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Finanzas y Desarrollo, Marzo 2008
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América Latina Distribuir la riqueza: La pobreza y la desigualdad han disminuido en América Latina en los últimos años, pero aún queda mucho por hacer

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
March 2011
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Favela da Rocinha en Río de Janeiro, Brasil.

Alicia Bárcena

Los Años posteriores a la crisis que golpeó a los mercados emergentes en 2002 fueron prósperos en América Latina. En las economías se registró un crecimiento vigoroso y hubo una reducción significativa de la pobreza y una ligera mejora de la distribución del ingreso, con un pequeño retroceso durante la Gran Recesión que comenzó en 2008. A pesar de estos avances, la pobreza, la desigualdad y la exclusión social de numerosas personas de bajo ingreso siguen siendo generalizadas en muchos países latinoamericanos, que históricamente han tenido una de las distribuciones del ingreso más sesgadas del mundo.

Las mejoras son fruto no solo del fuerte crecimiento económico de la región, que promedió más de 4% durante este período, sino también de políticas sociales mejores y de un aumento del número de personas que trabajan en la economía formal, a diferencia de la economía informal—o subterránea—, que es menos productiva y ofrece salarios más bajos y menor protección social.

Además, gracias al fortalecimiento de las políticas monetarias, tributarias y de gasto—así como a la enérgica demanda de materias primas clave para las economías de la región—, América Latina en general pudo superar la crisis mundial mejor que las economías avanzadas. Las desaceleraciones mundiales solían desbaratar las economías latinoamericanas e incrementar drásticamente los índices de pobreza. Esta vez, la reducción de la pobreza observada en los años de auge previos a la crisis continuó en 2010.

A pesar de las marcadas diferencias entre un país y otro, las tasas de pobreza de la región en su conjunto disminuyeron significativamente entre 2002 y 2008. En promedio, 44% de los ciudadanos de América Latina no pudieron satisfacer necesidades nutricionales y no nutricionales básicas en 2002; para 2008, esa cifra había bajado a 33% (gráfico 1). Además, la indigencia—el nivel por debajo del cual no es posible satisfacer las necesidades alimentarias—también cayó notablemente, de alrededor de 19% en 2002 a menos de 13% en 2008.

Gráfico 1Disminución de la pobreza

Desde la última crisis de los mercados emergentes en 2002, la pobreza ha disminuido en América Latina y el Caribe, y experimentó apenas un pequeño aumento en 2009, en lo peor de la recesión mundial.

(población pobre, porcentaje)

Citation: 48, 1; 10.5089/9781455215638.022.A007

Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

Nota: Se considera que una persona es pobre si su ingreso diario no basta para comprar una canasta de bienes y servicios básicos. La indigencia ocurre cuando una persona no puede atender sus necesidades nutricionales. Las canastas y los ingresos se calculan individualmente por país.

Al igual que la pobreza, la desigualdad del ingreso también disminuyó en la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños durante los primeros años del siglo. Si se utiliza el coeficiente de Gini para medir la distribución del ingreso, 15 de 18 economías estudiadas en la región—Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela—experimentaron una mejora (gráfico 2). En al menos 11 de ellas, la mejora superó los 5 puntos porcentuales. La participación de segmentos más acaudalados de la población en el ingreso total aumentó únicamente en Costa Rica, Guatemala y la República Dominicana. El coeficiente de Gini va de 0 a 1: en una economía en la cual una persona concentra todo el ingreso es 1; si todos perciben el mismo ingreso es 0.

Gráfico 2Compartir la prosperidad

La distribución del ingreso ha mejorado en la mayoría de los países latinoamericanos desde 2002, cuando ocurrió la última crisis económica de los mercados emergentes.

(índice de distribución del ingreso)

Citation: 48, 1; 10.5089/9781455215638.022.A007

Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

Nota: La distribución del ingreso se mide según el coeficiente de Gini. El coeficiente va de 1 a 0: en una economía en la cual una persona concentra todo el ingreso, es 1; si todos perciben el mismo ingreso, es 0.

Pero la distribución del ingreso en la región continúa estando sumamente sesgada. El ingreso per cápita promedio de los hogares pertenecientes al 10% más acaudalado es alrededor de 17 veces mayor que el del 40% más pobre. Esto representa una ligera mejora respecto de 2002, cuando era 20 veces mayor. Es decir, hay hogares que pueden haber salido de la pobreza, pero no se están beneficiando mucho del crecimiento económico. Este hecho no es sorprendente. Aun cuando es endémica, la pobreza responde a los ciclos económicos mucho más que la distribución del ingreso. La falta de equidad en el ingreso es una condición de larga data que refleja graves problemas de estratificación social y desigualdad de la riqueza que heredan generación tras generación.

La mejora observada en la pobreza y la distribución del ingreso se explica en gran medida gracias al crecimiento y las políticas gubernamentales, y la interacción entre ambos. Muchas economías de la región han realizado esfuerzos significativos por incrementar los recursos dedicados a la ejecución de políticas sociales. En promedio, el gasto social subió de 12,2% del producto interno bruto (PIB) en 1990–91 a 18% del PIB en 2007–08. Como porcentaje del gasto público global, los programas sociales crecieron de 45% a 65%.

Entre las políticas sociales clave, los programas de transferencias condicionales—mediante los cuales los hogares reciben dinero a cambio de un comportamiento socialmente productivo, como mantener escolarizados a los niños—también han ayudado a mejorar la distribución del ingreso y a reducir la pobreza. Asimismo, corresponde mencionar el seguro por desempleo, los subsidios a la contratación y los programas de creación de empleos.

América Latina salió prácticamente ilesa de la primera fase de la crisis mundial, que conmocionó de raíz los mercados financieros de Estados Unidos y Europa. Pero la crisis financiera se propagó a la economía real—que produce bienes y servicios—y el comercio mundial se contrajo brutalmente a fines de 2008 y comienzos de 2009. El producto latinoamericano, medido por el PIB, disminuyó 1,9% en 2009, la peor caída anual en dos décadas. Pero, a diferencia de otras crisis, muchos gobiernos pudieron lanzar tanto iniciativas sociales como políticas monetarias, tributarias y de gasto anticíclicas que mitigaron los efectos socioeconómicos negativos en la ciudadanía.

Se prevé que la recuperación generalizada en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe en 2010—liderada en gran medida por la adopción de políticas anticíclicas, sumada a la mejora de las condiciones económicas mundiales—fortalecerá más la situación social. De acuerdo con las últimas estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la tasa de pobreza de la región aumentó mínimamente (de 33% a 33,1%) en 2009, y habría disminuido 1 punto porcentual, a 32,1%, en 2010. La indigencia, que subió 0,4 puntos porcentuales en 2009, habría retrocedido al 12,9% registrado en 2008.

Además del crecimiento económico y del afianzamiento de las políticas sociales, los cambios ocurridos en los mercados laborales contribuyeron a aliviar la pobreza y la desigualdad del ingreso. En muchos países, el número de empleos en el sector formal aumentó, junto con los salarios por hora, lo cual benefició relativamente más a los hogares de menor ingreso que a los hogares más prósperos.

Pese a lo alentador de estas mejoras, hay limitaciones estructurales que podrían obstaculizar significativamente el avance del bienestar económico general.

  • Aunque en los últimos tiempos algunos trabajadores pasaron del sector informal al formal, sigue prevaleciendo el empleo informal, que es intrínsecamente invisible y rara vez tan productivo como un trabajo formal. Esa brecha de productividad se traduce en disparidades salariales y en desigualdad. Además, como los empleadores informales no suelen contribuir a la seguridad social, sus trabajadores generalmente están más desprotegidos y a menudo carecen de la pensión por ancianidad y el seguro médico adecuados.

  • La distribución desigual de los activos financieros y reales significa que gran parte de la sociedad latinoamericana no está bien preparada para sobrellevar la inestabilidad socioeconómica.

  • El acceso más limitado de la población más pobre a la educación y la atención de la salud dificulta la tarea de igualar la distribución del ingreso.

Todos estos problemas contribuyen a perpetuar las brechas estructurales de productividad de la región, tanto a nivel nacional como en comparación con el resto del mundo (véase “Cara a cara con la productividad”, en esta edición de F&D), y eso se traduce en un empleo mal remunerado y transmite la pobreza y la desigualdad de una generación a otra, en un círculo vicioso difícil de quebrar.

Para hacer frente a estos problemas estructurales, la CEPAL ha propuesto una estrategia de desarrollo exhaustiva destinada a erradicar la pobreza y la desigualdad, una estrategia que reserva a la igualdad un lugar central en el desarrollo. También establece una función vital para el gobierno y apela a asociaciones público-privadas para la formulación de políticas socioeconómicas.

En el enfoque que la CEPAL aplica a la producción hay tres políticas entrelazadas: una política industrial centrada en los sectores más innovadores, una política tecnológica que promueva y divulgue el conocimiento, y políticas de respaldo a la pequeña y mediana empresa.

Las políticas laborales, sociales y educativas constituyen el núcleo del programa de promoción de la igualdad. La política laboral no genera empleo por sí sola, pero puede ayudar a los países a adaptarse a las nuevas condiciones en el mercado mundial con una protección económica del trabajador que sea fiscal y socialmente responsable.

La igualdad social y el crecimiento económico no están necesariamente en conflicto: el verdadero desafío consiste en encontrar maneras en que puedan reforzarse mutuamente.

Alicia Bárcena es Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

Referencias:

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