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Finanzas y Desarrollo, Marzo 2008
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Críticas de Libros

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
March 2011
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Dar alcance

Michael Spence

The Next Convergence

The Future of Economic Growth in a Multispeed World

Farrar, Straus & Giroux, Nueva York, mayo de 2011, 320 págs., US$27,00 (rústica).

Tal vez nosotros podamos ser testigos de un hecho extraordinario de la historia económica, un hecho que solo ha ocurrido dos veces desde el inicio de la humanidad. Durante miles de años, los niveles de vida no evolucionaron más que temporalmente y tampoco hubo grandes variaciones entre países. El primer cambio brusco del curso de la historia económica tuvo lugar alrededor de 1700. La Revolución Industrial impulsó una mejora notoria y sostenida de los niveles de vida. Primero en Gran Bretaña y luego en otros lugares: esencialmente, países de Europa o de ascendencia europea y Japón; el resto de los países, más de cuatro quintos de la humanidad, quedaron atascados en su pasado agrícola. Hacia 1950, el mundo era un lugar profundamente desigual.

De pronto, a partir de 1950, el curso de la historia cambió otra vez. Algunos países rezagados, sobre todo de Asia, comenzaron a crecer a tasas sin precedentes, alrededor del 7% anual, lo que les permitió reducir la brecha que los separaba de las economías avanzadas.

Más recientemente, los dos países más poblados del planeta, China e India, empezaron a crecer a tasas cercanas al 10%. Si esta tendencia persiste, presenciaremos un tercer cambio histórico: una nueva convergencia de los niveles de vida. Lo que antes era el privilegio de una minoría selecta pasará a ser lo habitual para muchos. De este proceso potencial-mente trascendental trata el extraordinario nuevo libro de Michael Spence, The Next Convergence.

La base aritmética de la convergencia es sencilla, y se la conoce como la regla del 72: Los años que llevará duplicar el nivel de vida de un país pueden calcularse dividiendo 72 entre la tasa media de crecimiento. Así, si un país crece al 10%, su nivel de vida se duplicará en unos 7 años. O sea, si un país comienza con un ingreso per cápita de US$500 y crece anualmente un 10%, los ingresos pueden llegar a US$16.000 en unos 35 años. Pocos años después, los ingresos alcanzarán los niveles de las economías avanzadas, siempre y cuando el país continúe creciendo al mismo ritmo.

De hecho, esta condición es crucial, ya que el crecimiento es un proceso misterioso. Únicamente 13 países lograron crecer a un 7% en promedio durante 25 años. De esos 13 países afortunados, solo la mitad siguió acercándose a los niveles de las economías avanzadas: la equiparación dista mucho de ser inevitable.

El crecimiento es un proceso misterioso [y] la equiparación dista mucho de ser inevitable.

Por ello, en lugar de especular sobre cómo sería el mundo tras la convergencia, Spence se centra en lo práctico: lo que los países deben hacer para converger.

Nadie sabe en realidad cuáles son las claves del éxito; pero los economistas tienen algunas ideas, especialmente Spence, que, además de ser premio Nobel, ha estudiado detenidamente estos temas en su calidad de Presidente de la Comisión para el Crecimiento y Desarrollo, una iniciativa, en parte, del Banco Mundial. Este libro es el fruto de esos años de investigación y estudio.

Según Spence, los países pobres crecen a través de dos principales mecanismos. Primero, adquieren conocimientos de los países ricos; segundo, se especializan en producir bienes demandados por otros países, dados el limitado poder de compra interno y la divergencia entre la demanda local y lo que saben producir bien. Básicamente, el éxito requiere que los países formen a sus poblaciones y se integren a la economía mundial.

Spence señala otro aspecto esencial: demasiados países descubren una fórmula exitosa, como las exportaciones con uso intensivo de mano de obra, y se aferran a ella, tratando sobre todo de evitar que sus monedas se aprecien; pero el crecimiento sostenido exige un cambio estructural, para evolucionar hacia manufacturas y servicios avanzados y aumentar el ingreso.

En el libro se trata una gama de temas afines, como los problemas estructurales de China e India y la incertidumbre sobre los modelos económicos apropiados tras la crisis mundial de 2008. En todos los casos, el autor explica asuntos complejos con un lenguaje sorprendentemente claro y conciso, aunque a veces a costa de la riqueza y variedad de los ejemplos de crecimiento. Pero el lector no hallará una introducción mejor a los debates cruciales sobre la economía mundial en la actualidad.

Josh Felman

Director Adjunto

Departamento de Estudios del FMI

Dinero fácil

Adam Fergusson

When Money Dies

The Nightmare of Deficit Spending, Devaluation, and Hyperinflation in Weimar Germany

PublicAffairs, Nueva York, 2010, 288 págs., US$14,95 (rústica).

When Money Dies no es un nuevo libro sino una reimpresión. Si bien el original se editó en el Reino Unido en 1975, su publicación en Estados Unidos es reciente. En su día el libro pasó relativamente desapercibido, pero se convirtió en una suerte de obra de culto entre los financieros al divulgarse que el inversionista multimillonario Warren Buffett se lo había recomendado a un financiero holandés como ejemplo de lo que podría suceder hoy si los gobiernos europeos intentaran salir de la recesión a fuerza de gasto. Cierto o no, el rumor empujó el precio por un ejemplar de la obra en el mercado de segunda mano hasta US$1.000, por lo que un editor estadounidense decidió publicarlo en rústica.

Ahora, el libro ha cobrado cierta actualidad pues los gobiernos utilizan la “relajación cuantitativa” como herramienta para estimular la economía tras las recientes crisis financieras. El texto narra los graves efectos de la hiperinflación en la Alemania de principios de los años veinte, cuando su banco central, el Reichsbank, financiaba el déficit público con el sencillo método de imprimir más dinero, a pesar de la racha de inflación que siguió a la Primera Guerra Mundial.

El autor, Adam Fergusson, asesor del ex ministro de Hacienda del Reino Unido Geoffrey Howe, narra con eficacia el efecto corrosivo de la inflación al describir las simientes de la hiperinflación que atraparía a Alemania tras la Primera Guerra Mundial.

“La inflación agravó todos los males, arruinó toda posibilidad de recuperación nacional o éxito individual, y finalmente creó las condiciones precisas para que los extremistas de derecha e izquierda pudieran alzar la turba contra el Estado; enfrentar clases, razas, familias, matrimonios e industrias, y enemistar la ciudad con el campo. La inflación socavó la determinación nacional cuando la mera carencia o necesidad la habría apuntalado. En parte por su naturaleza injustamente discriminatoria, hizo aflorar lo peor de cada persona: empresario y trabajador, hacendado y campesino, banquero y tendero, político y empleado público, ama de casa, soldado, comerciante, artesano, minero, prestamista, jubilado, doctor, líder sindical, estudiante, turista, especialmente el turista”.

A pesar de la carga de las indemnizaciones de guerra, ante la oposición de los partidos políticos derechistas del país, cada vez más poderosos, el gobierno de la República de Weimar—establecida en 1919—no se atrevió a subir los impuestos de la industria pesada y de otros fabricantes que se beneficiaron con la guerra. En Alemania solo el 14% del gasto bélico fue financiado con impuestos, mientras que en Gran Bretaña fue el 30%. El resto fue financiado por préstamos, o directamente por el Reichsbank.

Por consiguiente, la República de Weimar heredó una enorme deuda pública y se vio obligada a pagar altas tasas y grandes montos de intereses. A pesar de otras dificultades y obligaciones, el gobierno siguió financiando una parte de sus déficits anuales con la ayuda directa del Reichsbank. La inflación se descontroló totalmente cuando las tropas francesas ocuparon la Cuenca del Ruhr. Se declaró una huelga general y el gobierno alemán respondió accediendo a pagar los salarios de los trabajadores. Con total desconocimiento de las consecuencias, el presidente del Reichsbank decidió financiar este compromiso permitiendo que el banco imprimiera todo el papel moneda “necesario” para empresas e individuos. Tras la guerra, la inflación desembocó pronto en hiperinflación, acompañada de una devaluación masiva de la moneda y subidas astronómicas de precios.

El autor recurre a relatos de primera mano para describir los efectos devastadores de la espiral económica cada vez más profunda y su impacto social. “La Sra. von Pustau explicó que se vendió una casa porque los dos hijos de los dueños murieron en la guerra, los dueños no tenían quién los cuidara, todos sus ahorros se habían devaluado, y se suicidaron. ‘Nuestra época’, agregó, ‘nos volvió cínicos’”.

El libro de Fergusson describe la desesperación e impotencia de grandes franjas de la población y la difícil situación política de Alemania, que provocó las decisiones del Reichsbank; pero el autor no brinda detalles sobre la relación entre la inflación y la devaluación de la moneda. Tampoco proporciona ninguna explicación teórica sobre los traumáticos sucesos que ocurrieron en Alemania; entre ellos, las condiciones bajo las cuales la impresión de dinero propicia una inflación alta, acelerada, o una hiperinflación.

El libro contiene muchas referencias de datos, pero carece de cuadros o cifras que las respalden y los lectores tendrán dificultades para subsanar esta omisión por sí solos. Tampoco se sopesan los pros y los contras de la inflación moderada frente a las alternativas disponibles. Es una crónica impactante, pero de escasa utilidad para ayudarnos a sacar conclusiones sobre nuestra coyuntura.

Jürgen Kromphardt

Profesor de Economía de la

Universidad Técnica de Berlín y ex miembro del Consejo Alemán de Expertos Económicos

Tribulaciones por la falsificación de una vaca

Ben Tarnoff

Moneymakers

The Wicked Lives and Surprising Adventures of Three Notorious Counterfeiters

The Penguin Press, Nueva York, 2011, 370 págs., US$27,95 (tela).

Esta primavera los afortunados poseedores de billeteras bien provistas comenzarán a recibir en los cajeros automáticos o en la oficina de pagos un nuevo tipo de billete de cien dólares. Originalmente esos billetes iban a entrar en circulación en febrero, pero tan complejo es su diseño, tan sofisticado el revoltijo de marcas de agua, bandas metálicas e intaglios de color cambiante, y tan impredecible el comportamiento del papel en el que todo está impreso (las versiones de prueba aparentemente se arrugaban bajo los rodillos de impresión) que ahora pasarán varias semanas más antes de que lleguen a adornar nuestros bolsillos y billeteras.

El gobierno de Estados Unidos pidió disculpas, pero ha dado a entender que todos deberíamos confiar en la demora, ya que si para Washington imprimir esos nuevos billetes es sumamente complicado, seguramente a las legiones de falsificadores su labor les resultará aún más difícil.

Esa es la eterna esperanza de la Fed y otros bancos centrales: que nuestro sistema mundial de dinero, basado en pedazos de papel intrínsicamente sin valor, no colapse totalmente debido a los incansables esfuerzos de una comunidad de falsificadores también de alcance mundial.

Ese riesgo ha sido reconocido desde hace más de 300 años, y quizás antes, ya que fueron los chinos—como era de imaginar—los primeros en usar papel moneda hace bastante más de mil años. Los mozalbetes de occidente hemos empleado notas de cambio—sin valor en sí mimas, pero en última instancia respaldadas por una fe pública demasiado frágil—durante tan solo tres siglos (los suecos comenzaron primero, a fines de la década de 1660). Hasta entonces, los medios que generalmente usábamos tenían un valor intrínsico, y su falsificación era prácticamente imposible y, en verdad, sin sentido. Porque ¿quién querría tratar de falsificar una vaca (el vocablo “pecuniario”, que etimológicamente proviene de la palabra que designaba el ganado en latín, nos remite a un tiempo en que las vacas eran instrumentos negociables en Italia), o copiar un camello o una concha de cauri, o falsificar la piel de un pájaro carpintero o un ladrillo de té, o incluso un lingote de oro, a no ser quizá por la magia de la alquimia? Toda clase de cosas de valor han sido empleadas como medios de intercambio, y aunque la mayoría de ellas han demostrado ser incómodas para comerciar, almacenar o cargar, sí tenían la gran ventaja de ser excepcionalmente difíciles de copiar.

No fue el caso del papel, sin embargo. Todo cambió en las Américas cuando la colonia de la bahía de Massachusetts comenzó a imprimir su propio dinero a fines de la década de 1690, porque, como Ben Tarnoff deja en claro en este entretenidísimo paseo por el anárquico universo monetario de los primeros tiempos de Estados Unidos, a poco de la primera aparición de los billetes impresos, emprendedores con abundante capacidad artística, una buena dosis de astucia y descaro y la disposición a correr un riesgo considerable de sufrir pena de cárcel, exilio o muerte, comenzaron a copiarlos o falsificarlos para hacerse ricos sin esfuerzo.

Hace dos años, mientras trabajaba en la edición “Money” de la admirable revista Lapham’s Quarterly, Tarnoff se topó por primera vez con los tres falsificadores que reseña en su obra: la relativamente desconocida dupla integrada por Owen Sullivan en la Nueva Inglaterra colonial y David Lewis en la Pensilvania de principios del siglo XIX, y el patriota de triste fama Samuel Upham, que falsificaba billetes de la Confederación en su tienda de perfumes del centro de Filadelfia. Tarnoff cuenta con claridad y brío sus historias de imprentas ocultas en el fondo de una cueva, tiroteos en bares oscuros, persecuciones a través de las montañas y los campos de maíz cubiertos de nieve. Hay historias de desfalcos, argucias y audaces proezas por una parte y, por la otra, fascinantes relatos de la creciente autoridad y sagacidad de los agentes bancarios e investigadores del Servicio Secreto que entonces se abocaron, en general con éxito, a dar caza a los truhanes.

Además de explicar muy bien las complejidades filosóficas del significado de valor en el dinero—lo que hace su libro tan instructivo como entretenido—Tarnoff también demuestra ser un consumado maestro de la veta amena y divertida y un brillante creador de atmósferas y de suspenso. Casi se puede vislumbrar el guión, percibir a los hermanos Coen ardiendo de interés, imaginar quiénes (¿Steve Buscemi? ¿Jeff Bridges?) podrían representar mejor el papel de los villanos.

Porque en verdad los tres hombres resultan ser los más simpáticos bribones, émulos queribles de Robin Hood, la clase de personajes con quienes, aun pasados dos siglos, podemos solidarizarnos. Después de todo, simplemente trataban de engañar a los mismos banqueros que nos han venido engañando a todos los demás desde hace mucho tiempo.

Dada nuestra opinión actual sobre el mundo de la banca, la publicación del divertido libro de Tarnoff no podría haber llegado en un mejor momento. Por eso, cuando Washington haya resuelto sus problemas de impresión, quizá valga la pena entregar uno de esos nuevos y elaborados billetes de cien dólares por un ejemplar del libro. Tomen la precaución, no obstante, de examinar con mucho cuidado la calidad del papel moneda que les den de cambio. Carece de valor. También podría resultar—si captan la diferencia—que no valga nada.

Simon Winchester

Autor de varios libros, como Atlantic y, de próxima publicación,

The Alice Behind Wonderland

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