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2 La Evolución de la Economía Mundial y de los Mercados Financieros

Author(s):
International Monetary Fund
Published Date:
October 2010
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El año pasado estuvo lleno de altibajos para la economía mundial4. La profunda crisis financiera que sucedió al colapso de Lehman Brothers en septiembre de 2008 tuvo un efecto negativo sustancial en la economía internacional, y el producto mundial cayó ½% en 2009. La crisis asestó el golpe más duro a las economías avanzadas, que tuvieron que enfrentar una grave contracción del crédito, balances maltrechos y un desempleo creciente, a lo que se sumó una disminución del producto de 3¼% en 2009. La crisis se propagó rápidamente por el mundo entero a través de una serie de canales: el comercio internacional se paralizó, los capitales dejaron de circular y las remesas se redujeron. Cuando la turbulencia amainó fue posible constatar que varios mercados emergentes y países de bajo ingreso se habían visto sumamente afectados por la peor crisis internacional en más de 60 años.

La respuesta de los gobiernos se manifestó en una concertación sin precedentes de medidas firmes y ambiciosas. En el ámbito monetario, empujaron las tasas de interés a cero y pusieron en marcha medidas sui géneris. Los bancos centrales coordinaron recortes de las tasas de interés y swaps. En el terreno fiscal, se impuso una orientación anticíclica, creando margen para un aumento de los déficits motivado por la recesión y complementándolo con políticas de estímulo. En resumidas cuentas, las grandes economías avanzadas y países de mercados emergentes que contaban con el espacio fiscal necesario lanzaron un estímulo fiscal equivalente a 2% del PIB en 2009, y los beneficios de esta campaña se debieron en gran medida al acto mismo de coordinación. Los países también adoptaron medidas para apuntalar el sistema financiero; entre ellas, compras de activos, inyecciones de capital y garantías de distintos tipos.

Estos esfuerzos dieron fruto. La economía comenzó a recuperarse durante el segundo semestre de 2009 y cobró impulso a comienzos de 2010, aunque para mayo la agudización de la volatilidad en los mercados financieros suscitaba nuevamente dudas en torno a la durabilidad de la reactivación. Las proyecciones apuntan a un crecimiento mundial de 4½% en 2010 y 4¼% en 2011, si bien la recuperación marcha a distinta velocidad: en muchas economías avanzadas es anémica, y en otras regiones, más vigorosa. Dentro del primer grupo, Estados Unidos está creciendo más rápido que Europa o Japón. Entre los mercados emergentes y los países de bajo ingreso, las economías asiáticas emergentes ocupan la vanguardia, en tanto que muchas economías emergentes de Europa y de la Comunidad de Estados Independientes van rezagadas. Para las economías avanzadas se prevé un crecimiento de 2½% en 2010 y 2011, en tanto que para los mercados emergentes y las economías en desarrollo la cifra sería de 6¾% en 2010 y 6½% en 2011, tras un modesto 2½% en 2009.

Es probable que la desigualdad de la recuperación persista. Las economías de mercados emergentes y en desarrollo repuntaron con rapidez porque partieron de una situación más favorable: en muchos de estos países el sector financiero era saludable y las políticas fiscales eran prudentes, lo cual les permitió respaldar la actividad durante la desaceleración. En muchas economías avanzadas, por el contrario, el crecimiento está trabado por los daños duraderos que sufrieron el sector financiero y los balances de los hogares. En estas regiones, la reactivación será más lenta que en el pasado.

Tras una aguda parálisis, los mercados financieros internacionales también comenzaron a descomprimirse. Aunque los riesgos se diluyeron sustancialmente, la estabilidad aún no está asegurada. El FMI revisó a la baja, de $2,8 billones a $2,3 billones, las reducciones del valor contable que, de acuerdo con sus estimaciones, deberá hacer el sistema bancario hasta 2010. Pero si bien la situación se perfila más favorable en términos generales, aún hay focos problemáticos y los bancos enfrentan retos considerables: durante los dos próximos años las necesidades de financiamiento a corto plazo serán elevadas, se necesitarán capitales más abundantes y de mejor calidad y todavía no se han contabilizado todas las pérdidas. Dadas estas condiciones, la recuperación del crédito en el sector privado seguramente será débil, con una demanda moderada y una oferta limitada. La pequeña y la mediana empresa probablemente lleven la peor parte.

A pesar del repunte del crecimiento mundial, las perspectivas continúan rodeadas de considerable incertidumbre, especialmente dadas las vulnerabilidades fiscales que han pasado a primer plano en las economías avanzadas. Claramente, los riesgos a la baja son ahora más agudos. Los riesgos soberanos podrían comprometer la estabilidad financiera y prolongar la crisis. Los mercados se muestran cada vez más perturbados por los importantes retos que plantea la consolidación fiscal en algunos países. Esta pérdida de confianza ya está produciendo efectos graves, y el riesgo de contagio está empañando la reactivación, sobre todo en Europa. Muchos países avanzados tienen menos margen de maniobra en su política económica, y algunos directamente lo han agotado, con lo cual la frágil recuperación se encuentra expuesta a nuevas turbulencias.

Una de las tareas más importantes es la de reducir las vulnerabilidades soberanas. La política fiscal amortiguó debidamente la caída pronunciada de la demanda privada y evitó una recesión mucho más profunda, pero los niveles de deuda pública son ahora sustancialmente más elevados. De hecho, se prevé que la relación deuda/PIB de las economías avanzadas supere 100% para 2014; es decir, 35 puntos porcentuales más que antes de la crisis. El grueso del aumento se debe a la desaceleración de la actividad, y un porcentaje relativamente pequeño corresponde a las medidas de estímulo discrecionales. Los países con un crecimiento rápido y los que se encuentran sometidos a presión por parte de los mercados financieros deberían comenzar a adoptar políticas más restrictivas. Las economías avanzadas en su mayoría no tendrán que imitarlos en 2010, pero deberían comprometerse a instituir planes de ajuste creíbles. Y si la recuperación sigue la senda prevista, deberían poner en marcha un ajuste fiscal en 2011, de acuerdo con el actual asesoramiento del FMI, que en este terreno se aleja del estímulo para inclinarse por la consolidación. Teniendo en cuenta las presiones demográficas inminentes que se suman a los retos fiscales a mediano plazo en las economías avanzadas, la reforma de los programas de prestaciones estatales debería ser prioritaria.

El ajuste fiscal debe ir acompañado de medidas encaminadas a fomentar el crecimiento. En muchas economías avanzadas será importante lanzar políticas estructurales para poner nuevamente en marcha la actividad económica, imprimir más eficacia a los mercados laborales y estimular la productividad.

Asimismo, será necesario desmantelar las medidas de acomodación monetaria. En las grandes economías avanzadas, el endurecimiento monetario puede ceder el lugar al ajuste fiscal y al repliegue del respaldo de emergencia brindado al sector financiero, sobre todo porque las expectativas inflacionarias permanecen bien ancladas y la utilización de la capacidad aún es baja. Sin embargo, en ciertos grandes mercados emergentes y en algunas economías avanzadas que se encuentran a la vanguardia de la recuperación, los bancos centrales ya están reduciendo la acomodación monetaria. En algunos mercados emergentes, el exceso de capacidad en determinados sectores y el deterioro de la calidad del crédito revelan la necesidad de restringir el crédito.

La falta de uniformidad en la reactivación internacional está causando complicaciones a nivel de las políticas, ya que distintos países y regiones se enfrentan a diferentes obstáculos a la hora de restablecer un crecimiento sólido, equilibrado y sostenible. Un hecho clave es que los países que se están recuperando con más rapidez están adoptando políticas restrictivas, en tanto que las tasas de interés de las economías avanzadas necesitan mantenerse bajas durante cierto tiempo. Esta falta de sincronización está provocando algunos efectos colaterales imprevistos; entre ellos, fuertes flujos de capital hacia los mercados emergentes. Estos flujos marcan un satisfactorio contraste con las épocas de crisis y reflejan las sólidas perspectivas de crecimiento de estas economías, pero las autoridades deben ser conscientes de que podrían causar un reajuste excesivo del tipo de cambio, burbujas de precios de los activos e inestabilidad financiera. Hasta el momento nada revela la existencia de burbujas a nivel de todo el sistema, pero existen algunos focos problemáticos y los riesgos podrían agudizarse.

En los mercados emergentes con superávits en cuenta corriente excesivos, corresponde que la restricción monetaria vaya acompañada de una apreciación del tipo de cambio efectivo nominal a medida que se intensifique la presión generada por el exceso de demanda. Pero en otros mercados emergentes, el endurecimiento monetario podría resultar complicado porque atraería más capitales. Además de empujar al alza el tipo de cambio y de socavar la competitividad, esta situación podría promover la formación de burbujas de precios de los activos y comprometer la estabilidad financiera. Los países tienen a su disposición una serie de herramientas para enfrentar los flujos excesivos de capital; entre ellas, una política fiscal más restrictiva, la acumulación de reservas, medidas macroprudenciales y controles de las entradas de capital si los estiman necesarios en determinadas circunstancias.

La persistencia de un nivel elevado de desocupación continúa siendo un reto crítico. Es difícil declarar que la crisis está superada cuando tanta gente en tantos países no logra conseguir trabajo. En las economías avanzadas, se proyecta que el desempleo se mantendrá cerca de 9% hasta 2011 y que posteriormente registrará una disminución apenas lenta. El desempleo también sigue siendo endémico en muchos países en desarrollo. Además de las implicaciones macroeconómicas, a niveles elevados plantea graves problemas sociales. Uno de los temores más acuciantes es que la falta pasajera de puestos de trabajo se transforme en desempleo estructural. Otro riesgo es un aumento del proteccionismo comercial. Ciertas políticas laborales pueden contribuir a limitar el daño: un régimen adecuado de prestaciones por desempleo es esencial para apuntalar la confianza de los hogares, proteger sus ingresos y evitar un fuerte aumento de la pobreza. La enseñanza y la capacitación pueden facilitar la reincorporación a la fuerza laboral y mejorar el capital humano.

La reforma financiera también debe ocupar un lugar importante, sobre todo porque las ineficiencias del sector financiero y las fallas en el ámbito de la regulación y la supervisión contribuyeron decisivamente a la crisis. Para sustentar la estabilidad financiera, es imperioso proceder sin demora a la resolución de las instituciones financieras no viables y a la reestructuración de las que tienen un futuro comercial. La existencia de instituciones consideradas demasiado grandes para quebrar representa un riesgo, ya que podrían utilizar sus ventajas de financiamiento para consolidar aún más su posición.

Los perfiles de las reformas regulatorias están claros: una capitalización más elevada y de mejor calidad y un control más eficiente del riesgo de liquidez, una serie de herramientas para neutralizar el riesgo sistémico en general y en las instituciones consideradas demasiado grandes para quebrar en particular, y un marco práctico para facilitar la resolución de cuestiones transfronterizas. Las autoridades deben encontrar el equilibrio justo entre la seguridad del sistema financiero, por un lado, y por el otro, la innovación y la eficiencia. La inacción podría atentar contra la recuperación, perpetuar el riesgo moral y agravar el riesgo de que los países actúen unilateralmente en lugar de buscar una solución concertada. Dado que la ejecución tiene tanta importancia como la regulación misma, es necesario reforzar la supervisión con ánimo preventivo. De lo contrario, la reforma regulatoria no dará fruto.

Para restablecer y sustentar el vigor del crecimiento internacional, hay que reequilibrar la demanda mundial. Los países que incurrieron en déficits externos excesivos antes de la crisis deben sanear las finanzas públicas para resguardar la demanda y el crecimiento potencial. Entonces recae en los países con superávits excesivos en cuenta corriente la responsabilidad de alimentar la demanda mundial. A medida que los países con déficits incrementen el ahorro en respuesta a las expectativas de menores ingresos futuros, los países con superávits deberán reemplazar la exportación por la demanda interna como motor del crecimiento. Pueden estimular la demanda interna mediante el gasto en redes de protección social y la modernización de infraestructuras. A medida que las monedas de las economías con déficits excesivos se deprecien, las de los países con superávits se apreciarán. En ambos grupos, el reequilibramiento debe estar respaldado por la reforma del sector financiero y por políticas estructurales adecuadas.

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