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Cartas: A La Directora

Author(s):
International Monetary Fund. External Relations Dept.
Published Date:
October 2007
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El lado oscuro de la ayuda

Todos sabemos que no siempre se le ha dado buen destino a la ayuda prestada a África subsahariana, pero estoy de acuerdo con Mark Sundberg y Alan Gelb (“África: El continente avanza”, diciembre de 2006) en que muchos de esos fondos ya desde el comienzo no iban destinados al desarrollo.

Con demasiada frecuencia se malversan para uso personal, pero parte de ese dinero también termina financiando actividades subversivas y guerras injustas. Si no, ¿de dónde podrían sacarlo estos países para pagar guerras costosas?

Una nación donante que brinda ayuda a un gobierno ilegítimo o a un grupo rebelde persigue sus propios objetivos geopolíticos, ya sea desestabilizar el país receptor de los fondos o instaurar un gobierno títere. Y pese a esas intenciones ocultas, los donantes calculan los beneficios y las pérdidas de la ayuda en términos del desarrollo y luego culpan al país por no haberla usado bien. Basta de rodeos: es hora de dejarnos de generalidades sobre el fracaso del desarrollo financiado por la ayuda y de hacer un balance país por país.

Parte de la culpa de ese fracaso la tienen los propios donantes. Llamemos a las cosas por su nombre para que la ayuda finalmente pueda dar los resultados deseados.

Ikechukwu-Maria N.H. Okoye

Consultor de Marketing, Lagos, Nigeria

Los autores responden:

El Sr. Okoye plantea una cuestión importante, con la cual estamos totalmente de acuerdo: los donantes deben asumir parte de la culpa por el fracaso de la ayuda y por la malversación de un volumen considerable de ayuda para fines que nada tienen que ver con el desarrollo. Lo que propone es que los donantes dejen de brindar ayuda a regímenes corruptos, un punto de vista que tiene cada vez más adeptos. De hecho, en los organismos multilaterales, la buena gestión de gobierno es el criterio más influyente para la distribución de ayuda, y está cobrando importancia en la ayuda bilateral. El problema es que se trata de un concepto complejo. Algunos países con una gestión de gobierno deficiente gozan de un crecimiento dinámico e indicadores sociales más fuertes (por ejemplo, Bangladesh y Camboya), y muchos países mal administrados (incluidos los Estados frágiles) todavía tienen necesidades sociales y humanitarias apremiantes. La ayuda debe estar mejor distribuida, pero también debe estar canalizada de forma que llegue a quienes la necesitan.

Basta de usar mal los cálculos de la PPA

El artículo de Tim Callen sobre los cálculos de la PPA (“La PPA o la regla del mercado: ¿Cuál pesa más?”, marzo de 2007) encuadra perfectamente las complicaciones del uso de los tipos de cambio ajustados según la PPA.

Pero, cuando se refiere al uso de la PPA para obtener una medición global del tamaño relativo de los países ricos y pobres, subestima mucho lo problemático que es ese método y lo mismo sucede en muchas publicaciones del FMI.

La PPA es esencial para comparar el nivel de vida de distintos países, sobre todo si el tipo de cambio está desalineado. También es verdad que ayuda a evitar las distorsiones que causan los tipos de cambio de mercado cuando están transitoriamente desviados de los valores de equilibrio a mediano plazo.

Pero la PPA exagera sistemáticamente la productividad y la producción de los países pobres porque revalúa la producción de todos los países a precios más próximos a los vigentes en los países ricos. Por eso (como bien reconoce Callen), los ajustes más grandes se aplican a los precios de los bienes y servicios no transados que producen a bajo costo y en abundancia los países pobres con mano de obra poco calificada. Pero asignarles a esos productos precios de país rico significa atribuirle —implícita y muy engañosamente— productividad de país rico a la mano de obra empleada y así exagerar mucho el potencial productivo de los países pobres.

En otras palabras, la PPA exagera el “tamaño” de las economías pobres, algo muy común pero que habría que evitar.

Patrick Honohan

Profesor, Trinity College Dublin, Irlanda

Antirretrovirales para todos

En “Notas breves” (septiembre de 2005), F&D subraya la necesidad desesperada de nuevos fondos para luchar contra el SIDA en África, continente sobre el que pesa el 60% de la carga mundial de la enfermedad. Es verdad que las enfermedades sociales —como las de transmisión sexual— son difíciles de erradicar, pero sí es posible mitigar la amenaza que representan. Uganda, por ejemplo, recibió ayuda a gran escala en los últimos años, pero aún tiene una tasa de fecundidad relativamente alta de 6,9%, un crecimiento demográfico anual de 3,4% y una tasa de prevalencia de VIH que se mantiene constante en 6%-7%.

El problema es que la ayuda, por cuantiosa que sea, no da resultados si las políticas no se basan en los hechos. La clave para controlar la transmisión del VIH/SIDA es impedir nuevas infecciones. Ya tenemos abundantes pruebas de que la terapia a corto plazo con una combinación de antirretrovirales impide la transmisión del virus de la madre al bebé. También sabemos que el riesgo de transmisión heterosexual se reduce en 98% si la concentración del VIH en la corriente sanguínea (la “carga viral”) se mantiene por debajo de 1.500–1.700 copias ARN/ml, algo que se puede lograr con medicamentos antirretrovirales.

Parecería lógico promover el uso de estos medicamentos como un arma más en la lucha contra nuevas infecciones. Es necesario modificar las políticas para que el tratamiento con antirretrovirales se extienda del 15% actual en Uganda a toda persona diagnosticada con VIH/SIDA.

Dr. Biryahwaho Benon

Jefe, HRL/QA

Instituto de Investigación de Virus, Uganda

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