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Finance & Development, July 2011
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Críticas de Libros

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
July 2011
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Juzgar por los resultados

Abhijit Banerjee y Esther Duflo

Poor Economics

A Radical Rethinking of the Way to Fight Global Poverty

Public Affairs, Nueva York, 2011, 336 págs., US$26,99 (tela).

El aporte más significativo a la economía del desarrollo en los últimos años fue el creciente uso de pruebas controladas aleatorias (PCA) para comprender el comportamiento humano en los países pobres. En esta importante obra, que tanto invita a la lectura, los padres intelectuales de las PCA, Abhijit Banerjee y Esther Duflo, sintetizan gran cantidad de resultados y extraen conclusiones para las políticas destinadas a eliminar la pobreza.

Como implica su nombre, las PCA estudian las respuestas de distintos grupos de particulares o empresas, neutralizando otras características que influyen en el comportamiento, frente a un nuevo conjunto de circunstancias. Por ejemplo, en Kenya los investigadores ofrecieron mosquiteros a precios que iban desde niveles algo subsidiados hasta cero, para determinar la sensibilidad del uso de mosquiteros al precio. (El uso resultó sensible al precio, pero no al ingreso del usuario).

Al examinar el comportamiento en el ámbito de la salud pública, la asistencia de los docentes a las aulas, el ahorro y la deuda de los hogares (y, especialmente, el microcrédito), el establecimiento y la expansión de pequeñas empresas, la matriculación escolar de los niños y otros temas, Banerjee y Duflo comienzan con un informe anecdótico sobre el comportamiento de los pobres (o sus circunstancias y los problemas que enfrentan).

Luego hacen deducciones y presentan resultados de las PCA, que arrojan luz sobre las respuestas de los pobres a diferentes incentivos, y ofrecen conclusiones sobre las políticas más eficaces contra la pobreza.

El marco analítico plantea si el surgimiento de la pobreza es relativamente lineal: a medida que la gente deja atrás la pobreza, ¿es más capaz de seguir mejorando su situación? ¿O se encuentra atrapada y necesita un fuerte empujón para superar cierto umbral, más allá del cual puede progresar sola? Según los autores, las PCA en general respaldan la idea de que ese empujón es necesario.

Basándose en los resultados y las inferencias en cuanto al comportamiento, Banerjee y Duflo recomiendan una multitud de políticas. Por ejemplo, en el sector de la salud, consideran que existen tecnologías médicas fructíferas y de bajo costo: la vacunación en la infancia, los medicamentos antiparasitarios, la vacunación contra el tétano para las futuras madres, y la ingesta de vitamina B contra la ceguera y de hierro en grageas y harina fortificada con hierro contra la anemia.

La conclusión general—digna de mención—sobre la atención de la salud es que su objetivo principal en los países pobres debe ser facilitar a los pobres al máximo la obtención de cuidados preventivos, instalando tanques de cloro junto a las fuentes de agua; recompensando a los padres por vacunar a sus hijos; dando a los niños, a título gratuito, medicamentos antiparasitarios y suplementos nutricionales en la escuela; y canalizando inversión pública hacia la infraestructura sanitaria y de suministro de agua potable.

Incluso si los autores se centraran solo en la atención de la salud, la lista de recomendaciones es tan larga que plantea problemas de costo. Pero Banerjee y Duflo tienen muchas más ideas sobre otros aspectos de la política social. Mencionan los graves riesgos a los que se exponen los pobres y la ausencia de posibilidades de seguro, y concluyen que “al gobierno claramente le toca actuar. El gobierno debería pagar parte de las primas de seguro de los pobres”. Los autores también apoyan las transferencias de efectivo para promover la escolaridad, la regulación de los bancos para exigirles que presten a “sectores prioritarios”, la escolarización universal, el aumento de la inversión en infraestructura (sobre todo en las poblaciones pobres), la oferta de “buenos empleos” para escapar de la pobreza y mucho más.

Como los buenos empleos suelen estar en la ciudad, los autores recomiendan no solo crearlos (aunque no dicen cómo, más allá de exigir a los bancos conceder crédito a la mediana empresa), sino también subsidiar la migración hacia zonas urbanas. Dado que la mayoría de los lugares tienen más inmigrantes que buenos empleos, la dinámica macroeconó-mica de esta recomendación es dudosa.

Bien implementados, muchos de los programas que propugnan Banerjee y Duflo serían innegablemente meritorios. Pero se plantean dos grandes interrogantes, y otros menores. Primero, ¿se pueden poner en práctica todas estas políticas dentro de un marco fiscal y macroeconómico estable? Si la respuesta es negativa, quedan sin respuesta las preguntas de siempre sobre las tasas de rendimiento relativas. Segundo, dado que hasta ahora los gobiernos, las organizaciones no gubernamentales y otros han fracasado en estos ámbitos, ¿se puede esperar que estas políticas se pongan en práctica sin caer en los mismos problemas (por ejemplo, que los ricos reciban el grueso de los beneficios y que pierda atractivo la docencia)?

El problema que no se aborda es cómo podrían financiar los gobiernos estas medidas en el ínterin (sin hablar de tributar ingresos futuros mayores para recuperar parte del costo).

Banerjee y Duflo muestran fehacientemente que hay grandes derroches en los programas actuales. Pero eso no prueba que de la noche a la mañana aparecerán doctores competentes ni que clausurar clínicas (desatendidas) liberará suficientes recursos como para financiar las recomendaciones de los autores. Y en algunos casos el problema es aún más marcado: una de las necesidades obvias de los países pobres es un sistema financiero que funcione mejor. Pero los autores propugnan ir en dirección contraria, canalizando más crédito hacia la mediana empresa (para crear buenos empleos) y el microfinanciamiento. Pero incluso cuando las recomendaciones parecen perfectamente razonables, es difícil decidir la cantidad en que se deben suministrar estos bienes públicos porque los recursos son limitados.

El segundo gran interrogante es cómo ejecutar estas políticas. Los autores son muy conscientes de las fallas de los programas públicos para ayudar a los pobres. Pero a pesar de las recomendaciones meritorias (transparencia, mayor participación de la mujer en los órganos decisorios, por ejemplo) para encauzar el gasto hacia programas más eficaces, reconocen que el progreso será paulatino.

En suma, esta obra es de lectura obligatoria para todo interesado en los pobres de los países en desarrollo y las políticas destinadas a mejorar su situación. Los resultados de las PCA y las críticas de las políticas actuales son invalorables. Plasmar algunas de sus determinaciones en políticas mediante la redistribución de recursos indudablemente producirá importantes beneficios, pero conviene examinar el atractivo de muchas de sus conclusiones (sobre todo el racionamiento del crédito y los subsidios para seguros e inmigración), así como los factores de compensación, los costos relativos y las implicaciones macroeconómicas.

Anne O. Krueger

Profesora de Economía Internacional en la Facultad de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins

Don de lenguas

Victor Ginsburgh y Shlomo Weber

How Many Languages Do We Need?

The Economics of Linguistic Diversity

Princeton University Press, Princeton, Nueva Jersey, 2010, 232 págs., US$35 (tela).

En este minucioso estudio, el economista belga Victor Ginsburgh, cuyo idioma natal es el swahili, y Shlomo Weber, un canadiense experto en teoría de los juegos cuyo idioma natal es el ruso, evalúan los costos y beneficios del enorme número de idiomas que se hablan actualmente en el mundo.

Por lo general, se presume que la disminución del número de idiomas mejora la eficiencia. Aunque nadie sabe con exactitud cuántas lenguas vivas hay, la cifra estimativa es apabullante: entre 6.000 y 7.000. Pero la mitad de la población mundial tiene como primer idioma una lengua de un grupo de apenas 11.

La mayoría de las economías desarrolladas se encuentran en países donde predomina un solo idioma: cuando hay gran diversidad lingüística, también suele haber más burocracia y derroche. Según SIL International, un organismo sin fines de lucro que mantiene una base de datos sobre los idiomas del mundo, en Camerún se usan actualmente 278; en el caso de Chad, Nigeria y Papua Nueva Guinea, la cifra es de 131, 514 y 830, respectivamente. Es fácil imaginar que este tipo de multiplicidad lingüística podría obstaculizar el desarrollo económico; por ejemplo, dificultando la movilidad geográfica y social y obstruyendo el acceso de muchos ciudadanos a servicios jurídicos básicos.

Los pensadores utópicos imaginan desde hace mucho tiempo que la tecnología y la planificación política un día pondrán fin a la tensión y la confusión lingüística de la civilización. Hay quienes favorecen en este momento el establecimiento del inglés como lengua franca internacional; para muchos, ya lo es. Pero el predominio de un idioma lleva a la erosión de otros y posiblemente a una catástrofe para el ecosistema lingüístico y cultural mundial. Los autores citan al dramaturgo chileno Ariel Dorfman, hoy ciudadano estadounidense: “El ascendiente del inglés, como tantos otros fenómenos vinculados a la globalización, deja demasiados perdedores invisibles, hace callar demasiadas voces”.

Ginsburgh y Weber a menudo emplean términos sumamente técnicos, como distancia cladística, fraccionalización etnolingüística e índices dicótomos de desrepresentación. Pero el análisis es nítido, con numerosos aportes bien seleccionados de comentaristas como Mario Vargas Llosa y Amartya Sen, y abarca desde los costos de la traducción y los intentos clásicos de Joseph Greenberg por cuantificar la diversidad hasta las peculiaridades de los inversionistas privados finlandeses y el concurso Eurovisión.

La sección que más invita a la reflexión es la última: un estudio práctico de la política lingüística de la Unión Europea. Es aquí donde se abordan más directamente las cuestiones prácticas y los autores más se acercan a responder a la pregunta que sirve de título a su obra: ¿Cuántos idiomas necesitamos?

Cada año, la Unión Europea gasta más de mil millones de euros en traducción e interpretación. El personal de esos dos departamentos representa una décima parte del personal de la Comisión Europea. A medida que la Unión Europea se amplíe, los costos subirán. La solución intermedia ocasional suele ser el inglés. Pero es interesante observar que en este ambiente las personas que hablan únicamente inglés como idioma natal pueden crear problemas de comunicación porque no reconocen las diferentes necesidades lingüísticas de los demás y no abandonan, por ejemplo, las expresiones coloquiales o de uso menos frecuente.

Ginsburgh y Weber están en lo cierto al afirmar que es difícil mantener un equilibrio entre las políticas que promueven la eficiencia y las que respetan las tradiciones culturales, y sugieren que sería razonable que la Unión Europea adoptara seis idiomas de trabajo: alemán, español, francés, inglés, italiano y polaco.

La reforma lingüística de la Unión Europea requiere colaboración y eso apunta a una dimensión fundamental de este libro. El “nosotros” de su título en el original inglés, ¿qué significa realmente? El pronombre proclama y reclama mancomunión. Pero también evoca solidaridades, lazos y prioridades muy dispares. En todo debate sobre el idioma (o la política), esa mancomunión es difícil de alcanzar, como lo muestra claramente esta obra.

Henry Hitchings

Autor de varios libros; entre ellos, The Language Wars

Demasiado adaptable para quebrar

Tim Harford se ha ganado con razón una legión de admiradores gracias a sus artículos en el Financial Times, su programa de radio More or Less en la BBC y sus libros anteriores. Con Adapt, seguramente se ganará más, ya que ofrece aquí una excelente guía sobre la aplicación al mundo de los negocios y a la economía de modelos tomados de la biología, ilustrada con numerosos y entretenidos ejemplos narrados con la destreza y el estilo que le son característicos.

Las ideas sobre la adaptación se inspiran en la evolución mediante variación y selección y el papel de la teoría de redes. Existen modelos formales sobre economía evolutiva, y la idea de que los negocios son una lucha por la supervivencia tiene, intuitivamente, sentido.

En el caso de la economía y los negocios, la evolución es una metáfora, pero no me sorprendería que el comportamiento social humano en este ámbito resultara estar estrechamente vinculado a las reglas del vivir. Para los economistas, este será un tema de estudio apasionante.

La contribución de Harford consiste en explicar mediante una amplia variedad de ejemplos cómo funcionan la variación, la adaptación y la selección. Recalca la importancia de permitir pequeños fracasos para evitar los fracasos catastróficos que produciría un sistema de decisión centralizado. Los ejemplos van desde lo militar (las tácticas del ejército estadounidense en Iraq) a lo comercial (los vuelos espaciales desde el desierto de Mojave y la industria de la biotecnología). Así, por ejemplo, los comandantes del centro de operaciones no tenían la información necesaria sobre la situación en el campo de batalla iraquí para que sus tácticas funcionaran, pero los comandantes locales podían adaptar las tácticas a las condiciones específicas.

Harford también analiza la función de los experimentos en las ciencias económicas, y sobre todo en el campo del desarrollo. Propugna un enfoque experimental, que en su opinión brinda a los investigadores información detallada y, sobre todo, les infunde la humildad necesaria para reconocer éxitos y fracasos.

El elemento central de todos estos ejemplos es el uso de información ampliamente dispersa. El fracaso de la planificación centralizada debido a su incapacidad para manejar toda la información relevante, en oposición al éxito de los mercados, es bien conocido. Cuanto más complejo el entorno, mayor la necesidad de decisiones descentralizadas.

Tim Harford

Adapt

Why Success Always Starts with Failure

Farrar, Straus y Giroux, Nueva York, 2011, 320 págs., US$27 (tela).

Se trata de una lección que hay que repasar constantemente, ya que existe una preferencia manifiesta por el poder centralizado, desde la empresa dominante en cualquier mercado hasta los altos cargos de cualquier empresa. Como ex miembro de la Comisión sobre Competencia del Reino Unido, me habría gustado que el autor explicitara que la importancia de la experimentación y los fracasos pequeños es la razón por la cual la política de competencia es tan necesaria. La experimentación y los fracasos pequeños producen la variación y las estructuras de gobernabilidad que permiten el disenso.

Matizando su entusiasmo por la innovación ilimitada, Harford reconoce que la innovación requiere cada vez más de un grado significativo de financiamiento y organización. Sostiene que Facebook, fundada en una residencia estudiantil de Harvard con poco capital, es una excepción. En la mayoría de los casos, los inventos que terminan patentándose—ya sea un medicamento o un videojuego—requieren un nutrido equipo de investigadores y mucho financiamiento. Por eso la innovación paralela, que muchas veces está destinada al fracaso, es demasiado costosa, sugiere el autor. Quizá tenga razón, pero el libro ilustra esa tesis con industrias sumamente concentradas en las cuales el “costo” de la innovación, ya sea en forma de regulaciones o rentas, es una barrera al ingreso de agentes nuevos. (Otra obra reciente, The Master Switch, de Tim Wu, presenta buenos ejemplos de los frutos perdidos de la innovación paralela “poco rentable” cuando las empresas dominantes marginan a la competencia).

Adapt cambia de enfoque en la última sección, que examina los modelos de red y el contagio en el contexto de las catástrofes (fugas nucleares, explosiones de pozos petroleros) y la banca. Este es otro campo en el cual los economistas están empleando modelos aplicados en las ciencias naturales, y examinando, por ejemplo, la dinámica demográfica o del contagio. Intuitivamente, estos modelos también parecen ideales para explicar algunos fenómenos económicos, como refleja la terminología popular de la “ecología de los negocios”. La crisis financiera es un candidato obvio para este tipo de modelado. El director de estabilidad financiera del Banco de Inglaterra, Andrew Haldane, y el ecologista Sir Robert May, ex consejero científico en jefe del gobierno británico, colaboraron para analizar las fragilidades sistémicas de sistema financiero (véase el número de Nature del 20 de enero de 2001).

El último capítulo es decepcionante. Sin duda alguna fue escrito a instancias de la editorial, porque contiene el tipo de consejo sentimental que supuestamente promueve las ventas. Hubiera preferido que estuviera dedicado a la política pública, porque el libro aborda las implicaciones en el ámbito de las políticas únicamente en el contexto de los experimentos dedicados al desarrollo. Pero esta es una queja minúscula.

Harford tiene un verdadero don para ilustrar estos modelos novedosos (para las ciencias económicas) con ejemplos vívidos y para lograr que lo complejo parezca no solo sencillo, sino también inevitable. Adapt es un libro fantástico.

Diane CoyleAutora de The Economics of Enough: How to Run the Economy as if the Future Matters y directora de la consultoría Enlightenment Economics

Reyes y señores del universo

Jeff Madrick

Age of Greed

The Triumph of Finance and the Decline of America, 1970 to the Present

Alfred A. Knopf, Nueva York, 2011, 496 págs., US$30 (tela).

Jeff Madrick, uno de los escritores de divulgación económica popular más prolíficos y entretenidos de Estados Unidos, vuelca su talento en una serie de retratos de personalidades económicas y financieras de los 40 últimos años: Walter Wriston, Milton Friedman, Richard Nixon, Alan Greenspan, Paul Volcker, George Soros y Angelo Mozilo. El hilo conductor, la degeneración irresponsable de la teoría y la praxis estadounidense en una adoración injustificada de las finanzas y el alejamiento de la idea de que el gobierno federal está de nuestro lado. Pero cada capítulo es un mundo.

El dedicado a Milton Friedman es el que más me interesó, en parte porque soy economista y en parte porque las buenas biografías de Friedman escasean. Del lado positivo, Madrick ofrece una narración apasionante sobre Friedman como innovador en el terreno de las políticas. Es un capítulo que devoré y que me supo a poco.

Por otra parte, tiene muchos puntos en contra. Contiene mucha información (fascinante) sobre el judaísmo fanático de Friedman (a quien tilda de proselitista) en sus primeros años. El lector se queda con la impresión de un ser dogmático y simplista, bastante astuto pero irresponsable. Comparativamente, no habla de cuánto insistía Friedman en el trabajo empírico sólido y en las pruebas y la refutabilidad de las proposiciones económicas; de cómo construyó un departamento académico de primera división en la Universidad de Chicago, ni de cuántas veces cambió de opinión sobre temas económicos, como la política y la teoría monetaria. Friedman era mucho más científico y escéptico de lo que aparece en estas páginas.

Hay también errores y omisiones. Al explicar que Friedman deseaba eliminar los programas sociales, no menciona que proponía reemplazarlos con un ingreso anual garantizado. Es erróneo afirmar que “la inestabilidad de la velocidad es lo que terminó echando por tierra el monetarismo en los años ochenta”, cuando la volatilidad de las tasas de interés era un problema mucho mayor y en economías abiertas, como Suiza, el problema fue el tipo de cambio (la velocidad monetaria se mueve de maneras extrañas, pero lentas). No muchos economistas coincidirían en que Friedman y Schwartz avanzaron poco o que Historia Monetaria tiene escaso fundamento empírico. Contrariamente a lo que piensa Madrick, la inflación—o al menos la inflación constante, como aclaró Friedman—hoy está ampliamente aceptada como un fenómeno siempre monetario. Estos no son descuidos accidentales; contribuyen a una descalificación sistemática del fecundo legado académico de Friedman.

El hilo conductor, la degeneración irresponsable de la teoría y la praxis estadounidense en una adoración injustificada de las finanzas.

El libro no tiene en cuenta que, durante gran parte de este período, el mundo estaba atenazado por una ideología económica estatista que prácticamente esclavizó a países muy grandes, como la Unión Soviética y China, y que en una versión más moderada casi arruinó a otros, como Gran Bretaña y gran parte del mundo en desarrollo. Muchas figuras, especialmente las de las primeras décadas, no se pueden estudiar fuera de su contexto general.

Los ensayos menos interesantes son los referidos a los personajes más conocidos. ¿Hay realmente mucho más que decir sobre Jimmy Carter, Richard Nixon o Alan Greenspan en unas pocas páginas? ¿Es justo apiñar a Ted Turner, Sam Walton y Steve Ross en el mismo capítulo?

El porqué de esta obra es para mí un misterio. Muchos capítulos están totalmente basados en fuentes secundarias y bien conocidas. ¿Por qué no concentrarse en las figuras que el autor entrevistó o sobre las que investigó en archivos? Tampoco parece haber una finalidad polemizadora. No hay suficientes hilos conductores como para servir de guía o introducción a este período, y los ensayos podrían haberse publicado por separado.

Indudablemente, uno puede identificarse cuando Madrick opina que el ascendiente económico y político de las finanzas ha sido indeseable. Pero, para mí, habría sido preferible partir de algunos hechos sencillos. ¿Cuándo ocurrió ese fenómeno? (A comienzos de los años ochenta, si el criterio de medición es el ingreso). ¿Por qué ocurrió, y cuáles fueron las fuerzas globales e impersonales que lo impulsaron? ¿Por qué se entrego la política a las finanzas en lugar temerlas? Con algo de trasfondo, la importancia de cada figura quedaría clara. Se trata de un libro lleno de colorido y con algunas partes interesantes, pero sin razón de ser.

Tyler Cowen

Profesor de Economía, Universidad George Mason

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