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Finance & Development, April 2010
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Deportes: ¿Merece la pena?: Ser elegido sede de los juegos olímpicos y otros megaeventos deportivos es un honor al que aspiran muchos países, pero ¿por qué?

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
April 2010
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China celebra el primer aniversario de los Juegos Olímpicos de Beijing.

Andrew Zimbalist

En octubre del año pasado, cuando Río de Janeiro obtuvo la sede de los Juegos Olímpicos de Verano de 2016, miles de brasileños bailaron de júbilo en las playas de Copacabana y la noticia se destacó en los principales diarios del mundo. Se calcula que Chicago invirtió cerca de US$100 millones en la puja para obtener la nominación como sede. ¿Por qué los países se esfuerzan tanto en ser sedes olímpicas o de megaeventos deportivos similares?

Un gran evento deportivo podría generar beneficios económicos directos e indirectos. Los directos incluyen la construcción de infraestructura y bienes de capital para el evento, beneficios a largo plazo, como la reducción en los costos de transporte gracias a la mejora de las redes viales o ferroviarias, y el gasto de los turistas que viajan a presenciar los juegos. Los beneficios indirectos podrían incluir la publicidad que destaca a la ciudad o al país como potencial destino turístico o de negocios, aumento del orgullo cívico, la cohesión de la comunidad y la posición de la ciudad o el país a los ojos del mundo. Pero también podrían producirse efectos negativos, por posibles sobrecostos, mal uso de terrenos, planificación inadecuada y subutilización de las instalaciones.

Los juegos olímpicos son muy parecidos a otros grandes eventos deportivos, como la Copa Mundial, el Super Bowl o la Serie Mundial, pero cuentan con muchos más participantes, funcionarios y aficionados; requieren la construcción de más bienes de infraestructura; generan muchos más visitantes del exterior, y generalmente tienen un perfil mucho más alto.

Beneficios potenciales

De los beneficios económicos directos generados por megaeven-tos deportivos, el gasto en turismo es quizás el más pregonado. En los seis últimos juegos de verano se vendieron en promedio 5,1 millones de boletos, y en los cinco últimos juegos de invierno un promedio de 1,3 millones de boletos. Aunque muchos de los boletos se venden a los residentes locales (especialmente en el caso de los juegos de verano, que comúnmente se realizan en grandes áreas metropolitanas), un evento deportivo de esta magnitud y alcance tiene el potencial de atraer a un considerable número de visitantes del exterior. Además, puesto que los juegos duran más de dos semanas, los visitantes pueden pasar mucho tiempo en la ciudad sede, generando un gasto sustancial en alojamiento, alimentación y bebidas. Sin embargo, el mayor número de visitantes atraídos por los juegos puede ser contrarrestado, en parte, por la disminución de visitantes por otros motivos (turismo o negocios), que huyen de los altos precios y las congestiones que causan los juegos. Además, si bien las tasas de ocupación y los precios de alojamiento aumentan durante el período de competiciones olímpicas, los hoteles suelen transferir las utilidades adicionales a su casa matriz en el exterior.

Albergar un megaevento como los juegos olímpicos a menudo requiere una gran infraestructura para transportar a participantes, funcionarios y aficionados. En el pasado, la mayor parte de la infraestructura construida era infraestructura vial. Pero las ciudades y regiones anfitrionas también han gastado sumas considerables en la construcción de aeropuertos, y en la renovación y construcción de sistemas de transporte público (Essex y Chalkley, 2004). El tren bala construido para los Juegos de Nagano redujo enormemente el tiempo de viaje entre esa ciudad y Tokio.

Sedes de los juegos olímpicos
AñoJuegos de veranoJuegos de invierno
1976Montreal, CanadáInnsbruck, Austria
1980Moscú, Unión SoviéticaLake Placid, Estados Unidos
1984Los Ángeles, Estados UnidosSarajevo, Yugoslavia
1988Seúl, Corea del SurCalgary, Canadá
1992Barcelona, EspañaAlbertville, Francia
1996Atlanta, Estados UnidosLillehammer, Noruega
1998Nagano, Japón
2000Sídney, Australia
2002Salt Lake City, Estados Unidos
2004Atenas, Grecia
2006Turín, Italia
2008Beijing, China
2010Vancouver, Canadá
2012Londres, Reino Unido
2014Sochi, Rusia
2016Río de Janeiro, Brasil

En ciudades menos desarrolladas, la modernización de las telecomunicaciones también supone una inversión considerable. Estas infraestructuras generan una gran actividad económica en la ciudad sede. Se debe contratar a muchos trabajadores y adquirir y transportar enormes cantidades de materiales de construcción.

Después del período de construcción, la infraestructura generada por los eventos deportivos puede seguir proporcionando al área o región metropolitana una corriente continua de beneficios económicos. Las instalaciones construidas pueden ser utilizadas durante años o décadas; pero son más importantes las mejoras en la infraestructura de transporte, que pueden dar un gran impulso a la economía local y regional si las empresas locales pueden hacer uso de ellas.

Los beneficios económicos indirectos generados por los megaeventos deportivos podrían ser más importantes que los directos, pero son más difíciles de cuantificar. Un posible beneficio indirecto es el publicitario. Muchas áreas metropolitanas han considerado las olimpíadas como una forma de elevar su perfil ante el mundo. En este sentido, la gran cobertura mediática antes de los juegos olímpicos u otros grandes eventos y durante la competición es una forma de publicidad, que podría atraer a turistas que de otro modo no habrían pensado en ir a esa ciudad o región y que podrían generar beneficios económicos amplios, significativos y duraderos.

La realidad, sin embargo, a veces dista de la teoría. Por ejemplo, uno de los objetivos de los Juegos Olímpicos de Sídney era impulsar el turismo una vez terminadas las competiciones, pero Graham Matthews, ex pronosticador del Tesoro Federal de Australia, dice: “Si bien el haber sido sede olímpica nos llenó de orgullo y optimismo, en términos contantes y sonantes realmente es difícil determinar si esa breve burbuja publicitaria produjo un efecto favorable y duradero sobre el turismo” (Burton, 2003).

Ritchie y Smith (1991) realizaron un estudio sobre la memoria del público respecto anteriores sedes olímpicas en Europa y Norteamérica. De miles de entrevistas telefónicas realizadas entre 1986 y 1989, menos de 10% de los entrevistados de Norteamérica y menos del 30% de los europeos podían recordar que Innsbruck, Austria, había sido la sede de los Juegos de Invierno de 1976. Solo el 28% de los norteamericanos y el 24% de los europeos entrevistados recordaban que los Juegos de Invierno de 1980 se habían celebrado en Lake Placid, Nueva York. Otros estudios indican que para 1991 prácticamente se había olvidado que Calgary fue la sede de los Juegos de Invierno de 1988 (Matheson, 2008); y si los juegos vienen acompañados de mal tiempo, escándalos políticos o actos terroristas, en realidad pueden perjudicar la reputación de la sede.

Otros megaeventos deportivos, como el Super Bowl o la Copa Mundial, registran una dinámica económica similar, pero los gastos de construcción son considerablemente inferiores. En estudios econométricos multivariados del impacto de la Copa Mundial se ha observado que esta competición internacional cuatrienal no produce muchos beneficios económicos para la sede.

No obstante, el hecho de albergar los juegos olímpicos o la Copa Mundial puede generar considerables beneficios intangibles para la ciudad o región, y probablemente hará que sus residentes se sientan más orgullosos y unidos. Durante un período corto pero intenso, la atención del mundo se centrará en sus hogares. La planificación y el trabajo requerido para el evento exigen mucho tiempo y esfuerzo —en gran parte de voluntarios—y generan a nivel local y nacional una gran sensación de logro. Estos factores son importantes y valiosos, aunque a los investigadores les resulte difícil fijarles precio.

Inconvenientes potenciales: Factores inciertos y fuertes gastos

En 1976, un suceso clave afectó al modelo de financiamiento de los juegos olímpicos y lo situó en la trayectoria económica actual. En ese año, Montreal fue la sede de los juegos de verano. Tras proyectar que los juegos costarían US$124 millones, la ciudad contrajo una deuda de US$2.800 millones —cerca de US$10.000 millones de 2009—, que le tomó tres décadas pagar (Burton, 2003).

Al finalizar los Juegos de Montreal, Moscú ya se había comprometido a organizar la olimpíada de 1980, pero ninguna ciudad quería licitar por los juegos de 1984. Tras apresuradas negociaciones, la ciudad de Los Ángeles aceptó organizar los juegos con la condición de no incurrir en ninguna obligación financiera. El Comité Olímpico Internacional (COI) no tuvo más remedio que aceptar la condición y adjudicó la sede de los Juegos de Verano de 1984 a Los Ángeles.

El comité organizador de los Juegos de Los Ángeles generó un moderado superávit, de un poco más de US$300 millones, y transformó el modelo de financiación de los juegos olímpicos, haciéndolo menos público y más privado. Los Ángeles gastó muy poco en construcciones, y el presidente del comité organizador, Peter Ueberroth, logró recaudar sumas importantes con la venta de patrocinios a empresas. El relativo éxito financiero de los Juegos de Los Ángeles generó una nueva era de competencia internacional entre las ciudades para ser elegidas sede de los juegos.

Lamentablemente, el caso de Los Ángeles resultó excepcional. A las sedes posteriores les resultó imposible obtener el mismo nivel de apoyo privado. En Seúl (1988), Barcelona (1992), Nagano (1998), Sídney (2000), Atenas (2004) y Beijing (2008), se comprometieron varios miles de millones de dólares de fondos públicos.

La olimpíada de Barcelona dejó una deuda de US$4.000 millones para el gobierno central de España, y de otros US$2.100 millones para los gobiernos local y regional. El comité organizador de Nagano presentó un superávit de US$28 millones, mientras que las diversas unidades del gobierno japonés quedaron con una deuda de US$11.000 millones (Burton y O’Reilly, 2009). En Atenas, la inversión pública superó los US$10.000 millones y en Beijing, los US$40.000 millones.

Los presupuestos publicados inicialmente —en el caso de los juegos olímpicos, el presupuesto del comité organizador—siempre subestiman el costo del proyecto. El presupuesto del comité solo cubre los costos operativos de los juegos, como las ceremonias de apertura y clausura, el transporte de los atletas a las instalaciones, diversiones, un centro de telecomunicaciones/transmisiones y seguridad. El costo total para la ciudad sede también incluye la construcción y la actualización de complejos deportivos, el alojamiento de atletas y visitantes, emplazamientos para los medios de comunicación, e infraestructura conexa. La construcción de muchas de las instalaciones —como un velódromo o una pista de trineo, esqueleto o luge—es especialmente costosa por su carácter especializado. Las instalaciones olímpicas requieren un gran aforo: los estadios para las ceremonias de apertura y clausura de los juegos olímpicos de verano suelen albergar 100.000 espectadores o más.

Entre el momento en que una ciudad presenta su candidatura para ser sede y la celebración del evento, los precios de la construcción y los terrenos pueden aumentar considerablemente. Además, los promotores iniciales de un evento tienen interés en subestimar los costos para recabar apoyo público; y, a medida que las ciudades compiten por la sede, tienden a igualar las ofertas de sus competidores y a embellecer los planes.

Los presupuestos proyectados nunca alcanzan a cubrir los costos reales. La proyección inicial de Atenas indicaba que sus juegos costarían US$1.600 millones, y terminaron costando cerca de US$16.000 millones (incluidas instalaciones e infraestructura). Beijing proyectaba costos de US$1.600 millones (el presupuesto de gastos operativos del comité organizador de Beijing), pero los juegos terminaron costando US$40.000 millones si se incluyen instalaciones e infraestructura, como la ampliación del tren subterráneo. Los Juegos de Invierno de 2014 en Sochi, Rusia, tenían un presupuesto inicial cercano a US$12.000 millones; a fines de 2009 ya llegaba a US$33.000 millones, US$23.000 millones de origen público (Sports Business Daily, 2009).

Las ciudades interesadas pueden gastar hasta US$100 millones tan solo en la presentación de sus candidaturas para organizar los juegos olímpicos. Si la licitación fuera perfectamente competitiva, la competencia anularía todo beneficio económico local previsto: la ciudad con mayores ganancias previstas podría ganar con una oferta de apenas US$1 más que la segunda, lo cual convendría a la ciudad ganadora. Pero el proceso no se basa en la cantidad de dinero, sino en las instalaciones y garantías de financiamiento y seguridad que ofrezca la ciudad; y a partir del 11 de septiembre de 2001 los gastos en seguridad han sido enormes: en Atenas ascendieron a US$1.400 millones, con 40.000 agentes de seguridad. Según diversas informaciones, Beijing empleó a más de 80.000 agentes en 2008.

Londres estimaba que sus juegos costarían menos de US$4.000 millones, pero las proyecciones llegan ya a US$19.000 millones (Sports Business Daily, 2009). A medida que crecen los gastos, se han eliminado algunos; por ejemplo, se descartó el techo para el estadio olímpico, pero aun así terminará costando más de US$850 millones, frente a la proyección inicial de US$406 millones. El gobierno no ha logrado comprometer a un equipo de fútbol o de rugby como arrendatario principal del estadio después de los juegos. El mantenimiento de las instalaciones representará una carga adicional de millones de dólares anuales para los contribuyentes británicos. No es de extrañar que el ministro encargado de los Juegos Olímpicos de Londres dijera: “De haberlo sabido, ¿habríamos presentado la oferta para organizar los juegos olímpicos? Seguramente no”. (Sports Business Daily, 2008, tomado del London Telegraph).

Algunos gastos se traducen en una infraestructura mejorada y más moderna para la ciudad, pero otros se convierten en elefantes blancos. Muchas instalaciones construidas especialmente para los juegos son escasamente utilizadas después de los 16 o 17 días de competición, su mantenimiento cuesta decenas de millones de dólares al año y ocupan unos terrenos cada vez más escasos. En Turín, por ejemplo, la pista de trineo costó US$108 millones, y la vicepresidenta de los juegos, Evelina Christillin declaró a un reportero de The Wall Street Journal: “No puedo mentirle. Obviamente, la pista de trineo no se va a utilizar para nada más; es un costo puro”. (Kahn y Thurow, 2006).

Los ingresos de los juegos de verano ascienden a entre unos US$4.000 millones y US$5.000 millones, y a casi la mitad de los juegos de invierno (que también cuestan menos por el menor número de participantes, instalaciones y construcciones). Casi la mitad del dinero recaudado se destina a las federaciones internacionales, los comités olímpicos nacionales y el COI mismo.

Es claro que si albergar los juegos olímpicos reporta algún beneficio económico, seguramente no es una mejora del presupuesto de los gobiernos locales, lo cual lleva a preguntarse si se producen ventajas económicas más generales, a largo plazo, o menos tangibles.

Ajuste de los beneficios

Existen relativamente pocos datos objetivos sobre el impacto económico de los juegos olímpicos y otros megaeventos deportivos. La mayor parte de los datos existentes han sido recopilados por las ciudades o regiones sede —que tienen interés en justificar los elevados gastos en esos eventos—y presentan deficiencias.

Las estimaciones del impacto económico de esos eventos realizadas por estudios académicos publicados ofrecen datos más fiables, ya sea porque los autores no tienen interés personal en el éxito económico de los eventos o porque el proceso de revisión por los pares ayuda a verificar los métodos y supuestos utilizados. Estos estudios presentan el siguiente cuadro del impacto económico de los juegos olímpicos: Si bien pueden crear una cantidad moderada de empleos, no parecen producir ningún efecto detectable sobre el ingreso, lo cual indica que los trabajadores existentes tal vez no se beneficien (Hagn y Maennig, 2009; y Matheson, 2009). Además, el impacto de la organización de los juegos depende de la respuesta general del mercado de trabajo a los nuevos empleos creados por los juegos, y cabe que esta respuesta no sea positiva (Humphreys y Zimbalist, 2008). El impacto económico de realizar la Copa Mundial, de haberlo, es aun menor (Hagn y Maennig, 2008 y 2009).

Si las ganancias económicas son moderadas, o quizás inexistentes, ¿qué pueden hacer las ciudades y regiones sede para maximizar los beneficios de albergar eventos como los juegos olímpicos? De un meticuloso examen de los resultados anteriores se deducen dos importantes formas de lograr los mayores beneficios: primero, las ciudades o regiones sede deben considerar cuidadosamente las decisiones con respecto al uso de terrenos y, segundo, deben maximizar el uso posterior al evento de las instalaciones e infraestructura nuevas renovadas.

Los terrenos son cada vez más escasos en las grandes áreas urbanas que comúnmente albergan los juegos de verano y en las regiones montañosas que organizan los juegos de invierno. Ser sede olímpica requiere una importante cantidad de terrenos para instalaciones deportivas, estacionamientos y alojamiento para atletas, medios de comunicación, personal y espectadores.

Los juegos infructuosos dejan una herencia de estructuras poco o nada utilizadas, ocupando terrenos valiosos y exigiendo un mantenimiento caro. Por ejemplo, en Sídney, Australia, el funcionamiento del estadio olímpico de 90.000 plazas actualmente cuesta US$30 millones al año. Muchos de los escenarios de los Juegos de Atenas de 2004 están vacíos o poco utilizados y ocupan terrenos valiosos en el atestado centro de la ciudad. Los Juegos de Beijing dejaron un legado de costosas edificaciones; entre ellas, las ornamentadas piscinas Water Cube, que están subutilizadas. En contraste, eventos exitosos, como los Juegos de Verano de Los Ángeles, tienen instalaciones que se utilizan al máximo y hacen buen uso de los escasos terrenos urbanos. El estadio utilizado para las ceremonias de apertura y cierre de los Juegos de Atlanta de 1996 fue transformado en estadio de béisbol inmediatamente después de la olimpíada. Los planificadores de los juegos deben diseñar instalaciones que serán utilizadas durante mucho tiempo y que se integren constructivamente a la ciudad o región sede.

Los países en desarrollo ganan más

El impacto de realizar grandes eventos deportivos varía según el nivel de desarrollo de la ciudad o país sede. Con una planificación adecuada, la organización de un gran evento puede servir como catalizador de una moderna infraestructura deportiva, de transportes y comunicaciones, lo cual generalmente beneficia más a las regiones menos desarrolladas.

Si bien la organización de los juegos olímpicos requiere una considerable inversión de fondos públicos para realizar mejoras que son necesarias aun sin los juegos, a menudo estos ayudan a agilizar inversiones que podrían tardar años o incluso decenios; y el COI provee algunos fondos para facilitar la conclusión de proyectos deseables (Preuss, 2004).

En las regiones más desarrolladas, donde escasean los terrenos durante la fase inicial de licitación y planeación —y escasearán más durante el período de 7 a 10 años de selección y preparación para los juegos—, y los mercados de trabajo y recursos son estrechos, la organización de los juegos puede degenerar en un mal uso de terrenos y provocar presiones de precios en los salarios y los recursos, estimulando la inflación.

Antes de ofrecerse, piense

El valor económico y no económico de organizar un gran evento como los juegos olímpicos es complejo y probablemente varíe de un caso a otro. Es imposible sacar conclusiones sencillas. Los candidatos para albergar los próximos juegos olímpicos de invierno —Annecy, Francia; Munich, Alemania; y Pyeong Chang, Corea del Sur—así como la gran cantidad de ciudades que aspiran a convertirse en sede de los Juegos de Verano de 2020 deberían evitar la inevitable fiebre olímpica y examinar con calma y detenimiento sus metas de desarrollo a largo plazo.

Andrew Zimbalist es Profesor de Economía (Cátedra Robert A. Woods) en Smith College.

Referencias:

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