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Finanzas y Desarrollo, Diciembre de 2010
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El rostro de la crisis, un año después

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
January 2011
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Yoshinori Sato depende de la asistencia social en Yokohama, Japón.

Elaño pasado F&D contó la historia de seis personas, de distintos países, golpeadas de diferente forma por la crisis financiera mundial. Ahora que la recesión está quedando atrás, volvemos a visitarlas.

La crisis ha trastornado algunas vidas. En Japón, Yoshinori Sato, ex obrero de una fábrica de automóviles, sobrevive gracias a la asistencia social, mientras que, en España, el sector inmobiliario donde Santiago Baena había hecho fortuna como agente está sumido en juicios hipotecarios por miles de millones de euros. Pero hasta una crisis financiera pasa a segundo plano cuando hay problemas más inmediatos, como las catástrofes naturales y epidemias que han azotado a Haití.

Sin embargo, la adversidad también creó oportunidades. En Argentina la economía se ha reactivado, y Gustavo Ramírez, que había conseguido empleo como estibador, ahora es funcionario sindical. En Côte d’Ivoire, el cacaotero Ignace Koffi Kassi, en plena campaña electoral, no tuvo tiempo para una entrevista. Y en Nueva York, Shital Patel encontró trabajo, como analista del mercado laboral.

Estas son sus historias.

Japón

De mal en peor

Hace poco más de un año, Yoshinori Sato no imaginaba que su situación podría empeorar, pero así fue. En septiembre de 2009, Sato, de 51 años, acababa de perder su empleo como obrero temporario en Isuzu Motors Co., en Yokohama. Había tenido que desalojar el departamento de propiedad de la empresa y vivía de la asistencia social y lejos de su familia en Hokkaido.

Desde entonces las cosas han empeorado para Sato, quien admite que “ha sido duro”. Su salud se ha quebrantado y no ha visto a su familia desde diciembre, y sus abogados no creen que prospere la demanda que presentó a la empresa para recuperar su puesto. Tras los gastos de alquiler, servicios y transporte, a Sato le quedan unos ¥30.000 (US$367) para comida y otros gastos. Se divorció para que su esposa también pudiera cobrar asistencia, y las posibilidades de volver a unir a su familia no son buenas. Sato habla con tranquilidad, pero no cabe duda de que está frustrado por su situación.

“Queremos estar juntos, pero este juicio va a tomar mucho tiempo, seguramente más de 10 años”, explica.

Los trabajadores temporarios han criticado desde hace mucho a la industria automotora. Se estima que llegó a haber hasta 3,8 millones de obreros temporarios, y el gobierno aducía que ese régimen beneficiaba no solo a los empleadores sino también a los empleados, al mejorar su movilidad laboral. Pero pronto quedó claro que la ventaja la tenían las empresas, que podían efectuar despidos con más facilidad.

La crisis económica, desencadenada por el colapso de Lehman Brothers en septiembre de 2008, agravó la situación de los trabajadores temporarios del sector automotor japonés, que ha sufrido una fuerte contracción de la demanda. Sato dice que los trabajadores se llevaron la peor parte.

“Las grandes empresas tenían muchos ahorros y recursos, y les fue bastante fácil sobrevivir, pero las más pequeñas y los subcontratistas estaban en una situación mucho más difícil”, indica, y añade que ahora hasta los trabajadores permanentes están en apuros.

“Algunos han tenido que adelantar su jubilación, a otros les han rebajado el sueldo, y otros incluso han sido despedidos”, cuenta. “Las grandes empresas aún tienen ganancias, pero están reduciendo el sueldo de los obreros, y están dándose cuenta de que no pueden ganar tanto produciendo aquí, y por eso están montando fábricas en el extranjero”.

“He buscado trabajos de media jornada, pero si consiguiera uno a tiempo completo tal vez no sería bueno para la demanda jurídica”, explica Sato, que prefiere trabajar como voluntario en el sindicato al que pertenece, hablando en las reuniones y aconsejando a otros desempleados.

De los 12 empleados que demandaron a Isuzu, algunos han encontrado nuevos trabajos o están capacitándose para nuevos cargos, pero aún buscan indemnizaciones. Otros, como Sato, dependen de la asistencia social. Pero Sato es el único que reclama la reinserción en su puesto.

Sato dice que no abandonará su juicio contra Isuzu y el gobierno, y eso significa que probablemente tendrá que renunciar a su matrimonio.

“Le he dicho a mi esposa que comprenderé si quiere rehacer su vida, si encuentra una buena pareja y quiere volver a casarse”, dice. “Me alegraré por ella”.

Julian Ryall, periodista independiente basado en Tokio.

Argentina

Una nueva vocación

Gustavo Ramírez hoy no parece el estibador que veía su situación deteriorarse durante los peores momentos del colapso del comercio mundial en 2009. El año pasado, a Ramírez y a la mayoría de sus compañeros del Puerto de Buenos Aires les redujeron las horas de trabajo cuando la Gran Recesión llegó a los muelles de la capital argentina.

Pese a ganar menos y poder ofrecer menos comodidades a su esposa y cuatro hijas, Ramírez afrontó el cambio con filosofía. El año pasado contó a F&D que estaba aprovechando su tiempo libre para trabajar como voluntario en el sindicato del puerto, algo que le resultaba muy gratificante.

Hoy, el comercio mundial ha repuntado con fuerza y la actividad ha vuelto a los puertos argentinos, y la mayoría de los compañeros de Ramírez están trabajando muchas más horas y cobrando mucho más.

Las cosas también han mejorado para Ramírez, aunque él ya no trabaja en el puerto: ahora es un funcionario sindical.

Después de trabajar tres años en el puerto, su experiencia como voluntario lo empujó a postularse como candidato para un cargo a tiempo completo en el sindicato. Ramírez ganó la elección y ahora es secretario de prensa del Sindicato Único Portuario Argentino.

Dice que ha encontrado su vocación. “Siempre me gustó la política. He estado buscando oportunidades para dedicarme al activismo”. Esa oportunidad surgió cuando empezó a trabajar en el puerto.

Al igual que la mayoría de los países de mercados emergentes, Argentina resistió la crisis mundial mejor que las economías avanzadas, y ahora se observan indicios de recuperación. Las exportaciones crecieron 18% en el primer semestre de 2010, por ejemplo.

Ramírez, de 38 años, dice que no hay mucha diferencia entre lo que gana en su nuevo empleo y lo que ganaba cuando empezó a trabajar en el puerto, pero que sí está ganando más que el año pasado, cuando su horario se redujo de 24 días a 14 o 15 días al mes. Con seguridad, muchos de sus ex colegas están ganando más que él. El fuerte aumento del sueldo neto es el resultado de la recuperación que empezó a finales de 2009.

Gustavo Ramírez es ahora funcionario sindical en Buenos Aires, Argentina.

“Las horas de trabajo en el puerto aumentaron el año pasado. Hoy en día, el sueldo neto [mensual] de un contratista es 6.000 pesos [unos US$1.500], mientras que el año pasado era la mitad”. La razón principal es el mayor número de horas trabajadas, y no el alza salarial del 30% que el sindicato consiguió el año pasado, explicó.

Aunque Ramírez no se benefició del aumento que recibieron sus ex compañeros, su situación ha mejorado con respecto a la del año pasado. Su familia ha podido alquilar un departamento más amplio y ahora pueden salir al cine o a comer “de vez en cuando”, comentó.

Pero el dinero no es la motivación fundamental de Ramírez. “Yo era totalmente escéptico, pero de repente me di cuenta de que podía elegir: o me levanto y voy a combatir la realidad de una manera positiva y encuentro mi lugar en el mundo o me refugio en casa y dejo que el mundo se venga abajo. Cuando decidí salir lo hice con una perspectiva diferente. Cuando uno es joven uno cree en la utopía de la revolución, pero al madurar uno empieza a entender el proceso por el que atraviesa el país. Este año recobré la esperanza”, declaró.

Florencia Carbone, periodista en La Nación en Buenos Aires.

Haití

Sin tregua

Claude Bruno enviaba remesas desde Nueva Jersey, Estados Unidos, a su prima, Francette Picard, en Haití.

Se Dice que Haití es uno de los lugares más desafortunados del planeta, y lo acaecido este año en el pequeño país caribeño parece confirmarlo. Poco después de la crisis financiera mundial que amenazó las remesas que tanto necesitan los haitianos, un devastador terremoto sacudió al país más pobre de América apenas comenzado el año.

Francette Picard, madre soltera de dos hijas, entrevistada por F&D el año pasado, fue una de las miles de víctimas de la vorágine de secuelas del desastre. Ahora Haití enfrenta otra calamidad: una epidemia de cólera. F&D no pudo ubicar a Picard ni a sus hijas.

Aun antes del sismo, y al igual que miles de sus compatriotas, Picard, de 58 años, luchaba para ganarse la vida, a veces ayudada por remesas de US$30 a US$60 que le enviaba desde Nueva Jersey su primo Claude Bruno, quien con más de 60 años trabaja como lavaplatos en un centro de rehabilitación.

Bruno sabe que su prima sobrevivió el terremoto, y la última vez que hablaron fue hace cinco meses. Ya sea por razones financieras o por el terremoto, Picard abandonó su casa, y lo último que supo Bruno es que estaba viviendo en uno de los campamentos levantados para albergar a los damnificados.

La reubicación de 1,5 millones de personas que quedaron sin hogar después del terremoto es el problema humanitario más grave, según Jacques Bouhga-Hagbe, Representante Residente del FMI en Haití. “La respuesta inicial de emergencia [tras el terremoto] fue buena, pero la transición a la etapa de reconstrucción ha sido lenta”, dijo.

Para sorpresa de muchos—y a diferencia de otras partes del mundo—las remesas de los emigrantes haitianos se mantuvieron en un buen nivel tras la crisis financiera mundial y demostraron una gran “capacidad de recuperación”, señala la economista del FMI Aurelie Martin.

Los expatriados haitianos—en su mayoría en Estados Unidos—envían el 22% del producto interno bruto (PIB) del país, o unos US$1.500 millones al año, según datos del FMI. “Antes del terremoto, las remesas eran la mayor fuente de divisas del país”, explica Martin, pero después del terremoto fueron desplazadas por la ayuda.

Las remesas se dispararon después del terremoto y luego se nivelaron. Según el FMI, habían aumentado un 7% en septiembre de 2010 con respecto al año anterior.

Y ahora el dinero es más necesario que nunca.

Tras el terremoto—que causó daños equivalentes al 120% del PIB de Haití—la respuesta mundial en fondos y ayuda humanitaria fue abrumadora. El FMI, por ejemplo, proporcionó US$114 millones en financiamiento de emergencia y condonó US$268 millones en préstamos de reconstrucción pendientes de pago.

Pero aun con esa ayuda, el país lucha contra la magnitud de la catástrofe, y las necesidades de alimentos, vivienda, agua potable y sanidad de 8 millones de personas están poniendo a prueba los escasos recursos del país. Incluso antes del desastre, un 80% de la población vivía con menos de US$2 diarios, según las Naciones Unidas.

La falta de agua potable y de servicios de sanidad adecuados contribuyó al brote de cólera. Al cierre de esta edición, las autoridades haitianas luchaban por contener la epidemia, que ya había cobrado más de 1.000 vidas y había provocado ataques de violencia contra el cuerpo de paz de las Naciones Unidas, a quien los haitianos culpan de la enfermedad.

Mientras tanto, Claude Bruno ve las noticias de su país a miles de kilómetros de distancia. Sigue trabajando en el hogar de ancianos en Nueva Jersey, ahorrando dinero para enviar a sus parientes y esperando que Haití logre dejar atrás todas estas desgracias, que para Bruno han tenido un costo personal muy alto: en el terremoto de enero perdió a cinco familiares, entre ellos uno de sus hijos.

Niccole Braynen-Kimani, Ayudante de Redacción, y Hyun-Sung Khang, Redactora Principal, de Finanzas & Desarrollo.

Estados Unidos

Las vueltas de la vida

Hasta hace poco Shital Patel era parte de las estadísticas de desempleo de la ciudad de Nueva York; ahora las estudia.

Patel es economista del Departamento del Trabajo del Estado de Nueva York, donde integra una unidad que analiza los altibajos del mercado laboral de la metrópoli. Estuvo más de un año desempleada después de que el banco de inversión Morgan Stanley la despidiera en mayo de 2008.

Por eso, cuando en la oficina de Manhattan explica a personas preocupadas que buscan empleo las perspectivas laborales y económicas de la ciudad, Patel sabe de lo que está hablando.

“Lo he vivido, y por eso les digo que sé lo que les está pasando y que todo va a salir bien; solo hay que mantener el optimismo, porque empleo, lo hay”, dijo Patel.

Qué diferencia en apenas un año.

Patel tuvo uno de esos golpes de (algo) de suerte como de película de Hollywood: fue “descubierta” por su nuevo empleador cuando fue a la misma oficina en donde ahora trabaja para solicitar sus prestaciones de desempleo.

Parte del trámite consistía en entregar su currículum y asistir a una presentación del personal del Departamento, la misma que ahora Patel da a los nuevos desempleados de la ciudad.

La base de datos del Departamento arrojó el nombre de Patel como resultado de una búsqueda de candidatos con conocimientos de economía y finanzas, cuenta Jim Brown, un analista del mercado laboral y ahora el nuevo jefe de Patel.

Patel se presentó a la vacante y fue seleccionada de entre muchos candidatos.

“Nos dirigimos a personas muy variadas, y por eso necesitábamos a alguien con aptitudes analíticas y de comunicación que pudiera presentar los datos de manera menos técnica”, señaló Brown.

Una de las responsabilidades de Patel es hablar con el personal en empresas que tienen previsto efectuar despidos y darles una idea de las perspectivas de empleo en su sector en el estado de Nueva York.

Shital Patel encontró un nuevo trabajo como economista en Nueva York, Estados Unidos.

Según el Departamento, la tasa de desempleo de la ciudad de Nueva York en septiembre de este año fue de 9,3%, apenas por debajo de la tasa nacional de 9,6%. La tasa varía en los cinco municipios de la ciudad, y la más alta es la del Bronx, de 12,5%.

El costo humano de la crisis económica mundial es enorme, y en todo el mundo hay unos 210 millones de personas desempleadas, según las últimas estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo.

Patel, de 33 años, reflexiona sobre el camino que ha recorrido en los últimos dos años, desde el golpe y el dolor que sintió cuando perdió su trabajo hasta el significado que ha descubierto en ayudar a los que están atravesando una experiencia similar a la suya.

Su oficina en Tribeca está a 15 minutos a pie desde su departamento en Greenwich Village, y cuando llega al trabajo Patel se siente apreciada por sus colegas y por la gente a la que ayuda. Y lo mejor es que ahora Patel tiene algo que nunca tuvo en Wall Street: estabilidad en el empleo.

“Me siento mucho más relajada y saludable; salgo del trabajo a las seis de la tarde y ya no estoy atada al BlackBerry”, comentó Patel.

Una desventaja que no niega es la financiera: Patel gana mucho menos de lo que ganaba cuando trabajaba para un banco de inversión.

Y también está la presión de algunos de sus amigos, que esperan que la ambiciosa y talentosa Patel retorne al mundo de la banca. Ella les explica que le gusta su nueva vida, y que se siente afortunada de haber vuelto a trabajar.

“Mi madre siempre dijo que yo tenía suerte, y tiene razón”, dijo Patel.

Jacqueline Deslauriers, Asistente Editorial de Finanzas & Desarrollo.

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