de cambio: “Estados Unidos no deja de hablar de manipulación cambiaria; China se evade del tema” (véase el recuadro 2).

Randall Henning, un miembro del Instituto, dice que la premisa de la que parte Bergsten al propugnar la multiplicidad de foros es que “hay un déficit crónico de cooperación entre los gobiernos nacionales en las relaciones económicas internacionales, que son un bien público. El problema principal no es que la creación de demasiados foros vaya a originar un laberinto institucional, sino que no se los utiliza lo suficiente”.

Recuadro 2China y la teoría de la bicicleta

Los expertos del Peterson Institute son famosos por no seguir siempre el mismo libreto. Pero en lo que se refiere al tipo de cambio del renminbi, la opinión de que está subvalorado es unánime. “El valor artificialmente bajo del renminbi—está entre 20% y 30% por debajo de donde debería estar—equivale a un subsidio a las exportaciones chinas y a un arancel a las importaciones de Estados Unidos y otros países”, escribió Bergsten en el New York Times el año pasado. Añadió que Estados Unidos debería iniciar procedimientos en contra de China en la Organización Mundial del Comercio “por dedicarse a una devaluación competitiva ilegal de la moneda y debería tomar represalias en caso de que China no desista de esta política proteccionista”.

Las categóricas opiniones de Bergsten reflejan, en parte, su famosa “teoría de la bicicleta”, según la cual, al igual que una bicicleta, la liberalización del comercio debe mantener cierto ímpetu, o de lo contrario comienza a dar marcha atrás hacia el proteccionismo. La política cambiaria de China “es una forma flagrante de proteccionismo”, ha escrito Bergsten, y constituye una amenaza para el sistema de comercio multilateral: “… una política de respuesta de Estados Unidos u otros países a las medidas adoptadas por China debería considerarse antiproteccionista”.

Bodas de oro

A los 70 años, Bergsten está en una etapa de la vida llena de aniversarios. Le encanta celebrarlos porque eso lo ayuda a mantenerse conectado con la gente y las instituciones que han influido decisivamente en su vida. El año pasado organizó la quincuagésima reunión de ex alumnos de la Universidad Metodista Central, y este año hará lo propio con su promoción de la Facultad Fletcher. Y también celebrará 50 años de casado. “Aniversarios por doquier”, observa.

Bergsten se mantiene activo tanto entre los estudiosos como entre los jugadores de baloncesto. Preside con regularidad muchos encuentros de invitados selectos en una sala del Peterson Institute que lleva su nombre. Mussa bromeó en una ocasión que “dado el parentesco de Fred, se podría pensar que la sala de conferencias se parece a una iglesia moderna, pero yo creo que se parece a una cancha de baloncesto, en la que Fred es un as”. De hecho, Bergsten aún juega al baloncesto en una liga en la que mantiene un promedio de 38 puntos por juego, una cifra que pone en duda Timothy Geithner, Secretario del Tesoro estadounidense y también ávido jugador. Bergsten reconoce que el puntaje es alto porque “la liga es para divertirse. Pero aun así hay que meter el balón en la cesta”.

Prakash Loungani es Asesor en el Departamento de Estudios del FMI.

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