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En la lista de éxitos

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
October 2007
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Prakash Loungani traza una semblanza del macroeconomista de HarvardRobert Barro

LA MAYORÍA de los artículos académicos pasan por los claustros sin dejar huella, pero no los de Robert Barro. En una lista reciente de los 146 artículos más influyentes sobre economía desde 1970, Barro figura siete veces en los primeros lugares, un honor que comparte solo con otros dos (Eugene Fama y Joseph Stiglitz). Habría sido difícil predecirlo a partir del título de su primera publicación en 1970: “Estructura cristalina de un compuesto dimérico de cobalto con puente de cloro”.

¿Qué ocurrió? “La culpa es de Richard Feynman”, explica Barro, que en ese entonces estudiaba ciencias físicas en Caltech. “Feynman fue una gran inspiración, pero mi cabeza a menudo no estaba a la altura de lo me enseñaba y me di cuenta de que en ese campo no llegaría lejos.” En cambio, Barro eligió la economía, motivado por la posibilidad de usar sus “conocimientos técnicos y matemáticos para abordar problemas sociales” y por el ejemplo de un hermano mayor, que se había especializado en Economía.

La carrera de Barro como macroeconomista ha sido notable debido a otros dos vuelcos. El primero ocurrió en los años setenta, cuando le dio la espalda a la macroeconomía keynesiana que había aprendido como estudiante de posgrado en Harvard y se transformó en uno de los secuaces de la revolución liderada por la Escuela de Chicago, que suplantó a aquella. Keynes había popularizado la idea de que las políticas públicas podían suavizar los altibajos del ingreso, también conocidos como “ciclos económicos”. En los años setenta, desde la teoría y la práctica económicas se reconsideró esa capacidad del gobierno. Cuatro de los artículos famosos de Barro, junto con el libro que escribió sobre macroeconomía, forman parte de los trabajos que volcaron las opiniones académicas a favor de limitar la función del gobierno.

El segundo vuelco en la carrera de Barro se produjo en los años ochenta, cuando el campo macroeconómico cambió de rumbo. Desde aproximadamente mediados de los años cuarenta hasta mediados de los ochenta, en gran medida la macroeconomía se centró en comprender las causas de las fluctuaciones temporales del ingreso asociadas a los ciclos económicos. No se prestaba atención al estudio de qué factores impulsaban el aumento de los ingresos, aunque a diferente ritmo en las diferentes décadas, o por qué había tanta divergencia de ingresos entre los países. Pero, incentivados una vez más por los avances teóricos provenientes de la Universidad de Chicago, los macroeconomistas comenzaron a plantearse estas preguntas a partir de mediados de los años ochenta. Barro fue de los primeros en subirse a esta ola y escribió dos artículos famosos que “activaron la exploración empírica” de las respuestas, en palabras de Simon Johnson, economista jefe del FMI, quien también ha hecho destacados aportes al estudio del crecimiento económico.

Constrúyelo y vendrán

La idea central en el primer artículo famoso de Barro sobre el crecimiento económico, publicado en 1991 en el Quarterly Journal of Economics, era apabullantemente sencilla. Compiló un conjunto de datos sobre el ingreso de cerca de 100 países desde 1960. También recolectó datos sobre una larga lista de variables que, según los teóricos, influyen en el aumento de los ingresos. La lista incluía las tasas de matriculación escolar (que representa lo que los economistas denominan “capital humano”), la inversión privada, y el tamaño y la naturaleza de las actividades del gobierno. También incluía mediciones del sistema económico vigente, las distorsiones de los mercados inducidas por el gobierno y la inestabilidad política.

Barro examinó las asociaciones estadísticas entre el aumento del ingreso y esta lista de variables, y observó que los “países pobres tienden a alcanzar a los países ricos si tienen un gran capital humano [...] pero no en caso contrario”. También observó que las inversiones públicas eran de poca utilidad para impulsar el crecimiento y que otros gastos públicos en realidad limitaban el crecimiento. La inestabilidad política y las distorsiones del mercado tenderían a reducir el crecimiento.

El hecho es sencillo cuando hay un conjunto de datos e investigadores: constrúyelo y vendrán. Esto es lo que sucedió con el conjunto de datos construido por Barro: atrajo a los macroeconomistas a estudiar el crecimiento económico. De hecho, la larga lista de posibles determinantes que compiló se hizo conocida como las “variables de Barro” en los estudios publicados después del artículo de 1991. Algunas de las conclusiones de su estudio se han consolidado más que otras. Pero, según Johnson, lo que hizo Barro fue esencial para crear un cimiento empírico para estudios que de otro modo podrían haberse escapado a la estratosfera teórica.

En realidad, los trabajos de Barro sobre el crecimiento han tenido tanta influencia que los macroeconomistas más jóvenes lo identifican mejor con sus artículos de los años noventa que con sus estudios anteriores sobre los ciclos económicos.

Alcánzame si puedes

El principal resultado de otro artículo famoso de Barro sobre el crecimiento económico —el publicado en el Journal of Political Economy con Xavier Sala-i-Martin como coautor—ha resistido tan bien el paso del tiempo que, de hecho, su colega de Harvard Larry Summers lo ha denominado la “ley de hierro de la convergencia”. Al igual que en el artículo de 1991, la idea era sencilla y suponía incluir nuevos datos: el truco consistió en usar los datos para distintas regiones de un país. La ventaja era que podía suponerse que muchas de las “variables de Barro” eran las mismas para todas las regiones de un mismo país (por ejemplo, el sistema económico o el nivel de la inestabilidad política).

Al no tener que ocuparse de la medición de estas variables, podía concentrarse en una pregunta específica: ¿se equiparan las regiones que inicialmente son pobres con las más ricas? Para Estados Unidos, la respuesta fue afirmativa. Después de la Guerra Civil, los estados del Sur eran en general más pobres que los demás estados. Pero Barro y Sala-i-Martin demostraron que, en los ciento y pico de años trascurridos desde 1880, los estados que inicialmente eran más pobres crecieron con mayor rapidez. Hubo una equiparación o, en la jerga de los economistas, una “convergencia”. No obstante, el ritmo al cual los estados pobres se acercaron a los ricos —alrededor del 2% al 3% anual— no fue particularmente acelerado.

Esta estimación llevó a que Barro advirtiera, en The Wall Street Journal en 1991, que no podía esperarse que el ingreso en Alemania oriental se equiparara rápidamente con el de Alemania occidental después de la reunificación del país. “Las fuerzas de la convergencia son poderosas en definitiva”, escribió, “pero es inimaginable que la región oriental se acerque a la paridad con la región occidental de Alemania en el corto plazo”. Efectivamente, después de un gran impulso inicial, la productividad de Alemania oriental se estancó en alrededor del 75% del nivel occidental pese a los enormes esfuerzos del gobierno por acelerar el proceso.

En la prosperidad y en la adversidad

En los artículos académicos y en sus columnas en The Wall Street Journal y BusinessWeek, Barro ha seguido analizando por qué algunos países son ricos y otros pobres. Para Barro, las evidencias indican que los países pobres pueden elevar su ingreso protegiendo los derechos de propiedad, promoviendo el imperio de la ley y fomentando el libre mercado interno y la apertura al comercio internacional. La estabilidad macroeconómica ayuda, al igual que las inversiones en educación, salud y algunos tipos de infraestructura.

Lo que no ayudan son las políticas que Barro denomina “blandas” o intangibles: la promoción de la democracia, la educación orientada específicamente a las mujeres y la protección ambiental, la eliminación de la desigualdad de ingresos y la promoción de las organizaciones cívicas y el capital social. Como señala en su libro de ensayos de 2002, Nothing is Sacred, no todos comparten sus ideas: “El Premio Nobel de Economía de 1998 a mi colega Amartya Sen fue considerado por algunos analistas como un aval al camino más ‘blando’ hacia el desarrollo”, escribió Barro.

Si bien reconoce que, “para mucha gente, estos temas intangibles representan objetivos que son inherentemente deseables”, Barro se atiene a sus convicciones y destaca que su postura se basa en los estudios detallados que realizó para analizar si efectivamente estos factores promueven un mayor crecimiento económico. De hecho, en los últimos años, Barro y su esposa, Rachel McCleary, también profesora en Harvard, han realizado algunos de los estudios más detallados hasta la fecha sobre la importancia de la religión —quizás el epítome de los factores intangibles— en el crecimiento económico (véase el recuadro).

Déjalo ser

Dado el tenor de los trabajos de Barro sobre el crecimiento, no sorprende que, como afirma en su colección de ensayos de 1996, Getting it Right, opine que los gobiernos deberían desempeñar solo “una gama limitada de funciones” para promoverlo. Reconoce haber sido “liberal” en sus años de estudiante en Caltech: “Para cualquier problema social, no dudaba en decir que la cura era la intervención estatal”. Pero ahora cree todo lo contrario y describe su filosofía actual como “libertaria (o liberal clásica) más que como conservadora o republicana”.

A tono con sus ideas libertarias, Barro considera que las funciones clave del gobierno son “definir y proteger los derechos de propiedad”. Otras de sus actividades serían “asegurar (aunque no proveer) un nivel básico de educación, suministrar una red mínima de protección social y participar en una gama limitada de inversiones en infraestructura, como carreteras y aeropuertos”. Extender el control estatal de la economía más allá de estas funciones es perjudicial para el crecimiento, afirma Barro.

¿Estimula la religión el crecimiento económico?

El sociólogo Max Weber es famoso por haber sostenido que la religión puede influir en el desempeño económico a través de su efecto en aspectos del carácter tales como la ética del trabajo. Barro y McCleary sometieron esta noción a una prueba rigurosa. Igual que en los estudios anteriores de Barro sobre el crecimiento, el aspecto singular de esta investigación es la minuciosa recopilación de un nuevo conjunto de datos, en este caso los datos sobre las creencias religiosas y la asistencia a servicios religiosos formales tomados de seis encuestas internacionales que abarcan alrededor de 50 países.

Barro y McCleary observan que en los países cuya población tiene convicciones religiosas más fuertes, reflejadas en una mayor creencia en el cielo y el infierno, el crecimiento económico es mayor, conclusión que concuerda con la tesis de Weber. Sin embargo, una vez que se tiene en cuenta el impacto de las creencias religiosas en el crecimiento económico, la asistencia a servicios religiosos formales reduce el crecimiento. Por consiguiente, la asistencia importa en la medida en que influye en las creencias; pero, más allá de eso, consume tiempo y recursos que menoscaban el crecimiento.

Barro considera que la experiencia de China confirma sus opiniones. La evolución del país bajo el comunismo, afirma, “testimonia en qué medida los gobiernos pueden enredar las cosas” cuando tratan de ejercer influencia sobre todos los aspectos de la economía. Pero ahora, agrega, está impresionado por la actitud “capitalista y favorable a las empresas” que observa en los funcionarios del gobierno y muchas de las personas que ha conocido. “En una de las universidades hasta hay una estatua de Adam Smith. Habría protestas masivas en Harvard si tratáramos de colocar una”, bromea.

A tono con sus ideas libertarias, Barro considera que las funciones clave del gobierno son “definir y proteger los derechos de propiedad”.

Las convicciones libertarias de Barro quizá también expliquen en parte por qué, a diferencia de muchos otros macroeconomistas famosos, no ha sido un asesor destacado del gobierno de Estados Unidos u otros países. Es difícil ser “popular con los gobiernos” cuando se propugna que muchas de sus funciones deberían desaparecer, afirma. En cualquier caso, no ha tenido mucha influencia en sus raras incursiones como asesor, como admite con franqueza en Nothing is Sacred. Describe que en 1998 debió viajar repentinamente a Moscú a asesorar al gobierno ruso, aunque su recomendación de establecer una caja de conversión no fue atendida. Tampoco tuvo buena acogida su recomendación al gobierno de Corea del Sur de adoptar el dólar como moneda y abandonar la resistencia a que los bancos del país pudieran tener propietarios extranjeros.

Nadie da dinero por nada

La reputación de Barro como eminente macroeconomista habría quedado a buen resguardo incluso sin los estudios de los años noventa sobre el crecimiento económico. En los años setenta y principios de los ochenta, ya había hecho ruido con unos artículos en los que sostenía que los gobiernos deberían adoptar un enfoque de laissez-faire a fin de suavizar las fluctuaciones del ingreso.

El trabajo de Barro formó parte de la llamada revolución de las expectativas racionales, que reemplazó a la opinión keynesiana dominante en el momento, que sostenía que los gobiernos deberían usar activamente las políticas macroeconómicas para moderar el ciclo económico. En los años sesenta, la creencia en la capacidad del gobierno para hacerlo estaba en su apogeo, apuntalada por lo que parecía ser una relación estadística estable, la curva de Phillips. Lo sucedido en los años sesenta llevó a pensar que el gobierno podía crear empleo (reducir la tasa de desempleo) sencillamente emitiendo moneda (elevando la tasa de inflación). En la jerga de los economistas, la curva de Phillips parecía indicar que la política monetaria podía tener efectos reales.

Para los economistas conservadores, como Milton Friedman, la curva de Phillips no tenía sentido: parecía indicar que un gobierno podía lograr un efecto real —crear empleos— haciendo algo que prácticamente no tenía costo alguno, imprimir dinero. Era como si se pudiera hacer que la gente fuera más alta solo con medirla en centímetros en lugar de pulgadas. En su momento las ideas de Friedman se consideraron ridiculas, pero Barro asegura: “Aun antes de graduarme de Harvard en 1968 me di cuenta de que los ataques a Milton carecían de sentido y eran un signo de envidia”.

Inspirado por los trabajos de Friedman, y por los de Robert Lucas, también de la Universidad de Chicago, Barro publicó en 1977 un estudio en la American Economic Review en el que presentó evidencias de que la política monetaria activista redujo el desempleo en Estados Unidos solo cuando los bancos centrales lograron sorprender a la gente con respecto al nivel de inflación que generarían. A este siguieron otros dos estudios, en coautoría con David Gordon, graduado de Chicago y actualmente en la Universidad Clemson. En el primero demostró que, cuando la gente se da cuenta de que los bancos centrales pueden sorprender, la sociedad termina en un equilibrio inadecuado: la inflación es excesiva, pero el desempleo no es menor de lo que sería en otro caso. El segundo describía una forma de corregir ese desequilibrio. Si el banco central pudiera comprometerse a aplicar una regla que guiara su conducta, la tasa de inflación sería menos excesiva. El banco central aún tendría un incentivo para tratar de generar una inflación sorpresiva, pero este incentivo se vería atemperado por la consiguiente pérdida de credibilidad.

Los estudios de Barro y Gordon formaron parte de un movimiento que cambió la forma en que actúan los bancos centrales. Es más probable que los bancos centrales modernos sigan reglas que evitan que generen una inflación excesiva, a fin de resguardar su credibilidad como luchadores contra la inflación. Y muchos, lejos de tratar de sorprender a la gente con respecto a sus metas de inflación, muchas veces se fijan, explícita o implícitamente, objetivos de inflación.

¡Está usted bromeando, Sr. Barro!

El ataque de Barro a las bases de la política monetaria keynesiana, perpetrado con un grupo de otros destacados macroeconomistas, fue precedido de un ataque a la política fiscal keynesiana que Barro realizó por mano propia. La concepción keynesiana de la política fiscal también era activista: los gobiernos deberían usar el déficit presupuestario para atenuar las fluctuaciones del ingreso privado. Cuando la economía privada se estanca, los gobiernos deben tratar de estimular el gasto privado incurriendo en un mayor déficit presupuestario, financiando estos déficits con préstamos en lugar de recurrir al aumento de los impuestos.

En un artículo publicado en 1974 en el Journal of Political Economy, Barro argumentó que el financiamiento elegido era irrelevante. Si el gobierno toma préstamos para financiar un déficit, la gente se dará cuenta de que tendrá que elevar los impuestos en el futuro para reembolsar el préstamo. Por lo tanto, sencillamente ahorrarán más hoy para poder pagar los impuestos futuros. De esta manera, los intentos del gobierno de estimular el gasto privado recurriendo a su propio endeudamiento se verían neutralizados. Pero ¿qué ocurriría si esos impuestos futuros esencialmente se trasladaran a las generaciones futuras? ¿No se sentiría la gente más rica como resultado del préstamo obtenido por el gobierno? No, sostenía Barro en su artículo, si la generación actual se preocupa no solo de su propio gasto sino de los gastos que tendrán que efectuar sus hijos. Si se preocupan por sus hijos, sencillamente ahorrarán más para dejarles el dinero necesario para pagar los impuestos futuros. Nuevamente, la capacidad del gobierno para lograr, a través del déficit presupuestario, que la generación de hoy gaste se vería neutralizada.

La reacción ante el argumento esgrimido por Barro fue de incredulidad. Como decía un artículo publicado en The Economist en 1990: “La idea de un padre infinitamente altruista y que piensa en el futuro parece descabellada. Primero, incluso los economistas se esforzaron por aguantar la risa”. Pero con el tiempo, el modelo de Barro se convirtió en la norma, e incluso sus críticos se vieron forzados a usarlo como punto de partida para sus propios modelos. The Economist llegó a la conclusión de que, como resultado de la influencia de los estudios de Barro, “son pocos los que tienen las mismas expectativas que antes con respecto al uso activo de la política fiscal”.

¿Y siguen los éxitos?

Robert King, de la Universidad de Boston y ex colega de Barro, lo califica del “especialista en macroeconomía aplicada más influyente de su generación”, pero explica a F&D que esta influencia no se deriva de un aporte específico, sino del hecho de que “en prácticamente todas las grandes áreas de este campo hay que vérselas con un artículo de Barro”.

En los últimos años, Barro ha estado trabajando en una posible solución a una anomalía de larga data en la macroeconomía y las finanzas: el llamado “equity premium puzzle” (la paradoja de la prima de las acciones), nombre con que se hace referencia al hecho de que históricamente el rendimiento de las acciones ha sido mucho mayor que el de los bonos públicos. Obviamente, el mayor riesgo que entrañan las acciones explica en parte la diferencia, pero esta diferencia es tan grande que parece indicar un grado de aversión al riesgo de parte de los inversionistas que los economistas consideran poco plausible. Barro sostiene, sin embargo, que las situaciones catastróficas raras como la Gran Depresión o el 11 de Septiembre, aun cuando son hechos de baja probabilidad, pueden hacer que la demanda de activos seguros, como los bonos públicos, se mantenga en niveles altos en relación con la demanda de acciones.

Aunque está por verse si este estudio se incorporará a la lista de éxitos junto con los anteriores, no hay duda de que Barro sigue esforzándose para que así sea. En un ensayo de 1999 incluido en Nothing is Sacred, escribió: “Nunca entendí realmente la idea de retirarse cuando aún se está en la cima”, y se preguntaba por qué el bateador de los New York Yankees Joe DiMaggio se retiró en 1951 y por qué “los Beatles y Simon y Garfunkel se disgregaron cuando estaban en su apogeo. La principal consecuencia fue que el público se perdió muchos años de buenas actuaciones, si no las mejores”. Los numerosos admiradores de Barro se deleitarán con esta promesa implícita de que, en su caso por lo menos, seguirán los éxitos.

Prakash Loungani es Jefe de División del Departamento de Relaciones Externas del FMI.

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