Journal Issue
Share
Finanzas y Desarrollo, Diciembre de 2010
Article

Críticas de Libros

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
January 2011
Share
  • ShareShare
Show Summary Details

La globalización a dieta

Dani Rodrik

The Globalization Paradox

Democracy and the Future of the World Economy

W.W. Norton & Company, Nueva York y Londres, 2011, 288 págs., US$26,95 (tela)

Dani Rodrik es un viejo crítico del orden internacional actual. La excelente obra que acaba de publicar es la continuación de un libro sobre el impacto—a menudo perturbador—del comercio internacional en los mercados laborales y las políticas sociales nacionales, y extiende esa visión a la globalización financiera. Luego debate la legitimidad democrática del orden internacional actual, y concluye evaluando la reforma de la economía mundial.

El blanco al que apunta no es la globalización propiamente dicha. Rodrik defiende enérgicamente el capitalismo y la globalización porque, debidamente encauzados, pueden generar un desarrollo económico rápido. Su blanco es la “hiperglobalización”; o sea, la eliminación exhaustiva de barreras comerciales y financieras y la imposición de duras restricciones a la libertad de los gobiernos nacionales para intervenir en su propia economía. Tal es el programa propugnado durante décadas por los “fundamentalistas de mercado” en la profesión económica y dentro de ciertas instituciones internacionales.

Las objeciones de Rodrik son dos. Primero, el enfoque fundamentalista se apoya en una versión rudimentaria de la teoría económica que rara vez encuentra aplicación práctica y contradice la experiencia histórica. Durante su fase de arranque, la mayoría de las economías hoy desarrolladas promovieron activamente la industrialización a través de controles de capital, subsidios y restricciones a las importaciones y a la inversión extranjera directa. Lo mismo ocurrió en China e India en los últimos tiempos, e incluso sucede hoy en cierta medida. Esas políticas no garantizan el éxito, pero pocos países pobres han arrancado prescindiendo de ellas.

Otro tema que se plantea es el de la soberanía nacional. Aun si el programa propuesto por los fundamentalistas fuera correcto, no hay justificativo para imponérselo a gobiernos supuestamente soberanos. Todos los países tienen derecho a equivocarse, siempre que no causen daños graves a otros. El sistema internacional necesita reglas, pero que sean flexibles y les concedan a los gobiernos nacionales amplia libertad para experimentar. Así ocurrió con el viejo sistema de Bretton Woods, que en su apogeo logró espectacularmente el objetivo de promover el crecimiento económico y conciliar la autonomía nacional con el orden internacional.

El fundamentalismo de mercado a menudo acompaña la idea de que el Estado-nación está perimido, que lo están socavando las comunicaciones internacionales y las fuerzas de mercado, y que su función quedará reemplazada poco a poco por instituciones supranacionales. La conclusión lógica de ese proceso es un gobierno mundial. Rodrik se declara escéptico ante esa visión, y aún más ante su atractivo:

“Existe simplemente demasiada diversidad en el mundo como para forzar a todas las naciones a cumplir reglas comunes, incluso si esas reglas de algún modo fueran fruto de procesos democráticos. Las normas y las regulaciones mundiales no solo son poco prácticas: también son poco deseables. La restricción que impone la legitimidad democrática significa que la gobernabilidad mundial se traducirá en el mínimo común denominador, un régimen de reglas débiles e ineficaces. Eso da lugar al grave riesgo de una falta general de gobernabilidad, con gobiernos nacionales que hagan abandono de sus responsabilidades y nadie que llene ese vacío”.

Rodrik concluye que la alternativa a un gobierno mundial es el fortalecimiento del Estado-nación, y propone siete principios de reforma mundial que restablecerían gran parte de la autonomía individual en el ámbito de las políticas que los países perdieron tras el colapso de Bretton Woods.

Estos principios son interesantes, aunque plantean algunas cuestiones espinosas en torno a la implementación. Por ejemplo, el séptimo afirma que “los países no democráticos no pueden contar con los mismos derechos y privilegios que las democracias en el orden económico internacional”. China no está tradicionalmente clasificada como una democracia, ya que es un Estado con un solo partido y sin elecciones libres. Aun así, ha logrado milagros en cuanto al crecimiento y la reducción de la pobreza. Castigar a China porque no es una democracia podría poner en peligro ese logro. También sería buscar problemas. China pronto tendrá la economía más grande del mundo y no vería con buenos ojos ese tipo de interferencia.

Esto da lugar a un interrogante más general. ¿A quién se aplicarán las reformas de Rodrik? El sistema de Bretton Woods y el sistema de libre mercado que lo reemplazó fueron moldeados por Estados Unidos y sus aliados más ricos de acuerdo con las prioridades del momento. Ahora que se vislumbran Brasil, China, India y otros gigantes económicos en el horizonte, el equilibrio mundial de poderes está cambiando. Sin el respaldo de estas futuras superpotencias, ninguna propuesta de reforma podrá prosperar. Será interesante ver cómo reciben estos países las ideas de Rodrik.

Robert Rowthorn

Profesor Emérito, Universidad de Cambridge

La fuerza de la reserva

Barry Eichengreen

Exorbitant Privilege

The Decline of the Dollar and the Future of the International Monetary System

Oxford University Press, Nueva York, 2011, 224 págs., US$27,95 (tela).

El nuevo libro de Barry Eichengreen no podría haber salido más a tiempo: el 15 de septiembre de 2010—en el segundo aniversario del colapso de Lehman Brothers—la intervención del Banco de Japón para devaluar el yen desencadenó una ola de reacciones en Corea y Brasil y endureció el enfrentamiento entre China y Estados Unidos por el valor del renminbi. Estalló una nueva guerra de divisas, y muchos temen que las medidas de devaluación, al estilo de los años treinta, conducirán al proteccionismo comercial, el nacionalismo económico y el recrudecimiento de la tensión internacional.

Eichengreen comienza con un interrogante más antiguo: no tanto la manipulación de monedas débiles para obtener ventajas comerciales, sino las ventajas de la fuerza. ¿Qué beneficio le reporta a Estados Unidos el papel del dólar como principal moneda de reserva internacional? ¿Cuál es el “privilegio exorbitante” contra el que arremeten los políticos franceses desde los años sesenta? ¿Puede haber una sola gran moneda de reserva?

Las respuestas de Eichengreen son elegantes y sucintas. Convence su argumento de que no es tener una moneda de reserva lo que crea un gran poder, sino que la preeminencia como gran poder es lo que crea un refugio seguro. Los inversionistas privados u oficiales aceptan una rentabilidad más baja de Estados Unidos sencillamente porque es un país seguro, con un Estado de derecho claro y protegido. A medida que su preeminencia como gran poder se desvanece y los efectos de convergencia de la difusión técnica erosionan su superioridad económica, es probable que un sistema cambiario multipolar desplace a la hegemonía del dólar.

Eichengreen explica cómo una iniciativa concreta llevó al rápido ascenso del dólar como gran moneda mundial. Uno de los propósitos de las reformas monetarias que siguieron a la crisis financiera de 1907 fue permitir a los comerciantes estadounidenses utilizar aceptaciones en dólares en lugar de letras en libras esterlinas vía Londres para financiar el comercio internacional. Se creó el Sistema de la Reserva Federal para respaldar el nuevo centro financiero. Para la década de 1920, el dólar era una importante moneda de reserva, e inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial quedó claro que el sistema de múltiples divisas podía funcionar. Eichengreen también relata el surgimiento de un nuevo rival, el euro.

Las nuevas monedas mundiales—primero el dólar, luego el euro—pueden alcanzar esa categoría con rapidez, como ocurrió con el marco alemán a fines de los años sesenta y en los setenta. Para Eichengreen, el renminbi podría convertirse en una moneda de reserva importante, pero en su opinión el gobierno chino no está preparado aún para la liberalización financiera. Considera que China está más cerca del Japón de fines de los años sesenta (opuesto a las medidas que conducirían a la liberalización del yen) que a la República Federal de Alemania.

¿Podría haber otro medio de cambio internacional, además de las monedas actuales? Eichengreen examina y descarta la probabilidad de volver al patrón oro o de usar otra materia prima como patrón. Una idea más interesante que actualmente está de moda es la de incrementar el uso de los derechos especiales de giro (DEG), un activo de reserva internacional creado por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Establecido en 1969 para complementar las reservas oficiales de los países miembros, su valor se basa en una cesta de cuatro monedas internacionales clave, y se lo puede cambiar por monedas de libre uso. Pero Eichengreen no cree que sea factible utilizar el DEG como medio de cambio internacional común. A su parecer, el argumento a favor de una moneda mundial es “persuasivo en un plano abstracto”, pero imposible en la práctica. “Mientras no haya un gobierno mundial ante el que deba rendir cuentas, no habrá un banco central mundial.”

La sección sobre la moneda mundial parece contradecir la explicación del surgimiento del euro, que después de todo es emitido por un banco central que no está controlado por ningún gobierno ni debe rendirle cuentas, y que nació de una campaña sostenida de cooperación monetaria ante la inquietud generada por la situación internacional. Los episodios de debilidad del dólar impulsaron la creación del euro: las tensiones y luego el colapso del sistema de paridad a comienzos de los años setenta y la mala gestión cambiaria de Estados Unidos a fines de la década de 1970 y comienzos de la de 1990. La cooperación europea tropezó con los mismos problemas que, según Eichengreen, enfrenta una moneda mundial basada en una cesta. Durante los años ochenta, los europeos intentaron promover el uso privado de la unidad monetaria europea (o ECU, una especie de precursor del euro). Se emitían bonos y se otorgaba crédito en ECU, pero el mercado de esa moneda sintética careció de suficiente profundidad como para sobrevivir a las tremendas crisis cambiarias de comienzos de los años noventa.

La última sección examina la posibilidad de que el dólar se desmorone rápidamente. La causa probable sería el descontrol del déficit fiscal estadounidense, según Eichengreen, que sostiene que los países de la zona del euro ya se encuentran rumbo a la consolidación fiscal como consecuencia de la crisis de 2010, pero que en Estados Unidos escasea el respaldo político a favor de reformas parecidas.

Harold James

Profesor de Historia y Asuntos Internacionales, Universidad de Princeton

El dragón incomprendido

Deborah Brautigam

The Dragon’s Gift

The Real Story of China in Africa

Oxford University Press, Oxford, Nueva York, 2009, 397 págs., US$23,96 (tela)

La ayuda, el comercio y las inversiones de China en África están resonando en los debates sobre las economías africanas, no tanto por su volumen sino por la velocidad con la que crecen. Los gobiernos africanos, la sociedad civil, los donantes y los organismos internacionales han reaccionado con una mezcla de entusiasmo, sospechas y preocupación ante los beneficios y costos de la presencia económica de China.

Deborah Brautigam no es la primera en abordar este tema, pero su libro se destaca porque trata de presentar la experiencia de China en África desde el punto de vista chino, utilizando para ello fuentes oficiales y extraoficiales. Las cualificaciones de Brautigam son impecables: sabe chino y ha trabajado más de 20 años en China y África, sobre todo en el ámbito de las relaciones económicas entre ambas.

El aporte de The Dragon’s Gift’s es su amplia colección de entrevistas con funcionarios chinos en África, gerentes de fábrica chinos y otros personajes y analistas chinos, africanos y de otros países. Las entrevistas muestran vívidamente cómo China piensa que su experiencia podría beneficiar a África. Brautigam asimismo capta la manera en que las dos partes perciben las vicisitudes de los proyectos de ayuda e inversión de China en África. Los temas van desde las tensiones culturales entre los jefes chinos y los obreros africanos con respecto a horarios y sueldos, a las frustraciones africanas por el alto número de gerentes y obreros que llegan de China para trabajar en sus proyectos en comparación con los proyectos de países occidentales (si bien el costo del personal expatriado de China es mucho más bajo), hasta recriminaciones mutuas sobre quién es el culpable de las fallas en la transferencia de conocimientos técnicos y de gestión.

Brautigam sostiene, en forma insistente y convincente, que la presencia económica de China en África a menudo es incomprendida. En concreto, señala que suele confundirse la inversión empresarial china a través de entidades estatales con la ayuda externa a África, y que la política china se centra explícitamente en oportunidades de beneficio mutuo mediante cooperación sur-sur. También cita noticias y discursos que suelen malinterpretarse (debido a errores en la traducción de cifras o confusión entre cantidades expresadas en dólares y renminbi).

El libro declara que los informes sobre los flujos de ayuda, comercio e inversión de China en África suelen ser exagerados, y a veces hasta alarmistas. Explica que el comercio entre las dos regiones ha crecido rápidamente, pero a partir de un nivel inicial bajo. Brautigam trata de abordar muchos otros temas candentes que caracterizan la relación económica entre China y África, como la corrupción (con la revelación algo novedosa de que las transferencias directas de ayuda del gobierno a entidades chinas que realizan proyectos en África por lo general nunca salen de China, lo cual deja a los funcionarios africanos sin muchos fondos que desviar).

Sin embargo, las virtudes del libro están estrechamente ligadas a su principal deficiencia. Al centrar su atención en la ayuda china y las actividades de empresas estatales, el libro resulta, inevitablemente, muy anecdótico. Esto contrasta con el estudio de 2007 realizado por Harry G. Broadman, del Banco Mundial, en Africa’s Silk Road.

Brautigam recurre a métodos anecdóticos para estimar los flujos de ayuda de China a África en 2007. Sus estimaciones incluyen 1) una cifra de 2001 sobre los préstamos concesionarios del banco de exportaciones e importaciones (Eximbank) de China, 2) el uso de la tasa de crecimiento anual de la ayuda externa concesionaria de un informe de 2005 para extrapolar la cifra de 2007 usando datos de 2001, y 3) un informe de finales de 2003 sobre conversaciones entre un funcionario chino y embajadores africanos en el que se menciona el porcentaje de ayuda a África en los cuatro años anteriores. Para obtener datos similares sobre cualquier otro donante importante bastaría con buscar las cifras publicadas, pero Brautigam insiste en que para el gobierno chino el volumen de la ayuda externa, los contratos y la mayoría de otros datos de interés son secretos de Estado.

Aun así, las críticas de Brautigam contra la transparencia del gobierno chino son sorprendentemente escasas y en su mayoría de carácter implícito. Recurre al viejo dicho de que “el plural de ‘anécdota’ no es ‘datos’”, pero remata diciendo que habrá que conformarse con las anécdotas mientras no se disponga de mejor información. No obstante, a la larga, el uso de notas de prensa y entrevistas resulta frustrante.

Thomas Dorsey

Asesor

Departamento de Estrategia, Políticas y Evaluación del FMI

Other Resources Citing This Publication