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Finanzas y Desarrollo, Diciembre de 2009
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Gente del mundo de la economía: El profesor de la gente

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
January 2010
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Prakash Loungani traza una semblanza de Joseph Stiglitz

“El Hombre más incomprendido de Estados Unidos”: así llamó este año la revista Newsweek a Joseph Stiglitz. El Premio Nobel de Economía 2001 “no es nada respetado en su propio país”, dijo la revista, y “en Washington lo consideran un analista económico más, no siempre bienvenido”. Fuera de su país, Stiglitz tiene una acogida muy distinta y en muchos países lo consideran un oráculo. Por suerte, bromea Stiglitz, pasa bastante tiempo fuera de Estados Unidos: “Mi pasaporte está tan lleno que a veces dudan de que sea auténtico”.

A Stiglitz no le sorprende su impopularidad en Washington. Dice que se debe a que siempre ha estado del lado del hombre común frente a las élites financieras y sus defensores, tema presente en toda su obra. La labor académica que le valió el Nobel se centra en los casos en que una parte de las operaciones financieras cuenta con menos información que la otra, lo que suele tener resultados de mercado claramente injustos. En los años noventa, cuando se sumergió en la formulación de políticas, primero en el Consejo de Asesores Económicos (CAE) del Presidente Clinton y luego como Economista Jefe del Banco Mundial, siguió enfrentando a los “abogados y bancos de inversión y a las potencias económicas” para defender la causa del ciudadano del mundo. Como escribió hace 10 años Jonathan Chait en The American Prospect, Stiglitz “sigue siendo un profesor, no un jugador… Pero, de alguna forma, los temas que le interesan casi siempre están en el orden del día”.

Rabino Joe

Stiglitz se crió en Gary, Indiana, pueblo natal de otro Premio Nobel, Paul Samuelson. Su familia le inculcó desde niño el valor de hacer lo correcto. Su madre era una maestra blanca en una escuela pública con mayoría de niños afroamericanos. Su padre le habló de la importancia moral y jurídica de pagar las cargas sociales del servicio doméstico: Stiglitz dice que eso le “ahorró muchos problemas en su confirmación ante el Senado” para presidir el CAE. Recuerda con cariño a un tío que, aunque era un empresario exitoso, criticaba al Presidente Kennedy por ser demasiado antisindicalista.

Un test de personalidad de la secundaria indicó que Stiglitz sería buen rabino. No siguió ese camino, pero en la Universidad de Amherst rápidamente ganó fama de formidable polemista y expositor. También tomó la decisión crucial de cambiar sus estudios en Física por Economía, área en la que pronto se hizo obvio su talento prodigioso. Barry Nalebuff, profesor de la Universidad de Yale y colaborador de Stiglitz dice: “Como el Rabino Hillel, Joe puede explicar lo que hay que saber sobre Economía en cuestión de segundos; el resto es interpretativo”.

Tras su tercer año, al advertir el potencial de Stiglitz, sus profesores lo alentaron a dejar Amherst y empezar estudios de posgrado, pero estaban desconsolados de perderlo. “Francamente, ver cómo Stiglitz se va, es como ver desaparecer el propio brazo derecho”, escribió uno de ellos. El MIT, en cambio, estuvo encantado de recibirlo como alumno. La Comisión de Admisión consultó al Departamento de Economía sobre qué estipendio ofrecerle, sugiriendo un monto entre cero y US$12.000. El profesor que evaluó la solicitud anotó en la carpeta: “Ofrézcanle el sueldo de Jefe de Departamento”.

Maratón académica

En 1965, tras solo unas semanas de estar en MIT, produjo su primer trabajo académico. En el mismo, un Stiglitz de 22 años impugnó la afirmación de Marx de que Europa necesitó las colonias como mercado para su exceso de producción. Sostuvo que las colonias eran importantes porque ofrecían una oportunidad de inversión; sin ellas los empresarios hubieran agotado las oportunidades nacionales de alto retorno. La colonización fue la forma de asegurar el derecho de propiedad vinculado a esa inversión externa. Además, el colonizador podía orientar la inversión de la colonia para que no compitiera con la industria nacional: Inglaterra, por ejemplo, impidió que India invirtiera en textiles. Era una señal precoz de la solidaridad de Stiglitz con los países económicamente desfavorecidos, que aún hoy le hace clamar contra los subsidios agrícolas de los países ricos a sus agricultores ricos, que mantiene a raya la competencia de los agricultores pobres de otros países.

En los años sesenta, MIT era el foco de una revolución en Economía. “El departamento ponía a la matemática, y no a la filosofía o la ideología, en el centro de su análisis de políticas”, dice Stiglitz, pero trató de generar “una interrelación entre los meticulosos modelos matemáticos y los problemas prácticos del mundo económico”. La labor de Stiglitz fue tan destacada que MIT le ofreció trabajo enseguida de graduarse. Pero el cargo incluía condiciones: Stiglitz debía dormir en un apartamento y no en su oficina, y demostrarlo con el contrato de alquiler, así como usar zapatos en el trabajo. MIT no pudo retenerlo demasiado: en los 20 años siguientes su espíritu errante lo llevó a Cambridge, Yale, Oxford, Stanford y Princeton, pero MIT había acertado sobre su potencial. Stiglitz desplegó una labor intelectual que en 1979 le valió la medalla John Bates Clark—premio otorgado al economista menor de 40 años más influyente de Estados Unidos—y lo hizo favorito al Premio Nobel.

Stiglitz sigue siendo un profesor, no un jugador … Pero, de alguna forma, los temas que le interesan casi siempre están en el orden del día.

Una lista de los artículos más influyentes en Economía tiene seis trabajos de Stiglitz, honor que comparte con solo dos personas: Robert Barro (véase F&D, septiembre de 2007) y Eugene Fama. Un tema común de sus trabajos es la dificultad de que el mercado funcione debidamente cuando cuesta obtener información o cuando las partes de una operación no están informadas por igual.

En un trabajo escrito en 1981 con Andrew Weiss, Stiglitz demostró convincentemente cómo el mercado de crédito podía fallar cuando eso ocurría. En el modelo clásico de este mercado la tasa de interés equilibra la oferta y la demanda; si existe demasiada demanda de crédito, la tasa de interés sube y recorta la demanda. ¿Pero qué pasa si el prestamista no sabe cuál deudor trabajará duro en sus proyectos y pagará su deuda y cuál se dedicará a no hacer nada y esperar a que la buena suerte le permita pagar su crédito? Si la demanda de crédito es excesiva, subir la tasa de interés desalienta al deudor trabajador pero no a quien tiene intención de jugarse el crédito. Así que, lejos de restablecer el equilibrio entre oferta y demanda como en el modelo clásico, el aumento de la tasa de interés termina inclinando la composición de la cartera de deudores hacia el tipo indeseable. Nalebuff dice que el trabajo de Stiglitz-Weiss muestra que “a quién se termina prestando dinero, o lo que este hace con el préstamo, varía según la tasa de interés cobrada … O, como hubiera dicho Groucho Marx: ‘No quisiera prestar dinero a nadie que lo pida a esa tasa de interés’”. Este estudio ayudó a formular una descripción más realista del mercado de crédito al mostrar por qué puede ser que los acreedores racionen el crédito (limitando su volumen) en vez de subir la tasa de interés.

En otros trabajos, Stiglitz mostró que las brechas de información también podían afectar el mercado laboral. En el modelo clásico, el sueldo es la palanca que elimina el desempleo al subir y bajar lo necesario para equilibrar la oferta y la demanda laboral. Pero, como en el mercado de crédito, hay deficiencias de información. Los empleadores suelen carecer de información precisa sobre cuál de sus trabajadores dará todo de sí a su trabajo y cuál tiende a haraganear. Claro que también podrían vigilar a sus empleados para saber quién trabajó duro y quién solo dice haberlo hecho. Pero esta vigilancia es costosa en función del tiempo del empleador y puede minar la moral del empleado.

Por ende, según Stiglitz, es probable que los empleadores utilicen el sueldo para diferenciar a los trabajadores de los haraganes. Pueden ofrecer un sueldo superior al del mercado para incentivar el trabajo duro de quienes quieren y pueden hacerlo. Pagar más que la competencia significa que los buenos trabajadores se perjudican si los despiden; por eso tienen incentivo para trabajar duro. Pero si el sueldo supera el nivel competitivo, deja de actuar como palanca para eliminar el desempleo. De hecho, como demostraron Stiglitz y Carl Shapiro en un trabajo de 1984, el desempleo es necesario como “mecanismo disciplinario”, para evitar que los trabajadores haraganeen.

Stiglitz también se preguntó cuán bien puede funcionar el mercado de valores cuando es costoso obtener información sobre el mismo. Un principio del modelo clásico de dicho mercado es que el precio de las acciones refleja fielmente toda la información disponible al público. Pero en un trabajo realizado en 1980 con Sandy Grossman, Stiglitz presentó una paradoja. Si los precios reflejan toda la información de mercado en forma perfecta, nadie debería molestarse en recabar información ya que es posible deducirla del precio en forma gratuita. Pero si nadie se molesta en recabar información, los precios no revelan información alguna. “La paradoja sienta las bases del argumento de que es probable que la información imperfecta sea la norma, y no la excepción”, dice Nalebuff.

Durante su carrera, Stiglitz escribió más de 600 artículos (su CV ocupa 60 páginas) con más de 100 co-autores. El Premio Nobel y columnista del New York Times Paul Krugman dice que Stiglitz es “un economista increíblemente brillante: al investigar cualquier campo de la Economía casi siempre… se descubre que gran parte del trabajo se basa en un estudio pionero de Stiglitz”.

Un académico turbulento

En 1993, Stiglitz abandonó su cómodo pedestal en los círculos académicos por el turbulento mundo de la política económica. Integró, y luego presidió, el CAE de Clinton. Alan Blinder, profesor de Princeton, que también integró el CAE, lo describe como “un acto de valentía para una superestrella puramente académica”. Stiglitz cumplió un papel decisivo en la aprobación de varias iniciativas, incluso persuadiendo a un Tesoro de Estados Unidos renuente a hacerlo a emitir deuda pública indexada por la inflación. Pero Chait escribió en The American Prospect que el estilo de polémica de Stiglitz—exponiendo sus argumentos en público aun tras perder debates internos—enfrió sumamente su relación con otros asesores presidenciales, como Larry Summers. Blinder dice cortésmente que “el modo de actuar de Joe … quizá pueda considerarse algo quijotesco”.

“Cada crisis brinda el impulso para profundizar la reforma democrática. El juego no terminó”.

Este estilo se agudizó luego de que en 1997 Stiglitz dejara la Casa Blanca para convertirse en Economista Jefe del Banco Mundial. Criticó el asesoramiento económico brindado a las economías en transición de avanzar rápidamente hacia la economía de mercado y el capitalismo. Stiglitz era partidario de un avance mucho más gradual, realizando las reformas jurídicas e institucionales necesarias para apuntalar la economía de mercado antes de hacer la transición. Kenneth Rogoff, profesor de Harvard y ex Economista Jefe del FMI duda del éxito del enfoque de Stiglitz. Dice que es “improbable que las instituciones de mercado se desarrollaran en condiciones de laboratorio sin emprender de hecho la complicada transición a la economía de mercado”. Rogoff agrega que dado el derrumbe de las instituciones que sostenían el comunismo, “había que crear nuevas instituciones rápidamente”, y es inevitable que, en la prisa, se cometieran errores. Pero “cultivar instituciones lleva mucho tiempo, y las actuales, por más imperfectas que sean, bien podrían no existir si no se hubiera emprendido la tarea” inmediatamente después de la caída del comunismo.

Stiglitz cumplió un papel decisivo en la aprobación de varias iniciativas, incluso persuadiendo a un Tesoro de Estados Unidos renuente a hacerlo a emitir deuda pública indexada por la inflación.

Durante la crisis financiera de 1997–98, Stiglitz criticó públicamente los programas del FMI con los gobiernos de algunos países asiáticos. Sostuvo que era contraproducente subir la tasa de interés para defender la moneda de esos países: las altas tasas reducen la confianza en la economía al aumentar las quiebras y el incumplimiento crediticio. No todos coincidieron con Stiglitz. Rudiger Dornbusch, el fallecido economista del MIT, defendió la estrategia de establecer una tasa de interés alta como elemento fundamental para restablecer la confianza, agregando que “ningún ministro de Hacienda elegirá la Clínica de Medicina Alternativa de Stiglitz. Harán que la ambulancia los traslade de urgencia al FMI”. Bradford DeLong, conocido macroeconomista de la Universidad de California, Berkeley, escribió: “Es muy probable que la receta de Stiglitz de otorgar más financiamiento con menos condiciones y hacer que el gobierno imprima más dinero para mantener baja la tasa de interés … terminara en hiperinflación o en una crisis financiera de gran escala dado que el valor decreciente de la moneda eliminó la capacidad de todas las empresas y bancos de pagar su deuda en divisas”.

En 1999, tras dejar el Banco Mundial, Stiglitz se retiró a la Universidad de Columbia y escribió el best seller El malestar de la globalización. Muchos críticos señalaron que su poder narrativo provenía de recurrir a un villano obvio: el FMI. Las alusiones del libro al FMI, casi todas críticas, suman 340. Tom Dawson, el entonces Jefe de Relaciones Externas del organismo, bromeó: “eso da un total de un presunto error del FMI por página. Sería de imaginar que por puro accidente hubiésemos acertado en un par de cosas”.

“El juego no terminó”

Stiglitz sí cree que el FMI tuvo algunos aciertos durante la crisis financiera de 2007–08: “El FMI está mucho mejor que antes, claro. Ha cambiado en varias formas y creo que todos debemos reconocerlo”, dijo este año a The Miami Herald. En las Reuniones Anuales del FMI y el Banco Mundial celebradas en Estambul, Stiglitz elogió el respaldo del FMI al estímulo fiscal mundial y su enfoque sobre el costo que tendría retirarlo prematuramente. “Es un cambio de la postura histórica del FMI”, dijo a The Wall Street Journal.

Stiglitz entiende que la secuela de la crisis reivindica su labor académica y sus opiniones vertidas durante décadas en los círculos de política económica. En trabajos escritos a mediados de los años ochenta con su colega de Columbia, Bruce Greenwald, Stiglitz describió la importancia de las condiciones financieras y crediticias en la propagación del ciclo económico. El Presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, Ben Bernanke, dijo en julio de 2007 que la obra de Stiglitz y otros “brindó a los economistas las herramientas para reflexionar sobre el rol fundamental del mercado financiero en la economía real” y ayudó a entender mejor la forma en que “al parecer, la perturbación extrema del funcionamiento normal del mercado financiero … suele producir un efecto importante sobre la economía real”, como pasó por ejemplo en la Gran Depresión.

Apenas un mes después de pronunciadas esas palabras, Bernanke y los responsables de la política económica de todas partes del mundo debieron luchar contra una crisis financiera que, en sus efectos, amenazó rivalizar con la Gran Depresión. La crisis dio origen a propuestas de reforma, incluso para limitar la paga de los ejecutivos bancarios e intensificar la regulación del mercado de derivados. Para Stiglitz, una reforma importante sería reimplantar la Ley Glass-Steagall de 1933, que separó a los bancos comerciales de los de inversión. En 1999 se opuso a su derogación por temor a que provocara un desplome financiero como el de 2007–08. “Cuando la derogación de la Ley Glass-Steagall unió a los bancos comerciales y de inversión, la cultura de los bancos de inversión salió vencedora”, escribió Stiglitz.

A pesar de la crisis financiera, Stiglitz aún es optimista sobre el futuro del mercado y el capitalismo. A diferencia del “capitalismo del siglo XIX dirigido por los propietarios, en el siglo XXI el capitalismo será dirigido por la gente”, dice. Pero para su éxito, la gente debe aprender más sobre Economía y debe aumentar la participación cívica en la formulación de la política económica. A este fin, Stiglitz fundó en 2000 la Iniciativa para el Diálogo de Políticas (IPD, por sus siglas en inglés), una red mundial de economistas, politólogos y responsables de política económica que estudian asuntos complejos y brindan opciones a los países en materia de política económica. IPD también realiza seminarios para que los medios de comunicación y la sociedad civil puedan participar eficazmente en los círculos de política económica. Dawson aplaudió la labor: “Es un asunto difícil: prácticamente hay que ser Bono para influir en la política económica”.

En efecto, para ampliar su audiencia Stiglitz diversificó su actividad al cine con el documental Around the World with Joseph Stiglitz, sobre cómo compartir los frutos del capitalismo en forma más equitativa. ¿El cineasta Michael Moore deberá intranquilizarse por la competencia? “No”, ríe Stiglitz, “creo que Moore es muy eficaz”, pero la “frustración no lleva a ninguna parte”. A diferencia de Moore, Stiglitz dice que no perdió su optimismo típico del Medio Oeste de Estados Unidos y espera que todo mejore a largo plazo. Cuenta que muchos le expresan su consternación al ver que al parecer, recién terminada la crisis, los banqueros y quienes los apoyan están de nuevo al timón. Pero si no se emprende una reforma genuina del sistema financiero, “hay un riesgo razonable de que en 10 a 15 años, se genere otra crisis, y la probabilidad de que los bancos ganen la próxima vuelta es menor”. Cada crisis brinda el “impulso para profundizar la reforma democrática. El juego no terminó”.

Prakash Loungani es Asesor del Departamento de Estudios del FMI.

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